Una noche que debió ser olvidada lo cambió todo.
Valentina Solís, profesora universitaria de idiomas, jamás imaginó que el desconocido con quien despertó en un hotel de montaña sería Sebastián Montero — el hombre más poderoso de San Valero.
Él es frío, implacable y acostumbrado a que el mundo se mueva a su voluntad. Ella es brillante, independiente y arrastra heridas que prefiere no mostrar.
Lo que empezó como un accidente se convirtió en un acuerdo: en privado, fuego; en público, desconocidos.
Pero los secretos en una ciudad donde todos se conocen tienen fecha de caducidad. Entre cenas familiares que derriten el hielo, rivales que acechan en las sombras y una atracción que ni las reglas pueden contener, Valentina descubrirá que amar a Sebastián Montero es fácil.
Lo difícil es que el mundo no se entere.
"Jefe, afuera somos desconocidos."
"¿Y adentro?"
"Adentro... soy tuya."
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Capítulo 5
Capítulo 5: Señor Montero
La Hacienda Montero no parecía una casa.
Parecía una decisión tomada por varias generaciones de personas acostumbradas a que el mundo les abriera paso.
Valentina bajó de la camioneta junto a Abuela Carmen y se quedó un segundo mirando el portón de hierro, los muros cubiertos de bugambilias y el camino de piedra que llevaba a un patio amplio, con una fuente al centro y corredores de arcos blancos. Al fondo, una capilla pequeña asomaba entre árboles de mango.
—Cierra la boca, mija —susurró Carmen—. Se te va a meter una mosca de ricos.
Valentina tosió para ocultar una risa.
Sebastián, que había bajado del otro lado para ayudar a Doña Lucía, la oyó. No dijo nada. Ese fue su peor defecto: parecía escuchar todo y elegir qué guardar.
Un hombre de seguridad se acercó apenas los vio.
—Director Montero.
Sebastián asintió.
—Buenos días, Ramiro. La señora Carmen y la profesora Solís vienen con mi abuela.
—Bienvenidas —dijo el hombre, abriendo más el paso.
Valentina no pudo evitar notarlo. No preguntó quiénes eran. No pidió identificación. Bastó que Sebastián las nombrara para que La Hacienda las aceptara.
Esa clase de poder no hacía ruido.
Doña Lucía tomó el brazo de Carmen.
—Ven, te voy a enseñar el patio. No te asustes si Emilio finge que no está emocionado. Es su manera de no parecer humano.
—A los hombres les pasa mucho —respondió Carmen.
Sebastián caminó detrás de ellas, con Valentina a su lado por pura logística. Ni demasiado cerca ni demasiado lejos.
—¿Está bien? —preguntó en voz baja.
—Perfectamente, señor Montero.
Él giró apenas la cabeza.
—¿Señor Montero?
—Estamos en público.
—Estamos en un patio.
—Su patio.
Eso le arrancó esa mínima sombra de sonrisa que a Valentina le daba ganas de lanzarle una servilleta.
Antes de que pudiera decir algo más, una voz grave salió del corredor.
—Lucía, si trajiste visitas, por lo menos preséntalas antes de secuestrarlas al jardín.
Don Emilio Montero Castillo estaba sentado en una silla de madera tallada, con bastón apoyado a un lado y un sombrero claro sobre la rodilla. Tenía noventa años, según había dicho Doña Lucía, pero los ojos le brillaban como si todavía pudiera mandar a medio regimiento.
Todos se enderezaron un poco.
Incluso Sebastián.
—Emilio, no empieces —dijo Doña Lucía—. Ella es Carmen Herrera, mi amiga. Y esta belleza es Valentina, su nieta.
Valentina se acercó con cuidado.
—Mucho gusto, Don Emilio.
—¿Profesora?
—Sí, señor. En la Universidad de San Valero.
—Entonces usted sí trabaja de verdad. No como mis nietos, que dicen que tienen juntas y pasan la vida firmando papeles.
Desde la entrada del comedor, una mujer elegante soltó una risa.
—Papá, Sebastián firma papeles que valen más que esta casa.
Valentina reconoció a Isabel Reyes de Montero antes de que nadie la presentara. No por haberla visto de cerca, sino porque las revistas de negocios amaban fotografiarla en eventos de beneficencia: impecable, serena, con ojos de alguien que podía comprar una empresa y preguntar por el café al mismo tiempo.
—Isabel —dijo Doña Lucía—, ella es Valentina.
—La nieta de Doña Carmen —completó Isabel, acercándose—. Lucía habló de ustedes toda la semana.
Valentina estrechó su mano.
—Gracias por recibirnos.
—La casa de mi suegra siempre recibe a quien ella decide. Los demás solo obedecemos.
—Por fin alguien inteligente —dijo Doña Lucía.
El almuerzo fue menos rígido de lo que Valentina esperaba y más peligroso por eso. Había arroz, cochinita, ensalada de nopales, tortillas calientes y una jarra enorme de agua de jamaica. También había empleados entrando y saliendo sin hacer ruido, teléfonos que vibraban sobre la mesa y conversaciones que pasaban de una receta a un contrato de construcción con una naturalidad intimidante.
Alejandro Montero llegó tarde.
No necesitó presentarse para que Valentina supiera que era el padre de Sebastián. Tenía la misma estructura de rostro, pero sin la paciencia. Saludó a Carmen con educación, a Valentina con un gesto correcto y a su hijo con una frase seca:
—El informe de logística llegó incompleto.
Sebastián dejó el vaso sobre la mesa.
—Lo corregí esta mañana.
—No me llegó copia.
—Porque primero debía salir limpio.
El silencio duró apenas dos segundos. Don Emilio cortó un pedazo de tortilla.
—Si Sebastián dice que salió limpio, salió limpio. Come, Alejandro.
Alejandro no respondió. Se sentó.
Valentina miró su plato.
Ahí estaba. No en los relojes, ni en los muros altos, ni en los empleados atentos. El poder real era ese: un padre exigente, un abuelo que medía cada palabra, una madre que observaba sin intervenir, y Sebastián en el centro, recibiendo presión sin inclinarse.
—Profesora Solís —dijo Isabel, salvando la mesa con una sonrisa—, Lucía me contó que interpreta inglés y portugués.
—Sí. También doy clases.
—Qué maravilla. En esta familia todos creen que hablar más fuerte cuenta como segundo idioma.
Don Emilio soltó una risa corta.
Sebastián bajó la vista, pero Valentina notó el gesto. Otra vez ese casi-sonrisa.
Después del postre, Doña Lucía llevó a Carmen a ver los rosales. Isabel se ocupó de una llamada. Don Emilio llamó a Sebastián para preguntarle algo sobre una donación de becas; él respondió de pie, con una mano en el respaldo de la silla, preciso y tranquilo. Dos empleados esperaron a un costado hasta que terminó.
—Autoricen la transferencia mañana —dijo Sebastián—. Pero que USV entregue la lista final de beneficiarios antes del viernes. Sin nombres repetidos.
—Sí, Director.
Valentina desvió la mirada cuando él la encontró observándolo.
Demasiado tarde.
Minutos después, al volver del baño, se equivocó de corredor y terminó junto a un patio pequeño con macetas de barro y una fuente de azulejo azul. Estaba buscando el camino de regreso cuando escuchó pasos.
—A la izquierda está el comedor —dijo Sebastián.
Valentina cerró los ojos un segundo.
—Gracias, señor Montero.
Él se detuvo a un par de metros.
—Cuando estemos solos, llámame Sebastián.
La frase no fue una orden. Eso la hizo más difícil de rechazar.
—No estamos solos. Está La Hacienda entera respirándonos en la nuca.
—Entonces cuando nadie pueda oírte.
Valentina lo miró.
—¿Por qué insiste?
—Porque cada vez que dices "señor Montero" parece que estás poniendo una pared.
—Es exactamente lo que estoy haciendo.
—Lo sé.
Silencio.
La fuente goteó entre los dos.
Sebastián metió una mano en el bolsillo.
—No tienes que confiar en mí.
—Qué alivio.
—Pero si alguna vez necesitas respaldo, lo tienes.
Valentina frunció el ceño.
—¿Respaldo?
—Legal. Profesional. Médico. Lo que sea. Sin condiciones.
—Los hombres de su mundo no ofrecen nada sin condiciones.
—Yo sí.
—Entonces es peor. Porque espera que le crea especial.
Sebastián no se ofendió. La miró como si esa respuesta confirmara algo que ya sospechaba de ella.
—No quiero comprarte, Valentina.
Oír su nombre sin testigos le tocó el pulso.
—No me llame así.
—Está bien, profesora Solís.
La obediencia fue inmediata. Demasiado limpia.
Valentina dio un paso hacia el corredor correcto.
—Gracias por el almuerzo.
—No lo preparé yo.
—Por eso salió bien.
Ahora sí sonrió. Poco, pero sonrió.
Valentina se odiaba un poco por notarlo.
Volvió al comedor con la espalda recta y una certeza incómoda en el estómago: Sebastián Montero acababa de ofrecerle protección sin pedir nada a cambio.
Y ella no le creía ni una palabra.