Mientras el Imperio celebra el fin de la tiranía, los gemelos Ethan y Caleb enfrentan los hilos del destino de la Diosa Luna. Ethan, el estratega frío y calculador de la estirpe real, ve su mundo caer cuando el lazo de pareja destinada estalla ante una hermosa loba que huye sin dejar rastro. Al investigarla, descubre que es la rebelde e indómita hija del Beta de otra manada. Ella rechaza el lazo de sangre, obligando al príncipe a cazar a su propia hembra en un salvaje choque de voluntades.Por otro lado, Caleb, el Beta definitivo entregado a la disciplina militar, encuentra a su mate: una guerrera implacable y Beta de otra manada. El lazo abrasador los arrastra a un dilema desgarrador. ¿En qué territorio vivirán? Deberán elegir entre la lealtad a sus manadas de origen o sacrificar sus deberes por amor.Entre huidas, pasiones calientes y dilemas que queman las venas, los gemelos lucharán por sellar sus relaciones. El destino final se debate entre el deber y la sangre.
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CAPITULO 4. EL DILEMA DEL ESCUDO
NARRADO POR CALEB
El silencio de la sala de audiencias del ala este del palacio de Blood Moon era denso, roto únicamente por el crujido constante de las astillas de madera consumiéndose en la chimenea. Permanecía de pie junto al gran ventanal de cristal, contemplando la Luna llena que iluminaba los pinares de la manada. Mis manos estaban metidas en los bolsillos de mi cazadora oscura y mi mandíbula permanecía tensa, asimilando el vuelco que mi existencia había dado tras el ritual frente a la piedra ancestral. Como Beta de este imperio, toda mi vida estaba consagrada al deber, a la fuerza bruta y al cumplimiento de la disciplina; mi dia a dia era el escudo que protegía nuestro hogar, y estar atrapado en una agitación afectiva ponía a prueba cada una de mis estructuras.
A través del lazo mental que compartía con mi gemelo, percibí el zarpazo de determinación de Ethan mientras su todoterreno negro cruzaba los límites de la frontera secundaria, avanzando con paciencia hacia las tierras de Wild Crest. Él ya tenía un norte claro; yo, en cambio, me encontraba en mitad de una encrucijada territorial que me contraía el pecho.
Las puertas dobles de la estancia se abrieron de par en par, interrumpiendo el compás de mis pensamientos. El Alfa Valen, el soberano absoluto de la manada Silver Shield, cruzó el umbral desprendiendo una intensa oleada de su energía que hizo vibrar los tapices de las paredes. Vestía un abrigo de cuero oscuro, con un semblante severo y unos ojos fijos que delataban la fijeza de su rango. No venía acompañado de sus guardias personales, pero su porte firme obligaba a la sumisión de cualquier lobo en el perímetro. Se detuvo a escasos metros de la mesa de piedra pulida, barriéndome con una mirada de una severidad peligrosa.
—He aceptado esta reunión a altas horas de la madrugada porque tu padre, me ha asegurado que el asunto era de extrema urgencia, Caleb —su voz profunda rompió la quietud de la sala, modulada con una autoridad profunda—. Vuestros puestos de control están en orden y los tratados de paz con el Imperio Unificado han sido firmados. ¿Qué es lo que verdaderamente exige la presencia del Beta en mi sector de invitados?
Di un paso al frente con una parsimonia majestuosa, sosteniéndole la mirada con total firmeza, dejando que el orgullo de mi estirpe fluyera en mis palabras, sin que el temor alterara mi templanza.
—El asunto concierne a los hilos de nuestro destino, Alfa Valen —le confesé en un susurro ronco que denotaba la inmensa seriedad de mi declaración—. Anoche, frente a la piedra ancestral, la Diosa Luna hizo estallar el lazo de pareja destinada en mi pecho. La descarga de energía nos sacudió de forma simultánea, uniendo mi alma de forma irreversible a la guerrera que lideraba vuestra delegación. Sé que las leyes de los clanes exigen transparencia entre los líderes, y estoy aquí para hablar sobre Kendra.
Valen se quedó petrificado en su sitio, y una ráfaga de absoluta sorpresa cruzó sus facciones duras. Se cruzó de brazos, barriendo el espacio con una fijeza letal que me caló hasta los huesos, asimilando el vuelco que la noticia le propinaba a su propia manada.
—Kendra es mi hermana de sangre, Caleb —me habló el Alfa con una gélida firmeza que tensó el ambiente de la habitación—. Y lo que es aún más complejo para vuestras intenciones: ella es la Beta oficial de la manada Silver Shield. Su lealtad al cumplimiento de nuestras fronteras es inquebrantable, y su vida entera está consagrada a proteger a nuestra manada. No es una loba común que pueda abandonar su rango de la noche a la mañana para mudarse a las comodidades de vuestro palacio de Blood Moon. Ella es mi escudo, el pilar que sostiene el orden de mis tierras.
El dilema desgarrador quedó expuesto con una nitidez absoluta en mitad de la penumbra de la sala. Mi compañero interior, el enorme lobo pardo que habitaba en mi conciencia, soltó un quejido agónico al notar la magnitud del muro que se levantaba en nuestro mañana; como Beta de la manada central, mi deber era blindar el imperio unificado, por lo que decidir en qué territorio nos quedaríamos a vivir ponía en jaque todas las leyes geográficas del reino. Kendra no rechazará el vínculo como la mate de Ethan, pero su compromiso con su propia sangre creaba un conflicto de lealtades que amenazaba con devorarnos.
—Sé perfectamente lo que Kendra representa para vuestro clan, Alfa Valen —le respondí con una determinación implacable, dando un paso felino hacia la mesa—. Yo tampoco puedo renunciar a mi rango ni abandonar la protección de mi hogar por un capricho. Pero la Diosa Luna no se rige por las líneas de nuestros mapas políticos. No he venido a exigir la sumisión de vuestra Beta, ni a arrebataros a vuestra hermana con la fuerza bruta. He concertado este encuentro para demostraros que mi devoción es real y que estoy dispuesto a encontrar una tregua que respete el honor de ambas manadas.
Valen me observó durante varios minutos en un silencio sepulcral, evaluando la madurez y la firmeza de mi postura. El choque de voluntades contra el líder de Silver Shield acababa de abrir su primer frente de batalla en mitad de la noche; no había soluciones fáciles sobre la mesa de piedra, marcando el inicio de una encrucijada agobiante donde el cumplimiento del deber y el lazo definitivo de nuestra estirpe herida tendrían que encontrar un remanso de paz en mitad de la inminente tempestad.