La vida de Ela se medía en fórmulas perfectas, aromas limpios y la calidez de una familia que lo tenía todo. Su padre, el fundador de una de las firmas de cosmética y skincare más exitosas del país, siempre creyó que el éxito se construía con integridad. Se equivocó. El éxito también atrae a los depredadores.
Cuando un influyente y despiadado conglomerado decide absorber la empresa familiar a cualquier precio, la negativa de su padre sella su destino. En una noche que Ela jamás podrá borrar de su mente, unos hombres irrumpen en su hogar. El castigo a la rebeldía de su padre es una tortura lenta y sistemática, ejecutada ante los ojos de Ela y de su madre, hasta que el último aliento de vida lo abandona.
Pero el horror no termina con la muerte.
En un último acto de protección, su padre nombra a Ela como la única heredera universal de la compañía. Al descubrirlo, los mismos verdugos inician una cacería implacable para obligarla a firmar la cesión de derechos. Sometida a un acoso físico
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EL FUEGO EN LA PUERTA
La primera ráfaga de viento helado entró al salón cuando la madera esmerilada de la puerta principal se astilló bajo el impacto de un ariete táctico. El estallido resonó en la penumbra de la academia como un disparo, quebrando los espejos laterales en sutiles vibraciones de advertencia.
—¡Muévete! —rugió Kang.
Su reacción no fue la de un CEO corporativo acorralado; fue el puro instinto de supervivencia de un hombre que veía la muerte cruzar el umbral. Olvidando la traición, el dolor y la herida de su brazo, Kang aferró a Ela por la muñeca con una fuerza de hierro y la arrastró hacia la oscuridad de las columnas del fondo, justo cuando las linternas tácticas de los hombres del patriarca comenzaban a barrer la pista de baile con haces de luz blanca y cortante.
—¡Registren todo! ¡El viejo quiere la memoria y a los dos cuerpos antes de que amanezca! —ordenó una voz ronca desde la entrada. Eran mercenarios de la división sucia de Althea, hombres que no dejaban cabos sueltos.
Ela sentía el frío del metal de la memoria USB original apretado contra la palma de su mano. La adrenalina le recorría las venas como fuego líquido.
—Por el callejón no podemos salir, hay otra furgoneta bloqueando la salida trasera —susurró Ela, con la respiración entrecortada, su espalda apoyada contra el frío hormigón de una de las columnas divisorias. Su rostro estaba a escasos centímetros del de Kang—. Tomás tiene un vehículo de escape a tres calles de aquí, pero no podemos cruzar la pista sin que nos vean.
Kang la miró en la penumbra. Sus ojos oscuros, antes llenos de un odio gélido, reflejaban ahora una furiosa lucidez.
—Entonces cambiaremos las reglas del juego —siseó él—. Esos hombres solo siguen órdenes de frecuencia. Si el sistema central del edificio detecta una anomalía de alta prioridad, el protocolo de extracción de Althea los obligará a retirarse para proteger los activos del holding.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Ela.
—La consola de audio de tu búnker —dijo Kang, señalando con la mirada hacia la puerta trasera de la oficina—. ¿Sigue conectada al servidor espejo que instalamos para las clases de etiqueta?
—Sí, pero el acceso requiere mi huella digital y el código de seguridad de Victoria.
—Yo tengo el bypass de la presidencia —respondió él, con una sonrisa sin pizca de humor—. Muévete. Ahora.
Se deslizaron como sombras entre las pesadas cortinas de terciopelo que daban acceso al pasillo de la oficina. Detrás de ellos, los pasos pesados de los guardias hacían crujir la madera pulida de la pista de baile, cada vez más cerca. Un haz de luz barrió el marco de la puerta justo un segundo después de que Ela cerrara el cerrojo interior de la oficina.
Ela corrió hacia el panel oculto detrás de la estantería de libros y colocó su pulgar sobre el lector biométrico. El sistema emitió un pitido suave y la pared falsa se deslizó, revelando la escalera de caracol que descendía al sótano.
—Entra —ordenó Ela.
Kang bajó primero, seguido de cerca por ella. En cuanto la puerta secreta se cerró sobre sus cabezas, el ruido del piso superior se apagó, reemplazado por el zumbido constante de los servidores del búnker.
Mientras tanto, en la residencia de Julián, la escena era un caos de destrucción.
La puerta principal había sido derribada. Julián yacía en el suelo del comedor superior, con el rostro ensangrentado y la camisa rota. Dos hombres corpulentos de la seguridad de Althea lo sostenían por los brazos mientras un tercero, un tipo de cabello canoso y traje gris impecable, sostenía la memoria USB vacía que Julián había intentado ocultar.
—Esta porquería no tiene nada —dijo el hombre de gris, arrojando el dispositivo al suelo y aplastándolo con el tacón de su zapato—. Solo pistas de música. ¿Dónde está el archivo real, Julián? ¿Dónde lo tiene tu esposa?
—¡No lo sé! ¡Se los juro que no lo sé! —sollozó Julián, el pánico despojándolo de toda la soberbia que ostentaba horas antes—. Susana... ella me dio esa memoria. Ella me dijo que era la real. ¡Ella me traicionó!
El hombre de gris sacó un teléfono satelital y marcó un número corto.
—Patriarca, el sujeto no tiene la información. La mujer lo engañó. Parece que ella tiene el original.
—Bórrenlo —respondió la voz seca del viejo patriarca al otro lado de la línea—. Y concéntrense en la academia. Kang y la mujer están atrapados allí. No quiero sobrevivientes.
Julián abrió los ojos de par en par al escuchar la orden. Intentó gritar, pero el silenciador de una pistola de nueve milímetros apoyado contra su frente apagó su voz para siempre. El hombre que había ejecutado el incendio de la fábrica de cosméticos hacía cinco años acababa de pagar su deuda con la misma moneda de descarte que el holding solía utilizar.
En el búnker bajo la academia, las pantallas parpadearon cuando Kang conectó su tableta personal a la consola central. Sus dedos se movían con una velocidad pasmosa sobre el teclado digital, ignorando el dolor del antebrazo que comenzaba a manchar de nuevo la venda con un hilo de sangre fresca.
—¿Qué estás haciendo exactamente, Kang? —preguntó Ela, observando las líneas de código que se ejecutaban en los monitores principales.
—Estoy enviando una alerta de nivel cero al servidor de seguridad de Althea —explicó él, sin apartar la vista de la pantalla—. Es un protocolo que solo el presidente y el patriarca pueden activar en caso de secuestro o golpe corporativo. En tres minutos, la policía federal y las unidades de respuesta rápida rodearán este perímetro. Los hombres de mi suegro no pueden permitirse ser atrapados aquí; sus armas no están registradas y sus rostros están en las bases de datos de la Interpol. Tendrán que huir.
Ela lo miró, dándose cuenta de la magnitud del sacrificio que Kang estaba haciendo.
—Si la policía federal viene... tu suegro sabrá que tú activaste la alerta. Sabrá que estás jugando en su contra de manera oficial. No habrá vuelta atrás para ti, Kang. Perderás la presidencia, tus acciones... todo.
Kang detuvo sus dedos sobre el teclado por un segundo. Se giró lentamente hacia ella. La luz azul de las pantallas daba a su rostro un aspecto casi fantasmal, pero sus ojos estaban llenos de una determinación que la hizo estremecer.
—Ya te lo dije, Susana... o como sea que te llames realmente —dijo él, su voz bajando a un tono suave y denso—. Prefiero perder mi imperio antes que permitir que ellos te pongan una mano encima. Lo que hiciste... la traición... me dolió más de lo que puedo expresar. Pero no voy a dejar que te maten. No por ellos.
Ela sintió que la garganta se le cerraba. La verdad de sus sentimientos la golpeó con la fuerza de un naufragio. No importaba la máscara, no importaba la venganza; el hombre frente a ella la amaba con una pureza que su propio esposo jamás había sido capaz de concebir.
De pronto, un fuerte golpe en el techo del búnker los hizo mirar hacia arriba. Los hombres del patriarca habían encontrado el pasillo de la oficina y estaban comenzando a perforar el suelo de madera justo encima de la entrada secreta.
—El código está enviado —dijo Kang, levantándose de golpe y tomando un mapa físico del búnker que Victoria había dejado sobre la mesa—. Las sirenas empezarán a sonar en sesenta segundos. Tenemos que usar la salida de emergencia de este sótano antes de que la policía bloquee el alcantarillado.
Ela asintió, guardando la memoria USB en el bolsillo más seguro de su chaqueta.
La última danza de la academia había terminado. El escenario estaba a punto de arder, y el camino que les esperaba del otro lado de la trampilla del sótano solo conducía a una guerra abierta donde ninguno de los dos saldría ileso.