Anastasia Valenzuela Herrera huyó de la opulencia y del peso de ser la heredera del imperio de los magnates número uno del mundo, ocultándose bajo la falsa identidad de Anastasia Riquelme. Buscando forjar su propio camino en el extranjero, su vida da un giro devastador la noche en que es brutalmente violada en la oscuridad por un desconocido. Meses después, un desmayo en la universidad revela una verdad inquebrantable: está esperando un hijo de su agresor. En un intento desesperado por proteger a su bebé y evitar la intervención de su poderosa familia, comete el error de aceptar casarse por lo civil con Patricio Zapata, un compañero machista y manipulador.
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EL VEREDICTO DEL DOLOR Y LA VOZ DEL SUEÑO
Las tres palabras de Anastasia retumbaron en el pasillo privado de la clínica como una sentencia inapelable. Anastasia se apoyó con más fuerza en el brazo de su madre, sintiendo que sus piernas amenazaban con ceder. El rostro arrodillado de Carmelo Victorino, bañado en lágrimas de humillación y arrepentimiento, se fundió en su mente con la sombra difusa de aquella noche oscura. La textura de su voz, el lamento desesperado pidiendo perdón en medio del delirio y ese cabello rubio y rizado confirmaron la verdad que durante casi siete años permaneció oculta en la penumbra.
—Eras tú... —repitió Anastasia, con la voz rota por un sollozo ahogado—. El hombre que me arrebató la tranquilidad... el que me condenó a vivir aterrorizada... el que me hizo sentir sucia y culpable... fuiste tú.
Carmelo inclinó la cabeza hasta rozar el suelo con la frente, incapaz de sostener la mirada de la mujer a la que le había destruido la vida.
—Mátame si quieres, Anastasia... No hay condena en este mundo que alcance para pagar lo que te hice —suplicó Carmelo en un murmullo desgarrador—. Estaba ido, me drogaron... pero no hay excusa. Fui yo. Te destruí... y he pagado cada día de mi vida en un infierno del que jamás voy a salir.
Adriel Valenzuela dio dos pasos al frente. La furia en los ojos del patriarca había alcanzado un punto de ebullición peligroso. Ver a su hija temblando de dolor frente al responsable de su pesadilla terminó de romper el autocontrol del poderoso empresario. Con un movimiento rápido y despiadado, Adriel sujetó a Carmelo por las solapas del saco y lo levantó del suelo con una fuerza brutal, acorralándolo contra la pared del pasillo.
—¡Miserable! —rugió Adriel con una voz cavernosa que hizo temblar los cristales del piso—. ¡Te abrí las puertas de mi corporación, te traté como a un igual, y tú estabas destruyendo a mi hija en la oscuridad! ¡Te voy a refundir en la cárcel más oscura de este país! ¡Voy a exterminar tu apellido y tu imperio económico hasta que no quede nada de ti!
—¡Papá, no! —gritó Adrián, corriendo junto a Andrés para sujetar los brazos de su padre antes de que descargara un golpe sobre el rostro inerte de Carmelo, quien no hacía el menor intento por defenderse.
—¡Suéltame, Adrián! ¡Este infeliz va a pagar hoy mismo! —exigió Adriel fuera de sí.
—¡Adriel, basta! —sentenció Natalia con voz imponente, interponiéndose entre su esposo y el magnate—. No te conviertas en un criminal en este hospital. La policía ya viene en camino y la ley se encargará de él. Anastasia necesita paz, no más violencia.
En ese instante de tensión extrema, el timbre metálico del ascensor privado resonó en el pasillo. Las puertas se abrieron de golpe y de él salió una mujer mayor de elegancia aristocrática, con el rostro pálido por la angustia y el cabello perfectamente peinado. Era la madre de Carmelo y Sandro.
—¡Carmelo! ¡Sandro! —exclamó la mujer, advancing con pasos apresurados mientras sus tacones resonaban con fuerza en el suelo de vinilo.
Sandro corrió de inmediato a recibirla, tomándola del brazo.
—Mamá... qué bueno que llegaste —dijo Sandro con la voz agitada.
La madre de Carmelo se detuvo en seco al ver la escena: su hijo mayor con el traje arrugado, acorralado contra la pared por un Adriel Valenzuela consumido por la furia, y a Anastasia sostenida por Natalia.
—¿Qué es esto? Adriel... Natalia... ¿qué está pasando aquí? —preguntó la matriarca Victorino, buscando desesperadamente los ojos de sus hijos—. Sandro me llamó diciendo que habías venido a cometer una locura, Carmelo.
—No es una locura, mamá... —articuló Carmelo con la voz rota, liberándose con suavidad del agarre de Adriel y volviendo a dar un paso atrás—. Vine a entregarme. Vine a confesar que hace seis años y nueve meses... fui yo quien atacó a Anastasia.
La madre de Carmelo se llevó ambas manos a la boca, soltando un ahogado grito de horror. La tez de la mujer se volvió de un blanco cadavérico al procesar las palabras de su hijo primogénito.
—Dios mío... Carmelo, no... —balbuceó la mujer, sintiendo que las fuerzas le fallaban.
Sin embargo, lo que nadie en el pasillo había notado era que la puerta de la sala de descanso privada se había quedado entreabierta. Atraído por las voces altas, los gritos y el llanto, el pequeño Ariel había salido despacio al pasillo. Sosteniendo su pequeño oso de peluche contra el pecho, el niño de seis años había escuchado casi toda la conversación oculto detrás de un pilar de mármol.
Sus pequeños ojos azules cristalinos estaban dilatados por el asombro y la conmoción. Había escuchado a su abuelo Adriel hablar de la prueba de ADN, a su madre llorar desconsoladamente y al hombre alto de cabello rubio y rizado confesar que él era el responsable de todo.
Ariel dio tres pasos fuera de su escondite.
—¿Mamá...? —susurró el niño con la voz temblorosa.
El silencio cayó como una guillotina sobre el pasillo. Todos los presentes —Adriel, Natalia, Anastasia, Carmelo, su madre, Sandro y los hermanos Valenzuela— giraron la cabeza al mismo tiempo hacia el pequeño.
Ariel miró a Anastasia y luego dirigió sus ojos azules hacia Carmelo Victorino. La semejanza entre el hombre arrodillado y el niño parado en el pasillo era tan devastadora que la madre de Carmelo ahogó un sollozo al ver a su nieto por primera vez.
—Tú... tú eres el hombre de ojos azules —murmuró Ariel en un susurro inocente que hizo estremecer el corazón de todos—. El que en mi sueño me miraba... y me decía que pronto va a estar todo bien.
Carmelo apretó las manos contra el suelo, sintiendo que el pecho se le partía en mil pedazos. El remordimiento lo ahogó por completo al escuchar la dulce voz de su hijo relacionarlo con ese ángel guardián que se le aparecía en sus sueños.
—Ariel... mi amor ven aquí —suplicó Anastasia entre llantos, extendiendo sus brazos hacia el niño para intentar protegerlo de la verdad.
Ariel miró a su madre, pero dio un pequeño paso inocente hacia Carmelo, fijando sus ojos azules llenos de lágrimas en la mirada devastada del magnate.
—¿Por qué lloras? —preguntó Ariel con ingenuidad infantil—. ¿Tú eres mi papá?
La madre de Carmelo no pudo contenerse más. Cayó de rodillas en medio del pasillo, rompiendo en un llanto amargo al ver la tragedia familiar y la existencia de ese nieto que llevaba la misma sangre y los mismos rasgos de los Victorino.
Al fondo del pasillo, el sonido lejano de las sirenas de las patrullas de policía comenzó a acercarse al centro médico. El tiempo se había agotado para todos.