Aurora Rivas solo quería sobrevivir aquella noche.
Traicionada por su prometido, drogada por su propia familia y perseguida en un hotel de lujo, terminó en brazos de Damian Montero, el hombre más poderoso de la Ciudad de México… y el Alfa de la manada más antigua.
Para Aurora fue una noche que debía olvidar.
Para Damian, fue el despertar de su lobo.
Ella huyó antes del amanecer sin saber que la mordida que dejó en su hombro no era una simple marca, sino el lugar exacto donde una Luna reclama a su Alfa.
Semanas después, Aurora descubre que está embarazada.
No de un bebé.
De cuatro.
Ahora la familia que quiso destruirla quiere arrebatarle lo único que le queda, mientras la manada Montero empieza a inclinarse ante una humana que jamás pidió ser reina.
Aurora no sabe que nació Luna.
Damian sí.
Y esta vez, el Alfa no va a dejar escapar a su pareja destinada.
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Capítulo 20
# Capítulo 020: ¡Yo la voy a matar!
Ricardo Rivas aventó el reporte financiero contra la pared.
Las hojas volaron sobre la alfombra de su oficina como pájaros muertos.
—¡Explícamelo otra vez!
El director de producción tenía la cara gris.
—Hacienda Rosaleda canceló los envíos. Legalmente no lo llaman cancelación, señor. Usaron una cláusula de reasignación.
—¡Me importa una mierda cómo lo llamen!
Ricardo golpeó el escritorio con ambos puños.
El edificio de BellaRiva olía a perfume caro, estrés y fracaso.
Durante doce años, ese olor nunca había entrado a su oficina.
La empresa de Selene había sido una máquina perfecta cuando él la tomó. Fórmulas antiguas, clientes fieles, proveedores que respetaban el apellido Luna aunque él hubiera arrancado ese nombre de las etiquetas.
Ricardo creyó que bastaba con cambiar el logotipo.
Creyó que las rosas seguirían llegando porque el dinero siempre llegaba.
Ahora las máquinas estaban paradas.
Las cremas salían con textura arenosa.
El laboratorio había rechazado tres lotes.
Y los distribuidores ya hablaban de multas por incumplimiento.
—Probamos con el proveedor de Puebla —dijo el director.
—¿Y?
—La concentración aromática no coincide.
—Entonces ajusten la fórmula.
—Lo hicimos. La base se corta.
Ricardo miró al químico jefe.
El hombre tragó saliva.
—La línea Corola depende de esa rosa específica. Selene Luna diseñó la fórmula alrededor de ese extracto.
El nombre de Selene hizo que Ricardo apretara los dientes.
—Esa mujer está muerta.
Nadie contestó.
—¿Y ustedes me dicen que una muerta puede detener mi empresa?
Su sobrino, Andrés, que llevaba semanas intentando demostrar utilidad en la compañía, bajó la mirada.
Ese gesto bastó para encender a Ricardo.
—¿Tú qué hiciste?
—Tío, yo llamé a Rosaleda, pero dicen que la orden viene de arriba.
—¿De arriba de quién?
—No quisieron decir.
Ricardo caminó hasta él y le soltó una bofetada.
Andrés cayó contra una silla.
—¡Inútil!
—Señor Rivas... —intervino el director.
Ricardo lo señaló.
—Cállate si quieres conservar tu trabajo.
El teléfono de la asistente sonó en la mesa de juntas. Ella contestó en voz baja, escuchó, palideció y tapó el micrófono con la mano.
—Señor Rivas.
—¿Qué?
—Llaman del Centro San Gabriel.
Ricardo soltó una risa amarga.
—¿Ahora qué?
—Dicen que hubo movimiento en la cuenta del señor Augusto Luna.
Ricardo se quedó quieto.
—¿Movimiento?
—Al parecer alguien pagó seis meses por adelantado y solicitó cambiar el contacto principal.
La oficina se volvió silenciosa.
Ricardo sintió que algo caliente le subía por el cuello. Aurora, esa maldita niña, la hija de Selene, la copia viva de la mujer que aún muerta seguía metiéndole las manos en la garganta.
—Comunícame.
La asistente marcó.
Ricardo tomó el teléfono.
—Habla Ricardo Rivas.
La administradora del centro sonó cuidadosa.
—Señor Rivas, queríamos confirmar algunos datos del expediente de don Augusto.
—Yo soy el responsable.
—Tenemos una solicitud de la señorita Aurora Rivas Soleil para actualizar el primer contacto.
—Rechácenla.
—Señor, presentó documentación familiar y el pago está cubierto.
—Me importa un carajo el pago.
—También pidió que ninguna decisión médica se tome sin notificarle.
Ricardo cerró los ojos.
Durante un segundo vio a Aurora niña, parada frente a la puerta del cuarto de Don Augusto, con la misma mirada terca de Selene.
Abrió los ojos.
—Escúcheme bien. Ese viejo está a mi cargo. Retiren mi autorización de pagos futuros y cancelen cualquier tratamiento adicional que no sea básico.
La mujer dudó.
—No podemos cancelar cuidados indispensables.
—Entonces no entendió. No voy a pagar ni un peso más para que una planta siga ocupando cama.
—Señor Rivas...
—Que se vaya a reunir con su nieta al otro mundo.
La administradora guardó silencio.
Ricardo colgó.
La asistente lo miraba con horror.
Él sonrió sin alegría.
—Si Aurora quiere jugar a ser adulta, que aprenda cuánto cuesta mantener vivo a un muerto.
En la UAM, Aurora estaba en clase cuando su celular empezó a vibrar sin parar.
Primero una llamada.
Luego otra.
Después un mensaje de un número desconocido:
«Señorita Aurora, soy Rocío Huerta, enfermera de turno de Don Augusto. Necesito hablar con usted urgente».
El cuerpo se le enfrió.
Pidió permiso sin esperar respuesta y salió al pasillo.
Marcó de vuelta.
Rocío contestó casi llorando.
—Señorita, perdón por llamarla así, pero están intentando retirar el equipo de apoyo.
Aurora apoyó una mano en la pared.
—¿Qué equipo?
—El respirador auxiliar nocturno y parte del monitoreo. La señora Patricia Soto llegó con papeles. Dice que el señor Rivas autorizó limitar los cuidados.
El mundo se inclinó.
—¿Patricia está ahí?
—Sí. Está en la habitación con administración.
Aurora empezó a caminar.
—No deje que toquen nada.
—Señorita, yo no tengo autoridad.
—Dígales que voy para allá.
—Por favor , venga rápido.
Aurora colgó y salió casi corriendo.
Camila la alcanzó en la entrada.
—¿Qué pasó?
—Mi bisabuelo.
—Voy contigo.
—No.
—Aurora.
—Quédate. Si Damián llama, dile que estoy bien.
Camila la tomó del brazo.
—Eso suena exactamente a que no estás bien.
Aurora se soltó con más brusquedad de la necesaria.
—No tengo tiempo.
El dolor apareció a mitad del camino.
Primero fue una punzada baja, cerca del vientre.
Aurora la ignoró.
Subió a un taxi porque el Metrobús tardaba demasiado. Dio la dirección del Centro San Gabriel y le pidió al conductor que se apurara.
—Hay tráfico, señorita.
—Le pago el doble.
El hombre la miró por el retrovisor y aceleró donde pudo.
La ciudad pasó en manchas: puestos de comida, semáforos, gente cruzando sin mirar, edificios grises bajo un cielo pesado.
Aurora marcó a la administración del centro.
Nadie contestó.
Marcó a Rocío.
Rocío tampoco contestó.
La punzada volvió.
Más fuerte.
Aurora se dobló un poco en el asiento.
—¿Está bien? —preguntó el taxista.
—Maneje.
Cuando llegó al Centro San Gabriel, pagó sin esperar cambio y entró corriendo.
El guardia intentó detenerla.
—Señorita, visitas por recepción.
—Soy familiar de Augusto Luna.
—Necesita registrarse.
Aurora lo empujó con el hombro.
—Regístreme después.
Subió al segundo piso por las escaleras.
El pasillo olía a desinfectante, café viejo y flores de plástico.
Desde lejos escuchó la voz de Patricia.
—No dramatice, enfermera. Nadie se va a morir por quitar un aparato que ni necesita.
Aurora llegó a la puerta.
Don Augusto estaba en la cama, inmóvil, delgado, con la piel casi transparente. El respirador auxiliar seguía conectado, pero un técnico ya tenía una mano en el cable.
Patricia Soto llevaba un vestido claro y lentes oscuros sobre la cabeza.
Parecía lista para un desayuno tardío de Polanco, no para ordenar la muerte de un anciano.
Rocío estaba frente al equipo, temblando.
—Señora, por favor, espere a que llegue la familia.
—La familia soy yo —dijo Patricia.
Aurora entró.
—Tú no eres nada.
Patricia volteó.
Durante un segundo, la sorpresa le abrió la cara.
Después sonrió.
—Mira nada más. La niña mantenida.
Aurora caminó hacia ella.
—Aléjate de mi bisabuelo.
—Tu padre autorizó limitar gastos.
—Mi padre puede meterse su autorización por donde le quepa.
El técnico bajó la mano del cable.
Patricia apretó la boca.
—¡Qué vulgar te volviste desde que duermes en camas ajenas!
Aurora sintió que algo dentro de ella se rompía con un sonido limpio.
No pensó.
Le agarró el cabello a Patricia con una mano y la estrelló contra la pared.
El golpe hizo gritar a la administradora.
Patricia chilló.
—¡Suéltame, loca!
Aurora la sostuvo por el pelo y la acercó a su cara.
—Si le tocas un pelo, yo te mato a ti y a toda tu familia.
—¡Me estás amenazando frente a testigos!
—Sí.
Aurora volvió a empujarla contra la pared.
—Grábenme si quieren. Es más, graben bien mi cara.
Rocío se llevó una mano a la boca.
Patricia intentó arañarla.
Aurora la esquivó y la tiró al suelo con una fuerza que no sabía que tenía. Se le subió encima, sujetándole las muñecas.
—Doce años —dijo, con la voz rota—. Doce años lo dejaron aquí como si fuera basura.
—Tu madre ya estaba muerta cuando él cayó, no vengas con teatro.
Aurora la abofeteó.
La cabeza de Patricia se fue hacia un lado.
—Vuelve a hablar de mi madre.
Patricia escupió una risa.
—Selene perdió porque era débil.
Aurora volvió a levantar la mano.
La punzada le atravesó el vientre.
Se quedó sin aire.
La mano cayó a un lado.
Rocío dio un paso.
—Señorita Aurora.
El dolor se extendió, bajo y caliente.
Aurora soltó las muñecas de Patricia y llevó una mano a su abdomen.
—No...
Patricia aprovechó para empujarla, pero Aurora apenas lo sintió.
Algo húmedo le bajó por la parte interna del muslo.
Miró hacia abajo.
La tela clara de su pantalón tenía una mancha roja.
Rocío gritó su nombre.
Aurora intentó ponerse de pie, pero el cuarto se llenó de ruido: pasos, voces, Patricia maldiciendo desde el suelo y la máquina de Don Augusto pitando con regularidad.
Aurora apoyó una mano en la cama de su bisabuelo.
—No dejen que lo toquen —alcanzó a decir.
Después el dolor volvió, y esta vez le dobló las rodillas.
El único de acero es el abuelo Esteban 😜
ud es querendona y alborotadora 🤭