Isabella Mason creyó que su matrimonio con Alan sería para siempre.
Lo amó, lo apoyó cuando no tenía nada y permaneció a su lado mientras él construía la vida que siempre quiso. Pero con el éxito llegaron la distancia, la ambición y la certeza de que amar a alguien no siempre significa ser suficiente para quedarse.
Cuando su matrimonio se derrumba, Alexander Blackwood aparece con una propuesta imposible: divorciarse y casarse con él.
Alexander está a punto de anunciar su candidatura presidencial. Isabella necesita empezar de nuevo.
El acuerdo parece sencillo.
Hasta que deja de serlo.
Porque Alexander Blackwood nunca entra en una historia por casualidad.
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Capítulo 11
Alexander me dio tres días.
No llamó ni apareció con una agenda bajo el brazo o una lista de cosas que debía hacer antes de convertirme en su esposa. Simplemente me dejó descansar, y se lo agradecí más de lo que estaba dispuesta a admitir.
El primer día dormí hasta casi el mediodía.
Cuando abrí los ojos tardé unos segundos en recordar dónde estaba. Mi habitación seguía exactamente igual, con la misma colcha, los mismos libros en el estante y las mismas fotografías sobre la cómoda.
Durante un instante absurdo pensé que tenía veintidós años otra vez.
Después vi las dos maletas al pie de la cama.
Mi teléfono estaba sobre el buró.
Tenía dos mensajes de Alexander.
El primero era de esa misma mañana.
Ya es oficial. Estás divorciada.
Me quedé mirando esas palabras durante varios segundos.
Pensé que sentiría algo más grande al leerlas. Tristeza. Alivio. Rabia. Algo capaz de estar a la altura de lo que significaban.
Pero lo único que sentí fue un vacío extraño.
Ya no era la esposa de Alan.
No lloré.
Ya había llorado cuando firmé.
El segundo mensaje era todavía más breve.
Hablamos dentro de tres días.
Eso fue todo.
Ni siquiera preguntó cómo había ido la conversación con mis padres.
Mi hermana apareció en mi habitación poco después, sin tocar, como si dos años no hubieran pasado y todavía tuviera derecho a entrar cuando quisiera.
—¿Sigues viva?
—Apenas.
Se dejó caer sobre mi cama y me informó que mamá había querido despertarme a las ocho porque, en su opinión, dormir después de las nueve seguía siendo una señal de decadencia moral.
Me reí.
Había olvidado lo fácil que era hacerlo con ella.
Los siguientes dos días los pasé prácticamente a su lado.
Samantha se encargó de ponerme al corriente de todo lo que había ocurrido durante mi ausencia. Quién se había casado, quién se había divorciado, quién había tenido hijos, quién había quebrado y qué amistades habían terminado odiándose.
También decidió inspeccionar mis maletas.
Ese fue su primer error.
Sacó varias prendas, las examinó con una seriedad completamente innecesaria y terminó mirándome como si hubiera encontrado pruebas de un crimen.
—Isa, esto no puede ser todo.
—Es todo.
Levantó uno de mis pantalones.
—Este tiene una mancha.
—Es decoración.
Samantha dejó escapar un suspiro.
—Vamos de compras.
Me negué.
Fuimos de todas formas.
No compramos demasiado. Todavía me resultaba extraño gastar dinero sin calcular primero cuánto quedaría después y, aunque mi situación había cambiado de un día para otro, mi cabeza no parecía haberse enterado.
Pero agradecí salir.
Caminar con ella.
Tomar café.
Escucharla hablar.
Durante unas horas conseguí olvidarme del divorcio y de que pronto iba a casarme otra vez.
La conversación sobre Alan llegó mientras estábamos sentadas en una cafetería.
—¿Todavía lo amas? –preguntó mi hermana
Bajé la vista hacia mi café.
—No lo sé.
Era la respuesta más sincera que tenía.
Lo había amado.
Mucho.
Lo suficiente como para dejar mi casa, enfrentarme a mis padres y construir una vida completamente distinta a la que había conocido. Lo había amado convencida de que iba a envejecer a su lado.
Eso no desaparecía solo porque hubiera firmado unos papeles.
—Yo realmente creía que iba a pasar el resto de mi vida con él —admití.
Samantha extendió la mano sobre la mesa y cubrió la mía.
No me dijo que nuestros padres habían tenido razón.
No me preguntó por qué no había vuelto antes.
No me recordó todas las advertencias que había ignorado.
Solo escuchó.
Quizá por eso terminé contándole más de lo que tenía planeado.
Le hablé de los primeros meses, de lo difícil que había sido empezar sin ayuda, de cómo la empresa de Alan había comenzado a crecer y de la manera en que, poco a poco, yo había dejado de sentirme parte de su vida.
No le conté todo.
Todavía había cosas que no podía decir en voz alta sin sentir que algo se cerraba dentro de mí.
Pero fue suficiente.
Cuando salimos de la cafetería, ella terminó llevando la conversación hacia Alexander.
Por supuesto.
No le resultaba extraño que fuera a casarme con un hombre al que conocíamos desde niñas.
A mí tampoco.
Conocía a Alexander desde siempre.
O al menos conocía al Alexander que formaba parte de nuestras reuniones familiares, el que aparecía en cumpleaños, cenas y vacaciones.
El hombre con el que iba a casarme era otra cosa.
—Es raro —admití mientras caminábamos hacia el auto—. Lo conozco desde toda la vida y siento que no lo conozco en absoluto.
Samantha sonrió.
—Supongo que tendrás tiempo para aprender.
No respondí.
Tiempo era precisamente algo que no iba a faltarnos.
El tercer día desperté sintiéndome diferente.
No bien.
Todavía no.
Pero sí más tranquila.
Desayuné con mis padres, pasé parte de la tarde con Samantha y conseguí sobrevivir casi veinte minutos escuchando a mi madre hablar de bodas, lugares y posibles invitados antes de recordarle que todavía ni siquiera había una fecha.
Para ella eso parecía un detalle menor.
Cerca de las seis estaba con Samantha en mi habitación cuando escuchamos un auto avanzar por el camino de la entrada.
Ella fue hasta la ventana.
—Es Alexander.-dijo emocionada
Miré automáticamente mi teléfono.
Ninguna llamada.
Ningún mensaje.
Claro.
Me había dicho que hablaríamos en tres días.
Y Alexander, aparentemente, cumplía hasta las frases más simples como si fueran citas programadas.
Bajamos juntas.
Él ya estaba en la sala con mis padres.
Se había quitado el abrigo y lo llevaba doblado sobre un brazo. En la otra mano sostenía un sobre grueso.
En cuanto lo vi supe exactamente qué contenía.
El acuerdo.
Mi madre me vio primero.
Alexander volvió la mirada hacia mí.
—¿Descansaste?
—Sí, mucho.
Asintió.
Después pidió hablar conmigo a solas.
Mi atención volvió inmediatamente al sobre.
No pensaba tener esa conversación en una sala donde mi madre podía aparecer con café cada cinco minutos.
Me acerqué a Alexander y lo tomé del brazo.
—Ven.
Arqueó ligeramente una ceja, pero no se resistió cuando empecé a llevarlo hacia las puertas de cristal.
—Necesitamos privacidad —dije antes de que mi madre preguntara algo.
Salimos a la terraza.
Solo entonces lo solté.
Alexander bajó la mirada hacia mi mano y después volvió a mí.
—Qué discreta.
—No empieces.
Señalé el sobre.
—Sé qué es eso.
Lo levantó apenas.
—Entonces me ahorraré explicaciones.
Caminé hasta uno de los sillones de la terraza.
Alexander se sentó frente a mí y dejó el sobre sobre la mesa que nos separaba.
Durante unos segundos ninguno habló.
Después lo empujó hacia mí.
Había aceptado casarme con Alexander Blackwood.
Ahora iba a descubrir exactamente qué significaba ese sí.