Todo comenzó con un amor adolescente. Ella tenía 18 años y Adonis, 19. Estaban convencidos de que su relación era verdadera y soñaban con permanecer juntos. Sin embargo, sus vidas cambiaron cuando ella descubrió que estaba embarazada. Adonis, asustado por su juventud y por la responsabilidad que se acercaba, aseguró que no quería ser padre y terminó rechazándola. Al enterarse, los padres de la joven decidieron hablar con la familia de Adonis. Después de una difícil conversación, ambas familias acordaron un matrimonio arreglado para que asumieran juntos la responsabilidad. Al principio, ninguno estaba preparado, pero con el tiempo nació una inesperada cercanía entre ellos.
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Capítulo 21 — Palabras que lastiman
Habían pasado cinco meses desde nuestro matrimonio.
Kiara ya tenía siete meses de embarazo.
Su barriga había crecido muchísimo y cada vez era más evidente que faltaba menos para conocer al bebé.
Pero entre nosotros las cosas seguían igual.
Las peleas continuaban.
Yo seguía trabajando con mi tío y, después de algunos días difíciles, muchas veces terminaba saliendo con mis amigos y regresando a la casa borracho.
Sabía que no estaba bien.
Mi mamá ya me había hablado varias veces.
Incluso mi tío me había dicho que tenía que empezar a comportarme como un hombre responsable.
Pero yo no escuchaba.
Aquella noche regresé nuevamente después de haber tomado.
Abrí la puerta haciendo más ruido del necesario.
—¡Uy, juepucha! —murmuré mientras intentaba quitarme los zapatos.
Kiara estaba sentada en la sala.
Me miró.
—Otra vez llegas tomado.
—¿Y qué?
—Nada, Adonis.
—Entonces no me estés mirando así.
Ella suspiró.
—Estoy cansada.
—Yo también.
Kiara se levantó lentamente.
A esas alturas, caminar ya le costaba más por el embarazo.
—Voy a dormir.
La miré y, estando borracho, dije algo que al día siguiente seguramente lamentaría.
—Mire pues... me da hasta asco verla así.
Kiara se quedó quieta.
—¿Cómo?
—Mire lo gorda que está.
El silencio fue inmediato.
Ella bajó la mirada hacia su barriga y después volvió a mirarme.
Sus ojos estaban llenos de tristeza.
—Te recuerdo que llevo a tu hijo en el vientre.
Me quedé callado por unos segundos.
Pero el alcohol me hacía hablar sin pensar.
—Pues yo no te dije que engordaras tanto.
Kiara respiró profundamente.
—No puedo creer que estés diciendo esto.
—Estoy diciendo la verdad.
—No. Estás borracho.
—¿Y qué?
—Mañana ni siquiera vas a acordarte.
Me reí.
—Claro que sí.
Ella negó con la cabeza.
—Ya no quiero discutir contigo.
—Pues vete.
Kiara me miró con decepción.
—Esta también es mi casa.
Eso me hizo callar.
Ella caminó lentamente hacia la habitación.
Antes de entrar, se detuvo.
—¿Sabes qué es lo peor?
No respondí.
—Que cada vez que llegas borracho, dices cosas que me lastiman.
Me quedé mirándola.
—Kiara...
—No.
Se limpió una lágrima.
—No quiero escucharte ahora.
Entró y cerró la puerta.
Me quedé solo en la sala.
Por unos segundos, el alcohol no pudo ocultar completamente lo que acababa de hacer.
Miré hacia la puerta.
Sabía que había cruzado una línea.
No tenía derecho a hablarle de esa manera.
No después de todo lo que estaba viviendo.
No después de saber que llevaba a nuestro hijo en el vientre.
Me senté en el sofá.
—Qué embarrada...
Me pasé las manos por la cara.
Pero en lugar de ir a disculparme, terminé quedándome dormido.
A la mañana siguiente desperté con un dolor de cabeza terrible.
Miré alrededor.
Por un momento no recordaba nada.
Después las imágenes de la noche anterior comenzaron a regresar.
Kiara.
La discusión.
Mis palabras.
Sentí un nudo en el estómago.
Me levanté y fui hasta la habitación.
La puerta estaba entreabierta.
Kiara estaba sentada en la cama.
Me miró, pero no dijo nada.
—Kiara...
Ella siguió mirando hacia otro lado.
—Yo... —tragué saliva— recuerdo lo que dije anoche.
—Qué bueno.
—Lo siento.
—No basta con decirlo.
Me quedé callado.
—Estoy cansada, Adonis.
Su voz se quebró.
—Cansada de tus peleas, de tus borracheras y de que me hagas sentir mal por mi cuerpo cuando estoy pasando por un embarazo.
Bajé la cabeza.
—Tienes razón.
—Yo no necesito que me digas que estoy bonita. Solo necesito que dejes de lastimarme.
Sus palabras me golpearon más fuerte que cualquier regaño.
—Voy a cambiar.
Kiara me miró.
—Eso dices siempre.
No supe qué responder.
Porque, en el fondo, sabía que tenía razón.
Llevábamos cinco meses casados.
Faltaban apenas dos meses para que naciera nuestro hijo.
Y si quería ser padre de verdad, ya era hora de demostrarlo con hechos.
No con promesas.
No con excusas.
Con acciones.