El día de su compromiso, Giselda lo pierde todo: su novio la deja por su amor de juventud y su familia adoptiva, que solo la ha usado como fuente de dinero, la golpea y la echa de casa. Con una maleta vieja y la mejilla hinchada, sube llorando a un auto que no es el suyo, sin saber que el hombre callado del asiento de al lado va a cambiarle la vida.
Oziel Bittencourt es, para toda la ciudad, el hijo desechado que salió de la cárcel sin un centavo. Lo que nadie sospecha es que su familia lo encerró con pruebas falsas y que, desde las sombras, él sigue siendo el verdadero dueño del imperio Bittencourt. Para callar a su madrastra y calmar a su abuela, necesita una esposa de papel; y Giselda, arquitecta sin dinero ni adónde ir, necesita desaparecer de su propia familia.
Un contrato, tres reglas y un matrimonio que nadie debía creerse. Pero entre mentiras piadosas, secretos de pasado y enemigos que acechan en cada esquina, lo que empezó como un trato empieza a sentirse demasiado real.
¿Hasta cuándo se puede fingir un amor que ya late de verdad? ¿Y qué pasará cuando ella descubra quién es en realidad el exconvicto con el que se casó?
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Capítulo 24
POV de Giselda
Una semana después, Sabrina me llamó.
Sabrina es la dueña de Alone, una tienda multimarca en el centro, y se volvió mi amiga de tanto que yo pasaba por ahí babeando por ropa que no podía comprar. Siempre me dejaba probarme las prendas, aun sabiendo que iba a salir sin llevarme nada.
—Amiga, ¿vienes a echarme una mano hoy en la tarde? Estoy sin vendedora y llegó la colección nueva. Luego te lo pago con descuento.
—Sabrina, yo no sé de ventas.
—Sabes de gente, que es más difícil. Y tienes ojo para la ropa, eso ya lo vi. Ven.
Oziel me dejó allí en el auto, de camino a su trabajo.
—Paso por aquí al final de la tarde para recogerte —dijo—. Aprovecha. Te mereces un día ligero.
En la tienda, Sabrina me obligó a probarme un vestido largo color champán, escote en V, de esas prendas que uno ve en el escaparate y ni se atreve.
—Dios —dijo cuando salí del probador—. Giselda, estás espectacular. Date la vuelta.
—Para, Sabrina. Esa no es ropa para mi vida.
—¿Qué vida ni qué nada? Ya estás casada, sales, te dejas ver. Ponte ese vestido en una cena y deja boquiabierto el salón.
Me reí, di una vuelta frente al espejo y por un segundo me permití sentirme bonita, algo que hacía tiempo no me permitía.
Fue entonces cuando Oziel, que había regresado antes para buscar un café en la cafetería de al lado, se detuvo en la puerta de la tienda y no dijo nada por un segundo. Solo miró.
—Ese vestido —le dijo a Sabrina—. Me lo llevo.
—Oziel, es demasiado caro —protesté, yendo ya hacia el probador para quitármelo—. En serio, no lo necesito.
—Es tuyo. Fin. —Ni lo discutió—. Y no es por necesidad. Es por merecimiento.
Sabrina se rio, feliz por la venta, pero luego llevó a Oziel a un lado y le habló bajo, seria, con el dedo en alto, repitiendo casi palabra por palabra la advertencia que Letícia ya había hecho en Trancoso.
—Mira, escucha. Esta muchacha ya sufrió suficiente para tres vidas. Si la haces llorar, te las ves conmigo. Y yo conozco a mucha gente en esta ciudad.
—Usted conoce a mucha gente. Yo conozco un poco más. —Oziel lo dijo sin amenaza, casi amable, y aun así Sabrina parpadeó—. Pero no vine a hacerla llorar. Vine para que deje de llorar.
—¿Cómo que «conoces un poco más»? Eres programador.
—Un programador con una esposa a quien me tomo en serio. —Se encogió de hombros—. Tranquila. Estamos del mismo lado, usted y yo. El lado de ella.
Sabrina se quedó sin respuesta, y yo, desde el probador, fingí que no oía, pero oí, y el corazón hizo una tontería.
Más tarde, sonó el celular de Sabrina y ella fue a contestar en la oficina del fondo. Tardó. Volvió distinta. Medio ausente, mirándome de una manera rara, con una sonrisa que no terminaba de cerrar.
—¿Qué pasó? —pregunté.
—Nada, nada. —Guardó una tarjetita en el bolsillo, rápido, antes de que yo la viera—. Cosa de proveedores. Un pedido grande, inesperado. —Y luego, de la nada, me abrazó fuerte—. Giselda, tengo la sensación de que tu vida se va a dar vuelta, y para el lado bueno. Muy bueno.
—¿Bebiste en el almuerzo, Sabrina?
—No bebí nada. —Se rio, me soltó, y se quedó mirándome acomodar el perchero con cara de quien sabe un secreto demasiado bueno para contarlo—. Solo prométeme una cosa. Cuando llegue el giro, lo aceptas. Tienes esa manía de creer que lo bueno no es para ti.
—¿Qué giro, mujer? Me estás asustando.
—Déjalo. Algún día lo entiendes.
Al final de la tarde Oziel llegó a recogerme. Sabrina insistió en acompañarnos hasta la puerta, y al despedirse le estrechó la mano con una fuerza rara, mirándolo a los ojos, agradecida de un modo que no cabía en un apretón de manos.
—Gracias —le dijo, bajo—. De corazón.
—¿Gracias por qué? —pregunté, mirando de uno a otro.
—Por haberte traído hoy —se apresuró a añadir—. Hacía tiempo que la tienda no tenía una tarde tan buena. Vendí más hoy que en todo el mes.
En el auto le conté a Oziel del abrazo extraño, de ese «giro» que Sabrina juraba que venía.
—Sabrina es dramática —dijo, mirando la calle, con la comisura de la boca subiendo apenas—. Pero a veces la gente dramática acierta.
—¿Sabes algo que yo no sé?
—Sé un montón de cosas que tú no sabes. —Tomó mi mano sobre la palanca de cambios, sin quitar los ojos de la calle—. Y algún día te las cuento todas. Una a la vez.
—Siempre dices eso. «Algún día». «Cuando se pueda». —Le apreté la mano—. Estoy empezando a pensar que «algún día» es tu manera de decir nunca.
—No lo es. —Se puso serio—. Es mi manera de esperar el momento en que puedas oírlo sin asustarte. Confía en mí un poco más.
—Confío. Ese es el problema. —Miré por la ventana—. Confío en un hombre que sé que me está ocultando algo, y ni me importa. Eso no es típico en mí, Oziel. Soy desconfiada por naturaleza.
—Entonces quizá tu instinto sepa de mí algo que tu cabeza todavía no sabe.
—¿Qué cosa?
—Que lo que escondo no es contra ti. Es por ti. —Se detuvo en el semáforo y me miró—. Hay una diferencia. Algún día vas a ver la diferencia entera.
No entendí nada. Pensé que era solo el estilo dramático de Sabrina. Pero esa llamada en medio de la tarde, el abrazo apretado, ese «giro» que juraba que venía, todo eso tenía que ver conmigo, y con un nombre que aún no sabía relacionar con el de mi propio marido. Solo que eso lo entendí mucho después.