Renata necesitaba dinero para proteger a su hermana menor, Julián necesitaba redimir a su familia, honrar la memoria del único hombre que creyó en él y salvar a la mujer de la que siempre estuvo enamorado en silencio.
La solución parecía sencilla, firmar un contrato, donde la única condición era no involucrar los sentimientos. Sin embargo, en un juego donde las deudas se saldan con caricias y el pasado esconde un fraude imperdonable, la única forma de sobrevivir al deseo será rompiendo sus propias reglas.
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Capítulo 9: El precio de la desconfianza
Julián permaneció como una estatua frente a Renata, sin embargo, su cercanía y la calidez de su perfume —una nota sobria con matices de madera y ámbar—, no provocaron en Renata el rechazo que ella había anticipado, sino que, por el contrario, sintió una sensación de vértigo en la boca de su estómago.
Renata se sentía muy nerviosa, pero a la vez estaba muy decidida a cumplir con Julián, después de todo no quería estar en deuda con él, ya se sentía muy decepcionada porque todas las personas de su entorno la habían decepcionado.
Entonces Julián la miró a los ojos, intentando descifrar el misterio tras su fría actitud, mientras que Renata descubrió que su fama de joven reservado no era infundada; y que a pesar de sus veinticinco años carecía por completa de experiencia en el terreno de la seducción.
Con torpeza Julián puso la mano en su mejilla, y al sentir el roce de sus yemas, Renata se estremeció debido a los nervios, pero él estaba reticente porque no quería aprovecharse de esa situación, sin embargo, no dejaba de notar en su rostro su ansiedad.
La inexperiencia de Julián, sumada a los años de deseo contenido y al profundo amor que guardaba en su interior, lo hizo malinterpretar el momento, y supuso ingenuamente que el acercamiento de Renata de esa tarde era un impulso voluntario, en una rendición mutua no el pago de una deuda.
Con dedos temblorosos, Julián no le quitó la ropa; sino que, en su lugar, ahuecó el rostro de Renata entre sus manos con infinita ternura.
—Mírame... Renata —suplicó, con la voz quebrada por un hilo de emoción contenida—Dime si esto es lo que realmente deseas.
Algo en el pecho de Renata se fracturó. La combinación entre la torpeza del hombre y la devoción del gesto la conmovió profundamente.
—Es lo que quiero... —mintió en un susurro, rindiéndose por completo.
Cuando sus labios se buscaron, no hubo la prisa ni la rudeza de una transacción, sino un beso lento, que fue torpe al principio por la vacilación de ambos, pero que luego se convirtió en algo cargado de mucha intensidad.
Julián la sostuvo en sus brazos como si estuviera hecha de cristal, saboreando sus labios con una paciencia que la desarmó por completa, un gemido ahogado se le escapó de la garganta cuando la mano de él descendió por su espalda, atrayéndola contra la solidez de su pecho.
La chaqueta blanca de Renata cayó al suelo, mientras Julián se quitaba sus gafas con torpeza y las dejaba caer sobre la mesa sin romper el contacto, su mirada era muy intensa, con dedos vacilantes, pero a la vez precisos, comenzó a desabrochar la blusa azul celeste.
Cada centímetro de la piel de Renata que Julián dejaba al descubierto era tratada con mucha delicadeza; sus labios descendieron por la línea de su cuello, haciéndola arquear el talle y contener el aliento.
Para Renata, la experiencia resultó un torbellino un poco aterrador, pero a la vez deslumbrante, y a pesar de que esperaba violencia solo encontró amabilidad.
Para Julián, tener entre sus brazos a la mujer que siempre creyó inalcanzable, lo hizo sentir un privilegio que lo sobrepasaba.
La torpeza de la inexperiencia de ambos se tradujo en roces lentos, y suspiros entrecortados, y cuando los dos se unieron sobre la cama, la delicadeza de Julián fue casi reverencial, conteniéndose ante la tensión de ella, guiándola con la voz y con caricias pacientes hasta que el dolor inicial de Renata se disolvió en un calor desconocido, pero a la vez muy placentero.
Fue una unión apasionada, elegante y profundamente íntima, donde sus cuerpos hablaron un lenguaje muy auténtico, que sus mentes se negaron a descifrar.
Media hora después ocurrió un segundo encuentro y esta vez Julián despojado del miedo inicial fue menos contenido mientras que Renata a su vez se volvió más verbal y activa, el sonido de sus gemidos llenaba la habitación.
Al finalizar, los dos estaban exhaustos y bañados en sudor, pero se quedaron envueltos en un abrazo muy fuerte, Julián selló la noche con un beso profundo que pareció consumirle el aliento a Renata, dejándola desconcertada ante la pasión que albergaba ese hombre que en apariencia era muy reservado.
Media hora después, la penumbra reinaba en la habitación 408, Renata estaba tendida de lado, con la sábana ajustada sobre su pecho cubriendo su desnudez, contemplaba el techo e intentaba calmar su respiración.
Aunque básicamente se sentía plena, luego una sensación de amargura volvió a instalarse en su pecho al recordar el verdadero “motivo” de su presencia allí.
Julián por su parte yacía a su lado, descansando contra las almohadas observando el techo mientras regulaban su aliento, luego se giró en silencio para contemplar la curva de la espalda de Renata; anhelaba atraerla de nuevo contra su pecho y sostenerla en un abrazo, pero recordó que aún tenía compromiso pendientes urgentes con el equipo legal de R&J Security y necesitaba irse.
Se sentó en el borde la cama, dándole la espalda, y la luz de la calle se colaba por la ventana remarcando la musculatura de su torso, se colocó las gafas, luego se pasó una mano por su cabello despeinado, suspirando con una mezcla de plena dicha y serenidad.
Estiró el brazo hacia la mesa de noche, tomó una carpeta y se la extensión.
—Aquí tienes Renata—dijo Julián con voz suave, tendiéndole los documentos—Los contratos de blindaje de tus activos y del fideicomiso. La casa Lozano está a nombre tuyo y de Emma desde esta mañana y la firma Lozano ya no corre peligro mientras ocurre el proceso de transición hacia la Corporación “A”.
Renata se incorporó despacio, sosteniendo la sábana con firmeza contra su pecho, pese a la intimidad que acababan de compartir, aún se sentía avergonzada, miró la carpeta, y luego lo observó a él, sintiéndose profundamente desconcertada.
—¿Me las entregas de una vez? —preguntó ella con un hilo de voz — ¿Sin exigencias adicionales?
Julián la contempló con atención, perdiendo la sonrisa que tenía en su rostro de forma progresiva ante el tono helado de la pregunta de Renata.
¿Exigencias? Renata... esto es tuyo; De hecho, siempre le perteneció a tu familia. Yo únicamente firmé la garantía para neutralizar a Rodrigo, por la gratitud que le debo a tu padre. No me debes absolutamente nada.
El silencio que cayó en la habitación en ese momento se volvió muy pesado, Renata sintió cómo el aire se le escapaba de los pulmones, porque la verdad la golpeó como un rayo: Julián jamás le había exigido nada a cambio, sino que la había salvado por puro altruismo… y ella se le había entregado creyendo que saldaba una deuda.
—Pero yo pensaba que tú... —murmuró, sintiendo que la garganta se le cerraba.
—Pues ya ves que te equivocaste —la interrumpió Julián, cortando el aire con una voz distante que ella no le conoció—No me debes absolutamente nada, Renata Lozano.
Julián se puso de pie, exhibiendo ante Renata su figura con un desparpajo desprovisto de todo pudor, comenzó a vestirse con mucha lentitud, y era la primera vez desde que conoció que Renata notó que sus rasgos mostraban una expresión fría de decepción, él se ajustó el reloj, tomó las llaves del auto de la mesa luego se detuvo una última vez antes de abrir la puerta.
—Avísame cuando llegues a casa —sentenció con frialdad, sin volverse para mirarla.
Salió de la suite y cerró la puerta tras de sí, dejando a Renata a solas con las escrituras de su libertad y el peso insoportable de haber cometido un error.
Renata se quedó inmóvil y aturdida por el chasquido de la puerta al cerrarse, y el eco de los pasos de Julián alejándose por el pasillo le calaron hasta los huesos, se conoció desde niños y jamás lo había visto con esa expresión en su rostro, una mezcla de dignidad herida que la descolocó por completo.
Pese a estar desnuda en medio de la enorme cama, no hizo el menor ademán de cubrirse, estiró la mano con lentitud, tomó la carpeta y la abrió, sus ojos recorrieron las cláusulas muy bien redactadas por el equipo legal: la casa familiar estaba libre de todo gravamen ya nombre de Emma y de ella, la empresa blindada contra la voracidad de Rodrigo y ni una sola mención, sugerencia o atadura que la vinculara a él.
—¿Por qué hiciste esto, Julián? —dijo para sí misma, sobrecogida.
Renata sintió un nudo que le oprimía el pecho, se llevó las yemas de los dedos a sus labios, los cuales aún estaban sensibles por el ardor de los besos de Julián, sin saber exactamente como procesar la sensación que la devoraba por dentro.
Al girarse para salir de las sábanas, su mirada se posó en el centro del colchón, porque allí, sobre la tela blanca, una pequeña mancha carmesí evidenciaba la pureza que acababa de perder.
Se quedó paralizada contemplando la marca en silencio, y lo fascinante ya la vez aterrador era que no se sintió humillada, porque en su interior no había ni el dolor o el asco de quien ha sido violentada; sino que, en su lugar, había un vacío desconcertante y una sensación que no lograba entender.