Heloísa aprendió a levantarse antes del amanecer, a tomar dos trenes con la vianda en el bolso y una hija dormida en la memoria, a sonreír con la dignidad de quien no le debe nada a nadie. Seis años atrás, un matrimonio se le deshizo entre las manos y una familia poderosa la borró del mapa como quien limpia una mancha. Ella sobrevivió. Se reconstruyó. Enterró aquel nombre para siempre.
Hasta la mañana en que ese nombre volvió a aparecer en la pantalla de su computadora: Vicente Vasconcelos, el nuevo presidente de la empresa. Su exmarido. Su jefe. Y a su lado, una prometida embarazada del brazo y una sonrisa afilada.
Pero hay algo que no encaja. Un osito de peluche gastado que Heloísa juraría reconocer. Una niña de ojos oscuros que la huele y susurra que "huele a mamá". Un hombre de hielo que, de repente, guarda el aroma de un jabón descontinuado y pide "por favor" por primera vez en su vida. Cuanto más intenta Heloísa mantener las distancias, más se derrumban los muros que tardó seis años en levantar… y más cerca queda de una verdad que alguien enterró junto con todo lo demás.
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Capítulo 5
POV: Heloísa
El condominio quedaba en Alphaville, detrás de dos portones, una caseta con cara de recepción de hotel y una calle interna lo bastante ancha para que cupiera mi departamento entero. En la caseta, el guardia verificó mi nombre en una lista larga antes de encontrarlo, debajo de "proveedor de servicios", y me señaló la entrada del fondo con dos dedos, sin salir de detrás del vidrio. Yo agradecí y me tragué el resto.
La fiesta era del Grupo Vinci, una de esas convivencias de familia que las empresas grandes hacen para parecer que son una sola cosa. Almuerzo, piscina, buffet, niños corriendo en el césped, mesero de corbata circulando con la bandeja. Oí música y risas del otro lado del muro antes incluso de ver la casa.
Llegué por la entrada de servicio, con la caja del pastel en las dos manos, como se carga una cosa que costó la madrugada entera. Había sido un pastel de tres pisos, masa de vainilla con brigadeiro de cuchara, cubierto de merengue y florecitas de azúcar que Bel me había ayudado a pintar antes de dormir, la lengua de fuera de concentración, corriendo la mitad de los pétalos de rosa por encima de la mesa de la cocina. Yo había rehecho esos por encima después de que ella se durmió. Hacía años que no me esmeraba así con un pastel. No me paré a pensar por qué.
Una mujer de uniforme me llevó hasta la cocina de la casa principal, una cocina de mármol claro del tamaño de mi cuarto y mi sala juntos, y me dijo que dejara el pastel en la encimera, que ya venían por él. Abrí la caja con cuidado, acomodé una florecita que se había torcido en el traslado, alisé un pliegue del merengue con el revés de la cuchara. Después retrocedí un paso para revisarlo. Estaba bonito. Estaba como lo habría hecho si fuera para una hija mía.
Ya me iba. Se suponía que sería rápido. Entregar, cobrar, desaparecer antes de que alguien me reconociera de la oficina y empezara el chisme.
Fue entonces cuando ella entró corriendo.
Una niña pequeña, el pelo oscuro recogido en una coleta medio deshecha, el vestido de fiesta arrugado en la rodilla de quien ya rodó por el césped, uno de los calcetines caído en el tobillo. Se detuvo en medio de la cocina al verme, como se detienen los niños, con el cuerpo entero de golpe, los tenis derrapando en el piso encerado. Me clavó dos ojos grandes y oscuros que sentí que ya conocía de algún lado, sin poder decir de dónde.
—¿Eres la señora del pastel? —preguntó.
—Sí. —Me agaché en automático, para quedar a su altura, la rodilla crujiendo contra el piso frío—. Tú debes de ser la cumpleañera.
—Soy Nina. —Se acercó más, sin miedo alguno, y se quedó mirándome la cara con una atención rara para una niña, los ojos corriendo de mi barbilla a mi frente y volviendo, como quien busca una cosa que perdió—. Seis años hoy.
Helena, iba a saber después que era el nombre en el papel. Pero para ella y para todo el mundo, Nina. Seis años, dos dientes de enfrente faltando, y una manera de mirar directo a los ojos que desarmaba.
—Feliz cumpleaños, Nina —dije, y la voz me salió más suave de lo que pretendía—. Yo hice tu pastel. Es de vainilla con brigadeiro.
Se le encendieron los ojos.
—¿Brigadeiro de cuchara? ¿O ese duro que queda en el molde?
—De cuchara. Bien blando, del que se pega en el diente.
—Ese es el correcto. —Movió la cabeza, aprobando, muy seria, una jueza de dos palmos de altura. Después hizo algo que me quitó el piso. Dio un paso más, arrimó la naricita casi a mi hombro y olió, con la seriedad concentrada con que los animalitos pequeños reconocen lo que es seguro.
—Hueles a mamá —dijo.
—¿Cómo así, mi amor?
—Olor a mamá. —Se encogió de hombros, como si fuera obvio—. No es perfume. Es otro olor. Tú lo tienes. —Frunció la nariz, buscando las palabras—. Es calientito. Las otras señoras huelen a flor. Tú hueles a regazo.
Algo se apretó dentro de mi pecho, en un lugar hondo, y no supe cómo nombrarlo. Le pasé la mano por la coleta deshecha sin pensar, le acomodé un mechón detrás de la oreja, volví a sujetar el mechón que se le había escapado del elástico. Ella dejó que lo hiciera. Recostó la cabeza en mi mano como si nos conociéramos de siempre, cerró los ojos por un segundo, y el peso pequeño de su cabeza en mi palma me atravesó de una manera para la que no estaba preparada.
—¡Nina! —La voz vino de la puerta, dulce y afilada. Letícia. Vestido claro impecable, el vientre por delante, un vaso de jugo en la mano, la sonrisa ya montada—. Sal de ahí, amor, vas a ensuciarte el vestido. Ven con Leti.
La niña se apartó de mí, pero no fue. Se quedó entre las dos, la barbilla en alto, los pies firmes en el suelo, y habló con toda la calma cruel que solo los niños tienen:
—Tú no eres mi mamá.
El jugo casi se le resbaló de la mano a Letícia. La cara se le endureció por debajo de la sonrisa, y echó una ojeada rápida a la puerta del jardín para ver quién había oído.
—Nina, qué manera es esa de hablar…
—No lo es. —La niña cruzó los bracitos—. Una mamá de verdad no se enoja cuando la abrazo. Tú te enojas. Tú dices "cuidado con el labial", "cuidado con el vestido". —Imitó la voz de Letícia, arrastrada y fina, y habría sido gracioso de no ser por la cara que puso Letícia.
—Esto lo hablamos después —dijo Letícia entre dientes, la sonrisa ahora solo un trazo—. Delante de las visitas no, Nina.
Yo debí haberme quedado callada. No era asunto mío, yo era la señora del pastel, me iba en cinco minutos. Pero vi temblar levemente el labio de Nina, esa cosa de los niños que hablan en grande y por dentro son pequeños, y me agaché de nuevo a su lado.
—Oye —dije bajito, solo para ella—. Está todo bien. No hay que pelear hoy. Hoy es tu día. En un cumpleaños uno no gasta el día en peleas, lo gasta en pastel.
Ella me miró y la barbilla dejó de temblarle. Una sonrisita le jaló el rincón de la boca, mostrando el hueco de los dientes.
Fue ahí donde hice una cosa que no sé explicar hasta hoy.
Llevaba conmigo, en el bolsillo de dentro de la bolsa, una medallita de protección. Plateada, del tamaño de una uña. La cargaba desde hacía seis años, guardada en un cajón que casi no abría, comprada para una cuna que nunca existió. Aquella mañana, sin pensarlo bien, la había metido en la bolsa. No sabía por qué. Ahora lo sabía.
Saqué la medallita y la cerré en la manita de Nina.
—Esto es para protegerte —dije—. Guárdala contigo.
Ella abrió la mano y miró la medallita brillar contra su piel. Se le pusieron enormes los ojos, como miran los niños un tesoro. Pasó el pulgar por la superficie, sintiendo el relieve gastado en los bordes.
—¿Es de verdad? ¿De plata de verdad?
—Es de verdad.
—¿Y protege de qué?
—De todo. De pesadillas, de miedo, de la oscuridad. —Dije lo que decía mi abuela—. La agarras en la mano y te recuerda que hay alguien pensando en ti.
Cerró la mano de nuevo, con fuerza, y la apretó contra el pecho, los dos brazos cruzados por encima como quien guarda un pajarito.
Nadie sabe lo que yo estaba sintiendo ahí, agachada en aquella cocina de mármol que no era mía, entregándole a una niña desconocida la única cosa que había quedado de una hija que me dijeron que había muerto. No tenía sentido. Dolía y curaba al mismo tiempo, y yo no tenía nombre para aquello.
Desde la puerta que daba al jardín, una mujer observaba.
Alta, el pelo canoso impecable recogido en un moño bajo, un collar de perlas que valía meses de mi sueldo, ese tipo de elegancia que se usa como armadura. No la conocía en persona, pero conocía la línea de aquella boca. Ya la había visto cerrarse de la misma manera, seis años atrás, en un portarretratos de familia, en una boda donde yo era la novia equivocada. Dona Regina Vasconcelos. La madre de Vicente.
Miraba la medallita en la mano de Nina, y después me miraba a mí, y la frente se le fruncía despacio, como quien ve a un fantasma sentarse a la mesa del almuerzo. La mano, apoyada en el marco de la puerta, apretó la madera. La copa de vino en la otra mano se inclinó un grado sin que ella lo notara.
Me levanté. El corazón latía mal. Era hora de irme, era más que hora, ya había entregado el pastel, no tenía nada que hacer ahí, entre esa gente, con aquella mujer mirándome de lejos como si conociera mi cara de una pesadilla suya.
Pero Nina me agarró de la orilla del abrigo.
—Espera.
Me volví.
Ella miró hacia arriba, la medallita apretada en una mano, la otra mano cerrada en mi ropa, los deditos enroscados en la tela con una fuerza que no combinaba con su tamaño, y los ojos oscuros se quedaron brillando de una cosa demasiado grande para caber en un cuerpo de seis años.
—Tú —dijo, y la voz salió pequeñita, casi una súplica—, ¿tú podrías ser mi mamá de verdad?
Nina