Katerina lo tenía todo: una mente matemática brillante, el imperio de superdeportivos Vanguard Atelier y un prometido ideal. Pero el día de su coronación como CEO, su mundo se derrumba. Traicionada por su novio y una enemiga oculta, es narcotizada y expuesta en un falso montaje de infidelidad. Humillada públicamente y al borde del colapso, la obligan a firmar la renuncia que le arrebata el negocio familiar.
En la ruina absoluta, Katerina encuentra un aliado inesperado: Luke, el implacable y magnético CEO de la firma legal más poderosa del país. Conocido como el "tiburón de los negocios", Luke no cree en la compasión, pero la brillantez y dignidad de Katerina despiertan en él una obsesión incontrolable.
Entre noches de pasión salvaje y una complicidad peligrosa, ambos diseñan un algoritmo de venganza implacable. Sin embargo, una red de secuestros, atentados armados y secretos oscuros amenazará con destruirlos antes del juicio final. ¿Podrán recuperar el imperio automotriz, o las cicatrices del pasado los consumirán a ambos? Una historia adictiva de traición, mafia corporativa y un amor indomable.
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CAPITULO 8. EL ALGORITMO DE LA VENGANZA.
El rugido de un motor V8 biturbo rompió el silencio del hangar de Apex Dynamics. El sonido, limpio y metálico, resonó en las paredes de hormigón del viejo almacén del puerto. Brandon, con la cara manchada de grasa y los guantes de protección puestos, apagó el ordenador de diagnóstico y levantó el pulgar hacia Katerina, que lo observaba desde una mesa de oficina improvisada.
—Las lecturas de compresión son perfectas, Kat —dijo Brandon, bajándose de la plataforma del prototipo—. Este sistema de inyección electrónica que modificaste reduce el consumo a la mitad sin perder un solo caballo de potencia. Eres un genio de las matemáticas aplicadas.
Katerina no levantó la vista de las tres pantallas que tenía delante. Sus dedos se movían con rapidez sobre el teclado, cruzando datos financieros, costes de logística y bases de datos de proveedores internacionales. Llevaba tres semanas encerrada en ese hangar, usando el trabajo como un escudo para no pensar en las miradas de burla de la alta sociedad y en las portadas de las revistas que aún la tildaban de "la heredera infiel".
—No es genialidad, Brandon, son simples ecuaciones de optimización —respondió Katerina con voz fría y calmada. Aunque su aspecto físico seguía mostrando los estragos del estrés, sus ojos habían recuperado el brillo afilado de la mujer que controlaba millones de euros—. Acabo de cerrar un contrato de exclusividad con el principal proveedor de fibra de carbono de Alemania. Como Apex Dynamics es una empresa pequeña y limpia de escándalos, nos han dado una tarifa un 8% más barata de la que tenía Vanguard Atelier.
Monique entró en la oficina portando una bandeja con tres tazas de café humeante. Se la dejó a Katerina y le dio un suave apretón en el hombro.
—Estás haciendo milagros con nuestra contabilidad, Kat. En menos de un mes hemos pasado de ser un taller de garaje a tener una cartera de clientes de carreras independientes. Leo no tiene ni idea del error que cometió al dejarte ir.
—Hablando del diablo —intervino Brandon, quitándose los guantes mientras miraba hacia la pequeña puerta peatonal del hangar.
Un hombre de mediana edad, vestido con una cazadora de cuero oscuro y expresión cansada, entró en el recinto. Era García, el detective privado que Brandon había contratado. Traía una carpeta de plástico azul debajo del brazo. Su rostro serio indicaba que traía noticias importantes.
Katerina se puso en pie de inmediato, sintiendo que el corazón le daba un vuelco. Las pantallas y los números se borraron de su mente; la hora de la verdad había llegado.
—Buenas tardes —saludó García, cerrando la puerta detrás de sí. Caminó hacia la mesa de Katerina y dejó caer la carpeta sobre los teclados—. Tengo el informe preliminar de la noche de la gala de Navidad. Y lamento decirles que la madriguera de conejo es mucho más profunda de lo que pensábamos.
—¿Qué encontraste, García? No nos hagas esperar —pidió Brandon, cruzándose de brazos.
—Las cámaras de seguridad de la planta 4 del Hotel Grand Palace sufrieron un "apagón técnico" de exactamente cuarenta y cinco minutos la noche del escándalo —explicó el detective, abriendo la carpeta y extrayendo varias capturas de pantalla impresas—. Sin embargo, logré recuperar los archivos del servidor espejo del sótano, el que los técnicos del hotel olvidaron borrar. Alguien pagó una fortuna para limpiar el rastro, pero cometieron un error.
García deslizó una fotografía borrosa sobre la mesa. En ella se veía el pasillo del hotel. Leo caminaba arrastrando a una Katerina completamente inconsciente. Pero lo importante no era eso; lo importante era la silueta de la mujer que abría la puerta de la suite 412 con una llave magnética. Una mujer delgada, de cabello oscuro, que miraba directamente a la cámara de reojo antes de entrar.
Katerina se inclinó sobre la mesa, analizando las facciones de la mujer. Su memoria fotográfica tardó apenas dos segundos en encontrar la coincidencia en su base de datos mental.
—Laya... —susurró Katerina, sintiendo que un escalofrío de pura rabia le recorría la espalda.
—¿Laya? —Monique se acercó a mirar la foto, tapándose la boca con la mano—. ¿La chica del instituto? ¿La que se sentaba al fondo de la clase y nunca hablaba con nadie? ¿Qué tiene que ver ella con Leo?
—Tiene que ver todo —sentenció García, sacando otro documento—. Revisé los registros bancarios de Leo de los últimos cinco años. Tiene una cuenta oculta en un paraíso fiscal a nombre de una sociedad fantasma. ¿Saben quién es la beneficiaria secundaria de esa cuenta? Laya. Llevan juntos desde la época universitaria. Comparten un piso a las afueras de la ciudad. Todo esto fue un plan diseñado desde hace años para vaciar Vanguard Atelier y pasársela a ella una vez que Leo tuviera el control.
A Katerina se le congeló la sangre. La traición no había sido un impulso, ni una oportunidad de última hora. Había sido una ejecución matemática perfecta, un algoritmo de destrucción diseñado por dos personas que habían estado a su lado en las sombras durante casi una década.
—Ese maldito bastardo... —rugió Brandon, golpeando la mesa de madera con el puño—. Voy a ir a la sede de Vanguard ahora mismo y voy a...
—No, Brandon. Espera —lo detuvo Katerina. Su voz ya no era la de una víctima asustada; era la voz de una CEO que volvía a tomar el control de la situación—. Si vas allí y le pegas, lo único que conseguirás es que te metan en la cárcel por agresión y él ganará el control absoluto de la narrativa pública. Tenemos las pruebas de que fui drogada y de que hubo fraude. Pero necesitamos la ley de nuestro lado.
García asintió, mirando a Katerina con evidente respeto.
—La señorita tiene razón. Esto ya no es un problema de faldas, es un fraude corporativo de gran escala con uso de sustancias controladas. Legalmente, el acuerdo de divorcio que firmó está viciado desde la raíz porque usted no estaba en pleno uso de sus facultades mentales. Pero para tumbar un contrato de ese calibre y recuperar una multinacional, necesitan al mejor.
El detective metió la mano en su bolsillo y sacó una tarjeta de visita de cartulina negra con letras doradas en relieve. Se la tendió a Katerina.
—Llamen a este hombre. Se llama Raúl. Es el abogado matrimonialista más implacable del país. No pierde un caso desde hace quince años y odia a los estafadores corporativos. Él sabrá cómo abrir la cerradura de ese divorcio falso. Y lo más importante: él tiene las conexiones necesarias para ponerlos en contacto con el verdadero tiburón de los negocios que necesitarán después.
Katerina tomó la tarjeta entre sus dedos. Leyó el nombre en silencio: Raúl Méndez. Derecho de Familia y Sucesiones.
—Llamaré ahora mismo —dijo Katerina, alzando la mirada hacia su hermano y Monique—. Preparaos. Vamos a recuperar lo que es nuestro.