Elena, una joven de veinte años que ha crecido sola y enfrentando el rechazo constante, busca desesperadamente una oportunidad para sobrevivir tras abandonar la universidad. Su camino la lleva a una mansión solitaria como sirvienta, donde su única responsabilidad es Dante, un hombre de treinta y dos años devastado por un accidente que le arrebató su movilidad y su fe en el amor.
Abandonado por su esposa cuando más la necesitaba, Dante se oculta tras un antifaz y un profundo cinismo, decidido a hundirse en su propia miseria. Sin embargo, Elena no ha llegado a su vida para compadecerlo, sino para desafiar su oscuridad. En medio del silencio y el dolor, ambos descubrirán que, a veces, la única forma de sanar las cicatrices del pasado es permitiendo que alguien más, contra todo pronóstico, se atreva a mirar nuestras heridas sin miedo.
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15.
ELENA DUARTE
Desperté antes que Dante. El sol se filtraba tímidamente por los ventanales de la suite, dibujando franjas doradas sobre las sábanas blancas. Me quedé inmóvil, disfrutando de la sensación de su brazo rodeando mi cintura. Al moverme un poco, él se despertó, y al abrir los ojos, me encontré con una mirada que ya no albergaba sombras ni frialdad. Era una mirada llena de una ternura que me dejaba sin aliento.
—Buenos días —susurró, rozando su nariz con la mía en un gesto que me hizo sonreír como nunca antes lo había hecho.
Me sentí tímida, pero inmensamente feliz. La noche anterior, el dolor de mi virginidad se había transformado en algo hermoso, en un vínculo que, según él, nos unía para siempre. Se incorporó con lentitud sobre la cama, ayudándose con los brazos hasta quedar sentado. Sus hombros se veían anchos y fuertes, aunque sus piernas permanecieran inmóviles bajo la sábana. Él tomó mis manos entre las suyas, entrelazando nuestros dedos con una firmeza que me sorprendió.
—Elena, estuve pensando toda la noche —dijo con una voz profunda, cargada de una determinación que me puso en alerta—. He vivido en un agujero negro durante demasiado tiempo, creyéndome un monstruo. Me escondí del mundo, me escondí de mí mismo, pero tú has entrado a mi vida y me has devuelto la luz. No quiero que seas mi empleada, ni que te escondas de nadie, ni que tengas que soportar la mirada de otros por estar a mi lado.
Lo miré fijamente, con el corazón latiéndome con fuerza en la garganta.
—¿A qué te refieres, Dante? —pregunté, sintiendo un nudo de nervios.
—Esto cambia hoy mismo. He chateado con Gabriela a primera hora. Ella ya ha contratado a dos empleadas nuevas para la mansión; una se encargará de la cocina y otra de toda la limpieza general. Tú ya no vas a limpiar, no vas a cocinar, no vas a servir a nadie más que a ti misma. Desde hoy, Elena, eres la mujer que camina a mi lado, mi prometida ante el mundo. No voy a permitir que nadie te vea como alguien inferior.
Sentí que el aire me faltaba. ¿Prometida? Aquella palabra sonaba como una campana de iglesia en mi cabeza. Mi vida, que hasta hacía unos meses se resumía en buscar trabajo para sobrevivir, estaba cambiando de una forma que ni siquiera sabía cómo procesar.
—¿Prometida? Pero Dante, eso es... es demasiado pronto, y la gente...
—Es lo que quiero —me interrumpió con un beso dulce, pausado—. Y hay algo más. Me dijiste que soy guapo, incluso con esta cicatriz, pero quiero mirarte a los ojos sin sentir que mi rostro me define o me limita. He estado investigando especialistas de primer nivel. Quiero operarme el rostro. Es el primer paso para dejar atrás al hombre que se escondía del mundo. Quiero ser el hombre que tú mereces, Elena, uno que no tenga miedo de ser visto contigo en público.
Las lágrimas se agolparon en mis ojos. Dante se estaba despojando de sus armaduras, capa por capa, solo por mí.
—No necesitas hacerlo por mí, Dante. Yo ya te amo tal y como eres, con cada marca, con cada recuerdo —aseguré, acariciando su mejilla con suavidad—. Para mí, ya eres perfecto.
—Lo hago por nosotros —insistió él, con una sonrisa triste pero llena de esperanza—. Quiero que salgamos, que viajemos, que tengamos una vida normal. Y quiero hacerlo con la cabeza en alto, sin que nadie susurre cuando pasamos.
Pasamos la mañana en una burbuja de paz. Desayunamos en la habitación, hablando de planes, de cómo sería nuestra vida ahora. Sentía que cada minuto a su lado era una lección nueva de lo que significaba estar viva. Más tarde, al bajar al lobby del hotel para regresar a casa, Gabriela nos esperaba junto a la entrada. Ella nos miró con una sonrisa de complicidad que me hizo sentir, por primera vez, que era parte de esa familia tan complicada.
—Las nuevas empleadas llegarán mañana a la mansión —anunció Gabriela con tono ejecutivo—. Elena, querida, ya no tienes que preocuparte por horarios ni uniformes. Tienes mi apoyo total. Bienvenida a la familia.
Sentí que el peso del mundo se caía de mis hombros. Ya no había contrato, no había miedo al despido. Sin embargo, al dirigirnos hacia la salida, nos cruzamos con Gerald. Él estaba junto al auto, esperando, pero su rostro no era el mismo de siempre. Al vernos —a Dante sentado con seguridad en su silla de ruedas y a mí a su lado, luciendo la elegancia de alguien que ya no era una trabajadora—, sus ojos se inyectaron de una rabia incontrolable.
Gerald nos ayudó a subir a Dante al asiento trasero con una brusquedad que hizo que el auto se sacudiera. Sentí cómo me miraba por el espejo retrovisor con un desprecio absoluto, un odio que parecía emanar de cada uno de sus poros.
—Felicidades, joven —dijo Gerald con una voz cargada de veneno, mirándome a mí con una mezcla de envidia y asco—. Veo que el plan salió a la perfección. Una astuta siempre sabe cómo escalar alto, ¿verdad, Elena?
Dante, que aún no conocía la verdadera cara de Gerald ni sus intenciones conmigo, me miró confundido.
—¿Qué quiso decir con eso, Elena? —me preguntó en un susurro, mientras Gerald arrancaba el auto de manera agresiva—. ¿Por qué te habla de esa manera?
Apreté la mano de Dante con firmeza, decidiendo callar por el momento. No quería arruinar nuestra paz, ni provocar una pelea en la que Dante, debido a su condición, se sintiera vulnerable.
—Solo es un comentario fuera de lugar, Dante. No le hagas caso, está resentido por cambios en el personal —le respondí con una sonrisa forzada, aunque por dentro, el miedo a la amargura de Gerald comenzaba a crecer como una sombra fría.
El resto del camino fue un silencio tenso. Cuando llegamos a la mansión, sentí un escalofrío al cruzar la puerta principal. Gerald ayudó a bajar a Dante y lo llevó rápidamente hacia su habitación, murmurando algo sobre dejarle el equipaje. Yo me dirigí hacia la cocina, con la intención de tomar un vaso de agua antes de ir a mi habitación. Necesitaba un momento de calma, un respiro lejos de la intensidad de Dante y de las miradas de Gerald.
La mansión estaba extrañamente silenciosa. Las nuevas empleadas aún no habían llegado y el aire se sentía cargado. Entré en la cocina, encendí la luz y me serví un vaso de agua, pero antes de que pudiera dar el primer sorbo, la puerta se cerró de un golpe seco tras de mí. El sonido resonó como un disparo en el silencio de la casa.
Me giré, sobresaltada. Gerald estaba allí, bloqueando la salida. Sus ojos brillaban con una intensidad febril, algo que no había visto antes. Sus manos estaban hechas puños a sus costados y su respiración era pesada, errática.
—¿Qué haces aquí, Gerald? —pregunté, tratando de mantener la calma aunque mis manos temblaban tanto que el vaso hizo ruido contra mis dientes.
—¿Crees que te vas a salir con la tuya? —dijo él, dando un paso hacia mí—. ¿Crees que ese inválido te va a dar la vida de lujo que buscas? Él no es un hombre, Elena. Está roto. Se va a cansar de ti en cuanto se dé cuenta de que solo eres un juguete nuevo.
—No vuelvas a hablar así de él —espeté, sintiendo una oleada de ira que desplazó mi miedo—. Él es diez veces el hombre que tú serás jamás.
Gerald soltó una carcajada amarga y, en un movimiento rápido, acortó la distancia entre nosotros. Me acorraló contra la encimera de mármol. El olor a sudor y tabaco me golpeó, revolviéndome el estómago. Intenté apartarlo, pero él me sujetó de las muñecas con una fuerza bruta que me hizo soltar un grito ahogado.
—Él no sabe lo que eres —gruñó, acercando su rostro al mío, con sus ojos fijos en mis labios—. Pero yo sí. Yo te he visto cada vez que salías de su cuarto. Yo sé lo que quieres. Y si quieres a alguien que sepa lo que es un hombre de verdad, no busques más.
—¡Suéltame, Gerald! —exclamé, intentando zafarme de su agarre—. ¡Voy a gritar, voy a llamar a Dante!
—Hazlo —se burló él, acercándose más—. Que venga y vea cómo su "prometida" se divierte conmigo. No va a poder hacer nada, Elena. Él está en esa silla, es un inútil. ¿Qué va a hacer? ¿Mirar?
Su rostro se acercó al mío y, con una desesperación oscura, intentó besarme a la fuerza. Giré la cara violentamente, sintiendo sus labios rozar mi mejilla y luego su barba áspera contra mi piel. La náusea fue total. Con toda la fuerza que pude reunir, alcé una mano y le di una bofetada que resonó en toda la cocina, pero él ni siquiera se inmutó.
—¿Eso es todo lo que tienes? —dijo él, con una sonrisa cruel, volviendo a sujetarme—. Él no te merece, Elena.
Me sentí atrapada, sola en esa cocina fría, con el corazón martilleando contra mis costillas. En ese momento, comprendí que la guerra en esa casa no estaba terminando; estaba apenas comenzando, y Gerald estaba dispuesto a destruir cualquier cosa que yo amara, empezando por mi propia paz.