una niña arrancada de su casa, un silencio que duele a todos los que la conocen y un secreto que se esconde bajos las propias narices del jefe de la mafia Alemana.
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La noche en que el invierno dejo de ser hermoso
La mansión Kowalski dormía envuelta en un silencio absoluto.
La nieve seguía cayendo sobre los jardines, cubriendo con un manto blanco los senderos, las esculturas y los antiguos árboles que rodeaban la propiedad. Las luces exteriores proyectaban un brillo tenue sobre el paisaje, creando la ilusión de que aquella era una noche igual a cualquier otra.
Dentro de la casa, los grandes relojes marcaban la medianoche.
El fuego de las chimeneas comenzaba a extinguirse.
Los sirvientes descansaban en sus habitaciones.
Y, abrazada a su viejo conejo de tela, Zonia dormía profundamente sin imaginar que aquella sería la última noche que pasaría en el lugar al que llamaba hogar.
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Helena abrió lentamente los ojos.
No sabía qué había sido.
Tal vez un ruido.
Tal vez un presentimiento.
Permaneció inmóvil unos segundos, escuchando.
Todo parecía tranquilo.
Miró a Jan, que descansaba a su lado, y estuvo a punto de volver a cerrar los ojos.
Entonces ocurrió.
Un estruendo sacudió la quietud de la noche.
El sonido fue tan fuerte que hizo vibrar los cristales de las ventanas.
Jan se incorporó de inmediato.
Un segundo estallido llegó desde algún punto de la planta baja, seguido por gritos lejanos y el sonido de objetos cayendo.
El silencio de la mansión había desaparecido.
Helena sintió que el corazón comenzaba a latir con fuerza.
—Jan... ¿Qué está pasando?
Él ya estaba de pie.
Abrió rápidamente un compartimento oculto del armario y tomó una pistola.
Su rostro había cambiado por completo.
El padre cariñoso había desaparecido.
Frente a ella volvía a estar el hombre que había aprendido a sobrevivir en un mundo donde un segundo de duda podía costar una vida.
Se acercó a Helena y sujetó su rostro con ambas manos.
—Escuchame con atención.
Ella asintió, incapaz de pronunciar una palabra.
—Andá por Zonia. Llevála a la biblioteca.
Usen el pasadizo. No se detengan por nada.
Helena sintió un nudo en la garganta.
—¿Y vos?
Jan apoyó su frente contra la de ella.
—Voy a darles el tiempo que necesitan.
Otro estruendo retumbó en la casa.
Muy cerca.
Demasiado cerca.
Jan besó la frente de su esposa.
—Corré.
Helena no volvió a preguntar.
Abrió la puerta y salió al pasillo.
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La mansión, que horas antes rebosaba de tranquilidad, ahora era un caos.
Empleados corrían intentando comprender qué ocurría.
Guardias daban órdenes apresuradas.
Desde algún lugar llegaban voces desesperadas que se mezclaban con nuevos estruendos.
Helena corrió descalza por el largo corredor.
Su camisón blanco se agitaba detrás de ella mientras descendía la escalera principal.
No podía pensar.
Solo había una idea ocupando toda su mente.
Zonia.
Llegó hasta la habitación de su hija y abrió la puerta de golpe.
La pequeña seguía dormida.
Abrazaba con fuerza su conejo de tela, completamente ajena al caos que envolvía la casa.
Helena sintió que las lágrimas amenazaban con escapar.
Se acercó rápidamente y la tomó entre sus brazos.
—Mi amor... despertate.
Zonia abrió apenas los ojos.
—¿Mamá...?
Su voz era apenas un susurro.
—Tenemos que irnos.
—¿Por qué?
Helena acarició su cabello.
—Vamos a jugar a un juego.
La niña apoyó la cabeza sobre el hombro de su madre.
Todavía medio dormida.
—¿Ahora?
—Sí, mi amor. Ahora.
En ese instante, otro estruendo hizo temblar las paredes.
Zonia levantó la cabeza.
—¿Qué fue eso?
Helena la abrazó con más fuerza.
—No pasa nada.
Estoy con vos.
La pequeña cerró nuevamente los ojos, confiando ciegamente en aquellas palabras.
Porque si mamá decía que todo estaba bien...
Entonces debía ser verdad.
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Cuando Helena salió al pasillo, encontró a Anna corriendo hacia ellas.
La mujer respiraba con dificultad.
Tenía el rostro completamente pálido.
—¡Señora!
Helena sintió un pequeño alivio al verla.
Anna llevaba más de veinte años trabajando para la familia.
Había cuidado de Zonia desde el día en que nació.
La pequeña la quería como a una segunda madre.
—Tenemos que llegar a la biblioteca —dijo Helena.
Anna asintió de inmediato.
—Síganme.
Las tres comenzaron a avanzar por los largos corredores de la mansión.
Las luces parpadeaban.
Algunas puertas permanecían abiertas.
Se escuchaban gritos a lo lejos.
Cada sonido parecía acercarse un poco más.
Zonia escondía el rostro en el cuello de Helena.
—Mamá... Tengo miedo.
Helena besó su cabeza.
—Yo no voy a dejar que te pase nada. Jamás.
Anna abrió finalmente la puerta de la biblioteca.
A simple vista era una habitación como cualquier otra.
Miles de libros ocupaban enormes estanterías de madera oscura.
Una chimenea todavía conservaba algunas brasas encendidas.
La mujer caminó decidida hasta uno de los estantes.
Apartó varios libros antiguos y presionó un pequeño mecanismo oculto.
Durante unos segundos no ocurrió nada.
Después, un profundo ruido de piedra comenzó a resonar en la habitación.
La enorme estantería empezó a desplazarse lentamente.
Detrás de ella apareció un estrecho pasadizo de piedra.
Oscuro.
Frío.
Antiguo.
Helena dio un paso al frente con Zonia entre sus brazos.
Pero al girarse comprendió que Anna no la seguía.
—¿Anna?
La mujer permanecía junto al mecanismo.
Con lágrimas deslizándose por sus mejillas.
—Vaya, señora.
Helena negó con la cabeza.
—No. Vení con nosotras.
Anna sonrió con infinita tristeza.
—Si entro... No habrá nadie que cierre la entrada.
Helena dio un paso hacia ella.
—Todavía hay tiempo.
Anna negó lentamente.
—No. Ya no lo hay.
La mujer se acercó hasta Zonia.
Con manos temblorosas acarició el largo cabello negro de la niña.
La pequeña la observaba confundida.
—¿Anna?
Ella hizo un enorme esfuerzo por sonreír.
—Mi pequeña princesa...Qué hermosa está.
Zonia estiró una de sus pequeñas manos para tocar su rostro.
—¿Llorás?
Anna tomó aquella manito entre las suyas.
La besó con una ternura inmensa.
—Son lágrimas de amor.
Helena sentía que el pecho le dolía.
—Anna...
La mujer levantó la vista hacia su señora.
—Prométame una cosa.
Helena rompió en llanto.
—No... Por favor...
Anna insistió con una serenidad que nacía del amor.
—Prométame que va a protegerla. Que pase lo que pase... Nunca la va a soltar.
Helena abrazó con fuerza a su hija.
—Lo prometo. Lo juro por mi vida.
Anna asintió lentamente.
Parecía satisfecha.
Volvió a mirar a Zonia.
—Ha sido el mayor regalo de mi vida verla crecer. Gracias por cada abrazo. Por cada sonrisa. Por cada flor que me regaló en el jardín.
La pequeña no comprendía por qué Anna hablaba de aquella manera.
Solo sabía que quería llevársela con ellas.
—¿Venís?
Anna cerró los ojos un instante.
Cuando volvió a abrirlos, una lágrima recorrió lentamente su mejilla.
—No, mi princesa. Alguien tiene que cuidar la puerta.
—Pero...
—Usted tiene que ser muy valiente. Como siempre.
Zonia frunció el ceño.
No quería dejarla.
Helena dio un paso hacia el interior del pasadizo.
Anna colocó una mano sobre la piedra que accionaba el mecanismo.
—Señora... Si alguna vez duda... Mire a Zonia.
Ella siempre le mostrará el camino.
Helena ya no podía contener el llanto.
—Gracias por cuidar de nosotros.
Anna inclinó levemente la cabeza.
—Siempre fueron mi familia.
Un fuerte estruendo sacudió nuevamente la biblioteca.
Esta vez mucho más cerca.
Anna comprendió que no quedaba tiempo.
—Ahora. Váyanse.
Helena abrazó con todas sus fuerzas a Zonia y comenzó a internarse en el oscuro pasadizo.
La niña seguía mirando hacia atrás.
—¡Anna!
La mujer levantó una mano para despedirse.
Sonreía.
Aunque el dolor en sus ojos era imposible de ocultar.
—Buenas noches, mi pequeña princesa. Que Dios cuide siempre de usted.
La pesada estantería comenzó a deslizarse lentamente.
La abertura se hacía cada vez más pequeña.
Zonia, con su inocencia intacta, levantó una mano.
—Buenas noches, Anna...
La sonrisa de la mujer se quebró por un instante.
—Buenas noches... Mi niña.
La piedra terminó de cerrarse.
La oscuridad envolvió por completo el pasadizo.
Del otro lado ya no podía verse la biblioteca.
Solo quedaban el silencio del túnel, la respiración agitada de Helena y el pequeño corazón de Zonia latiendo contra su pecho.
Sin mirar atrás, Helena comenzó a caminar por aquel antiguo corredor de piedra.
No sabía adónde las conduciría.
Solo tenía una certeza.
La vida que conocían acababa de desaparecer para siempre.
pero, con la q llegó te dará la fuerza y el poder de defenterte