Victoria Hale tiene poder, dinero y un imperio millonario que defender. Lo último que realmente necesita es un marido mantenido, torpe y aparentemente inútil como Adrián Blake.
Para todos, Adrián es el hombre perfecto para una vida cómoda: cocina, hace bromas, come donas y deja que su esposa pague las cuentas. Victoria está convencida de que su mayor problema es tener que soportarlo.
Pero detrás de esa sonrisa ridícula existe otra verdadera realidad.
Adrián es un hombre audaz, estratega y peligrosamente inteligente. Su torpeza es una máscara. Sus accidentes son calculados. Y mientras Victoria intenta descubrir qué oculta su esposo, enemigos poderosos comienzan a acercarse a ellos.
Entonces, la máscara empieza a romperse.
Victoria descubre que el hombre que creyó mantener podría ser el único capaz de protegerla. Y que su matrimonio esconde un secreto mucho más peligroso de lo que jamás imaginó.
Porque Adrián no pertenece a este siglo.
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El arte de no hacer nada
La mañana en la montaña no comenzó con el cantar de los pájaros, sino con el sonido metálico de una cafetera siendo interrogada por Victoria. Me desperté en el sofá, estirándome con la elegancia de un perezoso con reúma, y lo primero que vi fue a mi querida esposa satada a la mesa, con una taza de café humeante y una mirada que podría haber atravesado el blindaje de un tanque. No estaba leyendo, ni revisando informes, ni mirando el paisaje; me estaba mirando a mí con una intensidad que sugería que estaba intentando hackear mi cerebro mediante contacto visual directo… o al menos eso se sentía.
—Buenos días, jefa —dije, bostezando tanto que casi se me desencaja la mandíbula—. ¿Has dormido bien o el silencio del bosque te ha dado alergia? Yo he soñado que era un malvavisco gigante en una convención de chocolate caliente, fue una experiencia muy profunda y pegajosa… creo que aún no me recupero.
Victoria no parpadeó. Su taza estaba a medio camino de sus labios, pero su atención estaba fija en la forma en que yo me había levantado del sofá, analizando cada uno de mis espasmos musculares para ver si detectaba un entrenamiento militar oculto o simplemente un caso grave de inutilidad profesional.
—Adrian —dijo ella, con una voz peligrosamente calmada—, ayer el router parpadeó.
—¡Ah! —exclamé, rascándome la cabeza con un entusiasmo fingido que rozaba lo patológico—. ¿Ves? Te dije que un buen puntapié es el lenguaje universal de la tecnología. Las máquinas son como los primos lejanos en las bodas: a veces necesitan un empujoncito físico para socializar y dejar de ser unos muebles inútiles. Deberías agradecerme, mis botas tienen un máster en resolución de conflictos digitales… aunque creo que suspendí la teoría.
—No parpadeó porque lo patearas —continuó ella, ignorando mi brillante analogía con la paciencia de quien trata con un niño particularmente lento—. Parpadeó en una frecuencia de enlace descendente. Recibí una notificación de seguridad de mi propio sistema encriptado. Una que solo debería activarse si hay un nodo activo cerca.
Me acerqué a la encimera, tarareando una canción sin ritmo ni sentido, y empecé a buscar desesperadamente algo que comer entre las latas de conserva. El ambiente en la pequeña cocina estaba tan cargado de sospecha que casi podía saborear el ozono en el aire. Victoria se levantó y empezó a caminar por la cabaña, pero no lo hacía de forma aleatoria; estaba realizando una inspección forense de su propio hogar temporal.
—Es curioso —comentó, deteniéndose frente a la chimenea donde las cenizas aún irradiaban un calor residual—. Anoche encendiste este fuego con tres leños que estaban prácticamente empapados y un solo fósforo usado que encontraste en el suelo. He estado intentando entender la termodinámica de cómo lograste que prendiera sin usar acelerantes químicos o, no sé, magia negra.
—Es el poder del pensamiento positivo, Victoria —respondí, abriendo una lata de melocotones con una torpeza que rozaba lo artístico, dejando que el almíbar salpicara un poco la mesa—. Le susurré palabras dulces a la madera. Le dije que si no ardía, la convertiría en palillos de dientes para un gigante. La motivación es la clave del éxito, incluso para los árboles muertos que se resisten a cumplir su destino térmico. Deberías probarlo con tus ingenieros, menos bonos y más amenazas de convertir sus teclados en serrín… suele funcionar, creo.
Ella se acercó a mi chaqueta, que colgaba de un clavo torcido cerca de la puerta. Vi cómo sus dedos rozaban la tela con una delicadeza quirúrgica, buscando bultos inusuales, dispositivos de comunicación ocultos o quizás una prueba de que su marido no era el idiota integral que ella recordaba de sus años de matrimonio vacío. Suspiró con una frustración palpable al no encontrar nada más que un envoltorio de caramelo pegajoso y un botón que se caía a pedazos.
—¿Qué estás buscando exactamente, jefa? Si es mi dignidad, me temo que la perdí definitivamente en aquella fiesta de Navidad de Hale Tech cuando intenté hacer el paso de la Luna sobre una pista de hielo improvisada y terminé de cabeza en la ponchera de los accionistas. No acepto devoluciones por daños morales… ni cambios.
Victoria se giró, acortando la distancia entre nosotros hasta que pude oler el aroma amargo del café en su aliento. Me superaba en intelecto por varios años luz, pero en ese momento, bajo la luz mortecina de la cabaña, solo veía a un hombre que estaba irritantemente cómodo en medio de un desastre nacional.
—Hay una inconsistencia fundamental en todo esto, Adrian —susurró, y por un microsegundo su máscara de hierro flaqueó, revelando una vulnerabilidad que me obligó a redoblar mi esfuerzo actoral—. Todo en ti es un error estadístico. La forma en que escapamos del operativo de Miller, la forma en que su servidor colapsó justo cuando tú "tropezaste", la forma en que este lugar parece... obedecerte.
—Soy como un amuleto de la suerte, Victoria, pero con menos brillo y mucha más hambre de melocotones en conserva —dije, ofreciéndole un trozo de fruta clavado en un tenedor de plástico—. Pruébalo. El azúcar ayuda a que las teorías de conspiración bajen mejor por la garganta. Además, pensar tanto provoca arrugas, y Hale Tech necesita que su CEO siga pareciendo que duerme diez horas al día… aunque no lo haga.
Ella rechazó el tenedor con un gesto brusco que casi me hace tirar la lata. Estaba molesta, profundamente confundida y, lo más importante para mi seguridad, estaba empezando a obsesionarse con los detalles. Volvió a su ordenador portátil, que seguía sin conexión a internet, y empezó a teclear con una furia mecánica, probablemente registrando cada una de mis respuestas absurdas para analizarlas con algún algoritmo de detección de mentiras más tarde.
Pasé el resto de la mañana realizando mi rutina de "inutilidad suprema": intenté arreglar una silla coja y terminé dejándola con tres patas, canté canciones de dibujos animados de los noventa mientras lavaba mal los platos y pasé media hora tratando de entender el mecanismo de un abrelatas manual como si fuera tecnología alienígena. Cada vez que Victoria levantaba la vista de su pantalla, me encontraba en una situación más ridícula que la anterior. Era mi mejor defensa: saturar su capacidad de análisis con tanto ruido y estupidez que su mente brillante descartara cualquier señal de inteligencia real como un simple espejismo por fatiga.
Sin embargo, el ambiente seguía siendo asfixiante. Ella no apartaba la vista de mi reloj barato. Sabía que el patrón de desgaste en el cristal no era el de alguien que solo lo usa para saber cuánto falta para la cena. Sabía que un hombre que supuestamente bebió media botella de whisky anoche no debería despertarse con los ojos tan claros y el pulso tan firme. Pero, por más que rascara la superficie, no podía encontrar la conexión lógica.
—Voy a salir a por más leña —anunció ella de repente, poniéndose su abrigo de diseño que gritaba "Park Avenue" en medio de este lodazal—. No toques nada que tenga cables, botones o cualquier cosa que requiera un coeficiente intelectual superior a cincuenta. ¿Crees que puedes manejar eso?
—¡Recibido, general! Me quedaré aquí practicando mi mirada al infinito y tratando de no ser derrotado por la gravedad. Es un ejercicio de meditación muy avanzado, te lo recomiendo para bajar la presión arterial… o al menos para no empeorarla.
Cuando la puerta se cerró con un golpe seco, mi expresión cambió en una fracción de segundo. La relajación idiota desapareció y mis ojos recuperaron la frialdad del código binario. Me acerqué a la ventana con cautela y la vi caminar hacia el cobertizo, pero noté que se detuvo dos veces para mirar hacia atrás. Estaba vigilando. Estaba esperando el momento exacto en que el "idiota" dejara caer la máscara.
Así que hice lo más inteligente que se puede hacer cuando te vigila una mujer con el instinto de Victoria Hale: absolutamente nada… o al menos nada útil.
Me senté en el suelo de madera y me puse a jugar con un yoyo que encontré en un cajón polvoriento. Arriba, abajo, arriba, abajo. Sabía que ella estaba mirando por la rendija de la ventana trasera del cobertizo. Pasaron diez minutos de aburrimiento fingido. Quince. Mantuve el ritmo del yoyo con una constancia desesperante.
Finalmente, la vi entrar en el cobertizo, convencida de que yo era, efectivamente, un caso perdido para la humanidad. Solo en ese momento, saqué el micro-dispositivo oculto en mi muela y soplé sobre el sensor térmico para activarlo.
"Estatus: Sujeto Victoria investigando hardware local. Sospecha nivel 8. Manteniendo protocolo de distracción 'Ruido Blanco'. Miller sigue rastreando fantasmas en el servidor fantasma".
El dispositivo vibró contra mi mandíbula con una confirmación silenciosa. Guardé el "juguete" mentalmente y volví a mi yoyo justo cuando escuché sus pasos sobre las hojas secas. La puerta se abrió y Victoria entró cargando dos troncos pequeños con una expresión de pura derrota intelectual.
—¿Has encontrado algo interesante fuera, jefa? —pregunté, fallando estrepitosamente en un truco con el yoyo y dejando que la cuerda se enredara en mis dedos hasta hacerme un nudo imposible—. Creo que este juguete me está ganando.
—Solo leña, Adrian —respondió ella, sentándose de nuevo con pesadez—. Solo leña y un millón de preguntas que no tienen maldito sentido.
Se quedó mirándome de nuevo, con esa mezcla de necesidad y desconfianza que empezaba a definir nuestra nueva y extraña relación. Sabía que algo no encajaba, pero por ahora, el idiota seguía ganando la partida por puro agotamiento del adversario.
Cliffhanger suave: Victoria se levantó para ir al baño, pero "accidentalmente" dejó caer su bufanda de seda sobre la mesa de mi "trabajo". Cuando regresó, la bufanda estaba exactamente en la misma posición, pero un pequeño cabello rubio que ella había colocado estratégicamente sobre el teclado de su laptop ya no estaba allí. Me miró de reojo mientras yo seguía peleando con el nudo del yoyo, y por primera vez, su mirada no era de duda, sino de una confirmación aterradora que me hizo saber que el tiempo de las bromas se estaba acabando.