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Dime que no me quieres

Dime que no me quieres

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Completas
Popularitas:7.9k
Nilai: 5
nombre de autor: MarOculto

Valentina Reyes lo tenía todo calculado: irse de aquella mansión, olvidar a Sebastián Montero y nunca volver. Pero la vida tiene otros planes.

Cuando Lumina Tech, la empresa que él le regaló y ella convirtió en su orgullo, está al borde de la quiebra, Valentina no tiene más opción que regresar a Las Lomas de Chapultepec — la residencia del hombre más poderoso de Ciudad de México. El mismo hombre que la crio como su protegida. El mismo que le rompió el corazón sin decir una sola palabra de amor en siete años.

Sebastián Montero parece no haber cambiado: la silla de ruedas, la mirada fría, el control absoluto. Pero debajo de esa armadura hay un hombre que la buscó por dos años después de que ella desapareció. Un hombre que guarda un anillo de oro en el bolsillo. Un hombre que esconde un secreto tan oscuro que prefirió perderla antes que destruirla.

Entre la guerra de las grandes familias empresariales, los celos que ninguno admite, y una conspiración que pone en peligro su vida, Valentina deberá decidir: ¿puede amar a un hombre que nunca le dirá "te quiero"… o su silencio es la prueba más grande de amor que existe?

Once años. Una historia de orgullo, sacrificio y el amor más terco del mundo.

NovelToon tiene autorización de MarOculto para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 14

Capítulo 14 — Las manos de una mujer

—Vete a dormir, Valentina.

Sebastián esperó que ella obedeciera.

Valentina era muchas cosas: orgullosa, terca, demasiado capaz de herirse antes de admitir que necesitaba algo. Pero también sabía retirarse cuando una puerta se cerraba. Había aprendido de él, quizá demasiado bien.

Esa noche no se retiró.

Dio un paso más dentro del despacho.

—No.

Sebastián sintió que el dolor en la rodilla se mezclaba con otra cosa, más antigua y más difícil de controlar.

—No era una invitación.

—Lo sé.

—Entonces sal.

Valentina miró la cobija, el frasco abierto, su mano aún cerrada sobre la tela. No había lástima en su cara. Eso lo desconcertó. La lástima habría sido fácil de rechazar.

—Déjeme ayudarle.

El cuerpo de Sebastián reaccionó antes que su cabeza.

—No.

—No le estoy pidiendo permiso para invadir su empresa.

—Tampoco para invadir mi pierna.

La frase salió más dura de lo que quería. Vio el golpe en sus ojos, pero Valentina no retrocedió. Se acercó al sillón y se arrodilló sobre la alfombra, no como alguien que se humilla, sino como alguien que decide desde dónde actuar.

Sebastián se tensó.

—Valentina.

—Diez minutos.

—No.

—Cinco.

—No estás escuchando.

—Usted tampoco.

Sus manos llegaron a la cobija. No la retiró de golpe. La dobló apenas, lo suficiente para descubrir la rodilla sin exponerlo más de lo necesario. Ese cuidado fue peor que la intromisión.

Sebastián tomó su muñeca.

Iba a apartarla.

Debió apartarla.

La piel de Valentina estaba caliente.

No cálida de forma romántica, no como un recuerdo bonito que pudiera permitirse. Caliente como vida. Como alguien que había bajado descalza a media noche, que no debía estar ahí, que estaba ahí de todos modos.

Él aflojó los dedos sin querer.

Valentina notó el gesto. Por supuesto que lo notó. Siempre notaba más de lo que él decía.

—Déjeme —murmuró.

Sebastián cerró los ojos un segundo.

Siete años.

Siete años desde la primera vez que ella se atrevió a tocarle la pierna sin pedir una explicación completa. En aquel entonces él fingía que el dolor era un asunto menor, una molestia heredada de demasiadas horas de trabajo. Ella tenía diecinueve años y la insolencia de quien todavía creía que cuidar podía salvar a una persona.

Ahora tenía veinticuatro y ya no creía en casi nada.

Aun así, sus manos seguían sabiendo cuidar.

Valentina puso un poco de ungüento en los dedos y comenzó por el costado de la rodilla, lento, con presión firme. No hizo preguntas. No buscó la historia de la herida. No exigió verdad a cambio del alivio.

Eso le desarmó más que cualquier reproche.

El dolor no desapareció. Cambió de forma. Dejó de morder y empezó a ceder, milímetro a milímetro, bajo el calor de sus dedos.

Sebastián apoyó la cabeza en el respaldo.

—¿Quién te enseñó?

Valentina no levantó la vista.

—Mi abuelo tenía las rodillas mal después de trabajar en el campo.

Don Ignacio.

El nombre no se dijo, pero quedó entre ellos.

Sebastián recordó al viejo en el jardín de Las Lomas, años atrás, mirándolo con una seriedad que no pedía favores: "Cuídala. No como se cuida una deuda. Como se cuida algo vivo."

Había fallado en formas que Don Ignacio no habría perdonado.

Valentina presionó un punto y el aire se le escapó por la nariz.

—¿Ahí?

—No.

—Mentiroso.

La palabra salió sin veneno. Casi suave.

Sebastián abrió los ojos.

Ella seguía concentrada en la rodilla, el cabello cayéndole a un lado del rostro, los labios apretados. No parecía la mujer que discutía con inversionistas, ni la que le sostuvo la mirada a Camila Herrero. Parecía la muchacha que una vez le puso una cobija encima y luego fingió que no le importaba si él la usaba.

Pero ya no era esa muchacha.

Él tampoco era el hombre que debió ser para ella.

—No tenías que bajar —dijo.

—No bajé por usted.

—Claro.

—Bajé por agua.

—Y terminaste en mi despacho.

—La casa está mal diseñada.

La comisura de su boca casi se movió.

Valentina lo vio.

—No se ría.

—No me estoy riendo.

—Casi.

—Casi no cuenta.

Por unos segundos, el despacho tuvo otra temperatura. No feliz. No tranquila. Solo menos llena de cuchillos.

Valentina cambió la presión hacia el músculo sobre la rodilla.

—Respire.

—Estoy respirando.

—Está peleando con el aire.

Sebastián quiso responder. No encontró una frase que no sonara ridícula.

Ella tomó una toalla pequeña de la mesa, la dobló y la puso bajo la pierna para elevarla apenas. No pidió aprobación. Probablemente ya había calculado que, si la pedía, él iba a negarse por reflejo.

—No debería trabajar así —dijo.

—Tengo trabajo.

—Todos tenemos.

—No todo el mundo dirige un Consejo.

—No todo el mundo se cree indispensable por deporte.

La frase habría sido insolente en otra boca. En la de Valentina sonó cansada, casi doméstica. Como si lo hubiera regañado así cien veces en otra vida, por dormir poco, por saltarse comidas, por fingir que el cuerpo era un empleado más.

Sebastián miró sus manos.

No llevaba anillos.

Esa ausencia lo golpeó de una forma absurda. No debía pensar en anillos cuando ella estaba arrodillada a sus pies por una razón médica, no emocional. No debía recordar la caja que él guardaba en una bóveda ni el anillo de oro que ella una vez le ofreció con los ojos demasiado valientes.

Valentina presionó otro punto.

—Ahí sí dolió.

—No dije nada.

—Movió la mano.

Sebastián bajó la vista. Tenía los dedos cerrados sobre la cobija.

Ella no sonrió. Le dio una salida limpia.

—Voy a bajar un poco la presión.

Y lo hizo.

Esa era la parte que más lo desarmaba: Valentina podía pelear con él hasta dejarlo sin paciencia, pero cuando cuidaba, cuidaba bien. No usaba el dolor como deuda. No lo convertía en una escena. Solo lo veía y ajustaba las manos.

Sebastián quiso quedarse ahí.

Ese fue el peligro.

Retiró la pierna apenas.

—Suficiente.

Valentina entendió de inmediato. Sus manos se detuvieron, pero no se apartaron al instante. Terminó el movimiento, cubrió de nuevo la rodilla con la cobija y cerró el frasco.

—Diez minutos —dijo—. Sobrevivió.

—Cinco.

—No. Fueron diez.

Sebastián miró el reloj. Fueron nueve.

No la corrigió.

Valentina se puso de pie despacio. La alfombra había marcado sus rodillas. Él lo vio y sintió una molestia irracional, como si la casa misma hubiera tenido la culpa de tocarla demasiado fuerte.

—Gracias —dijo.

La palabra salió baja.

Valentina tomó aire, y por un instante pareció que iba a responder algo simple. "De nada." "Descanse." "Llame al médico."

En lugar de eso, recogió la distancia como quien se pone un abrigo.

—Buenas noches, Don Sebastián.

El tratamiento cayó limpio.

Don Sebastián.

No Sebastián, como se le escapó antes. No el hombre bajo la cobija. No la rodilla tibia bajo sus manos. Don Sebastián: el señor de la casa, el benefactor, el hombre al que se le agradecen favores sin acercarse demasiado.

Ella salió del despacho sin mirar atrás.

Sebastián no la llamó.

Se quedó sentado, con la cobija sobre las piernas y el frasco cerrado en la mesa, hasta que la primera luz gris empezó a tocar las ventanas.

La rodilla seguía doliendo.

Pero donde estuvieron las manos de Valentina, todavía quedaba calor.

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