NovelToon NovelToon
Deshice el Cambio de Bebés y Disfruté la Farsa

Deshice el Cambio de Bebés y Disfruté la Farsa

Status: Terminada
Genre:CEO / Venganza / Venganza de la protagonista / Completas
Popularitas:513
Nilai: 5
nombre de autor: Lucy-J

Tres horas después de dar a luz, Manuela Vasconcelos camina hasta la habitación de su mejor amiga para felicitarla. La puerta está entornada. Por una rendija de dos dedos escucha las dos voces que más ama en el mundo —la de su marido y la de su mejor amiga— reírse de ella y repartirse su vida: cambiaron a los bebés en la sala de parto para colar al hijo de ambos como heredero del imperio de su familia.

Manuela no grita. No llora. Sonríe.

Esa misma madrugada deshace el cambio en secreto, se lleva a su hijo… y decide que un tiro rápido sería demasiada misericordia. Si ellos quieren una farsa, ella les dará el mejor escenario de São Paulo: cámaras, herederos, galas de la alta sociedad y una venganza construida escalón por escalón, para que caigan desde lo más alto sin entender jamás que ella lo supo desde el primer minuto.

Pero hay un secreto en la sangre de su bebé capaz de derrumbarlo todo. Y el único hombre que puede arrebatárselo es también el más peligroso al que podría dejar entrar en su corazón.

Ella tiene el mejor lugar de la platea. Que empiece la función.

NovelToon tiene autorización de Lucy-J para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El apellido Sabóia

En la ventanita número cuatro de mi tablet, Jéssica deja caer el paño de cocina a propósito.

Se agacha despacio, delante de Rodrigo, más despacio de lo que cualquiera se agacha para levantar un paño del piso, y mi marido, sentado a la mesa de la cocina de Alphaville, sigue el movimiento con los ojos como un perro sigue la comida. Una semana en la casa y la muchacha ya aprendió el mapa: sabe a qué hora duerme Priscila, a qué hora baja Rodrigo solo a tomar agua, sabe exactamente dónde apoyar el hombro para que parezca accidente.

Yo tomo mi té y observo. Es mi telenovela de las nueve. Solo que esta la escribo yo.

—Ay, señor Rodrigo, discúlpeme, soy tan torpe —dice Jéssica, la voz de niñita, la mano abierta sobre su brazo demasiado tiempo.

—Qué va —responde Rodrigo, y la voz le cambia de registro, se engrosa, se llena de esa vanidad barata que tardé seis años en reconocer—. No eres torpe. Eres… nueva.

Yo podría sentir asco. Ya lo sentí, al principio. Ahora siento solo la satisfacción seca de ver un engranaje girar en el ritmo justo. Rodrigo está harto de Priscila —lo descubrí por las cámaras, en las peleas cada vez más frecuentes, en la forma en que ahora se fija en las raíces del pelo de ella, en el acento que se le escapa cuando grita, en el maquillaje que se le corre—. Empieza a sospechar que la mujer por la que traicionó su matrimonio no es el trofeo que imaginó. Y un hombre inseguro como Rodrigo, cuando desconfía de que hizo un mal negocio, busca enseguida otro mostrador.

Jéssica es el otro mostrador. Yo solo dejé el mostrador abierto.

Cambio de ventana. Número siete, la sala. Priscila camina de un lado a otro con el celular pegado a la oreja, y aunque el audio no sea nítido, le leo el cuerpo: los hombros subidos, la mano libre apretando el ruedo del vestido, la cabeza girando para revisar la escalera, para revisar si Rodrigo escucha. Habla como quien tiene miedo.

Subo el audio de esa ventana.

—…ya te dije que no tengo ese dinero ahora, Serginho —susurra Priscila, y el acento del interior, ese que lija todos los días para que desaparezca, aparece entero en el apriete de la voz—. Prometiste que ibas a desaparecer. Si abres la boca, lo pierdo todo, ¿entiendes? Todo.

Del otro lado de la línea, yo no oigo. Pero oigo lo suficiente. Un nombre —Serginho— y una palabra —dinero— y un verbo que vale oro: pierdo. Priscila tiene un pasado. Y su pasado acaba de golpear a la puerta a cobrar peaje, justo la semana en que ella creía que por fin había llegado.

Anoto el nombre en un rincón del cuaderno, igual que anoté a Jéssica apoyada en la puerta semanas atrás. Una pieza más sobre la mesa. Todavía no sé dónde encaja. La guardo igual.

Don Osvaldo golpea a la puerta cuando mi té ya se enfrió.

Entra sin Bento en brazos esta vez, lo que ya me dice que viene por trabajo, y trae una carpeta fina bajo el brazo. Cierra la puerta. Espera a que apague el tablet. Recién entonces se sienta en la silla frente a mí, y hay algo en su rostro, una gravedad nueva, que me hace enderezar la espalda.

—La segunda misión, niña Manuela. —Abre la carpeta—. El padre biológico de Bento.

Yo no respiro hondo. Aprendí a no respirar hondo antes de las cosas importantes; el cuerpo lo entrega a uno.

—El muchacho de la Vitalis que logramos abrir… confirmó lo que hizo el señor Rodrigo. —Don Osvaldo habla despacio, eligiendo cada palabra como quien cruza un río pisando piedra a piedra—. El día de la fecundación, Rodrigo sobornó al laboratorio para que no usaran su material. Mandó usar el de un donante anónimo. Pero ese día, en el depósito, solo había dos materiales compatibles con usted disponibles para usar. El de Rodrigo, que él mandó descartar. Y el de otro hombre.

—Un donante —digo—. Anónimo.

—Anónimo, no, niña. —Saca una hoja de la carpeta y la voltea sobre la mesa, hacia mí, un dedo apoyado en un código bloqueado—. Material congelado. Guardado ahí desde hacía años. Tenía dueño. La clínica trabó el nombre, pero dejó escapar el apellido parcial.

Yo miro la hoja.

El pasillo entero del hospital, la rendija de la puerta, la voz de Priscila diciendo «bastardito» —nada me preparó para el frío que me sube por la columna cuando leo ese apellido. Todo São Paulo lo conoce. En los círculos de la élite, sale en voz baja, del modo en que se habla de algo peligroso.

—Sabóia —leo, y mi propia voz me suena extraña.

Don Osvaldo asiente, y el viejo, que ya vio de todo en esta familia, traga en seco.

—La familia Sabóia —confirma, bajo—. Gente con la que nadie se mete.

Me quedo quieta. Mi cabeza corre directo al único nombre que importa: Bento.

Porque de repente ya no se trata de Rodrigo, un hombre débil y endeudado que puedo desmontar con un abogado y un extracto bancario. No se trata de Priscila, una farsante que puedo exponer en un almuerzo. Se trata de sangre. La mitad de la sangre de mi hijo puede estar atada a la familia más temida de esta ciudad, gente con ejércitos de abogados, dinero que no se acaba y una matriarca que, dicen, haría cualquier cosa por un heredero.

Si los Sabóia se enteran de que Bento existe, no me lo van a pedir. Me lo van a quitar.

Mi mano se cierra alrededor del tablet. Aprieto hasta que el acrílico cruje, y ni me doy cuenta de que estoy apretando hasta que don Osvaldo mira mis dedos.

—¿Niña?

No respondo. En la cuna al lado, Bento suspira dormido, ese suspiro mojado de recién nacido, y gira la cabecita hacia mí como si me llamara.

Yo tengo un hijo que es mío. Solo mío. Costó una traición, un cambio en la sala de partos y una noche entera apoyada contra una pared fría para poder sostenerlo sabiendo que es mío.

Y acabo de descubrir que hay una familia en São Paulo capaz de quitármelo con una sola firma.

—Don Osvaldo. —Mi voz sale baja, lisa, esa voz de hielo que hasta a mí me asusta—. Este apellido no sale de aquí. De ninguna manera. Ni para Batista, por ahora.

El viejo me mira y encuentra miedo en mi rostro. El único miedo que una madre conoce.

1
Justina Elizagaray
muy bueno
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play