Roxana murió en su época original —el siglo XXI— en un accidente durante una expedición arqueológica, justo mientras estudiaba documentos antiguos sobre la Dinastía Tang. Su último pensamiento fue: “Ojalá hubiera podido ver cómo vivían realmente aquí”. Al abrir los ojos, se encontró en un jardín lleno de flores de loto, vestida con sedas finas y rodeada de personas que la llamaban “señorita Wén”. Había renacido, conservando todos sus recuerdos, conocimientos científicos, habilidades y su personalidad intacta: terca, inteligente, caprichosa y nada dispuesta a someterse a las normas estrictas de la antigüedad.
En esta nueva vida, creció rodeada de amor: sus padres le permitían estudiar, viajar y decir lo que pensaba; sus hermanos la seguían a todas partes como sus fieles escuderos. Pero al cumplir dieciséis años, fue invitada a la fiesta del Palacio Imperial, donde conoció al Emperador Li Longjun: un hombre hermoso, frío y poderoso, al que todos temían y respetaban.
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Capítulo 4: Lenguas afiladas en la nobleza
La mansión Wén se había convertido, sin que nadie lo planeara, en uno de los lugares más comentados de toda la capital. No por las fiestas lujosas, ni por la riqueza de su dueño, sino por su hija mayor: Roxana. Desde que había empezado a poner en práctica sus conocimientos, a hablar con libertad, a caminar por las calles sin acompañante y a corregir incluso a los maestros y funcionarios, su nombre estaba en todos los labios. Y aunque muchos admiraban su inteligencia, otros —especialmente las damas de la alta nobleza— encontraban en ella todo lo que, según sus reglas, una mujer no debía ser.
Esa tarde, el jardín principal estaba lleno de carrozas elegantes y de mujeres vestidas con sedas de colores brillantes, peinadas con peinetas de jade y perlas, reunidas para una de esas visitas sociales que eran obligatorias en la época. La madre de Roxana, Lǐ Mèi, había invitado a las esposas de los altos funcionarios y generales, como era costumbre, y aunque ella prefería la tranquilidad, sabía que estas reuniones eran necesarias para mantener el buen nombre de la familia.
Roxana estaba allí, sentada en un rincón, con una taza de té en la mano, escuchando más que hablando, observando con esa mirada aguda que siempre la caracterizaba. Llevaba una túnica hermosa, de seda azul oscuro bordada con flores de loto, pero su cabello no estaba recogido con la rigidez habitual: lo llevaba suelto hasta la mitad de la espalda, sujeto solo con una cinta sencilla, y sus movimientos eran fluidos, naturales, sin esa rigidez forzada que las demás consideraban elegancia.
—Es increíble, de verdad —dijo en voz alta la señora Elvira, esposa de un consejero del emperador, mientras abanicaba su rostro con gesto de desaprobación—. Dicen que ayer se presentó en el mercado, sola, sin ninguna doncella, hablando con los comerciantes como si fuera una más de ellos. ¡Incluso regateó el precio de las especias! ¿Han visto cosa igual?
A su lado, la señora Mariana, una mujer delgada y de mirada afilada, asintió con energía, acercándose un poco más para que su voz llegara a todo el grupo.
—Y no es solo eso. Me contaron que entra en los campos, camina entre la tierra y el barro, da órdenes a los campesinos y les enseña cómo sembrar. ¿Desde cuándo una joven de buena familia tiene que saber de esas cosas? Debería estar aprendiendo a bordar, a tocar el laúd o a preparar el té correctamente. Pero no… ella prefiere meterse en asuntos que no le corresponden.
—Es demasiado atrevida —intervino la señora Lucía, con una sonrisita burlona—. Se cree igual a los hombres, habla en voz alta, mira a los ojos sin bajar la cabeza… Dicen que incluso ha corregido a su propio padre en asuntos de administración. ¡Qué falta de respeto! Una mujer debe ser recatada, callada, discreta… y ella no tiene nada de eso. Es una lástima, porque es hermosa e inteligente, pero se está arruinando a sí misma con esas actitudes.
Roxana escuchaba todo con calma. No le dolían las palabras, ni le molestaban. Al contrario, le parecían divertidas. Para ella, esas mujeres eran prisioneras de sus propias reglas, de sus propios miedos y de una educación que les había enseñado que su único valor estaba en ser invisibles y obedientes. Ella no tenía nada contra ellas, pero tampoco tenía intención de parecérseles.
Su madre, que estaba sentada al otro extremo del grupo, había escuchado cada palabra. Su rostro seguía tranquilo, pero sus ojos se habían endurecido ligeramente. Antes de que ninguna otra pudiera añadir algo más, Lǐ Mèi habló con voz suave pero firme, una voz que de inmediato impuso silencio en todo el jardín.
—Queridas amigas —empezó, mirando a cada una de ellas a los ojos—, entiendo que les sorprenda la forma de ser de mi hija. Pero lo que ustedes llaman “atrevimiento”, yo lo llamo valentía. Lo que llaman “falta de recato”, yo lo llamo libertad. Y lo que llaman “meterse en asuntos de hombres”, yo lo llamo inteligencia y bondad, porque todo lo que ella hace es para ayudar a los demás, para mejorar la vida de nuestra gente y para hacer crecer el nombre de nuestra familia.
Hizo una pausa, dejó que sus palabras se asentaran y continuó con orgullo:
—Roxana no es como las demás jóvenes, es cierto. Y doy gracias al cielo por ello. Ella no necesita esconderse, ni callarse, ni fingir ser tonta para agradar a nadie. Es brillante, es buena, es capaz de cosas que ninguno de nosotros podría imaginar. Y mientras yo viva, nadie, absolutamente nadie, se atreverá a decirle cómo debe ser, ni cómo debe vivir. Porque para nosotros, sus padres, ella es perfecta tal como es.
Las damas se miraron entre ellas, sorprendidas y un poco incómodas. Nadie esperaba que la dulce y amable señora Lǐ Mèi defendiera a su hija con tanta fuerza y claridad. Pero no tuvieron tiempo de responder, porque en ese momento apareció Wén Chen, que había terminado sus asuntos en la ciudad y venía a reunirse con ellas. Detrás de él venían sus tres hijos, Hào, Lín y Yǔ, que, apenas vieron a su hermana, corrieron hacia ella, ignorando por completo a las demás mujeres.
El padre se detuvo frente al grupo, miró a las damas con esa autoridad serena que lo caracterizaba, y aunque no había escuchado todo, había entendido perfectamente lo que estaba pasando por las caras de todas y por la postura firme de su esposa.
—Veo que hablan de mi hija —dijo con voz grave, sin rodeos—. Déjenme decirles lo mismo que mi esposa: Roxana es el mayor orgullo de esta familia. Desde pequeña ha mostrado una sabiduría que va más allá de su edad, y todo lo que hace lo hace con rectitud y bondad. Si camina por la ciudad, es porque no tiene miedo de nada ni de nadie. Si habla con los campesinos, es porque sabe que todas las personas merecen respeto. Si da opiniones, es porque sus ideas son mejores que las de muchos hombres que se creen sabios.
Se acercó un paso más, y sus ojos se volvieron más duros:
—En esta casa, no enseñamos a nuestras hijas a ser sombras, ni a callar lo que piensan, ni a vivir enjauladas por normas estúpidas que solo sirven para limitar lo que pueden ser. Enseñamos a ser libres, a ser valientes, a usar su inteligencia para hacer el bien. Y les aseguro que, antes de que nadie se atreva a criticar a mi hija o a decirle qué hacer, tendrá que vérselas conmigo. Y nadie quiere eso, se lo aseguro.
El silencio que siguió fue absoluto. Las damas chismosas bajaron la mirada, avergonzadas y asustadas. Wén Chen era un hombre muy respetado, cercano al propio emperador, justo y generoso, pero también conocido por ser capaz y firme. Si él decía que no se tocaría ni un pelo de su hija, nadie se atrevería a hacerlo.
Entonces, Wén Hào, que ya tenía catorce años y se estaba convirtiendo en un joven alto y fuerte, dio un paso al frente, se puso al lado de su hermana y miró a las mujeres con seriedad.
—Y nosotras, sus hermanos —añadió con voz firme—, haremos lo que sea necesario para protegerla. Si alguien habla mal de ella a sus espaldas, o le dice algo a la cara, o intenta hacerle daño de cualquier forma, tendrá que responder ante nosotros. Porque ella no es solo nuestra hermana mayor… es nuestra maestra, nuestra guía y la persona más maravillosa que existe.
Lín y Yǔ asintieron con fuerza, poniéndose también a su lado, pequeños pero decididos, dispuestos a pelear contra quien fuera por defenderla.
Roxana los miró a todos, con el corazón lleno de un amor inmenso, de esa gratitud que siempre sentía por tener a esta familia en su nueva vida. Se puso de pie despacio, se sacudió la túnica con elegancia y miró a las damas que, momentos antes, hablaban mal de ella. No había rencor en su mirada, ni rabia, solo esa seguridad absoluta que siempre la acompañaba.
—Señoras —dijo con voz clara, educada pero inquebrantable—, respeto sus costumbres y su forma de vivir. Pero yo he elegido la mía. No quiero ser recatada si eso significa ser sorda y muda ante lo que pasa a mi alrededor. No quiero ser discreta si eso significa esconder lo que sé y lo que puedo hacer para ayudar. Y no quiero ser como las demás, porque… bueno, porque ya hay muchas demás. Yo prefiero ser yo misma.
Hizo una pequeña reverencia, una reverencia que no era de sumisión, sino de cortesía, y añadió:
—Y como bien han dicho mi padre, mi madre y mis hermanos, mientras esté con ellos, nadie podrá callarme. Y créanme… no tengo ninguna intención de callarme.
Las damas no supieron qué responder. Se sentían avergonzadas, superadas por esa joven que, con palabras sencillas y la fuerza de toda su familia detrás de ella, había dejado claro que no era alguien a quien se pudiera juzgar o controlar.
Poco después, las visitas se fueron, cada una con sus propios pensamientos, con la lengua atada y con la certeza de que, aunque pudieran seguir criticando en voz muy baja, nunca más lo harían frente a la familia Wén.
Cuando se quedaron solos en el jardín, sus padres y hermanos se reunieron alrededor de ella, sonriendo, orgullosos, como si hubieran ganado la batalla más importante del mundo.
—¿Te molestaron sus palabras, hija? —preguntó su madre, acariciándole el cabello con ternura.
Roxana sonrió, una sonrisa brillante, desafiante y llena de luz.
—¿A mí? No, madre. Al contrario… me divierten. Si solo supieran que lo que ven ahora es solo el principio…
Su padre rio con fuerza, poniéndole una mano en el hombro.
—Esa es mi niña. Que hablen lo que quieran. Las lenguas afiladas se gastan, pero la verdad y el valor quedan para siempre. Y tú tienes más de lo que cualquiera de ellas podría soñar.
Roxana miró hacia el palacio imperial, que se veía a lo lejos entre los tejados de la ciudad. Sabía que estas críticas eran solo el comienzo. Pronto, su nombre llegaría a oídos del emperador, y entonces, las cosas cambiarían de verdad. Pero por ahora, estaba tranquila, feliz y segura. Porque tenía el mejor escudo posible: una familia que la amaba, que la defendía y que estaba orgullosa de cada una de las cosas que las demás llamaban defectos.
Y mientras estuvieran unidos, ninguna lengua afilada, ninguna regla antigua y ninguna mirada crítica podría detenerla. Ella seguiría siendo Roxana: atrevida, inteligente, libre… y muy, muy bien defendida.