Dos hermanas gemelas, idénticas en apariencia pero completamente distintas por dentro. La favorita de todos, hermosa y vanidosa, se casó con un hombre millonario y tuvo tres hijos, pero no ama a nadie: maltrata a sus pequeños, engaña a su esposo y solo se queda por su dinero. La otra, siempre ignorada y menospreciada, es dulce, tímida y muy inteligente, y nunca tuvo un lugar propio en el mundo. Hasta que un día la hermana caprichosa decide huir y le ordena que tome su lugar: que viva su vida, que finja ser ella, que soporte lo que ella ya no quiere. Y así comienza la historia de una chica que se convierte en impostora de su propia sangre, descubriendo que la vida que le dieron era mucho más valiosa de lo que nadie jamás supo ver.
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CAPÍTULO 4 LAS REGLAS SECRETAS DE LA IMPOSTORA
Elisa se quedó de pie en la oscuridad del pasillo, escuchando los pasos de Mia alejarse hacia su cama, y el corazón todavía le latía tan fuerte que le dolía en el pecho. Sabía que no podía seguir así, improvisando cada momento, sin saber qué decir, sin saber quién era quién en la vida que Valeria había dejado a medio destruir. Si quería sobrevivir allí, si quería proteger a esos niños, necesitaba saber todo lo que su hermana sabía. Tenía que convertirse en una copia perfecta de ella… sin dejar de ser ella misma por dentro.
Esa noche, cuando la casa quedó en silencio, encendió una pequeña lámpara en el escritorio de la habitación principal y sacó un cuaderno de tapas negras que encontró en un cajón. Tomó un lápiz, apoyó la punta sobre la hoja en blanco y empezó a escribir, despacio, con letra pequeña y ordenada, tal como era ella:
--LO QUE VALERIA HACE:
- Habla alto, cortante, como si todos le debieran algo
- Nunca da las gracias
- Siempre se queja de todo: la comida, el clima, la ropa, los niños
- Nunca pregunta cómo están los demás
- Duerme hasta tarde, se levanta de mal humor
- Odia que la toquen sin que ella lo decida
LO QUE VALERIA NO HACE:
- No cocina, no limpia, no ayuda a nadie
- No lee cuentos, no abraza, no besa la frente
- No pregunta por la fiebre ni por las tareas
- No dice "te quiero"
---
Mientras escribía, sus ojos se llenaron de lágrimas. Era una lista de cosas que **no** debía hacer. Una lista de bondades que tenía que esconder para que nadie sospechara que no era Valeria.
Después empezó a revisar el cajón de la mesita de noche. Allí estaba el teléfono móvil de su hermana, cargado, con la pantalla llena de mensajes. Elisa dudó unos segundos. Sabía que estaba mal, que era invadir la privacidad de Valeria… pero también sabía que su propia vida y la de los niños dependían de saber qué se ocultaba detrás de esa pantalla. Lo deslizó para desbloquearlo —conocía la contraseña desde niñas, siempre usaba la misma: su fecha de nacimiento— y empezó a leer.
Lo que encontró le heló la sangre.
Mensajes de un número desconocido, enviados durante meses:
*"¿Cuándo te deshaces de la hermana tonta?"*
*"Ya me debes tres meses más. No me hagas esperar"*
*"Si no me pagas la mitad de lo que prometiste, le cuento a tu esposo lo nuestro"*
*"El trato era: yo me quedo con el dinero, tú te quedas con la vida de reina. No te olvides"*
Y las respuestas de Valeria, frías y calculadoras:
*"Cállate. Ya se va a encargar ella sola"*
*"Leonardo no se va a enterar de nada. No seas idiota"*
*"La tonta es fácil de manejar. Hace todo lo que le digo"*
Elisa soltó el teléfono sobre la mesa como si quemara. Las manos le temblaban tanto que apenas podía sostener el lápiz. No era solo que Valeria tuviera un amante. Era que **lo había planeado todo desde antes**. No la había obligado a irse por enojo. La había **enviado a la mansión a propósito**, como una marioneta, para que ella pudiera escapar, divertirse, cobrar dinero a escondidas… y volver cuando quisiera.
Y lo peor: *"La tonta es fácil de manejar"*. Así la llamaba. Así la había visto toda su vida. Un objeto. Un reemplazo. Nada más.
Se levantó de un salto, con rabia contenida en el pecho, y empezó a revisar todo el armario, todos los cajones, todos los rincones que Valeria había podido usar para esconder algo. Encontró tarjetas de crédito a nombre de Leonardo que nunca le había dicho a él que tenía. Recibos de regalos caros que no eran para ella. Y en el fondo de un cajón de zapatos, escondida bajo una caja de tacones que nunca usó, una nota escrita a mano con la dirección de una casa en la ciudad, y un nombre: **Ramiro**.
Ese era él. El amante. El que le exigía dinero. El que sabía la verdad.
Elisa se sentó en el suelo, abrazándose las rodillas, y por primera vez desde que llegó a la mansión, sintió que estaba perdida por completo. No era solo fingir ser Valeria. Era vivir en medio de una red de mentiras, deudas, engaños y peligros que su propia hermana había construido alrededor de todos. Y ella, la "tonta", la que no sabía nada, era quien tenía que sostener todo ese peso para que no se viniera abajo encima de los niños.
—No voy a ser tu marioneta —susurró al vacío, con voz firme, decidida—. No me enviaste aquí para cuidar tu casa. Me enviaste aquí para que yo limpiara tu desastre. Pero te equivocaste de persona. Porque ahora… yo me quedo con todo lo que tú no supiste valorar. Y no te lo voy a devolver nunca.
Guardó el papel con la dirección de Ramiro en el bolsillo interior de su vestido. Apagó la lámpara. Se acostó en la cama enorme y fría de Valeria, pero no durmió. Se quedó mirando las sombras en el techo, pensando en que mañana tendría que enfrentarse a todo eso sola.
A la mañana siguiente, bajó temprano a la cocina. Quería preparar el desayuno antes de que despertaran todos. Pero apenas entró, se detuvo en seco.
En la mesa del comedor, sobre un plato limpio, había una sola flor seca, pequeña y amarilla, que no pertenecía a nadie de la casa. Y al lado, escrito con letra de imprenta en un trozo de papel arrugado:
*Sé quién eres. Y sé que no eres ella.*
Elisa sintió que las piernas le fallaban. Miró hacia la ventana. Estaba entreabierta. Alguien había entrado durante la noche. Alguien la había visto dormir. Alguien sabía la verdad.
Y en ese instante, comprendió que la mentira no era solo de Valeria. Había más gente involucrada. Más ojos. Más peligros. Y ella acababa de entrar en una guerra que no sabía que existía.
**FIN DEL CAPÍTULO 4