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De Sirvienta Low-Rank a Luna

De Sirvienta Low-Rank a Luna

Status: En proceso
Genre:Posesivo / Centrado emocionalmente / Hombre lobo / Romance paranormal / Casada Con Mi Ex's Familiar
Popularitas:7.9k
Nilai: 5
nombre de autor: elmira brazil

Camila Rojas cuidó durante tres años al heredero de la Manada Vega. Le curó las heridas, soportó sus cambios de humor y creyó que, al recuperar su libertad, al menos conservaría su dignidad.
Pero Damián Vega la humilla delante de todos y la trata como una sirvienta desechable, una loba low-rank que jamás podría ser su Luna.
Camila decide irse.
Lo que nadie espera es que Gabriel Serrano, el temido Alfa juez de Sierra Clara, perciba en ella un aroma que ningún Vega pudo reclamar jamás. Para Damián, Camila era una deuda pendiente. Para Gabriel, es una mujer libre… y quizá su verdadera mate.
Entre falsos reclamos, juicios de manada, feromonas prohibidas y un heredero obsesionado con recuperar lo que perdió, Camila tendrá que elegir: esconderse bajo la protección del Alfa juez o convertirse en la Luna que abrirá una puerta para todas las mujeres que nunca pudieron escapar.
Damián la llamó propiedad.
Gabriel la llamó libre.
Y la Luna la estaba esperando.

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Capítulo 22

Cap 22: Cacería de luna llena

La luna llena subió sobre Sierra Clara como una moneda limpia.

Camila la vio desde el balcón de su habitación, con el broche de la Luna Inés sobre la mesa y las manos apoyadas en la baranda fría. Abajo, la manada se reunía para la carrera mensual. No era una fiesta. Tampoco una ceremonia de tribunal. Era algo más antiguo: cuerpos inquietos, aromas levantándose con el viento, lobos bajo la piel esperando permiso para correr.

Su propia loba estaba insoportable.

No quería la transformación.

No exactamente.

Camila ni siquiera sabía si podría hacerlo sin dolor después de años de un juramento torcido, acónito indirecto y obediencia aprendida. Pero la luna le rozaba la piel como una pregunta. El lazo hacia Gabriel respondía a esa pregunta con una calma demasiado cercana al deseo.

Alguien tocó la puerta.

—No estoy desnuda —dijo Camila.

—Eso limita algunas posibilidades —respondió Gabriel al otro lado.

Camila se quedó inmóvil.

Luego abrió la puerta con una expresión que esperaba fuera severa.

—Alfa Gabriel.

—Camila.

Él estaba vestido para correr: camisa oscura, botas, el cabello más suelto de lo habitual, la herida de plata ya cerrada pero no olvidada. Olía a abeto, café, piel limpia y lobo despierto.

Terrible.

Absolutamente terrible.

—No diga cosas así en los corredores.

—Usted anunció su estado de vestimenta primero.

—Porque en esta casa todos tocan las puertas como si trajeran emergencias.

—Traigo una.

Camila se tensó.

Gabriel levantó una carta.

—Damián solicitó participar en la carrera de luna llena como representante de Vega bajo la supervisión del Consejo.

—No.

La palabra salió antes que el aire.

Gabriel la aceptó.

—El anciano Prado autorizó su presencia limitada. Quiere observar su comportamiento después de las restricciones.

—¿Y si su comportamiento incluye intentar arrancarle la garganta?

—Entonces el informe será muy claro.

—No me gusta.

—A mí tampoco.

Eso ayudó un poco.

Camila cruzó los brazos.

—¿Por qué me lo dice?

—Porque puede no asistir.

—Esa frase ya me la sé.

—Y porque si asiste, Damián intentará provocarme.

—También me la sé.

Gabriel guardó la carta.

—Esta vez la provocación puede ser física. La luna llena amplifica el instinto. Si reta, yo puedo negarme, pero eso puede parecer debilidad ante el Consejo. Si acepto, debo ganar por control, no por daño.

—Usted dice eso como si la parte difícil fuera no matarlo.

Gabriel no respondió enseguida.

Camila sintió frío.

—Gabriel.

El nombre salió solo. Él lo oyó. Por supuesto que lo oyó; su aroma cambió.

—La parte difícil —dijo él— es recordar que usted no necesita que mate a nadie para demostrar que está libre.

Camila no tuvo respuesta.

Su loba, que entendía mucho menos de leyes y mucho más de sangre, no estaba completamente de acuerdo. A su loba le gustaba la idea de Gabriel poniendo a Damián contra el suelo. Eso le preocupó.

—Iré —dijo.

—Camila...

—No para verlo a usted pelear. Para verme a mí no esconderme.

La carrera empezó en el claro norte, donde los pinos se abrían bajo la luna. Los lobos de Sierra Clara formaron círculos por rango y edad. Algunos ya se habían transformado: cuerpos grises, marrones, negros, ojos brillantes entre la hierba. Otros esperaban en forma humana, respirando hondo.

Camila permaneció junto a la anciana Amalia y a Teresa, con Nico a su otro lado vibrando como si fuera a explotar.

—No vas a correr —le dijo.

—No dije nada.

—Tu aroma gritó.

Nico cerró la boca.

Gabriel estaba al centro del claro.

Su autoridad allí era distinta a la de los tribunales. Menos tinta, más hueso. La luna le marcaba los hombros, y aunque seguía en forma humana, cada lobo presente sabía que el alfa estaba cerca de la superficie.

Damián llegó tarde.

Naturalmente.

Vino vestido de negro, con dos testigos de Vega y el anciano Prado detrás. No sonreía. Su aroma golpeó el claro: hierro, madera quemada, rabia, una sombra leve de amapola lunar que no debería estar allí.

Teresa murmuró:

—Idiota.

Camila la miró.

—¿Está intoxicado?

—No lo suficiente para acusar. Lo suficiente para creerse invencible.

Damián buscó a Camila antes de mirar a Gabriel.

Eso fue su primer error.

Gabriel no se movió.

Eso fue su primera victoria.

El anciano Prado levantó una mano.

—La manada Vega participa bajo observación. No habrá contacto con la protegida Camila Rojas Marín. No habrá desafío fuera de protocolo.

Damián inclinó la cabeza.

—Por supuesto.

Mintió tan mal que hasta Nico lo olió.

La carrera empezó con un aullido de Gabriel.

Camila lo sintió en los dientes.

El sonido no fue brutal. Fue profundo, extendiéndose por el claro como una orden antigua: corran, vuelvan, recuerden que son una manada. Los lobos respondieron. Uno a uno, sus cuerpos humanos cedieron a formas de lobo. Los huesos crujieron, la piel se abrió en pelaje, las garras tocaron tierra.

Gabriel se transformó al final.

Camila olvidó respirar.

El lobo de Gabriel era enorme, gris oscuro, de hombros anchos y ojos dorados. No era el más hermoso en un sentido delicado. Era demasiado real para eso. Poder contenido. Movimiento preciso. Una cicatriz más clara en el costado donde la plata aún dejaba memoria.

Su lobo giró la cabeza hacia Camila.

El lazo se tensó.

No como jaula.

Como llamada.

La loba de Camila empujó tan fuerte que le dolió la piel.

—Respira —dijo Teresa a su lado.

—Estoy respirando.

—Miente mejor.

La manada corrió.

No todos a la vez. Grupos. Rutas marcadas. Los jóvenes primero, vigilados. Luego los guerreros. Luego las familias. Era hermoso de una forma salvaje y ordenada, y Camila entendió por primera vez lo que le habían robado al negarle el entrenamiento: no solo fuerza, sino la pertenencia al movimiento.

Damián se transformó cuando Gabriel regresó al claro.

Su lobo plateado-negro era hermoso.

Camila odió que lo fuera.

Hermoso, rápido, agresivo, con los ojos demasiado brillantes. Rodeó el claro una vez, exhibiéndose. Algunos lobos jóvenes lo miraron con fascinación. La gloria de la frontera aún tenía dientes.

Entonces Damián se detuvo frente a Gabriel.

Gruñó.

El claro se quedó quieto.

El anciano Prado dijo:

—Heredero Vega.

Damián se transformó de vuelta a humano a medias: ojos plateados, caninos largos, garras fuera.

—Solicito una prueba de dominio amistoso. Alfa contra heredero. Sin sangre seria.

Camila sintió ganas de reír.

Amistoso.

La palabra era una piel mal puesta.

Gabriel también regresó a forma humana, sin prisa.

—Rechazado.

Murmullos.

Damián sonrió.

—¿Sierra Clara teme perder delante de su nueva Luna?

Nico hizo un sonido de cachorro ofendido.

Camila le agarró la manga.

Gabriel miró al anciano Prado.

—No acepto desafíos usados para impresionar a una mujer que el retador tiene prohibido contactar.

La frase fue precisa.

Devastadora.

Varios lobos bajaron la mirada para esconder sus sonrisas.

Damián perdió el color.

—No todo gira alrededor de ella.

—Entonces elija otro momento.

Damián miró a Camila.

Segundo error.

Gabriel lo vio.

Todo el claro lo vio.

La rabia deformó el rostro de Damián.

—Solo quiero comprobar si el gran alfa juez puede usar algo más que papeles.

Gabriel suspiró.

—Anciano Prado, registro que el retador insiste tras una negativa protocolaria y provoca frente a la protegida.

—Registrado —dijo Prado.

Gabriel empezó a desabotonarse los puños.

Camila sintió que el corazón le golpeaba las costillas.

—¿Qué está haciendo? —susurró.

Teresa respondió:

—Controlando el informe.

Gabriel se arremangó.

—Acepto una demostración de control. Sin transformación completa. Sin garras al cuello. Tres caídas. Se detiene si el anciano Prado o yo lo ordenamos.

Damián mostró los dientes.

—O si yo lo ordeno.

Gabriel lo miró con una calma tan seca que el claro pareció inclinarse.

—Usted no ordena aquí.

El combate duró menos de lo que Damián esperaba y más de lo que Camila toleraba.

Damián atacó primero, rápido, brutal, con fuerza de guerrero y orgullo herido. Gabriel no devolvió golpe por golpe. Esquivó. Desvió. Lo dejó gastar rabia. La primera caída llegó cuando Damián intentó usar el lado herido de Gabriel; el alfa giró, tomó su muñeca y lo puso de espaldas contra la tierra sin romperle nada.

—Uno —dijo el anciano Prado.

Damián se levantó con barro en el cabello.

Camila soltó el aire.

La segunda caída fue más fea. Damián usó la transformación parcial, las garras rozando el brazo de Gabriel. Sangre. Muy poca. Suficiente para que la loba de Camila se lanzara contra su piel.

Gabriel no miró hacia ella.

Bien.

Si la miraba, Damián ganaba algo.

El alfa de Sierra Clara bloqueó, giró bajo el brazo de Damián y lo hizo caer de rodillas, una mano en la nuca, sin presionar.

—Dos.

Damián temblaba de furia.

—Pelea.

Gabriel soltó su nuca.

—Estoy peleando. Usted está perdiendo.

Varios lobos inhalaron.

Camila, pese al miedo, casi sonrió.

La tercera vez, Damián perdió el control.

No por mucho.

Pero bastante.

Sus ojos se volvieron demasiado blancos. El aroma de amapola lunar subió, dulce y podrido. Su cuerpo se transformó a medias de forma irregular, los huesos crujiendo mal. Fue hacia Gabriel, pero su mirada saltó a Camila en el último segundo.

El mundo se estrechó.

Gabriel se movió.

No con rabia.

Con decisión.

Lo derribó antes de que el primer paso se completara. Una rodilla al suelo, una mano cerrando el brazo de Damián, la otra contra su pecho, bloqueando la transformación sin aplastarlo. La orden imperativa del alfa resonó baja, dirigida solo al lobo frente a él:

—Basta.

Damián se congeló.

No sometido por humillación.

Detenido por una autoridad que su cuerpo intoxicado no podía negar.

—Tres —dijo el anciano Prado.

Silencio.

Gabriel soltó a Damián y se levantó.

No celebró.

No miró a Camila como un trofeo.

No dijo una sola palabra de más.

Eso fue lo que hizo que la victoria pesara.

El anciano Prado ordenó revisar a Damián por sustancias. Los testigos de Vega protestaron. Teresa ya estaba sacando guantes. Camila se quedó donde estaba, con Nico agarrado a su manga.

Gabriel caminó hacia ella solo después de que Damián fue contenido por otros.

Tenía sangre en el brazo.

Camila miró la herida.

—No es seria.

—Usted y su definición de seria necesitan un tribunal.

El lobo aún estaba cerca de sus ojos. Dorado en el borde. Respiración baja. Control, sí, pero un control cansado.

—¿Está bien? —preguntó él.

Camila soltó una risa incrédula.

—Usted sangra y me pregunta a mí.

—Sí.

La respuesta la desarmó.

La luna llena estaba sobre ellos. La manada mirando. Damián contenido al otro lado del claro. Y Gabriel, que acababa de ganar sin convertirla en premio, esperaba su respuesta.

—Estoy bien —dijo.

Luego, porque el brazo de él seguía sangrando:

—Pero usted viene conmigo antes de que Teresa lo despelleje por no sentarse.

Gabriel inclinó la cabeza.

—Sí, Camila.

Detrás de ellos, Nico susurró a Teresa:

—¿Cuenta como que mi hermana ganó también?

Teresa miró a Gabriel obedeciendo y luego a Damián, siendo revisado en el suelo.

—Cachorro, tu hermana ganó antes de que empezaran.

Camila fingió no oír.

Pero caminó junto a Gabriel bajo la luna llena con la extraña certeza de que aquella noche no había visto solo a un alfa fuerte.

Había visto a un alfa que podía morder.

Y había elegido no hacerlo.

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JZulay
miserable !!!! 😤
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