Ariana Montero es, a los ojos de todos, una esposa insignificante.
Su suegra la humilla en cada cena. Su esposo, Simón Valverde, la exhibe como un adorno inútil mientras pasea a su amante del brazo frente a la familia. Nadie le pregunta adónde va por las noches. Nadie sospecha que debajo del vestido sencillo y el silencio calculado se esconde una de las cirujanas cardíacas más brillantes del país.
Cuando un misterioso inversionista llamado Santiago Guerrero la recluta para dirigir un ambicioso proyecto médico, los dos mundos de Ariana comienzan a colisionar. En el hospital es la "Doctora Genio", una leyenda anónima cuyos dedos han salvado vidas que otros daban por perdidas. En casa sigue siendo la mujer a la que nadie toma en serio.
Pero los secretos tienen fecha de caducidad.
A medida que su identidad se resquebraja, Ariana descubre algo mucho más peligroso que un matrimonio roto: la muerte de sus padres —dos médicos célebres que perecieron en un supuesto accidente automovilístico— fue un asesinato orquestado por las mismas familias que hoy la rodean. Un hombre con el rostro marcado por cicatrices, un tío político con las manos sucias y una suegra cuya elegancia esconde complicidad van tejiendo un rompecabezas que lleva veinticinco años enterrado.
Entre conspiraciones familiares, traiciones inesperadas, bisturís y balas, Ariana deberá decidir hasta dónde está dispuesta a llegar para honrar la memoria de quienes le dieron la vida... y si el hombre que le ofrece protección merece también su confianza.
Porque en esta historia, ser subestimada no es una debilidad.
Es una ventaja.
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Capítulo 8
La carta llegó por la mañana: un sobre oficial con el logotipo del hospital donde trabajaba. Mariana lo abrió con manos que se esforzaban por mantenerse firmes, pero la primera línea bastó para drenarle el color del rostro.
Suspensión temporal de toda práctica médica hasta que concluya la investigación del comité de ética.
Leyó hasta el final.
No se trataba únicamente de la evaluación técnica de la cirugía fallida; la familia del paciente había interpuesto una demanda formal. Exigían transparencia en el expediente clínico, las grabaciones del quirófano y los registros de comunicación interna previos al procedimiento.
Mariana se dejó caer en la silla, abatida. Era un documento oficial.
Dos días después, la sala del tribunal de ética del hospital se sentía más fría que de costumbre. Varios miembros del consejo permanecían sentados, inexpresivos.
—Doctora Mariana —uno de ellos abrió el expediente—, su decisión de realizar una ligadura de emergencia sin asegurar el control total de la hemorragia fue la causa principal del fracaso en la estabilización.
—Era una situación de emergencia —respondió Mariana, tratando de conservar un tono profesional—. Tomé la mejor decisión posible con el tiempo disponible.
—Sin embargo, usted ignoró la recomendación del asistente senior de convertir la técnica.
Mariana calló una fracción de segundo de más, y aquel silencio habló mucho más que cualquier defensa.
Fuera del hospital, la familia del paciente no se quedó de brazos cruzados.
Se emitió una entrevista exclusiva.
—Solo queremos que la doctora Mariana rinda cuentas —declaró el hijo del fallecido con la voz entrecortada—. Si hubo negligencia, que no se encubra.
El nombre de Mariana se pronunció con toda claridad, y su reputación terminó de derrumbarse ante la opinión pública.
Una semana más tarde salió la resolución definitiva. Despido formal por violación de los protocolos de procedimiento y falta a la ética profesional. Sin concesiones, sin siquiera un atisbo de protección por parte de Simón.
Mariana se quedó de pie frente al edificio del hospital donde alguna vez ejerció, con una caja pequeña de pertenencias personales entre las manos. Algunas enfermeras bajaban la mirada para esquivar la suya.
Nadie se atrevió a acercarse, mucho menos a defenderla. Ya no era la médica talentosa a la que todos elogiaban; ahora era… una deshonra.
Esa noche, Mariana se presentó en casa de Simón.
Simón abrió la puerta con el rostro fatigado.
—Me despidieron —soltó Mariana sin rodeos.
Simón cerró los ojos un instante, como si ya lo hubiera previsto.
—El caso era demasiado grande —prosiguió Mariana—. Necesitaban un chivo expiatorio.
—Tú cometiste el error —contestó Simón con frialdad.
Mariana clavó en él una mirada afilada.
—Lo hice para demostrar lo que valgo, para que tu proyecto saliera adelante.
Simón soltó una risa breve, desprovista de humor.
—No metas mi nombre en cada uno de tus fracasos.
La frase fue gélida; la distancia, palpable. Y Mariana lo percibió: Simón empezaba a apartarse de ella. Incluso antes de enterarse de que Ariana era la doctora genio que tanto buscaba.
Transcurrieron varios días. Simón contactaba a Mariana cada vez con menos frecuencia. Sus llamadas quedaban sin respuesta; sus mensajes recibían apenas un par de palabras. Ella reconocía las señales: la estaban marginando. Y Mariana jamás se había permitido ser desechada sin más.
Volvió a buscarlo, pero esta vez no llevaba un rostro frágil, sino una calma peligrosa.
—Me enteré de que tu proceso de divorcio aún no ha concluido —dijo en voz baja mientras se sentaba en el sofá de la sala de Simón.
—Eso no es asunto tuyo.
—Precisamente es asunto mío. —Mariana lo miró sin pestañear—. Ante la ley, sigues siendo el esposo de Ariana.
La mujer esbozó una sonrisa torcida, como si algo en su interior se hubiera quebrado.
—Imagina que los medios se enteraran de nuestra relación… antes de que tu divorcio sea legal.
Simón avanzó un paso hacia ella.
—¿Qué insinúas?
—Ya no tengo nada que proteger —respondió Mariana con absoluta serenidad—. Pero tú todavía tienes un nombre. Las acciones de tu empresa podrían desplomarse.
Mariana sacó su teléfono; varias fotografías aparecieron en la pantalla. Imágenes tomadas a escondidas: los dos desnudos en la cama, y otras dentro de un auto.
Simón experimentó algo que rara vez sentía: verse acorralado.
—¿Me estás amenazando? —Su voz descendió a un registro grave.
—Me estoy salvando a mí misma —replicó Mariana sin un ápice de emoción—. No puedes abandonarme ahora, no después de todo lo que me pasó por amarte.
Simón dejó escapar de pronto una risa queda, amarga y casi cínica. Jamás imaginó que Mariana se volvería en su contra.
De todas las posibilidades que había calculado, la traición de aquella mujer era la menos esperada. Mariana, que siempre había permanecido a su lado, que le hablaba con dulzura y lo miraba con ojos cargados de significado, resultó guardar un cuchillo detrás de la sonrisa.
Lo que le hizo hervir la sangre no fue solo el ataque. Fue la razón que esgrimió… Amor.
Simón negó despacio con la cabeza; la comisura de sus labios se torció en un gesto amargo.
—¿Amor? —murmuró, como si se burlara de la palabra misma.
Para él, aquello no era amor. Era una obsesión envuelta en sacrificio falso, una ambición disfrazada de confesión sentimental. Y, más que cualquier otra cosa, era un insulto. Porque Mariana pretendía justificar cada paso turbio… invocando algo sagrado.
—¿Y qué es lo que quieres? —Simón exhaló con pesadez.
—Estatus y protección. Y también reconocimiento… como la señora de Valverde.
Simón contempló a esa víbora con mirada cortante. Mariana se había convertido en una amenaza.
Días después, el informe de auditoría de la fundación se filtró a varios medios de investigación.
El titular fue demoledor.
"¿Donaciones benéficas o ruta clandestina? Indicios de malversación en la Fundación Valverde".
Transferencias cuantiosas, empresas fantasma, documentos inflados. Todo empezó a desmoronarse. Los inversionistas convocaron una junta de emergencia; las acciones de la empresa cayeron en picada.
Simón permanecía solo en su despacho, la pantalla del televisor encendida sin volumen. Un problema sin resolver y otros llegaban en cascada. El divorcio, el escándalo médico de la doctora a la que había respaldado. Las sospechas de infidelidad y la malversación de fondos.
En su oficina, Santiago Guerrero recibió el informe más reciente.
—La doctora Mariana ya fue despedida y ahora se queda en la residencia del señor Valverde prácticamente todos los días —reportó su asistente.
Santiago asintió con un gesto apenas perceptible.
—La presión hará que se despedacen entre ellos.
—¿Necesitamos actuar con mayor contundencia?
—Todavía no.
Se puso de pie y contempló las luces de la ciudad a través del cristal.
—Las personas que se sienten acorraladas suelen cometer los errores más graves.
—¿Y respecto a la identidad de la doctora Ariana que el señor Valverde está investigando?
Santiago esbozó una sonrisa tenue.
—Mientras estén ocupados destruyéndose mutuamente… nadie mirará hacia las sombras.
En su apartamento, Ariana cerró la laptop tras leer las últimas noticias sobre la fundación. No hubo sonrisa triunfal, solo serenidad. El divorcio seguía su curso, su nombre permanecía intacto. Y el proyecto del Centro Cardíaco Integral se fortalecía aún más después de la tormenta que azotó a sus rivales.
La partida no había terminado.
Pero ahora el tablero de ajedrez comenzaba a nivelarse, y varias piezas ya habían caído. Sin que nadie llegara a sospechar… quién era en realidad la Reina detrás del telón.