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EL HEREDERO DE PAPEL. UN MATRIMONIO FORZADO

EL HEREDERO DE PAPEL. UN MATRIMONIO FORZADO

Status: Terminada
Genre:Completas
Popularitas:4.4k
Nilai: 5
nombre de autor: SIKEVALEN

Claudia (26 años) es la implacable CEO de Índigo Gastronómica, un imperio culinario de más de cien restaurantes. Para ella, el amor es una pésima inversión con retorno negativo; prefiere los negocios limpios y los encuentros carnales sin ataduras. Héctor (30 años) es el arrogante y codiciado líder de una constructora multimillonaria, un mujeriego empedernido convencido de que jamás sentará cabeza.
Ninguno imaginó que una fría traición familiar los encerraría en un crucero de lujo por las Bahamas. Tras una noche de alcohol, juego y choques de ego, despiertan con una resaca monumental y una farsa legal: están casados ante la ley internacional por un plan maquiavélico de sus padres.
Incomunicados en alta mar, firman una tregua para salvar sus acciones. Pero de regreso a la ciudad, la convivencia forzada en el ático, un rival desquiciado buscando venganza y un inesperado embarazo de esa noche salvaje destruirán todas sus reglas. ¿Podrá el orgullo resistir al deseo?

NovelToon tiene autorización de SIKEVALEN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPITULO 5. LA RESACA DE ORO

Un golpe seco y repetitivo me taladró el cerebro antes de que pudiera abrir los ojos. Sonaba como si alguien estuviera demoliendo una pared de Índigo Gastronómica justo al lado de mi oreja. Intenté mover el brazo izquierdo para apagar la alarma de mi teléfono, pero un peso muerto, cálido y extrañamente musculoso me lo impidió. Instantes después, el sonido de unos nudillos golpeando una puerta de madera me obligó a regresar a la realidad.

—Servicio de habitaciones, buenos días —anunció una voz pulcra desde el pasillo.

Abrí los ojos de golpe, parpadeando con desesperación ante la intensa luz del sol que se filtraba por el ventanal del camarote. La cabeza me daba vueltas, el estómago me protestaba y un sabor amargo a alcohol y canela me inundaba la boca. Al girar el rostro, ahogué un grito en la garganta.

A menos de diez centímetros de mí, Héctor dormía boca abajo, con las sábanas blancas cubriéndole apenas la cintura y dejando al descubierto una espalda ancha y bronceada que conservaba marcas recientes de mis uñas. El recuerdo de la noche anterior me golpeó como un camión de mercancías: los cócteles rojos, el bar, la música violeta y la absoluta locura salvaje que habíamos desatado en esa cama.

Justo en ese momento, Héctor soltó un gruñido ronco. Se pasó una mano por la cara, estirándose como un felino, y abrió los ojos grises. Durante tres segundos nos quedamos mirando fijamente, congelados, procesando la escena. Él no tenía su habitual sonrisa arrogante; tenía la misma cara de pánico y confusión que seguramente tenía yo.

—¿Claudia? —su voz sonó áspera, grave por el sueño y la resaca—. ¿Qué... qué haces en mi cama?

—Podría preguntarte lo mismo si no fuera porque mi ropa está tirada sobre tu alfombra —respondí, sentándome de golpe y asegurándome de taparme el pecho con la colcha. El pánico financiero o empresarial no era nada comparado con esto—. Maldita sea, ¿qué tenía ese dichoso cóctel del capitán? Nunca me pongo así.

Héctor se sentó también, pasándose los dedos por el cabello revuelto.

—No lo sé, pero siento que un ejército de albañiles está usando mi cráneo como zona de construcción —masculló.

La puerta volvió a sonar.

—¿Señor de la Vega? Traigo el desayuno especial solicitado por sus familiares.

Héctor, fastidiado y vistiendo solo unos pantalones de pijama que encontró tirados, caminó hacia la puerta con paso pesado. La abrió apenas unos centímetros, tomó una enorme bandeja de plata que le extendió un camarero de mirada extrañamente sonriente, y cerró de un portazo.

—Mis padres son unos pesados —refunfuñó Héctor, caminando de regreso con la bandeja—. Seguro mandaron esto para disculparse por habernos dejado solos en la fiesta...

Sus palabras se cortaron en seco. Vi cómo su mandíbula se tensaba y cómo sus ojos grises se abrían con una mezcla de horror y furia pura. Dejó la bandeja sobre la mesa de noche con tanta fuerza que las tazas de café tintinearon.

—¿Qué pasa? ¿Te da alergia el jugo de naranja? —pregunté, saliendo de la cama envuelta en la sábana superior para acercarme.

—Claudia... mira esto —dijo él, con una voz extrañamente fría que me erizó la piel.

Me acerqué a la mesita. En el centro de la bandeja de plata, justo al lado de los panecillos calientes, no había solo comida. Había una carpeta de cuero negro que reconocí al instante. Estaba abierta de par en par. Debajo de ella, descansando sobre el terciopelo de la bandeja, había dos cajitas de joyería abiertas, cada una mostrando una alianza de oro macizo reluciente.

Con los dedos temblorosos, tomé el documento de la carpeta. Mis ojos escanearon las letras impresas en inglés y castellano, buscando desesperadamente que fuera un folleto del casino del barco. Pero las palabras eran claras, concisas e implacables: “Certificado Oficial de Matrimonio de la Capitanía Marítima de las Bahamas”. Al final de la página, junto a los sellos oficiales y la firma del capitán del Gran Leviatán, estaban nuestras firmas. La caligrafía elegante de Héctor y mi rúbrica firme en tinta azul.

Fijada con un clip al documento, había una pequeña nota escrita a mano con la letra elegante de mi padre:

“Felicidades a los recién casados. Sabíamos que hacían una pareja perfecta para los negocios y la vida. Las acciones de nuestras corporaciones ya se están unificando en tierra firme. Disfruten de la luna de miel. Papá y el señor de la Vega.”

El camarote se quedó en un silencio tan absoluto que podía escuchar el motor del barco zumbando bajo nuestros pies. Sentí que el aire abandonaba mis pulmones. Mi padre. El hombre en el que confiaba. Me había tendido una trampa. Nos habían drogado con esos cócteles, nos habían manipulado usando nuestro propio orgullo y nos habían hecho firmar un acta legal de matrimonio.

—Esto es una broma —susurré, sintiendo una furia volcánica ascender por mi pecho—. Es una maldita cámara oculta o un juego del crucero. No puede ser real. ¡Yo no me caso! ¡El amor es una estafa y el matrimonio es una sentencia de muerte!

—No es una broma —la voz de Héctor sonó como el crujido de un témpano de hielo. Estaba mirando fijamente una de las alianzas de oro, con los puños tan apretados que sus nudillos estaban blancos—. Conozco la firma de mi padre. Y conozco las leyes marítimas de este barco. Mi padre lleva meses presionándome para que siente cabeza y salve el apellido con un heredero. Se alió con el tuyo. Nos han cazado como a dos estúpidos animales en un safari.

Me giré hacia él, con los ojos inyectados en rabia. Toda la atracción física de la noche anterior se disolvió, reemplazada por el instinto de supervivencia de una CEO herida.

—¡Tu padre! —le grité, dándole un empujón en el pecho que apenas lo movió—. ¡Esto es culpa de tu maldita familia de constructores ambiciosos! ¡Querían meter las manos en Índigo Gastronómica!

—¡No me culpes a mí, girlboss! —contraatacó Héctor, dándose la vuelta y encarándome con una mirada feroz, acortando la distancia hasta que nuestras narices casi se rozaban—. Tu padre firmó esa nota con el mío. Estaban juntos en esto. Fuiste tú la que me desafió a firmar ese papel porque no podías soportar que un hombre fuera más atrevido que tú. ¡Tu maldito ego nos casó tanto como el mío!

—¡Nos drogaron, Héctor! ¡Ese barman estaba compinchado! —le chillé, señalando el documento—. Voy a hundir este barco. Voy a demandar al capitán, a tu padre, al mío y a cada persona que pisó esta cubierta. Esto se anula hoy mismo.

Héctor soltó una risa amarga, fría, que me congeló las entrañas. Tomó el papel y me lo puso frente a la cara.

—Lee la letra pequeña, Claudia. Las leyes de Bahamas bajo este registro exigen un proceso de separación de mínimo un año si el matrimonio se consumó. Y adivina qué... —miró hacia la cama revuelta y luego a mi cuerpo envuelto en la sábana—, lo consumamos de la forma más salvaje posible. Si armamos un escándalo ahora, las acciones de Índigo y de mi constructora caerán en picada antes de que el barco llegue al próximo puerto. Los medios nos devorarán vivos.

Me quedé helada. Tenía razón. En el mundo de los grandes negocios, un escándalo de este calibre destruiría la confianza de los inversores. Miré las dos alianzas de oro en la bandeja, brillando de forma burlona bajo el sol de la mañana. Estábamos atrapados en alta mar, legalmente casados, rodeados de traidores y obligados a mirarnos las caras. La guerra acababa de comenzar.

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Doris Torre
excelente novela 👍
Faby Mena
Estoy impresionada por la escritura y trama de esta novela. muchas felicitaciones.
Isabella Varela
EXCELENTE NOVELA ,FELICITACIONES A LA AUTORA, BUENA TRAMA ,SIN EXCESO DE VIOLENCIA ,PERSONAJES MUY RECURSIVOS ( PROTAGONISTA)
Violette Hernandez
jajajaja eso les paso por calientes y con el ego inflado
Violette Hernandez
interesante 🤔🧐 aunque ella ya es ceo de sus restaurantes y él aunque es ceo la empresa y negocios son de su padre, una desventaja 😌
Graciela Zugarramurdi
Muy linda novela,espero ansiosa los proximos capitulos ,incluido el final
EM
que bello🥰
Perla Arbos
Excelente historia!!!. Felicitaciones!!!
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