Bajo el cielo de Madrid
Camila viaja a España con su pequeña hija buscando una nueva oportunidad. Lo que nunca imaginó era que su vida cambiaría al conocer a Nicolás Ferrer, uno de los futbolistas más importantes del mundo.
Él lo tiene todo... excepto paz. Ella solo busca empezar de nuevo. Pero cuando el destino insiste en cruzar sus caminos, ambos deberán decidir si están dispuestos a arriesgarlo todo por un amor que nunca debió existir.
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Secretos entre oficinas
Capítulo 13: Secretos entre oficinas
La tormenta había quedado atrás, pero el recuerdo de aquel instante en la sala de reuniones seguía muy presente tanto para Camila como para Nicolás.
Al día siguiente, Camila llegó a la empresa decidida a concentrarse únicamente en su trabajo. Mientras acomodaba unos expedientes sobre su escritorio, respiró profundamente.
—Hoy va a ser un día tranquilo —se dijo.
—¿Hablás sola? —preguntó Elena entre risas mientras dejaba su bolso.
Camila sonrió.
—Me doy ánimo.
—Lo vas a necesitar. El señor Ferrer pidió reorganizar toda la agenda de reuniones de la semana.
Martín apareció unos segundos después con varias carpetas.
—Camila, Laura quiere verte.
Ella tomó su libreta y caminó hasta la oficina de Recursos Humanos.
Laura levantó la vista y le sonrió.
—Adelante.
—¿Necesitabas algo?
—Sí. Como demostraste ser muy organizada, quiero asignarte una nueva responsabilidad.
Camila escuchó con atención.
—A partir de hoy vas a colaborar directamente con la agenda de dirección. Eso significa que, cuando sea necesario, vas a coordinar reuniones con el despacho del señor Ferrer.
Por un instante sintió un pequeño nudo en el estómago.
—Entiendo.
—¿Te parece bien?
—Sí, por supuesto.
—Sabía que podía confiar en vos.
Camila salió de la oficina intentando mantener la calma.
Aquello significaba que tendría que ver a Nicolás con mucha más frecuencia.
Y eso era justamente lo que intentaba evitar.
En el último piso, Nicolás terminaba de revisar unos contratos cuando su asistente entró.
—La nueva administrativa será quien coordine parte de tu agenda.
—¿Quién?
—Camila Álvarez.
Nicolás levantó lentamente la vista.
Intentó que su expresión no revelara absolutamente nada.
—Perfecto.
Cuando la puerta volvió a cerrarse, dejó la lapicera sobre el escritorio.
No sabía si aquello era una buena o una mala noticia.
Por un lado, la vería más seguido.
Por otro, sabía que esa cercanía solo complicaría más las cosas.
A media mañana, Camila recibió el primer llamado desde dirección.
—Camila, el señor Ferrer necesita modificar la reunión de las cuatro.
—Enseguida voy.
Tomó su agenda y subió al último piso.
Golpeó suavemente la puerta.
—Adelante.
Nicolás estaba de pie frente al enorme ventanal observando Madrid.
Al escuchar su voz, se giró.
—Buenos días.
—Buenos días.
Camila abrió la agenda.
—Me dijeron que necesitabas cambiar el horario de una reunión.
—Sí. El entrenamiento se adelantó y no voy a llegar.
Ella comenzó a tomar nota.
—Entonces la paso para mañana a las diez.
—Perfecto.
Mientras escribía, un mechón de cabello cayó sobre su rostro.
Sin pensarlo, Nicolás dio un paso hacia adelante.
—Tenés...
Camila levantó la vista.
Él señaló su frente.
—Un mechón de pelo.
Ella sonrió con cierta vergüenza y lo acomodó detrás de la oreja.
—Gracias.
Los dos rieron suavemente.
Cada conversación entre ellos parecía más natural que la anterior.
—¿Cómo está Lola? —preguntó Nicolás.
Los ojos de Camila se iluminaron.
—Muy bien. Está feliz en el colegio.
—Me alegra.
—Ayer llegó diciendo que quiere ser veterinaria.
—¿Le gustan los animales?
—Los ama.
Nicolás sonrió.
—Entonces seguro lo consigue.
Camila lo miró unos segundos.
Le sorprendía descubrir a un hombre muy distinto del que mostraban los medios.
No veía a una estrella del fútbol.
Veía a una persona amable, sencilla y cercana.
Justo en ese momento sonó el teléfono.
Nicolás observó la pantalla.
Valentina.
Su expresión cambió ligeramente.
—Disculpame.
Camila comprendió enseguida.
—No te preocupes.
Se dirigió hacia la puerta.
Antes de salir alcanzó a escuchar la voz de Valentina, claramente molesta.
—¿Otra vez estás trabajando?
Camila cerró la puerta con discreción.
No quiso escuchar más.
Esa tarde, mientras ordenaba unos archivos, Elena se acercó.
—¿Qué tal con el jefe?
Camila fingió no entender.
—¿Cómo?
—Ahora trabajás directamente con su agenda.
—Solo organizo reuniones.
Elena sonrió.
—Dicen que nunca habla tanto con los empleados.
Camila bajó la vista.
—Conmigo solo habla de trabajo.
Pero, en el fondo, sabía que eso ya no era del todo cierto.
Habían empezado a conocerse poco a poco.
Sin darse cuenta.
Sin buscarlo.
Al caer la noche, Nicolás llegó a su departamento.
Valentina lo esperaba cenando.
—¿Cómo estuvo tu día?
—Largo.
Ella dejó los cubiertos sobre la mesa.
—Hace tiempo que quiero preguntarte algo.
Él levantó la vista.
—¿Qué pasa?
—¿Seguís siendo feliz conmigo?
La pregunta cayó como un golpe inesperado.
Nicolás tardó varios segundos en responder.
No quería mentirle.
Pero tampoco encontraba las palabras correctas.
Valentina comprendió el silencio antes de escuchar cualquier respuesta.
Bajó lentamente la mirada.
Por primera vez, sintió que algo se estaba rompiendo entre los dos.
Mientras tanto, a varios kilómetros de allí, Camila arropaba a Lola antes de dormir.
La pequeña le sonrió.
—¿Sabés qué?
—¿Qué pasó?
—Creo que Madrid nos estaba esperando.
Camila besó su frente.
—Tal vez sí.
Apagó la luz y se quedó unos segundos mirando el cielo desde la ventana.
Sin saberlo, las decisiones que estaban por tomar cambiarían para siempre el rumbo de sus vidas.
Porque algunos secretos pueden esconderse durante un tiempo.
Pero los sentimientos... siempre encuentran la manera de salir a la luz.