Despreciada por su linaje de serpiente y desterrada por las intrigas de una hembra celosa, Serena despierta los recuerdos de su vida pasada como médica e ingeniera agroindustrial. En lugar de dejarse morir en el bosque peligroso, decide que el barro es el mejor aliado y la ingeniería su salvación. Al rescatar al general del Clan Águila, no solo se gana el corazón de un temible y tímido depredador, sino que inicia una revolución agrícola, médica y militar que cambiará el Continente de las Bestias para siempre, desafiando las tradiciones de la poligamia y demostrando que la inteligencia es el arma más letal de todas.
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CAPITULO 23
El Gran Salón de Estrategia del Clan Águila, un recinto ancestral reservado para discutir invasiones territoriales, tratados de paz y ejecuciones de traidores, albergaba esa mañana una reunión sin precedentes.
Cincuenta soldados de la Primera División —la tropa de élite de los cielos, compuesta por gigantes de más de dos metros de altura, con cicatrices de mil batallas, músculos como bloques de granito y miradas capaces de congelar el fuego— estaban sentados en pequeños bancos de madera. Lucían desorientados, incómodos y profundamente desconcertados.
Frente a ellos, armada únicamente con un trozo de tiza blanca y una pizarra de piedra pulida, se erguía Serena.
A su espalda, apoyado contra la pared de la entrada, el General Aquiles vigilaba la sesión. Vestía su túnica azul oscuro y, como de costumbre, mantenía una postura rígida de centinela. Sin embargo, no sostenía su lanza; en su lugar, llevaba un gran cubo de madera lleno de agua tibia y varias pastillas de un jabón artesanal hecho a base de ceniza de madera, grasa vegetal y esencia de eucalipto que Serena había cocinado la tarde anterior.
—Atención todos —comenzó Serena, haciendo sonar la tiza contra la pizarra con un golpe seco que hizo dar un respingo a tres coroneles de la primera fila—. Hoy no vamos a hablar de tácticas de flanqueo ni de cómo afilar lanzas. Hoy vamos a hablar de la causa número uno de muertes en este clan después de las batallas: la ignorancia microbiológica.
Los guerreros se miraron entre sí. Un murmullo confuso recorrió la sala.
—¿Micro... qué? —susurró un sargento con parche en el ojo y barba tupida.
—Microbiológica —repitió Serena, paseándose frente a ellos con paso firme—. Sé que ustedes se creen invencibles. Creen que porque pueden decapitar a un felino salvaje o sobrevivir a una caída de diez metros, son inmunes a todo. Pero la realidad es que el enemigo más peligroso de este clan no lleva espadas, ni alas, ni garras. Es un enemigo que vive en sus uñas, en sus capas sucias, en la carne cruda que se comen con las manos mugrientas y en el agua sin hervir.
Serena se giró hacia la pizarra y comenzó a dibujar con trazos rápidos una figura grotesca: una esfera con decenas de cilios y flagelos amenazantes, con una boca imaginaria llena de dientes afilados.
—Les presento al enemigo —declaró Serena, señalando el dibujo con la tiza—. En mi disciplina lo llamamos bacterias y microbios. Pero para que sus cerebros enfocados en la guerra lo entiendan mejor, los llamaremos Demonios Invisibles.
El salón entero se sumió en un silencio sepulcral.
—¿D-Demonios... invisibles? —trago saliva un capitán de infantería, acomodándose el casco con mano temblorosa.
—Exacto —continuó Serena con voz tenebrosa, disfrutando internamente del impacto dramático—. Son criaturas tan diminutas que no pueden verlas a simple vista. Hay millones de ellos en este preciso instante caminando por sus manos. Cuando ustedes van al baño, o tocan a una bestia muerta, o se rrascan la espalda, miles de estos demonios se pegan a su piel. Y si después toman un trozo de pan sin lavarse, los demonios entran a su estómago, se reproducen por millones y les pudren las entrañas por dentro hasta matarlos de fiebres agonizantes.
Un jadeo colectivo de puro horror resonó en el recinto. Veteranos de guerra que habían luchado contra quimeras y osos gigantes miraron sus propias manos con pánico absoluto. Algunos comenzaron a sacudirlas en el aire de forma histérica, como si intentaran quitarse de encima arañas invisibles; otros se frotaban desesperadamente los dedos contra las túnicas, aterrados por la idea de estar albergando un ejército demoníaco en las uñas.
—¡Y eso no es lo peor! —añadió Serena, elevando la voz con tono magistral—. Cuando sufren un corte en batalla, el problema no es la herida en sí. Son estos demonios invisibles que entran por la sangre abierta, invaden la carne y la devuelven negra y pestilente. La pus que les sale en las heridas no es 'sangre de guerrero' como les gusta decir a sus curanderos ignorantes; ¡es la caca de millones de demonios invisibles comiéndose sus tejidos!
Un sargento gigante de la tercera fila se puso pálido como la tiza y se llevó una mano a la boca, al borde del colapso gástrico.
En ese momento, Bóreas, un soldado colosal de dos metros y medio de altura, famoso por romper escudos de un solo puñetazo y ostentar el pecho cubierto de cicatrices, se puso de pie de golpe. Su sombra cubrió a Serena por completo.
—¡Esto es una ridiculez! —retumbó Bóreas, cruzándose de brazos con indignación y un toque de miedo no admitido—. ¡Soy un guerrero de la Cumbre del Trueno! ¡He matado monstruos de tres cabezas! ¡No voy a creer en duendes microscópicos ni en demonios inventados por una hembra que nos quiere hacer perder el tiempo! ¡Si no los veo con mis ojos, no existen! Y no pienso usar esa porquería de agua con ceniza que huele a flores. ¡Los verdaderos hombres del aire no se lavan!
El ambiente en el salón se congeló. Varios oficiales aguantaron la respiración, esperando que el General Aquiles saltara a decapitar al insolente.
Sin embargo, Aquiles no se movió. Sabía perfectamente que no hacía falta.
Serena no dio ni un solo paso atrás. En lugar de asustarse por la mole de dos metros y medio que la miraba desde arriba, la joven serpiente cruzó los brazos, apretó los labios y entornó los ojos verdes. Una aura de frialdad y autoridad tan aplastante, tan aterradora y tan absoluta emanó de su pequeña figura que la temperatura de la sala pareció caer diez grados bajo cero.
—¿Qué dijiste? —preguntó Serena con una voz peligrosamente baja y pausada, que sonó más amenazante que el rugido de diez dragones.
Bóreas parpadeó, sintiendo que un escalofrío helado le recorría la columna vertebral.
—Yo... yo dije que...
—¡CÁLLATE Y SIÉNTATE, PEDAZO DE IGNORANTE CON ALAS! —rugió Serena con un temperamento de jefa médica implacable que hizo retumbar las paredes de piedra.
Bóreas, el terror de las fronteras orientales, dio un salto del susto y se dejó caer en su banco con tal fuerza que la madera crujió.
Serena caminó hacia él a paso acelerado, apuntándolo directamente a los ojos con el trozo de tiza.
—¿Te crees muy macho porque matas monstruos gigantes? —lo regañó Serena, inclinándose sobre su rostro mientras el gigante se encogía en su asiento como un cachorrito castigado—. ¡El microbio no tiene miedo de tu espada, pedazo de baboso! ¡Un solo bacilo de tétanos que entre por un rasguño en tu piel mugrienta te va a paralizar la mandíbula, te va a doblar la espalda como un arco y te va a hacer morir asfixiado entre espasmos horriblinges mientras te meas encima! ¡¿Eso te parece de 'verdaderos hombres'?!
—N-No, Mentora... —balbuceó Bóreas, con los ojos abiertos de par en par y los labios temblando de puro pánico clínico.
—¡Vas a ir ahora mismo al cubo de agua! —ordenó Serena, señalando con el dedo a Aquiles al fondo del salón—. ¡Te vas a frotar las manos con jabón de ceniza durante dos minutos enteros, raspándote debajo de las uñas, o juro por las diosas de la tierra que te voy a poner en cuarentena estricta en una jaula de madera y te voy a alimentar a base de té de manzanilla picante durante un mes! ¡¿ME OÍSTE?!
—¡S-SÍ, MENTORA! ¡LO SIENTO, MENTORA! —gritó Bóreas, casi rompiendo a llorar por el regaño.
El guerrero colosal se levantó de un salto, corrió aterrorizado hacia el fondo del salón y se tiró de rodillas ante el cubo de madera. Metió las manos en el agua y comenzó a frotarse con la pastilla de jabón de ceniza de forma maniática, desesperada y torpe, lavándose las manos una, dos y tres veces seguidas mientras inspeccionaba sus uñas con terror puro.
Los demás cincuenta veteranos de guerra, al ver la humillación absoluta de su soldado más fuerte, se levantaron en tropel de sus bancos y hicieron una fila perfectamente ordenada y disciplinada frente al cubo de agua, esperando su turno para lavarse las manos con pánico sagrado.
—¡Quiero ver abundante espuma en esas garras! —gritaba Serena desde el frente, paseándose como una instructora militar de combate sanitario—. ¡El que no saque espuma no entra a la mesa de comer! ¡Froten entre los dedos! ¡Eliminen a los demonios!
Desde el fondo del salón, el General Aquiles observaba la escena apoyado contra el marco de la puerta.
El imponente Dios de la Guerra, el hombre más temido por las naciones enemigas, contemplaba a Serena con una mirada tan profundamente perdida en el amor y la adoración que era casi cómica. En sus ojos dorados brillaba un destello literal de corazones. Su rostro moreno reflejaba una fascinación sin límites mientras veía a la joven serpiente domar, regañar y aterrorizar a toda la Primera División del ejército imperial únicamente con un trozo de tiza y la amenaza de criaturas invisibles.
Sus alas doradas se esponjaban suavemente con un temblor de orgullo desbordante, y el tono rosa encendido en sus orejitas de plumas delataba que el general estaba al borde de un colapso de pura adoración.
Es la criatura más maravillosa, aterradora y perfecta que ha pisado este mundo, pensaba Aquiles para sí mismo, con una sonrisa boba dibujada en los labios. Podría conquistar el continente entero con solo regañar a los reyes enemigos.
Cuando el último soldado terminó de lavarse las manos hasta dejarlas relucientes y oliendo a eucalipto, Serena dio por concluida la lección con un asentimiento satisfecho.
—Bien. Mañana aprenderemos sobre el hervido de agua y la esterilización de vendas por calor. Pueden retirarse... y no toquen el suelo con los dedos.
—¡GRACIAS, MENTORA! —corearon los cincuenta gigantes de guerra al unísono, haciendo una reverencia aterrorizada antes de salir marchando del salón en una fila impecable, manteniendo sus manos en el aire para no contaminarse de nuevo.
Cuando el salón quedó finalmente vacío, Serena dejó escapar un largo suspiro, soltando el trozo de tiza sobre la mesa y sacudiéndose el polvo de las manos.
Sintió una presencia cálida y masiva acercándose por detrás. Aquiles caminó lentamente hacia ella, dejando el cubo de agua a un lado. El gigante de dos metros se detuvo a su lado, la miró desde su imponente altura y, con una ternura infinita que contrastaba brutalmente con el pánico que acababa de vivirse en la sala, sacó un pañuelo de seda limpia y comenzó a limpiarle con extrema delicadeza las manchas de tiza de los dedos.
—Eres... absolutamente formidable, Serena —susurró Aquiles con voz suave y profunda, con las orejas de plumas agitándose con timidez—. Has logrado en media hora lo que los instructores militares no han conseguido en diez años: que la Primera División obedezca órdenes sin rechistar.
Serena ladeó la cabeza, mirándolo con una sonrisa juguetona y entornando sus ojos verdes.
—Solo necesitaban una lección de autoridad científica, pajarito —dijo Serena, dejando que él le limpiara las manos mientras disfrutaba del toque suave de sus dedos llenos de callos—. Aunque noté que alguien al fondo de la sala no estaba prestando atención a los demonios invisibles... sino que me estaba mirando a mí como si fuera un pastel de miel.
Aquiles se congeló. El pañuelo de seda se detuvo en su mano y el color rojo fluorescente inundó sus orejas de plumas de inmediato.
—Yo... yo estaba realizando una evaluación táctica de tu método pedagógico —balbuceó el general, bajando la mirada a toda prisa mientras intentaba esconder la sonrisa delatadora.
—Claro, 'evaluación táctica' —rio Serena, dando un paso adelante y apoyando suavemente sus manos en el pecho de Aquiles, sintiendo el latido acelerado de su corazón bajo la seda—. Pues déjame decirte, General, que si no te lavas las manos con jabón de eucalipto antes de cenar esta noche, a ti también te voy a poner en cuarentena a base de té de manzanilla.
Aquiles tragó saliva, pero luego miró los ojos brillantes de Serena y le sonrió con una devoción tan dulce que hizo que el propio corazón de la joven diera un vuelco.
—Me lavaré las manos diez veces si me lo pides, mi reina —susurró el gigante, inclinándose levemente para que sus orejitas de plumas rozaran con cariño la mejilla de Serena—. Mientras me permitas seguir siendo el guardián de tus lecciones.