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ESTE DIOS TE HARÁ LLORAR SANGRE

ESTE DIOS TE HARÁ LLORAR SANGRE

Status: Terminada
Genre:Mundo de fantasía / Héroes / Venganza / Completas
Popularitas:1.5k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Pólux es un dios inmortal del Olimpo. Cástor, su hermano gemelo, es mortal y vive entre humanos. Desde que fueron separados, solo tienen un pacto: una vez al mes deben encontrarse bajo el árbol que ambos consideran sagrado.

Pero un día, Cástor no aparece.

Pólux siente que el vínculo que los une está herido y desciende a la Tierra. Lo encuentra inconsciente en un hospital, víctima de años de humillaciones, abusos y una conspiración que casi le cuesta la vida.

Entonces toma su lugar en la academia humana.

Nadie sospecha que el estudiante que regresó no es Cástor.

Es Pólux.

Y mientras descubre quién destruyó a su hermano, los culpables aprenderán demasiado tarde que meterse con un mortal es una cosa…

metérsete con el hermano de un dios es otra.

Porque Cástor podía perdonarlos.

Pólux no.

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

MUCHO GUSTO SOY POLUX

Me quedé allí, de pie frente a ellos, y en lugar de marcharme, empecé a hablar con voz tranquila, pausada, como quien cuenta un cuento junto al fuego.

—Hace muchos años, nacieron dos gemelos. Uno era divino, de sangre inmortal; el otro era humano, de carne y de tiempo. Su vínculo era el más fuerte que jamás existió. Eran un alma partida en dos cuerpos. Y el dios, el hermano inmortal, juró algo que nadie debería jamás olvidar. Juró que si alguien tocaba a su hermano… ese sería su último día sobre la tierra.

Elena me miró, incrédula, y soltó una risa seca y cortada, nerviosa.

—¿Nos estás contando un cuento? ¿Es esto una broma, Cástor? Deja de hablar tonterías y vuelve a la realidad.

Javier también rió, con desprecio, sacudiendo la cabeza como si yo estuviera loco.

—Mitología. Leyendas. ¿Crees que nos asustas con cuentos de viejos? Deja de perder el tiempo.

—No es un cuento —dije, sin alterarme—. Es la verdad. Y la verdad, aunque la rían, no deja de ser verdad.

Di un paso más hacia ellos. Y entonces, lo hice. Dejé caer el velo. Dejé que mi verdadera naturaleza se asomara por un instante. Mis ojos brillaron con una luz dorada, intensa, cegadora, como dos soles pequeños ardiendo en medio del pasillo. El aire se volvió pesado, cargado, como antes de una tormenta que puede partir montañas. El brillo no era de este mundo. No era humano.

Las risas murieron en sus gargantas de golpe, cortadas como con un cuchillo. La burla se desvaneció, reemplazada por un terror tan profundo que les hizo temblar las rodillas. Dieron un paso atrás, luego otro, incapaces de apartar la vista de mis ojos, incapaces de respirar con normalidad.

—Tú… tú eres… —balbuceó Elena, señalándome con el dedo tembloroso, sin poder terminar la frase—. Eres… ¿qué eres?

—Tú… tú eres… —repitió Javier, pálido como la muerte, con el sudor frío corriendo por su frente—. Eres…

Yo no aparté la vista. La luz dorada seguía ardiendo en mis pupilas, imponente, eterna. Y pronuncié mi nombre, no como una presentación, sino como un veredicto que el mundo conocía desde hacía milenios:

—SOY PÓLUX.

La luz dorada no se apagó. Mi nombre, dicho con voz que no temblaba, resonó en el pasillo como un trueno que no necesita ruido para partir la tierra.

—¿Pólux…? —susurró Javier, y el nombre le quemó en la boca como metal al rojo vivo—. ¿El dios de la destrucción…?

—Exacto —respondí, y mi voz ya no sonaba humana. Era profunda, antigua, como si proviniera de un lugar anterior al tiempo—. El mismo. Aquel ante el que las murallas se derrumban si él lo desea. Aquel ante el que los reyes tiran sus coronas y se arrodillan. Aquel cuyo juramento no conoce excepciones, ni piedad, ni olvido.

Di un paso hacia ellos. No corrí. No grité. Solo caminé, y el suelo pareció crujir bajo mis pies, como si el propio cemento temiera que lo pisara.

—Y saben qué es lo único que evita que desate toda mi destrucción sobre esta tierra… que arda todo lo que toco y reduzca a cenizas cuanto existe? —Hice una pausa, y el silencio se volvió pesado, insoportable—. Él. Cástor. Su bondad. Su luz. Su existencia misma es el único freno que me contiene. Mientras él viva, yo me contengo. Si él cayera… nada quedaría en pie.

Me detuve justo frente a ellos, lo suficientemente cerca para que sintieran el calor que emanaba de mí, un calor que no era de fiebre, sino de fuego divino, contenido a duras penas para no consumirlo todo a mi alrededor.

—Hace un momento me amenazaron —dije, tranquilo, pausado—. Me dijeron que me destruirían. ¿Lo recuerdan? ¿Sigue siendo su intención? ¿O acaso ahora que saben que tienen enfrente al dios de la destrucción, comprenden lo ridículo que es amenazar al que posee el poder que ustedes creen tener? Y más aún: comprenden que cada vez que le hicieron daño a él, me lo hicieron a mí… y estuvieron jugando con la existencia de todo lo que conocen.

Elena abrió la boca, pero no salió sonido. Tragó saliva, temblando de arriba abajo, las manos temblándole sin poder controlarlas. Javier intentó enderezarse, recuperar su orgullo, su postura de autoridad… pero sus piernas no le obedecieron. El orgullo se desvaneció ante la certeza absoluta: podían mentir, podían manipular, podían destruir vidas pequeñas… pero no podían contra un dios. Y no sabían si dar gracias o temblar de pavor al saber que el mundo entero se sostenía solo gracias al chico al que maltrataban.

—Yo no vine aquí para matarlos —continué, y cada palabra cayó sobre ellos pesada como una losa—. Vine aquí para que entiendan. Para que comprendan la magnitud de lo que hicieron. Tocaron a mi otra mitad. Algo que no les pertenecía. Algo que yo juré proteger con todo lo que soy. Y ahora… ahora que saben quién soy… ¿qué tienen que decirme? ¿Sigue siendo un cuento? ¿Siguen pensando que pueden borrarme con amenazas y mentiras? ¿Siguen creyendo que pueden dañarlo sin consecuencias, sabiendo que su vida es lo único que mantiene al mundo entero a salvo de mi furia?

Los miré a los ojos, uno tras otro, y la luz dorada en mis pupilas brilló con más fuerza, recordándoles en cada parpadeo que estaban ante algo que no podían comprender, ni controlar, ni detener.

—Háblenme —les ordené, suave pero innegociable—. Estoy esperando.

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