En el pueblo costero de Mar Azul, una antigua maldición ha permanecido oculta durante siglos: cada luna llena, una sirena de belleza deslumbrante pero esencia demoníaca emerge de las aguas, trayendo consigo desgracia, locura y muerte. Nadie se atreve a hablar de ella, pero sus susurros llegan a los oídos de quienes tienen el destino marcado. Cuando Lyssa, una joven con la capacidad de escuchar voces del más allá, llega al pueblo para investigar la desaparición de su madre, se cruza con Christhian, un hombre atormentado por un pasado oscuro y un vínculo inevitable con la criatura marina. Entre ellos nace una atracción peligrosa, mezcla de amor y odio, pasión y recelo. Pero la sirena no está dispuesta a compartir lo que considera suyo: es posesiva, cruel y ha tejido una red de hechizos que atrapa a quienes se acercan a lo que ella reclama. Lo que empieza como una investigación se convierte en una lucha por la supervivencia y el alma. La maldición no es solo una leyenda.
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Capítulo 22: Disfrutad de vuestra alianza
—¡Basta! —gritó Lyssa, incapaz de soportar más, queriendo salir, queriendo correr hacia allá, aunque supiera que era una trampa—. ¡Déjalos en paz! ¡El conflicto es contigo, con nosotros! ¡No los castigues a ellos!
Christhian la sujetó con fuerza, impidiéndole moverse, apretándola contra su pecho, con los ojos llenos de lágrimas y desesperación.
—No, Lyssa, no salgas —le suplicó al oído—. Es lo que quiere. Quiere que salgamos, que nos entreguemos, que supliquemos por ellos. Quiere demostrarnos que tiene el control absoluto sobre la vida y la muerte de todos nosotros. Si salimos ahora, todo habrá terminado. Y habremos perdido no solo nuestra libertad, sino también la oportunidad de salvarlos a ellos de verdad.
Abajo, Serena pareció escuchar el grito de Lyssa. Sonrió, una sonrisa torcida y cruel, llena de esa posesividad enfermiza que sentía.
—¿Oyes eso, mi querido Christhian? —dijo ella con voz potente, resonando hasta la habitación donde estaban—. ¡Ella se preocupa por ellos! ¡Ella te preocupa a ti! ¡Y yo… yo me preocupo porque ambos os habéis olvidado de quién soy! ¡Me habéis olvidado de tal forma que os habéis convertido en los únicos rivales que he tenido en siglos! ¡Y eso… eso es algo que no puedo permitir!
Volvió a levantar los brazos, y esta vez el dolor que sintieron no fue solo ver lo que pasaba fuera, sino algo interno, profundo, en lo más hondo de su ser. La marca en sus muñecas ardió como si estuviera hecha de fuego líquido, y ambos cayeron de rodillas, apretándose la zona dolorida, gimiendo. Serena usaba el vínculo, usaba la conexión que compartían, para hacerles sentir cada gota de sufrimiento que ella provocaba abajo. Cada grito de un habitante era un latigazo en sus cuerpos. Cada miedo ajeno era dolor en sus almas.
—¡Esto es lo que pasa cuando desafías a quien te dio todo! —gritó ella, con los ojos brillantes de celos y furia—. ¡Yo te di vida, Christhian! ¡Yo te di compañía! ¡Yo te hice hermoso y poderoso! ¡Y tú… tú me das la espalda por ella! ¡Por una extraña! ¡Por alguien que no tiene ni la mitad de mi belleza, ni de mi poder, ni de mi eternidad! ¡Ella no puede darte nada! ¡Yo te lo daba todo! ¡Y tú lo tiraste todo por la borda solo por tenerla cerca! ¡Eso es traición! ¡Eso es lo que más duele! ¡Y eso es lo que voy a castigar hasta que lo llores con tu propia sangre!
Miró a Lyssa con un odio puro, un odio nacido de ver en ella todo lo que Serena quería tener y no podía: libertad, amor verdadero, capacidad de elegir.
—Y tú… —siseó ella—. Crees que te ha elegido a ti. Crees que lo que hay entre vosotros es amor. ¡Pero yo sé la verdad! ¡Solo me quiere a mí! ¡Solo me ama a mí! ¡Y tú no eres más que un juguete, una copia barata, una forma que él tiene de intentar acercarse a mí! ¡Me robas lo que es mío! ¡Te atreves a tocar lo que yo marco como propiedad exclusiva! ¡Y por eso, niña… por eso te voy a hacer pagar cada segundo que has pasado junto a él!
El mar seguía subiendo, el agua cubría ya las calles principales, destruyendo todo a su paso, mientras el pueblo entero temblaba bajo la furia de esa diosa vengativa y celosa. Serena se giró de nuevo hacia ellos, antes de deslizarse lentamente de vuelta hacia las aguas, dejando tras de sí un rastro de destrucción, miedo y muerte.
—Esta es solo la primera lección —anunció ella, con voz fría y mortal—. Una pequeña muestra de lo que pasa cuando me pongo celosa. No acepto rivales. No acepto que nada ni nadie me quite lo que considero mío. Y vosotros… vosotros habéis cometido el error más grande de todos: creer que podíais tener algo propio, algo que no fuera yo.
Se detuvo al borde de las olas negras, y lanzó una última mirada cargada de promesas terribles:
—Disfrutad de vuestra alianza. Disfrutad de estar juntos. Disfrutad de creer que podéis luchar. Porque cada día que paséis uno al lado del otro… cada beso, cada mirada, cada palabra… yo lo sabré. Y cada vez, el precio será más alto. Y cuando ya no quede nada de este pueblo, cuando ya no quede nadie a quien castigar… entonces vendré a por vosotros. Y os haré entender, con dolor y con sangre, que no hay rival para mí. Que todo es mío. Y que el que se atreve a querer algo más… muere.
Desapareció bajo las aguas con un chapoteo furioso, y al irse, la presión en el aire disminuyó, el fuego en sus muñecas se calmó, y el agua empezó a bajar lentamente, dejando atrás un pueblo destrozado, empapado, lleno de lodo y de miedo, pero todavía en pie.
Lyssa y Christhian se quedaron en el suelo, abrazados, temblando, con el corazón destrozado por lo que habían visto, por la culpa que sentían, por entender al fin la magnitud del enemigo al que se enfrentaban. Serena no solo quería controlarlos, no solo quería alimentarse de ellos… ahora quería destruirlos, porque había visto algo que ella nunca podría tener: amor libre, elección, compañerismo. Y sus celos, más que su poder, eran ahora su arma más peligrosa.
—Nos ha declarado la guerra —susurró Christhian, con la voz rota, mirando hacia la calle destrozada—. No somos más sus juguetes. Ahora somos sus rivales. Y en su mente, eso es lo peor que podíamos haber hecho. Ella no acepta que tengamos lo que ella no puede darnos. Y por eso… por eso nos va a hacer pagar cada segundo que estemos juntos.
Lyssa apretó su mano, mirándolo a los ojos, y aunque tenía lágrimas en las mejillas, su mirada seguía firme.
—Que lo haga —dijo ella con determinación—. Que castigue, que destruya, que grite de celos y de furia. Porque lo que hemos entendido hoy, viendo todo esto, es que tenemos algo que ella nunca podrá tener ni controlar: nuestra elección. Ella puede destruir casas, puede asustar a la gente, puede hacernos daño físico… pero no puede quitarnos lo que sentimos. No puede quitarnos nuestra alianza. Y eso… eso es lo que más le duele. Esa es su verdadera debilidad.
Christhian asintió, levantándose y ayudándola a ponerse de pie. Juntos miraron hacia fuera, hacia la oscuridad que se iba calmando lentamente, sabiendo que la guerra había empezado de verdad, y que la criatura que habitaba en el mar, llena de celos mortales y orgullo herido, no se detendría ante nada hasta intentar destruirlos. Pero también sabían que, ahora que habían visto su furia, ahora que sabían lo que les esperaba, ya no había vuelta atrás. Y juntos, como iguales, estaban listos para enfrentarse incluso a la furia de una diosa del mar.