Sinopsis: Él pensó que se casaba con un monstruo. Ella pensó que compraba un peón. Ninguno imaginó que el verdadero peligro no vendría de sus enemigos en las calles de Sicilia, sino de la irresistible tensión de compartir la misma cama. Una viuda poderosa, un esposo indomable y una mano derecha celosa dispuesta a todo por destruirlos.
¿Estás lista para conocer a La Reina de la Mafia? Una nueva y adictiva historia de la escritora Rocío Duque.
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La debilidad del acero
El eco de los portazos y la pomposidad del banquete quedaron al otro lado de las enormes puertas de caoba de la suite principal. Al fin estaban solos. Victoria se adentró en la habitación, respirando aliviada pero manteniendo los hombros tensos. Se giró, lista para dictar las reglas de convivencia nocturna y recuperar el control que ese inesperado beso en el altar le había arrebatado. Sin embargo, Alex ni siquiera le dio tiempo de abrir la boca.
Con una soltura pasmosa, como si hubiera vivido en ese palacio toda su vida, Alex se desabrochó los botones del saco negro, lo arrojó sobre un sillón de terciopelo y se desató la corbata sin mirarla.
—Un día largo, Reina —dijo él, con un tono arrastrado, teñido de una sutil provocación—. Con tu permiso, necesito quitarme el olor a lobo de encima.
Antes de que Victoria pudiera procesar su descaro, Alex caminó con paso firme hacia el cuarto de baño principal, cerrando la puerta tras de sí. Al cabo de unos segundos, el sonido del agua caliente corriendo comenzó a llenar el silencio de la alcoba.
Victoria se quedó estupefacta en medio de la habitación. Nadie le daba la espalda de esa manera, nadie ignoraba su presencia. Caminó de un lado a otro, sintiendo que el corazón le latía más rápido de lo normal, maldiciendo internamente la seguridad ciega de ese hombre. Intentó recomponer su postura gélida, se paró cerca de la cama y cruzó los brazos, esperando que saliera para recordarle quién mandaba allí.
Pasaron apenas unos minutos cuando el sonido del agua cesó. La puerta del baño se abrió, dejando escapar una densa nube de vapor con aroma a sándalo y jabón.
Alex cruzó el umbral y el aire pareció desaparecer de la habitación.
No llevaba ropa. Una diminuta toalla blanca, anudada peligrosamente bajo la cadera, era lo único que cubría su intimidad. El agua aún goteaba por su cabello oscuro y se deslizaba en hilos brillantes por su fornida figura. Sin la armadura del traje, el cuerpo de Alex era imponente: unos hombros inmensos, un torso esculpido por el trabajo duro y unos abdominales marcados que subían y bajaban con su respiración pausada. Pero lo que verdaderamente hipnotizó a Victoria fueron sus tatuajes. Mojados, los intrincados diseños de tinta negra parecían cobrar vida propia, serpenteando con una sensualidad salvaje por sus poderosos brazos, su pecho y subiendo sutilmente por el lateral de su cuello.
Alex avanzó con total tranquilidad, secándose el cabello con otra pequeña toalla, completamente ajeno —o quizás muy consciente— del impacto que estaba provocando.
Victoria abrió la boca para reprenderlo, para exigirle que se vistiera, pero las palabras se le atoraron en la garganta. Clavó sus ojos felinos en el torso de su nuevo esposo y, por primera vez en años, le fue prácticamente imposible sostener la frialdad y la distancia. Una descarga de calor eléctrico le recorrió la espina dorsal. Sintió la garganta seca. El contraste entre su impecable y sofisticado vestido de novia y la cruda, expuesta y magnética masculinidad de Alex creó una tensión tan espesa que se podía cortar con un cuchillo.
Alex se detuvo a pocos pasos de ella. Dejó caer la toalla con la que se secaba el pelo y la miró fijamente con sus ojos claros, que brillaban con un destello de pura picardía bajo las pestañas húmedas.
—¿Pasa algo, Donna Victoria? —preguntó en un susurro grave, curvando los labios en una sonrisa lobuna—. Parece que la Reina de Italia acaba de ver a un fantasma... o a algo que no estaba en su contrato.
Victoria tragó saliva, obligando a sus pulmones a llenarse de aire y a su mente a recuperar la cordura. No podía permitirse flaquear, no ante él, no en su propia habitación. Dio un paso atrás, forzando a sus ojos felinos a apartarse de los tatuajes húmedos que decoraban el pecho de Alex, y recuperó su tono gélido, aunque la voz le tembló una octava.
—Te sugiero que te vistas, Alex. No tolero las faltas de respeto en mi presencia, y mucho menos las provocaciones baratas —dijo, dándole la espalda de inmediato en un intento desesperado por ocultar el rubor que amenazaba con traicionarla.
—Solo me estaba secando, Reina. No hay necesidad de ponerse a la defensiva —replicó él a sus espaldas, con esa voz grave y pausada que parecía vibrar en el aire.
Victoria intentó concentrarse en su propia tarea para ignorarlo. Llevó sus manos hacia atrás, buscando los intrincados lazos de satén blanco que ajustaban el corsé de su vestido de novia. Los hilos de seda se habían tensado durante el día y el nudo principal estaba ciego. Lo intentó una, dos veces, pero la frustración y los nervios comenzaron a jugarle en contra. Sus dedos perfectos, acostumbrados a sostener el peso de un imperio, eran incapaces de soltar ese maldito amarre.
Sintió los pasos descalzos de Alex aproximándose por la alfombra. El calor que emanaba de su cuerpo la envolvió antes de que él siquiera la tocara.
—Déjame ayudarte —ofreció Alex en un susurro, colocándose justo detrás de ella.
Victoria se tensó, pero la necesidad de liberarse de la armadura blanca y el sutil cansancio del día la obligaron a ceder. Dejó caer los brazos a los lados.
—Solo los lazos, Alex. Y ten cuidado con la tela —ordenó, intentando mantener una autoridad que se desvanecía con cada segundo de cercanía.
Las manos grandes y cálidas de Alex rozaron la piel expuesta de la espalda de Victoria. Sus dedos, aunque rudos y fuertes, se movieron con una delicadeza asombrosa. Con paciencia, comenzó a desatar el nudo ciego. A medida que los lazos se aflojaban, el satén cedía, revelando la silueta perfecta de la Reina y la delicada piel de sus hombros.
Estar tan cerca, respirando el aroma a perfume de diseñador mezclado con la piel de Victoria, derrumbó la fachada de autocontrol que Alex había mantenido todo el día. Su mirada clara bajó por la línea de su nuca, maravillado por la vulnerabilidad que ella intentaba esconder con tanto ahínco.
Alex tiró del último lazo. El vestido se soltó por completo, y ella tuvo que sostenerlo contra su pecho con ambas manos para que no cayera al suelo.
Fue en ese instante de absoluto silencio cuando Alex no resistió más. Cortando la última distancia, se inclinó suavemente y posó sus labios en el lateral del cuello de Victoria.
No fue un beso tosco, ni demandante como el de la capilla. Fue un beso tierno, lento y tibio, que se prolongó sobre su piel como una caricia prohibida.
Victoria ahogó un suspiro, cerrando los ojos con fuerza mientras una corriente eléctrica la recorría por completo. Su mente le gritaba que lo apartara, pero su cuerpo se negó a moverse, atrapado en el hechizo de las garras de su peón.
El roce de los labios de Alex contra su piel fue como una gota de fuego sobre un lago helado. Victoria ahogó un suspiro, apretando la pesada tela del vestido contra su pecho para no dejarlo caer, pero sus rodillas perdieron por un microsegundo la firmeza que las caracterizaba. El instinto le gritaba que se girara y lo apartara de inmediato por el atrevimiento, pero su cuerpo la traicionó, paralizado por la calidez del aliento de su esposo rozando su nuca.
—Te estás tomando demasiadas libertades, Alex —susurró ella, logrando al fin romper el hechizo. Dio un paso hacia adelante, alejándose del calor de su pecho, y se giró a medias, mirándolo con el ceño fruncido.
Su voz pretendía ser una orden letal, la misma que usaba para sentenciar a muerte a los traidores del clan Lombardi, pero en el silencio íntimo de la habitación, carecía de su filo habitual.
Alex no retrocedió. Se quedó de pie en el mismo sitio, con la toalla blanca descansando peligrosamente baja en sus caderas, y una expresión que mezclaba una ternura inesperada con la victoria de quien sabe que acaba de ganar la primera batalla.
—Solo estoy cumpliendo con el contrato, Reina. Prometí mi cuerpo y mi lealtad, ¿recuerdas? —respondió él, con una voz rasposa que hizo vibrar el aire entre los dos—. Me pediste ayuda, y yo no sé hacer las cosas a medias.
Victoria apretó los labios. Los ojos claros de él brillaban con una intensidad desarmante bajo la luz tenue de la habitación. Sintió un extraño vértigo. Era la dueña del imperio criminal más poderoso de Italia, tenía a decenas de sicarios a una sola orden de distancia, pero en esa suite, aferrada a un vestido de satén a medio caer frente a un hombre casi desnudo, se sentía completamente vulnerable.
—El contrato estipula apariencias de puertas hacia afuera. Aquí adentro... —comenzó Victoria, levantando la barbilla para intentar recuperar su imponente porte aristocrático.
—Aquí adentro eres humana —la interrumpió Alex, cortando la distancia con un solo paso lento y seguro—. Aquí adentro estás cansada de cargar una corona de plomo y de fingir que no sientes nada. Y yo no tengo ningún interés en tu imperio ni en tu dinero, Victoria. Pero sí en la mujer que se esconde detrás del trono.
Ella contuvo la respiración. Nadie, en toda su vida, la había llamado simplemente "Victoria" con esa mezcla de respeto y sutil posesión. Ni siquiera su difunto esposo.
Alex levantó una mano, pero no la tocó. Dejó los dedos grandes y callosos suspendidos a milímetros de su mejilla, ofreciéndole la opción de apartarse, demostrando que él no era un monstruo que tomaba por la fuerza. Al ver que ella no retrocedía, le dedicó una última sonrisa de medio lado, retiró la mano y dio un paso atrás.
—Termina de cambiarte. Yo dormiré en el sillón —añadió él en un tono sorprendentemente suave, rompiendo la tensión con una retirada táctica impecable—. Buenas noches, esposa.
¡Llegamos a uno de mis capítulos favoritos! Quería que sintieran esa mezcla de peligro, deseo y desconfianza absoluta que rodea a Victoria y Alexander. Llegar hasta aquí con ustedes, ver cómo reaccionan y cómo se sumergen en este romance oscuro está siendo un viaje increíble. Gracias por leer, por apoyar mis letras y por ser cómplices de este imperio. ¿Qué les pareció este encuentro? 🖤
Detrás de cada imperio hay secretos oscuros, y detrás de cada capítulo de La reina de la mafia, hay horas de entrega, pasión y un trozo de mi alma. Ya hemos dejado atrás 9 capítulos; hemos visto la frialdad, el poder, los conflictos internos y la tensión que rodea a nuestra reina y su entorno.
Solo quiero decirles: GRACIAS. Gracias por no dejarla sola en este camino tan peligroso, por morderse las uñas conmigo y por apasionarse con este universo tanto como yo. Su apoyo es el motor que me empuja a seguir escribiendo el destino de los Lombardi.
Prepárense, porque lo que viene va a sacudir los cimientos de todo lo que creen saber... Que tengan un día increíble. ☕🌹