Sinopsis:
A los trece años, Bianca D’Amico conoció el verdadero significado de la crueldad. El chico que era su protector y su norte, Andrew Ballesteros, la rechazó públicamente con palabras letales que destrozaron su autoestima, llamándola gorda e inmadura, antes de huir al extranjero. Andrew no solo la dejó atrás; la fragmentó en varios pedazos.
Seis años después, el heredero del imperio Ballesteros regresa a Nueva York. Convertido en un implacable y frío tiburón de los negocios, Andrew carga con las culpas de un oscuro secreto familiar y una obsesión fija en la mente: recuperar a su dulce y sumisa Bianca. Él asume, con la arrogancia corporativa de su apellido, que encontrará a la misma niña inocente que dejó en el pasillo de la mansión, lista para ser moldeada y reclamar su lugar en su vida.
Qué maldito error. La realidad lo golpea con una fuerza devastadora.
La niña indefensa murió la noche en que él la rompió.
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Capítulo 5: Choque de realidad.
El rugido de los motores en los muelles de Brooklyn esa noche era ensordecedor. Las luces de neón fucsia se reflejaban en el asfalto mojado por la fina llovizna neoyorquina, creando un escenario que destilaba peligro y adrenalina. En medio de la multitud, Bianca D'Amico terminaba de ajustarse los guantes de cuero. Su largo cabello negro estaba recogido en una coleta alta, dejando al descubierto la frialdad de sus ojos azules. Llevaba unos vaqueros negros ceñidos que enmarcaban su figura definida y una chaqueta corta que denotaba una postura imponente.
A su lado, Jonathan Mills revisaba la cadena de la motocicleta deportiva, estaba haciendo las verificaciones correspondientes, que todo estuviese en orden.
—El motor está a punto, enana —dijo Jonathan con una sonrisa ladina—. Hoy vas a barrer la pista.
Antes de que Bianca pudiera responder, un frenazo violento hizo chirriar los neumáticos a la entrada del callejón. Un imponente automóvil deportivo de lujo gris satinado se detuvo de golpe, bloqueando el paso. De la cabina descendió Andrew Ballesteros, arrastrando un dominio fuera de control.
Andrew vestía un traje de sastre azul oscuro impecable que resaltaba su porte de veintitrés años. Su cabello castaño estaba ligeramente desordenado por la furia, y sus ojos verdes —idénticos a los de su padre Liam— destellaban unos celos incontrolables. Había estado buscando a su querida prima en este bajo mundo durante horas, enloquecido por la duda. Al verla ahí, rodeada de mecánicos y delincuentes, su instinto de posesión saltó al límite. Caminó hacia ella con pasos pesados, ignorando las miradas hostiles del entorno.
—¡Bianca! —rugió Andrew, tomándola bruscamente del brazo, con una mezcla de desesperación y autoridad—. Se terminó este ridículo juego. Vámonos de aquí ahora mismo.
No voy a permitir que sigas exponiéndote en este basurero, con delincuentes de quinta. ¡Me tienes enfermo de la preocupación!
Bianca no se inmutó, con la agilidad que ella tiene, se soltó de su agarre de un tirón y dio un paso al frente. Lejos de asustarse, una sonrisa sumamente irónica y mordaz se dibujó en sus labios, adoptando esa chispa jocosa tan propia de su mamá Sara, cuando ponía a Dominic en su sitio.
—¡Ay, pero miren nada más quién es! —soltó Bianca, soltando una carcajada teñida de pura burla y aplaudiendo lentamente—. El mismísimo Andrew Ballesteros haciéndose el preocupado por mí. ¡Qué tierno! Por un momento casi me lo creo y todo.
Andrew se quedó congelado ante el tono. Bianca lo miró de arriba abajo con un total desprecio, cruzándose de brazos.
—¿De qué te las vienes a dar ahora, "primo"? ¿De mártir? ¿De héroe de película? —continuó ella, destilando una ironía gélida, que le caló hondo en el alma—. Por favor, Andrew, no me hagas reír que tengo el labio partido.
Te fuiste hace seis años a Europa corriendo como un cobarde, metiéndote en la cama con cualquiera y escupiéndome en la cara que yo no valía nada. Te largaste sin importar lo que dejabas atrás, sin que te importara un carajo mis sentimientos, ¿y ahora vienes a montar un drama de oficina porque salí de noche? De verdad, qué nivel de descaro.
El golpe psicológico dejó a Andrew en absoluto shock. La perfecta estructura mental que traía de Manhattan se agrietó en un segundo. Pero el verdadero cortocircuito emocional llegó justo después.
Jonathan Mills, viendo la intensidad de la discusión, dio un paso al frente con el rostro endurecido, listo para intervenir. Al ver el movimiento del chico rapado, Andrew reaccionó por puro instinto salvaje, levantando un puño cerrado hacia él.
—¡Tú no te metas, infeliz! ¡Si la vuelves a mirar, te voy a—!
Andrew no pudo terminar la frase. En un movimiento rápido y coordinado, Bianca saltó de inmediato a proteger a Jonathan, interponiéndose físicamente entre los dos hombres.
Colocó una mano firme en el pecho de Jonathan, para mantenerlo atrás y le clavó a Andrew una mirada de absoluta rabia, dispuesta a morder.
—¡A él no lo tocas, Andrew Ballesteros! —sentenció Bianca, con una voz letal que no dejaba espacio a dudas—. Si le pones una sola mano encima a Jonathan, te juro que vas a salir de este muelle de Brooklyn en una ambulancia. ¡Él vale mil veces más que tú!.
Andrew dio un paso atrás, con los ojos verdes abiertos de par en par, respirando con dificultad. El choque emocional lo estaba desquiciando. Esta mujer pelinegra de cuerpo definido, que hablaba con una madurez aplastante y saltaba a defender a un chico de la calle con un pacto de lealtad evidente, no tenía nada que ver con la dulce e ingenua Bianca que él había dejado en su pasado. Era una completa desconocida.
Por si fuera poco, Bianca le dio la espalda con total indiferencia. Tomó el casco negro que estaba sobre la mesa, se lo colocó con un movimiento rápido y, ante la mirada estupefacta de Andrew, se subió de un salto a la enorme motocicleta deportiva.
Andrew sintió que el mundo se le movía bajo los pies. ¿Una motocicleta? ¿Su dulce e inocente Bianca montaba esas bestias de metal? La ceguera del estratega se derrumbó por completo.
Jonathan Mills se acomodó los guantes de mecánico, mirando a Andrew con sus ojos cafés llenos de una diversión triunfante.
—Ya escuchaste a la jefa, niño rico —se burló Jonathan, dándole una palmada al tanque de la moto—. Quédate en la acera a ver cómo corre una verdadera mujer, a ver si así se te quita lo sordo.
Bianca aceleró a fondo. El motor rugió de forma ensordecedora, rompiendo la noche, y la motocicleta salió disparada hacia la línea de salida en un destello de velocidad.
Andrew Ballesteros se quedó inmóvil bajo la llovizna, con el traje de sastre empapado y el orgullo hecho pedazos. Los celos incontrolables y el impacto de las cuatro verdades que Bianca le había cantado le quemaban el pecho. Acababa de entender, de la forma más dolorosa posible, que la niña que él fragmentó ya no existía... y que la mujer real estaba completamente fuera de su control.