Hace siete años, Lúcia pasó una sola noche con su jefe, Elias Varella, el CEO más frío de Manhattan. A la mañana siguiente, él le dejó claro que no era nada especial. Ella renunció, se llevó el corazón roto… y un secreto que él nunca sospechó.
Hoy Lúcia trabaja en dos empleos para que Enzo y Mia, sus gemelos de siete años, no le tengan miedo al futuro. Limpia oficinas de día, cose hasta la madrugada y casi nunca come. Hasta que un accidente en el peor momento la deja cara a cara con el hombre que juró no volver a ver. Y Elias, que nunca ha perdido una negociación, empieza a hacer cuentas: las edades, las fechas, los ojos de esos niños.
Cuando la verdad sale a la luz, él no pide permiso. Quiere a sus hijos en su casa, bajo su apellido, y está dispuesto a usar todo su poder para lograrlo. Pero Lúcia ya no es la asistente que se rindió en silencio, y los niños no saben si pueden confiar en un padre que apenas conocen.
Entre una mansión demasiado grande, una familia que no los quiere y una mujer decidida a protegerlos de todos, incluso de él, Elias tendrá que aprender lo que ningún dinero le ha enseñado: pedir perdón, tener paciencia y ganarse el amor que una vez despreció.
¿Podrá un padre llegar tarde y aun así quedarse? ¿Y alguien puede volver a confiar en el hombre que le rompió el corazón?
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Capítulo 2
Lúcia
Me dormí en algún momento después, con el cuerpo pesado de cansancio y de satisfacción y la cabeza apoyada en su pecho, escuchando cómo latía el corazón de Elias Varella contra mi oído, como si aquello fuera lo más normal del universo. Recuerdo que pensé, ya casi dormida, que quizá era el comienzo de algo. Que quizá, por fin, él me había visto.
Qué ilusión.
El amanecer llegó con una claridad cruda que no dejaba espacio para los sueños. Desperté con el ruido de una tela al acomodarse, un cierre, el roce de un saco. Abrí los ojos despacio, todavía entumida de sueño, y lo vi de pie, de espaldas a mí, poniéndose la camisa que horas antes yo misma le había ayudado a quitar. La luz gris de la mañana entraba sin piedad por la enorme ventana y revelaba cada línea dura de aquel cuerpo que la noche me había dejado conocer.
—¿Elias?
No se volteó de inmediato. Se ajustó los puños de la camisa con calma, como si se preparara para una junta cualquiera y no para enfrentar a la mujer con la que había pasado la noche.
Cuando por fin se giró, su rostro ya era otro. El hombre que había susurrado mi nombre como algo precioso había desaparecido y en su lugar estaba, de vuelta, el Elias Varella que yo conocía.
Distante y de pocos amigos.
Sus ojos eran los de siempre, como si yo fuera apenas un detalle pasajero de su rutina.
Me senté en el sofá y jalé la sábana delgada contra mi cuerpo, invadida por una vergüenza repentina, aunque no debía sentirla.
No después de todo aquello.
Pero había algo en su manera de mirarme, tan administrativa, que me hacía sentir expuesta como ni siquiera la desnudez me había hecho sentir durante la noche.
No dudó ni un segundo. Su voz salió firme, sin rodeos, como la de quien trata un asunto ya resuelto que no merece más atención.
—Sé que te gusto —dijo, sin mirarme—. Mira, lo que pasó aquí no fue más que sexo casual. No quiero que te sientas especial, porque no lo eres.
En ese momento habría preferido una bofetada.
—No te hagas ilusiones con algo que no va a pasar.
Sentí que el piso desaparecía bajo mis pies. El dolor llegó de golpe, fuerte y agudo, y me apretó el pecho sin piedad. Cada palabra era una puñalada que desmoronaba de una vez por todas la ilusión que yo había alimentado en la oscuridad, mientras sus manos recorrían cada rincón de mi cuerpo.
Para él yo no era nada.
Solo un momento de distracción, alguien desechable, como un papel que se usa y se tira. La vergüenza me subió al rostro y las lágrimas que luchaba por contener amenazaron con caer, pero me obligué a mantener la cabeza en alto. No le daría el gusto de verme derrumbarme.
—Entendido —logré responder, con la voz más débil de lo que habría querido, pero lo bastante firme para no delatar mi desesperación—. No se preocupe. No voy a molestarlo de ninguna manera.
Empecé a vestirme a toda prisa, sintiendo que cada movimiento mío en esa oficina le resultaba una molestia.
Salí de aquella enorme sala donde el poder y la indiferencia reinaban absolutos, sintiendo su mirada sobre mí. Cuando cerré la puerta, no hubo un llamado ni una palabra de despedida. Él ya había vuelto la atención a los papeles sobre el escritorio, como si yo nunca hubiera estado ahí.
Esa misma tarde, con el corazón roto y la mente dando vueltas, fui al área de Recursos Humanos. No di explicaciones ni conté lo que había pasado. Solo entregué mi renuncia inmediata. Sabía que, si me quedaba, lo vería todos los días y el dolor solo iría en aumento.
Era mejor desaparecer.
Salí del edificio a la acera abarrotada de Manhattan. La lluvia había parado, pero el aire estaba frío y cortante. Caminé sin rumbo durante mucho rato, con la sensación de que el mundo entero se había vuelto un lugar hostil. Elias Varella ni siquiera preguntó el motivo de mi salida. Para él yo era solo una asistente más, reemplazable, como tantas otras cosas de su vida perfecta.
Todavía no lo sabía, pero al cruzar esa puerta por última vez llevaba conmigo mucho más que el dolor del rechazo y la humillación de haber sido solo una noche. Llevaba el comienzo de una nueva vida; dos vidas, para ser exacta. Un secreto que crecería en silencio, lejos de su lujo y de su indiferencia, en los rincones más sencillos y difíciles de la ciudad. El invierno más duro de mi camino apenas estaba empezando y tendría que enfrentarlo sola, sin apoyo, sin dinero, sin nadie en quien confiar.