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Murió mil veces y volvió a nacer otras mil, siempre sacrificándose por los demás y perdiendo todo lo que amaba. Esta vez, Elif renació con dieciséis años, cabello blanco con puntas doradas y ojos morados profundos, viviendo tranquila en un pueblo humilde, con el único deseo de ser feliz al fin. Pero la desgracia la arrastra hasta el Gran Palacio, donde gobierna el joven y ardiente Sultán Murad de diecisiete años. Allí, deberá sobrevivir a intrigas, envidias y reglas crueles usando todo lo que aprendió como doctora, espadachín, ingeniera, botánica y mucho más, demostrando que quien lleva siglos viviendo, nadie podrá vencerlo jamás.
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Capítulo 9 — Las mujeres que guardaban el fuego
El amanecer llegó esa vez con un sabor distinto, más afilado, como si el aire mismo supiera que algo irreversible estaba por empezar. Kai se despertó antes que el sol, con la piedra azul todavía caliente contra su pecho, y se quedó un buen rato mirando a Elian dormir a su lado, con el cabello rubio ceniza despeinado sobre la almohada y la mano todavía cerrada alrededor de la suya, como si ni siquiera en el sueño se atreviera a soltarlo. Afuera la lluvia había parado por fin, y se escuchaba el canto de los pájaros que salían de sus refugios, el goteo lento del agua cayendo de las hojas de los árboles, el murmullo lejano del río que seguía su camino sin detenerse por nada.
Se levantó sin hacer ruido, se vistió con la misma ropa del día anterior, se colgó el collar de nuevo bajo la camisa y bajó a la cocina para preparar el desayuno, como si con ese acto sencillo y cotidiano pudiera calmar los nervios que le apretaban el estómago. Sabía que ese día no irían solo a visitar a una anciana sabia; irían a poner en manos de otras personas la verdad que sus padres habían muerto protegiendo, irían a confiar en mujeres que no conocían, que habían vivido en la sombra igual que él, que habían decidido luchar sin que nadie se lo pidiera. Mientras el café se calentaba sobre el fuego lento, pasó la mano por la superficie del mapa extendido sobre la mesa, con los nombres marcados en tinta roja, y sintió de nuevo esa mezcla de miedo y certeza que no lo abandonaba desde que habían abierto el registro en el santuario.
—Te preocupas demasiado —dijo la voz de Elian detrás de él, antes de que lo rodeara con los brazos por la cintura y apoyara la barbilla en su hombro, oliendo su cabello con calma—. Ella nos va a escuchar. Si tus padres confiaban en ella, nosotros también podemos hacerlo.
—No es solo ella —respondió Kai, volviéndose un poco para mirarlo a los ojos—. Es todo lo que viene después. Si deciden que no podemos hacerlo, si no nos creen, si tenemos que empezar de cero otra vez…
—No lo haremos —lo cortó Elian, con una sonrisa suave pero firme—. No estamos empezando de cero. Tenemos la prueba. Tenemos la verdad. Y nos tenemos el uno al otro. Eso es más de lo que tuvieron ellos durante años.
Comieron rápido, guardaron los pergaminos más importantes dentro de una bolsa de cuero impermeable, se colgaron las mochilas y salieron de la casa mientras el primer rayo de sol dorado se asomaba por encima de las cumbres de las montañas. El camino esta vez no iba hacia el bosque profundo, sino hacia el valle escondido que quedaba al otro lado del río, un lugar rodeado de cerros cubiertos de bosque nativo, donde muy poca gente entraba y donde la vieja Machi vivía alejada del pueblo, rodeada solo por las mujeres que habían elegido aprender de ella y luchar a su lado.
Caminaron durante casi tres horas, cruzando praderas de pasto alto, vadearon el río por un paso de piedras que solo conocía Elian, y subieron un sendero estrecho que se perdía entre los árboles de coigüe y lingue, donde el aire olía a helechos, a hongos silvestres y a humo suave de leña quemada. Cuando por fin salieron del bosque, se detuvieron de golpe, sin aliento. Ante ellos se abría un pequeño valle oculto, con un claro en el centro donde había tres casas de madera y barro, techos de paja, un huerto grande lleno de hierbas medicinales y flores, y alrededor, trabajando en silencio, cuatro mujeres de distintas edades, que levantaron la vista al mismo tiempo al escucharlos llegar.
La que estaba al centro era sin duda la Machi Ñancul: una mujer de más de setenta años, de espalda recta como un árbol joven, el cabello blanco trenzado con hilos de lana roja y negra, la cara llena de arrugas que parecían mapas de todas las historias que había vivido, los ojos negros brillantes y profundos como pozos de agua antigua. Sostenía en una mano un bastón de madera de avellano tallado con símbolos antiguos, y llevaba puesto un poncho de lana azul oscuro bordado a mano con figuras de araucarias y pájaros. A su lado derecha, una joven de unos veinte años, de cabello negro largo y liso atado con una cinta de cuero, ojos oscuros y alerta, con un arco de madera noble colgado del hombro y un carcaj lleno de flechas con plumas de cóndor: era Rayen, su nieta, la que todos decían que tenía el ojo más certero de todas las tierras del sur. Detrás, dos mujeres más o menos de la edad de Elian, una de cabello castaño corto y manos callosas por el trabajo, la otra de cicatriz pequeña en la mejilla izquierda y mirada dura como el acero: Küme y Weche, venidas de manadas distintas, que habían dejado atrás sus hogares para unirse a la resistencia mucho antes de que Kai apareciera.
—Sabíamos que vendrían hoy —dijo la Machi por fin, con una voz profunda y ronca, que parecía venir del fondo de la tierra misma, sin un solo gramo de sorpresa en su rostro—. Los árboles nos lo dijeron ayer al atardecer. El viento trajo el olor de la piedra azul y el nombre de los padres de este muchacho. Hace mucho tiempo que esperábamos que alguien tuviera el coraje de abrir lo que estaba cerrado. Pueden pasar. Pero sepan esto: lo que se diga dentro de estas casas no sale nunca. Quien traiciona este fuego, se quema con él.
Kai y Elian asintieron sin dudar, y siguieron a las mujeres hacia la casa central, donde el fuego de un fogón de tierra ardía en el centro, con ollas de barro hirviendo despacio y el aroma a hierbas calientes llenando cada rincón. Se sentaron en el suelo sobre mantas de lana, y durante un buen rato nadie habló: Rayen les sirvió té de boldo y miel, Küme les puso delante platos con pan recién horneado y queso de cabra, Weche se quedó de pie cerca de la puerta con la mano cerca del cuchillo que llevaba en la cintura, vigilando el exterior, y la Machi los miró fijamente a los ojos, uno por uno, como si estuviera leyendo todo lo que había en sus corazones, todo lo que habían vivido, todo lo que estaban dispuestos a arriesgar.
—Ahora habla —dijo ella por fin, apoyando el bastón entre sus manos—. Cuéntanos todo. Desde el principio. No omitas ni una sola palabra. Nosotras no nos asustamos fácilmente.
Kai respiró hondo, y empezó a hablar. Les contó de la noche en que sus padres desaparecieron, de los años huyendo de un lugar a otro, de haber llegado a la casa vieja sin saber si sobreviviría, de conocer a Elian, de la pelea, de encontrar la caja en el altillo, de leer la carta, de ir juntos al santuario, de abrir el registro, de leer todos los nombres, todas las pruebas, toda la verdad que se había ocultado durante veinte años. Mientras hablaba, las mujeres lo escuchaban en silencio absoluto, sin interrumpirlo ni una sola vez; de vez en cuando Küme apretaba los labios con rabia, Rayen apretaba más fuerte el puño alrededor de su vaso de madera, Weche asentía despacio como si cada palabra confirmara algo que ella ya sospechaba, y la Machi solo miraba, sin cambiar de expresión, hasta que él terminó de hablar y se quedó en silencio, con el corazón latiéndole fuerte en el pecho.
Fue entonces cuando sacó la bolsa de cuero, la abrió y les mostró los pergaminos, el mapa, la hoja escrita por su madre, la piedra azul que brillaba suavemente a la luz del fuego. Las mujeres se acercaron despacio, con mucho respeto, y pasaron las páginas una por una, reconociendo nombres, fechas, lugares que ellas también conocían. Cuando Weche vio el nombre de su propia hermana escrito en la lista de las omegas que habían desaparecido, soltó un sollozo contenido y se tapó la boca con la mano; nadie dijo nada, solo Rayen le puso una mano en el hombro y se quedó ahí, en silencio, acompañándola sin palabras.
—Nosotras ya sabíamos parte de esto —dijo la Machi por fin, cuando terminaron de leer todo, con la voz un poco más suave que antes—. Durante años hemos ido guardando nuestras propias pruebas: historias de las madres que perdieron a sus hijas, de los maridos que aparecieron muertos en los caminos sin explicación, de los niños que nacían con marcas raras por los venenos que le daban a las mujeres cautivas. Nosotras hemos formado una red, de pueblo en pueblo, de manada en manada, solo de mujeres, porque sabemos que los hombres, incluso los buenos, a veces tienen demasiado orgullo para escuchar, demasiado miedo a parecer débiles para actuar en silencio. Hemos salvado a doce mujeres en los últimos tres años, las hemos escondido, les hemos dado nuevas vidas, nuevos nombres. Pero nunca tuvimos la prueba definitiva. Nunca tuvimos el registro. Ahora sí.
—Entonces nos ayudarán —dijo Elian, que no había hablado en toda la tarde, con la voz cargada de una emoción que apenas lograba contener—. Nos ayudaremos mutuamente.
—No será fácil —dijo Rayen, hablando por primera vez, con una voz clara y firme como el disparo de una flecha—. El grupo que controla todo tiene ojos en todas partes. Tienen alfas mercenarios que hacen su trabajo sucio, tienen informantes en cada pueblo, tienen dinero para comprar a quien quieran. Si nos movemos mal, nos matan a todos antes de que podamos decir la verdad a nadie. Y no solo a nosotras: matarán a las mujeres que hemos salvado, a sus niños, a toda persona que se haya acercado a nosotros.
—Por eso lo haremos como lo hemos hecho siempre —intervino Küme, con su voz grave y decidida—. En silencio. Paso a paso. Primero reuniremos a todas las mujeres de las manadas que aún no se han vendido, les mostraremos el registro, les diremos la verdad. Luego iremos por los lonkos ancianos que todavía tienen honor, los que recuerdan las leyes antiguas. Después, cuando tengamos suficientes, iremos al gran consejo de las araucarias, en el solsticio de invierno, y ahí, frente a todos los pueblos, mostraremos todo. Que nadie pueda decir después que no lo sabían. Que nadie pueda volver a ocultarlo.
Pasaron toda la tarde y toda la noche así, alrededor del fuego, planeando cada paso, marcando en el mapa los pueblos que visitarían primero, las fechas, las señales secretas que usarían para reconocerse sin peligro, las rutas de escape por si algo salía mal. Kai descubrió entonces que esas cuatro mujeres eran mucho más que guardianas de tradiciones: eran estrategas, eran guerreras, eran el corazón de una resistencia que llevaba años creciendo en la sombra, sin que nadie lo supiera, sin que nadie las viera, tejiendo una red tan fuerte que nada podría romperla fácilmente. La Machi tenía la memoria de todos los tiempos; Rayen conocía cada sendero, cada árbol, cada escondite de las montañas; Küme sabía hablar con la gente, convencer, unir, sin levantar la voz; Weche era la que protegía, la que no dudaba en empuñar un cuchillo si había que defender a las suyas. Y todas tenían algo en común: habían perdido algo a manos de los mismos que habían matado a los padres de Kai, y ninguna estaba dispuesta a seguir perdiendo sin luchar.
Cuando la noche estaba ya muy avanzada, salieron todas afuera un momento para respirar el aire frío. El cielo estaba despejado, lleno de estrellas tan brillantes que parecía que uno podía tocarlas con la mano, y la luna llena iluminaba todo el valle con una luz blanca y suave. La Machi se acercó a Kai, le tomó la mano con su mano arrugada y caliente, y le puso encima la piedra azul por un instante, cerrando los ojos en silencio.
—Tus padres eran como mis propios hijos —le dijo muy despacio, para que solo él lo escuchara—. Los ayudé a esconder el registro hace veinte años. Les prometí que si algún día alguien venía con la piedra y el corazón limpio, yo estaría aquí para ayudarlo. Hoy cumplo esa promesa. No estás solo, pequeño. Nunca más lo estarás. Nosotras somos tu familia ahora. Todas nosotras.
Kai sintió cómo las lágrimas se le llenaban los ojos de nuevo, pero esta vez no eran de dolor ni de miedo; eran de gratitud, de alivio, de esa sensación extraña y maravillosa de pertenecer por fin a algo más grande que uno mismo. Miró a Elian, que sonreía suavemente a un lado, miró a Rayen que le hizo una pequeña seña de cabeza con respeto, miró a Küme y Weche que asintieron con fuerza, y supo entonces que todo lo que había vivido, todo el dolor, toda la soledad, todo el miedo, había valido la pena para llegar a ese momento, para encontrar a esas mujeres, para saber que ya no tenía que cargar nada solo.
De pronto, Rayen se puso tensa de golpe, levantó una mano para que todos guardaran silencio y cerró los ojos, escuchando. Un segundo después, todos lo oyeron: el galope lejano de caballos, viniendo por el sendero que subía al valle, no uno, sino muchos, acercándose rápido, demasiado rápido. Weche corrió hacia la puerta de la casa y sacó dos cuchillos de su cintura; Küme apagó de un soplido todas las lámparas; la Machi se puso de pie con el bastón firme en la mano, sin un ápice de miedo en el rostro; Rayen tomó su arco, sacó una flecha del carcaj y la tensó con calma, apuntando hacia la entrada del bosque.
—No pueden saber que estamos aquí —susurró Elian, poniéndose delante de Kai con una mano en el cuchillo que llevaba en la bota—. Nosotros no dejamos rastro. Nadie nos siguió.
—Alguien habló —dijo Weche, con la voz fría como el hielo—. Alguien de los nuestros. O alguien los vio entrar al santuario ayer.
—No importa ahora —dijo la Machi, con una calma absoluta que los calmó a todos de inmediato—. Lo que importa es que tenemos el registro. Lo que importa es que ya sabemos qué hacer. Entren todas. Escondan los pergaminos en el lugar secreto. Preparen las armas. Si vienen a pelear, les daremos pelea. Pero recuerden: nuestra mayor fuerza no está en los cuchillos ni en las flechas. Está en que nosotras no nos rendimos nunca. Estamos en el lugar correcto, haciendo lo correcto. Eso es lo que nadie podrá vencer nunca.
Corrieron todas adentro, moviéndose con la rapidez y la coordinación de quienes ya habían practicado eso muchas veces antes. En menos de un minuto, todos los pergaminos estaban escondidos en un hueco bajo el suelo cubierto de musgo, las lámparas estaban apagadas, las puertas y ventanas cerradas con cuidado, y cada uno estaba en su lugar, esperando, respirando despacio, escuchando cómo los galopes se acercaban cada vez más, cómo las voces de los hombres empezaban a escucharse entre los árboles, cómo el peligro que habían temido durante tanto tiempo había llegado por fin hasta su puerta.
Kai apretó la mano de Elian en la oscuridad, y sintió que él le apretaba la de vuelta, fuerte, segura. Miró a las mujeres en la penumbra, firmes, sin miedo, listas para lo que viniera, y sintió cómo su propio miedo desaparecía poco a poco, dejando en su lugar algo mucho más fuerte: la certeza de que no importaba lo que pasara esa noche, no importaba cuántos vinieran, no importara cuánto tuvieran que luchar. Ellos ya habían ganado. Porque la verdad ya estaba fuera. Porque ya no estaban solos. Porque las mujeres que guardaban el fuego nunca, nunca, dejaban que se apagara.
Y afuera, los caballos seguían acercándose, las antorchas iluminaban los árboles, y el destino de todas las manadas del sur estaba a punto de cambiar para siempre, en una noche de luna llena, en un valle oculto, donde quienes habían sido invisibles durante demasiado tiempo estaban por mostrar al mundo de lo que realmente eran capaces.