Una historia sobre las cicatrices del pasado, las decisiones imposibles y la dolorosa lección de que, a veces, incluso el amor más intenso necesita ser Cuestión de tiempo.
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Capítulo 4: El eco de una despedida
Después de la indiscreción de mi amiga Sara, todos nos dispusimos a cenar. El olor de la comida de mi mamá era simplemente impresionante; me moría de hambre. Ella estaba decidida a alimentarme por montones, casi hasta reventar, consciente de que esta sería mi última comida en familia durante mucho, mucho tiempo.
Para disimular la nostalgia, mi papá no paró de hablar del clima de Londres, mientras que mi mamá lo escuchaba con los ojos vidriosos, aguantando las lágrimas. Menos mal que Liam andaba despistado en su propio mundo. Estaba concentrado conversando sobre cómo a su mamá tampoco le parecía la mujer con la que se estaba casando. Obviamente, todos en la mesa nos dábamos cuenta del error que cometía, menos él. De lo único que estuvo segura su madre, y se lo exigió de manera tajante, era que ni de broma aceptaría que se casara por la iglesia; tenía que ser solo por el civil. Ni modo, a Liam no le quedó de otra que aceptar a regañadientes la petición de su mamá.
En medio de ese ambiente tenso, a mi amiga Sara se le ocurrió la brillante idea de que teníamos que salir los cuatro, según ella, para celebrar la despedida de soltero de Liam. Pero yo la conozco muy bien: sé que tiene otra intención.
—Bien, chicos, ¿se animan a salir a tomar unos tragos e ir a bailar? —lanzó Sara a la mesa, rompiendo el hielo.
Dominic la miró de inmediato.
—Yo tengo pensado salir con Liam a celebrar su despedida de soltero. ¿Verdad, Liam?
—Sí, aunque más que una despedida, la verdad es que solo serán unos tragos —respondió Liam, restándole importancia.
Sara rodó los ojos y bufó con diversión:
—Qué aburridos son ustedes, de verdad, ya parecen octogenarios. Si es así, Zoe y yo vamos a salir solas a bailar.
—¡Saraaa! No somos ningún par de octogenarios —replicó Dominic, defendiéndose—. Yo solo te llevo a ti y a mi hermana dos años. Liam sí es el mayor aquí, porque les lleva cuatro. Por cierto, contigo quería hablar... ¿Cómo es eso de que estás saliendo con alguien?
Si las miradas mataran, yo ya habría fulminado a mi amiga en ese mismo instante. Su indiscreción me provocó un ataque de tos repentino.
—Responde, ¿cuándo lo conociste? —insistió Dominic, cruzándose de brazos y mirándola fijamente.
Tuve que intervenir antes de que esos dos terminaran en una discusión en plena cena.
—Dominic, lo conoció hace dos semanas —dije, interrumpiéndolo—. Ella tiene todo el derecho de salir con quien le guste porque es soltera. Es más, nosotras nos vamos a divertir, mientras que ustedes van a lo suyo.
Lo que no me esperaba era que, antes de que mi hermano pudiera saltar a reclamar, Liam se adelantara con un tono firme que me sorprendió:
—Ustedes no van a ninguna parte, y mucho menos solas. Nosotros vamos con ustedes. ¿Verdad, Dominic?
—Sí, vamos con ustedes —secundó mi hermano de inmediato, cerrándonos el paso.
Sara sonrió con suficiencia, anotándose una victoria mental.
—Bueno, si van a acompañarnos, primero tienen que esperar a que nos cambiemos de ropa por una adecuada.
Liam la miró de arriba abajo, confundido.
—Así como están vestidas están bien.
—Para nada, esto no es lo adecuado para el lugar al que vamos —sentenció Sara con una chispa de picardía en los ojos.
Lo que Liam y Dominic jamás se imaginaron era el tipo de cambio que planeábamos. Minutos después, cuando bajamos las escaleras, el ambiente se congeló. Llevábamos unos vestidos sexys y pegados al cuerpo.
Para mi sorpresa, Liam se quedó completamente hipnotizado mirándome. Sus ojos se abrieron de par en par, fijos en mí, como si estuviera viendo a una extraña. Y es que jamás me había visto vestida así; siempre me había considerado una especie de hermana menor que usaba ropa ancha, camisas holgadas y ropa deportiva. No estaba en sus planes encontrarse con una Zoe que lucía un vestido sexy que resaltaba cada uno de sus atributos.
Sara, rompiendo el hechizo con su habitual ironía, se adelantó hacia la puerta.
—¿Nos podemos ir? Chicos, ya pueden limpiarse las babas.
—¡Sara, deja de hacer ese tipo de comentarios! —le susurré, sintiendo cómo el calor se me subía a las mejillas.
Dominic parpadeó, saliendo del trance, y sonrió con orgullo.
—Están hermosas, chicas.
Liam, por su parte, seguía en silencio, librando una batalla interna en su mente: «No contaba con ver a Zoe tan hermosa. Jamás la había visto usando este tipo de ropa... Aunque ella siempre es hermosa. ¡Espera! ¿Qué demonios estoy pensando? Si la veo como a una hermana y yo ya me voy a casar...».
Al notarlo tan pensativo y con la mirada perdida, me acerqué un poco.
—¿Estás bien, Liam?
Él sacudió la cabeza, tratando de alejar con urgencia esos pensamientos de su mente, y me dedicó una sonrisa algo forzada.
—Sí... Sí, estoy bien. Podemos irnos.