Cassidy Evans sabe arreglar casi cualquier cosa, excepto su propia vida. Entre un taller que apenas se sostiene, un padre que consume todo lo que toca y un futuro que parece decidido por otros, ha aprendido a confiar solo en sus manos, su ingenio y su hermano.
Adamo Greco nació para un mundo completamente distinto. Heredero de una familia mafiosa, peligroso, arrogante y demasiado acostumbrado a conseguir lo que quiere, llega a Idaho buscando algo que ni siquiera sabe nombrar.
Una Ducati averiada los pone frente a frente. Lo que comienza con provocaciones, discusiones y una atracción imposible de ignorar pronto se convierte en una obsesión capaz de arrastrarlos a ambos.
Cassidy no sabe quién es realmente Adamo.
Adamo sí sabe que debería mantenerse lejos de ella.
Pero hay adicciones que empiezan con una sola mirada… y terminan costándolo todo.
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Quiero ir
Adamo
Cassidy llora contra mi pecho.
Y no tengo idea de qué hacer con eso.
No porque nunca haya visto llorar a una mujer.
He visto llorar a mi madre cuando mi abuelo estuvo en el hospital.
A Aria.
A mujeres con las que he estado.
He consolado.
He abrazado.
He dicho cosas que probablemente sonaban adecuadas.
Esto es diferente.
Cass no parece una mujer que llore.
No sé cómo explicarlo.
La conozco hace... ¿Qué?
¿Dos días? ¿Menos?
No importa.
Ha sido suficiente para entender algunas cosas.
Cassidy Evans insulta cuando está incómoda.
Amenaza cuando está furiosa.
Hace bromas cuando algo le duele.
Si un hombre la subestima, lo destruye con una sonrisa.
Si algo se rompe, lo arregla.
Si alguien necesita algo, encuentra la manera.
No pide.
No espera.
Hace.
Y ahora está aquí.
Aferrada a mi camiseta con las dos manos mientras le tiembla todo el cuerpo.
Algo me quema en la boca del estómago.
No me gusta.
No porque ella esté llorando, porque no puedo hacer nada.
No sé quién la hizo llorar exactamente.
No sé qué ocurrió en esa habitación.
No sé qué mierda está pasando con su familia.
Y una parte completamente irracional de mí quiere entrar, descubrirlo y solucionarlo.
La idea aparece con tanta naturalidad que me incomoda.
Solucionarlo.
Como si pudiera.
Como si tuviera derecho.
Bajo la mirada.
Cass tiene la cara escondida contra mí.
Aprieto los brazos un poco más.
No digo nada.
Eso parece ser lo correcto.
Mi padre siempre dice que cuando no sabes qué decir, lo mejor es cerrar la boca.
Mi madre dice que esa es la única enseñanza verdaderamente útil que Damián Greco ha transmitido a sus hijos.
Probablemente ambos tienen razón.
Cass empieza a tranquilizarse poco a poco. Su respiración deja de romperse y sus dedos ya no aprietan tanto mi camiseta.
Yo debería soltarla.
No lo hago.
Ella tampoco.
Eso es un problema.
Uno que mi cuerpo parece apreciar bastante más de lo recomendable.
Porque incluso ahora, con los ojos llorosos, la nariz seguramente roja y el cabello hecho un desastre, sigo siendo demasiado consciente de cómo se siente contra mí.
Eso sí lo entiendo.
Deseo.
Simple.
Familiar.
He deseado mujeres antes.
Muchas.
Nunca ha significado nada.
Así que esto tampoco tiene por qué significarlo.
No puede.
No cuando llevo apenas unos días aquí.
No cuando dentro de tres meses tengo que volver.
No cuando mi vida todavía ni siquiera empieza realmente.
La parte importante, al menos.
La que mi padre lleva años preparándome para asumir.
Cass finalmente retrocede. Solo un poco. Lo suficiente para limpiarse la cara rápidamente con ambas manos.
—Dios —murmura—. Qué vergüenza.
Frunzo el ceño.
—¿Qué cosa?
—Esto. —Hace un gesto entre nosotros—. Acabo de llorarte encima.
Miro mi camiseta.
—He sobrevivido.
—No hagas bromas.
—No era broma. Es algodón. Se seca.
Me mira.
Sus ojos están hinchados.
—Eres idiota.
Sonrío.
Esto está mucho mejor.
—Ahí estás. Pensé que por unos segundos te había perdido.
—Cállate.
Sonrío.
Cass mira alrededor y parece darse cuenta recién de que seguimos prácticamente frente a urgencias.
Personas entrando.
Saliendo.
Una enfermera fumando a varios metros.
—Quiero salir de aquí.
—Bien.
No pregunto adónde.
La sigo hacia el estacionamiento.
Nos sentamos junto a las motos.
No encima.
En un borde de cemento detrás del estacionamiento, donde hay menos gente.
Cass está inclinada hacia delante con los codos sobre las rodillas.
Yo tengo el brazo derecho inmovilizado de una manera que empieza a molestarme.
Todavía no fui a que me revisaran.
Técnicamente vine para eso… En teoría.
Cass mira mi hombro.
—¿Todavía no entraste?
—No.
—Adamo.
—¿Qué?
—Viniste al hospital por el hombro.
—Eso dije.
—Y llevas aquí todo este tiempo sin entrar.
—Estaba ocupado.
—¿Haciendo qué?
La miro.
Ella entiende.
Aparta los ojos.
—Idiota.
No respondo.
Pasan unos segundos y decido preguntar.
—¿Tu mamá está bien?
Cass traga.
—Físicamente parece que sí.
Parece.
Espero por una respuesta más elaborada.
Ella patea una pequeña piedra.
—La van a dejar unas horas más.
Asiento.
—¿Y Luke?
La piedra vuela más lejos.
—Está furioso.
Eso ya lo había notado.
—¿Con tu mamá?
Cass suelta una risa sin humor.
—Con todos.
—¿Y tú?
—También.
Espero otra vez.
Está funcionando.
—Mi mamá echó a Luke de la casa.
Mierda.
No esperaba eso.
—¿Por qué?
Cass se queda callada.
No insiste.
Pasan quizás diez segundos.
—Golpeó a mi papá.
Eso tampoco lo esperaba.
—Ah.
—No digas “ah”.
—No sabía qué otra cosa decir.
—Decir nada funciona mejor.
—¿Tu padre lo denunció?
Ella niega con la cabeza.
—No creo.
No parece preocupada por el padre.
Sí por Luke.
—¿Está herido?
—Mi papá no.
La manera en que lo dice me hace entender que esa no era la pregunta correcta.
—Luke.
Cass mira sus manos.
—No. —Se detiene unos segundos antes de agregar: —No físicamente.
Hay algo ahí.
Algo que no me está diciendo.
Algo que le duele más de lo que quizá se atreva a admitirse a sí misma.
No habla tanto. Pero cada vez que lo hace abre un poco la puerta antes de volver a cerrarla.
Así que intento construir el resto solo.
Luke no es querido por su padre.
El padre no trabaja.
La madre trabaja demasiado.
Cass y Luke mantienen el taller.
Hoy la madre terminó en el hospital.
Luke llegó con los nudillos destrozados.
La madre lo echó.
No necesito demasiadas piezas adicionales para entender que el hombre sentado en esa casa probablemente es el centro de todo.
—¿Y tu papá?
Cass gira hacia mí.
Su expresión cambia.
—No.
—Solo pregunté…
—No vamos a hablar de él.
—Está bien.
—Y no pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—La de que estás armando una película entera en tu cabeza.
—Quizá lo estoy haciendo.
—Pues probablemente está mal.
No creo. Pero no se lo digo.
—Puede ser.
Cass me observa.
—No te creo —dice.
—Eso parece un problema tuyo.
Por primera vez desde que salió de la habitación, sonríe.
Es una sonrisa pequeñísima, casi inexistente, pero está ahí.
Y esa maldita sensación en mi estómago disminuye.
¿Qué mierda?
No.
Esto no.
No voy por ahí.
Ella es una mujer atractiva.
Muy atractiva.
Divertida.
Extraña.
Brillante.
Y me gusta pasar tiempo con ella.
Eso es todo.
Mi cuerpo lleva dos días intentando meterme en problemas.
Mi cerebro debería tener más sentido común.
Mi teléfono vibra.
Aria.
No miro.
Cass sí.
—¿Tu novia?
—Gemela.
—Peor.
—Muchísimo peor.
—Respóndele. Seguro piensa que estás muerto.
—Mi madre probablemente también.
—Con razón.
El teléfono deja de vibrar.
Unos segundos después vuelve a hacerlo.
Esta vez miro.
ARIA
Otra vez.
Rechazo.
Cass me observa.
—Eso sí parece grave.
—Sobrevivirá.
Entonces su teléfono empieza a sonar.
Ella mira la pantalla.
Toda la pequeña tranquilidad que acababa de recuperar desaparece.
—Luke —responde inmediatamente—. ¿Dónde estás?
Se pone de pie.
Yo no escucho lo que dice él.
Solo a ella.
—No, yo estoy todavía en el hospital. —Escucha un segundos antes de preguntar: —¿Estás bien?
Su mano libre se cierra.
—Luke, no hagas ninguna estupidez. —Vuelve a escuchar—. Sí, ya sé.
Camina un poco alejándose de mí.
No intento escuchar.
No porque sea buena persona, porque si quisiera enterarme, probablemente podría, pero esto es de ellos.
—No voy a volver a esa casa. —Se detiene—. No. —Mira hacie el cielo estrellado—. Porque no. —Suspira—. Entonces yo tampoco soy buena compañía. —Sus hombros caen apenas—. Está bien. Mañana —dice antes de cortar la llamada.
No se mueve durante unos segundos.
—¿Está bien? —pregunto.
Asiente.
—Dice que sí.
No le cree.
Yo tampoco.
—Quiere estar solo.
—Quizá lo necesita.
—No me gusta.
—No tiene que gustarte.
Me lanza una mirada.
—Gracias por tu sabiduría.
—De nada.
Guarda el teléfono.
Después mira hacia el hospital.
—Tengo que ir a buscar mis cosas.
—¿A tu casa?
—Sí.
—Voy contigo.
La respuesta sale antes de pensarlo.
Cass me mira.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no necesito escolta.
—No dije que la necesitaras.
—Entonces no necesitas venir.
—Correcto.
Eso la desconcierta.
—¿Qué?
—No necesito ir. —Me pongo de pie—. Quiero ir.
—Adamo.
—Cass.
—Apenas me conoces.
Sí. Ese es exactamente el problema.
—Lo sé.
Ella abre la boca.
La cierra.
—Haz lo que quieras.
Sonrío.
—Gracias.
—No era permiso.
—Lo interpreté así.
—Por supuesto.