Traicionada por su novio. Angie toma una decisión desesperada para vengarse pactar con el hombre más peligroso de la alta sociedad, Leonardo Torres, el imponente y calculador tío de su ex.
Lo que inicia como una tregua fría y un matrimonio por contrato de un año para proteger sus activos y estabilizar la corporación, rápidamente se sale de control. Entre miradas cargadas de tensión en la sala de juntas y roces que encienden una química devoradora a puerta cerrada, Angie descubre que Leonardo no es el tiburón despiadado que todos temen, sino un hombre dispuesto a todo por protegerla. Mientras Sebastián y sus aliados intentan destruirlos filtrando secretos del acuerdo, la falsa unión se transforma en un juego de posesión, poder y deseo donde ninguno de los dos quiere volver a ser libre.
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11
Leonardo Torres
Se cruzó de brazos con una autosuficiencia que me provocó un tic en la sien. Esa sonrisa ligera, casi burlona, borró en un segundo a la criatura frágil de vestido rosa pastel que acababa de derretir a media junta directiva.
—¿«De nada»? —repetí, dando un paso lento hacia ella, bajando el tono de voz para que no atravesara los cristales de la sala de juntas—. Me llamaste «mi cielo» frente a quince accionistas. Entraste sin tocar con una cesta de picnic y me besaste en la cara como si este despacho fuera el plató de una telenovela de la tarde.
—Y funcionó —respondió Angie sin pestañear, apoyando una mano en la mesa de caoba mientras ladeaba la cabeza—. ¿Viste la cara de tu hermano? No le quedó más remedio que tragarse sus amenazas y salir con la cola entre las patas. Si no fuera por mi entrada dramática, tus socios seguirían debatiendo si retirarte la confianza por culpa del escándalo de Sebastián.
La observé en silencio durante varios segundos, estrechando los ojos para estudiar cada detalle de su postura.
Desde la universidad, Angie siempre había sido un libro abierto para mí. Bastaba ver la forma en que apretaba las manos cuando mentía, o la rigidez de sus hombros cuando Sebastián le decía una zalamería barata, para saber exactamente qué pasaba por su mente. Era transparente, predecible, fácil de desmenuzar con una sola mirada.
Pero esto era distinto.
Esta versión suya, vestida de inocencia empalagosa pero con una mirada cargada de cálculo frío, no encajaba con el libreto que yo tenía de ella. ¿La filtración a la prensa? ¿La historia de la víctima abnegada? ¿La visita intempestiva con un almuerzo casero? Nadie cambia de piel de la noche a la mañana a menos que tenga una estrategia perfectamente diseñada.
Y para Angie, la estrategia siempre tenía el mismo patrón: salir del fango usando a alguien de trampolín. Antes intentó usarme a mí en la biblioteca para vengarse de Sebastián; luego usó mi nombre para frenar el matrimonio forzado con su padre; y ahora me estaba utilizando a mí y a mi corporación para limpiar su reputación ante todo el país, quedando como la heroína trágica y dulce del cuento.
—No viniste a salvarme a mí, Angie —dije con una sonrisa fría, dando un paso más hasta quedar a menos de un metro de ella—. Viniste a salvarte. Usaste la prensa para destruir a Sebastián a tu antojo y luego viniste a mi oficina a dar el espectáculo para asegurarte de que nadie te viera como una mujer calculadora, sino como una santa abatida por el amor.
Angie no se acobardó. Al contrario, sostuvo mi mirada sin parpadear, aunque pude notar un leve destello de tensión en la comisura de sus labios.
—Tú me enseñaste que en los negocios no se regala nada, Leonardo —respondió con una calma helada—. Dijiste que era mejor ser rica que infiel, y que debía aprender a defender mi propio capital. Pues bien: limpié mi nombre, destruí al tipo que jugó conmigo y te regalé la narrativa perfecta para que tus acciones dejen de desplomarse. Es un negocio redondo para los dos.
—¿Un negocio? —solté una risa baja y amarga, llevándome las manos a los bolsillos del pantalón—. Le diste a la prensa y a los socios exactamente la imagen que querían ver. Ahora no solo eres mi prometida en el papel; ante los ojos del mundo, eres la mujer apasionada que me adora y por la que yo iría a la guerra. ¿Tienes idea de la trampa en la que te acabas de meter?
—No es una trampa si yo tengo el control del escenario —replicó con arrogancia, dando un paso hacia la salida y tomándome la delantera.
La vi caminar hacia la puerta con la cesta de mimbre en la mano, y por primera vez en años, sentí una extraña mezcla de irritación y fascinación reprimida. La niña ingenua de la biblioteca había desaparecido por completo, reemplazada por una mujer que no temía usar mi propia cancha para jugar sus cartas.
Lo que Angie aún no entendía era que, aunque creyera tener el control de la escena, el dueño del teatro seguía siendo yo.
Y estaba dispuesto a dejarla actuar hasta el final del show.
...Angie Rojas...
Caminé por el pasillo del piso ejecutivo manteniendo la espalda recta y una sonrisa triunfante grabado en los labios. Sentía la mirada de Leonardo clavada en mi espalda como dos estacas de hielo, pero no me detuve.
Había funcionado. Cada pieza de mi rompecabezas improvisado había caído exactamente en su lugar.
Cuando salí de la casa de su abuela Elena con el dedo sangrando por la espina de aquella rosa blanca, me juré que no dejaré que nadie —ni Tomás, ni Sebastián, ni el propio Leonardo— volviera a manejar mi destino como si fuera un peón sin voz. Si querían jugarla de estrategas, yo les enseñaría lo que significaba una verdadera jugada de ajedrez.
Sabía perfectamente lo que Leonardo estaba pensando en este momento. Conozco esa mirada analítica suya; estaba intentando descifrarme, buscando las costuras de mi actuación, convencido de que solo lo estaba usando a él como mi escudo personal para salir del barro y no quedar destruida por la prensa. Y en parte tenía razón: lo usé a él y usé su empresa para aplastar a Sebastián y neutralizar las amenazas de su padre.
Pero lo que el gran e imperturbable CEO no sospechaba era el giro que daría su vida a partir de hoy.
Si creía que llamarlo «mi cielo» y besarlo frente a sus accionistas había sido el límite, no tenía la menor idea de lo que le esperaba. Iba a invadir su espacio, iba a llenar su vida de atenciones exageradas, sonrisas empalagosas y gestos coquetos frente a medio mundo hasta que esa coraza de hielo que llevaba por rostro se le desmoronara por completo.
Me subí al ascensor privado y me miré en el espejo de la cabina. Me acomodé el mechón de cabello rosa pastel sobre el hombro y sonreí con malicia.
—Prepárate, Leonardo... —murmuré para mi reflejo mientras las puertas se cerraban—. Porque si para salir del barro tengo que enamorarte, voy a hacer que te caigas de cabeza.
Y si de algo estoy segura, es que serás mío.