Estela y José se conocen desde la infancia, marcados por una diferencia de edad que parecía un abismo y una eterna relación de perro y gato. Detrás de cada burla y de cada cita saboteada, se escondía un amor tan profundo como doloroso. Al crecer, el orgullo, las malas decisiones y terceras personas los distanciaron, empujando a José a forjar una falsa reputación de hombre frío y mujeriego para proteger su dignidad herida.
Años después, convertidos en dos exitosos profesionales, el destino los obliga a unirse de nuevo. Laura, hermana de José y mejor amiga de Estela, se convierte en el lazo inquebrantable que derriba sus muros. Un inesperado viaje de negocios a la costa y la estrechez de un apartamento compartido encenderán la mecha de una pasión contenida durante una década. ¿Podrán sanar los fantasmas del pasado y admitir que sus corazones siempre se pertenecieron, o el orgullo familiar ganará la última batalla?
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CAPITULO 10. RUTAS DIVERGENTES Y BALANCES DE FIN DE CICLO
La perspectiva de José
El sonido del teclado mecánico en mi despacho de TechCore Solutions era lo único que llenaba el silencio de la planta alta. Habían pasado cuatro años desde que inicié este viaje empresarial y la situación financiera era, por fin, inmejorable. Ya no dependía del capital de mi padre; los flujos de caja se habían estabilizado y la consultora se posicionaba como un referente de ciberseguridad y arquitectura de software. Todo marchaba según el algoritmo que había diseñado en mi cabeza, pero el final del año traía consigo una mezcla extraña de satisfacción y vacío crónico.
Laura y Estela estaban a las puertas de terminar sus carreras universitarias. El tiempo de la distancia obligada tocaba a su fin, pero el destino, que siempre se ha divertido desordenando mis líneas de código, tenía otros planes para los próximos meses.
—Aquí tienes los contratos de confidencialidad actualizados, José —dijo mi asistente, dejando una carpeta sobre el escritorio—. Y el departamento de recursos humanos ya ha dejado lista la plaza para el periodo de formación de tu hermana.
—Perfecto, gracias. Déjalo sobre la mesa.
Al quedarme solo, abrí el expediente. Mi hermana pequeña, Laura, iba a realizar las prácticas obligatorias de su último año de ADE en mi propia empresa. La idea me hacía gracia y me enorgullecía a partes iguales; tener a la pequeña de la casa revisando los márgenes de beneficio de TechCore iba a ser un auténtico espectáculo. Sin embargo, al repasar la documentación de los convenios universitarios, el estómago se me encogió en un puño familiar.
No había rastro del nombre de Estela.
Había movido mis hilos de forma sutil durante semanas para averiguar si el equipo legal de la consultora podría absorber a una pasante de su nivel, pero la realidad me había dado un portazo en toda la cara. Estela no regresaría al pueblo para las prácticas. Había conseguido una plaza exclusiva en una de las firmas de abogados más prestigiosas e influyentes del país, un bufete de la capital que devoraba el tiempo de sus empleados y exigía dedicación absoluta.
Cerré la carpeta con excesiva brusquedad, levantándome de la silla para mirar a través del ventanal que daba a la avenida principal. Me esperaba un año larguísimo. Un año entero en el que vería a mi hermana madurar en los despachos contiguos mientras Estela se sumergía en el mundo de los litigios de alto nivel, lejos de mi alcance, lejos de mis boicots absurdos y de mis intentos desesperados por llamar su atención. Mi imperio tecnológico estaba listo, los servidores funcionaban al máximo rendimiento y el puesto de CEO me sentaba de escándalo, pero de nada servía haber construido la fortaleza más alta del sector si la mujer para la que la había edificado decidía trazar su ruta en un mapa completamente distinto.
La perspectiva de Estela
Acomodé los manuales de Derecho Procesal en la estantería de mi habitación del piso compartido, sintiendo que un peso enorme se asentaba sobre mis hombros. Las clases del último curso estaban por terminar y la universidad se desvanecía para dar paso a la vida real. Laura andaba entusiasmada, metiendo carpetas en su mochila y hablando sin parar de la contabilidad y los balances que tendría que auditar en la empresa de su hermano.
—José me va a tener que escuchar, Estela —decía Laura desde el pasillo, riéndose sola—. Pienso revisar hasta el último céntimo que se gasta en publicidad. Se va a enterar de lo que vale una graduada en administración.
—No le des mucha caña el primer día, Lau —respondí, forzando una sonrisa mientras me sentaba en el borde de la cama.
La realidad de mi futuro inmediato era muy diferente al de mi amiga. Mientras ella regresaba al entorno familiar para hacer sus prácticas en TechCore, yo me quedaba en la capital. Había sido seleccionada por una firma de abogados de enorme prestigio corporativo, un logro que cualquier estudiante de mi facultad habría celebrado con champán, pero que a mí me dejaba un sabor amargo en la boca. Significaba un año largo. Un año entero sin pisar el pueblo los fines de semana, sin las cenas de los domingos y, sobre todo, sin ver a José.
Me miré las manos, cansada de sostener una soga que se tensaba cada vez más. Había pasado toda la adolescencia y la juventud saboteando sus citas, mirándolo de reojo a través de la verja y construyendo una muralla de indiferencia artificial para obligarlo a respetarme. ¿Y de qué había servido? De nada. José seguía metido en su papel de ejecutivo frío, intocable, un hombre de negocios que me veía simplemente como la sombra de su hermana pequeña.
Me pasé la mano por la frente, tomando una determinación que me escocía en el pecho pero que era estrictamente necesaria para mi salud mental. Me rendía. Dejaba caer las armas. No podía pasarme la carrera entera persiguiendo un fantasma de orgullo que no se iba a romper jamás. Había decidido dejarlo pasar, cerrar ese capítulo infantil de mi vida y empezar a mirar por mí misma de una vez por todas.
Iba a aprovechar ese año en la gran ciudad para disfrutar de verdad. Saldría con mis amigos de la facultad, iría a cenar sin mirar el reloj, aceptaría las invitaciones a los locales de moda y dejaría de comparar a cada hombre que se me acercaba con el ingeniero huraño de la casa de al lado. José se quedaba con sus algoritmos y sus aires de grandeza en su empresa. Yo me quedaba con mis leyes, mi libertad y un futuro brillante por delante. Si él quería seguir jugando al hombre de hielo, que lo hiciera solo. La vieja Estela, la niña que sufría en silencio por sus desprecios, se había quedado atrás en las maletas del instituto.