Helena ha vivido dos veces… y en ambas terminó muerta.
En su primera vida eligió a Menelao, creyendo que un rey podía ofrecerle amor y protección. Descubrió demasiado tarde que detrás de su corona había un hombre celoso, posesivo y cruel, capaz de convertir el matrimonio en una prisión.
En su segunda vida huyó de él y creyó en las promesas de París. Fue otro error. París solo quería presumir de su belleza, beber, divertirse y convertirla en un trofeo. Cuando Troya cayó, Helena volvió a morir.
Pero la tercera vez será diferente.
Cuando llega el momento de escoger esposo, Helena recuerda a un joven que una vez le ofreció un pañuelo mientras lloraba: Héctor, príncipe de Troya. Un hombre que todavía es soltero, noble y libre.
Sin dudarlo, Helena lo elige.
Ahora deberá conquistar su corazón… y desafiar una historia que sabe que terminará con Héctor muerto en batalla.
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La desconocida que despertó
La tarde caía sobre Troya, tibia y dorada. Helena estaba en los aposentos, mirando por la ventana hacia el camino que bajaba desde las montañas, cuando escuchó el galope de caballos. No era el ritmo tranquilo de un mensajero. Era un galope urgente, frenético, como si alguien huyera de la muerte misma.
Salió al balcón y su corazón dio un vuelco. Allí, subiendo por la colina hacia las puertas del palacio, venía Héctor, a caballo, y sostenida contra su pecho, envuelta en una capa manchada de sangre y polvo, había una mujer. Su cabeza caía hacia un lado, inconsciente, y su brazo colgaba inerte, con una herida abierta que oscurecía la tela. Nadie sabía quién era. No llevaba marcas de nobleza ni insignias conocidas. Era simplemente una desconocida que él había encontrado herida y había decidido salvar.
Helena no pensó. Corrió. Bajó las escaleras de dos en dos, con el corazón golpeándole con fuerza en el pecho. Al llegar al patio principal, Héctor ya había desmontado y sostenía a la mujer entre sus brazos, con el rostro tenso, los labios apretados por la preocupación.
—¡Héctor! —gritó ella, acercándose—. ¿Qué pasó? ¿Quién es ella?
Él la miró un instante, sin detenerse, caminando rápido hacia los aposentos de huéspedes.
—No lo sé —respondió él, con voz grave—. Su caravana fue atacada por bandidos en el paso de las montañas. Iba sola entre los mercaderes, no llevaba escolta. Los asaltaron y todos los que la acompañaban cayeron. Yo estaba patrullando la zona y llegué justo a tiempo. La saqué de allí antes de que pudieran terminar lo que empezaron. No sé su nombre, no sé de dónde viene. Solo sé que estaba viva y no podía dejarla.
Helena se quedó inmóvil un segundo. No sabía quién era. Era una desconocida, y aun así él la había salvado. Sintió un vuelco en el estómago, una mezcla de preocupación y reconocimiento. Era él. Era el mismo hombre que siempre había sido: el que no dejaba a nadie atrás, sin importar quién fuera.
—Está perdiendo mucha sangre —dijo Helena, acercándose a su lado, dejando que el asombro se quedara atrás—. Vamos, yo ayudaré. Sé de hierbas y curaciones. No perdamos tiempo.
Héctor la miró, sorprendido por su prontitud, y asintió con gratitud.
—Gracias, Helena.
Entraron en la habitación. Él la depositó con suavidad sobre la cama. Era joven, de rostro dulce y delicado, con cabello oscuro esparcido sobre las almohadas. Su piel estaba pálida, y respiraba con dificultad. La herida en su hombro era profunda, pero no mortal si se atendía rápido.
Helena se arrodilló junto a la cama, lavó la herida con vino y agua limpia, aplicó cataplasmas de hierbas que calmaban el dolor y detenían la hemorragia, y la vendó con tiras de lino limpio, con manos seguras y rápidas. Héctor la observaba, ayudando cuando ella se lo pedía, sosteniendo la mano de la joven cuando ella se quejaba en sueños, sin apartar la vista de Helena ni un instante, admirado de su calma, de su destreza, de su bondad.
Pasaron las horas. La noche cayó sobre Troya. Se quedaron los dos junto a la cama, esperando, en silencio. Hasta que, poco antes del amanecer, la joven se movió. Sus párpados temblaron y finalmente abrió los ojos, oscuros y grandes, mirándolos con confusión y temor.
—¿Dónde… estoy? —susurró, con voz débil y ronca.
Héctor se inclinó hacia ella, suavemente, sin asustarla.
—Estás a salvo. En el palacio de Troya. Fuiste atacada en el camino. Yo te encontré y te traje aquí. No tienes nada que temer.
La joven lo miró, luego miró a Helena, que estaba al otro lado de la cama, y pareció relajarse un poco ante la amabilidad en sus rostros.
—Yo… —intentó incorporarse, pero el dolor la detuvo.
—Descansa —dijo Helena, poniéndole una mano suave sobre el brazo sano—. Estás herida. No te muevas tanto.
La joven asintió, y una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
—Gracias… —dijo, mirándolos a ambos—. Mi nombre es Andrómaca.
Helena contuvo el aliento. Andrómaca. El nombre. La mujer que en su otra vida sería la esposa de Héctor, la mujer a la que ella había envidiado con toda su alma… estaba allí, frente a ella, diciendo su nombre por primera vez, sin saber quiénes eran ellos, sin saber lo que el destino había escrito.
—Andrómaca —repitió Héctor, con un tono suave, como grabándolo en la memoria—. Soy Héctor, príncipe de Troya. Y ella es Helena, mi esposa.
Andrómaca los miró, y al verlos juntos, tan unidos, tan atentos con ella, inclinó levemente la cabeza