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Cicatrices De Seda, La Piel Del Enemigo

Cicatrices De Seda, La Piel Del Enemigo

Status: En proceso
Genre:Amor en la guerra / Arrogante / CEO
Popularitas:600
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Guanipa

La vida de Ela se medía en fórmulas perfectas, aromas limpios y la calidez de una familia que lo tenía todo. Su padre, el fundador de una de las firmas de cosmética y skincare más exitosas del país, siempre creyó que el éxito se construía con integridad. Se equivocó. El éxito también atrae a los depredadores.
Cuando un influyente y despiadado conglomerado decide absorber la empresa familiar a cualquier precio, la negativa de su padre sella su destino. En una noche que Ela jamás podrá borrar de su mente, unos hombres irrumpen en su hogar. El castigo a la rebeldía de su padre es una tortura lenta y sistemática, ejecutada ante los ojos de Ela y de su madre, hasta que el último aliento de vida lo abandona.
Pero el horror no termina con la muerte.
En un último acto de protección, su padre nombra a Ela como la única heredera universal de la compañía. Al descubrirlo, los mismos verdugos inician una cacería implacable para obligarla a firmar la cesión de derechos. Sometida a un acoso físico

NovelToon tiene autorización de Maria Guanipa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

EL LABERINTO BAJO EL AGUA

La oscuridad del subsuelo era un animal frío y húmedo que les lamía los talones.

El sonido de los taladros tácticos perforando el suelo de madera de la oficina superior se desvaneció, reemplazado por el retumbar sordo y distante de las sirenas de la policía federal que ya empezaban a cercar el perímetro de la academia. El plan de Kang había funcionado: el exterior era ahora una zona de guerra oficial, pero el interior de los túneles de desagüe era un laberinto sin salida aparente.

Ela avanzaba en primer lugar, iluminando el camino con la linterna de su teléfono agrietado. El agua estancada les llegaba a los tobillos, fría como el hielo, impregnando el aire con un olor a moho, óxido y olvido. Detrás de ella, los pasos de Kang eran pesados, marcados por una respiración que se volvía cada vez más entrecortada.

—Kang... ¿estás bien? —preguntó Ela, deteniéndose en una bifurcación de tuberías de concreto. Giró el haz de luz hacia él.

El CEO estaba apoyado contra la pared curva del túnel. Su camisa blanca, antes impecable, estaba desgarrada, empapada de agua sucia y pegada a su cuerpo. Pero lo peor era la venda de su brazo izquierdo: la sangre la había teñido por completo de un rojo brillante que goteaba de manera constante en el agua estancada. Su rostro estaba pálido, casi translúcido bajo la luz de la linterna.

—No te detengas, Susana... —susurró él, apretando los dientes mientras se presionaba la herida con la mano derecha—. Sigue caminando. Mis hombres... o la policía... no tardarán en rastrear estas salidas.

—Estás perdiendo demasiada sangre —dijo Ela, dando un paso hacia él.

La frialdad de la actriz se evaporó por completo, dejando al descubierto a la mujer que, a pesar de todo, sentía que se le desgarraba el pecho al verlo sufrir. Dejó la linterna sobre una saliente de metal, se acercó a él y, sin pedir permiso, comenzó a desatar la corbata de seda oscura de Kang.

—¿Qué haces? —preguntó él, su voz apenas un hilo, pero sus ojos fijos en los de ella con una intensidad que la quemaba.

—Un torniquete —respondió Ela, concentrada en rodear el bíceps de Kang con la tela de seda, apretándola con la fuerza que solo la desesperación da—. Si no detenemos esto, no vas a llegar a la salida del callejón. Y necesito que sigas vivo para ver caer a tu suegro.

Kang soltó un quejido ahogado cuando el nudo se apretó, pero no se apartó. Su mano derecha subió lentamente, rozando los dedos húmedos de Ela que aún sostenían la corbata. El contraste entre el frío del túnel y el calor de su piel fue una descarga eléctrica para ambos.

—¿Por qué te importa? —preguntó Kang en un susurro, sus ojos negros escaneando el rostro reconstruido de ella, buscando a la mujer que lo había traicionado y a la que lo estaba salvando al mismo tiempo—. Si yo muero aquí... tu camino hacia la venganza sería más fácil. No habría nadie que pudiera reclamarte el archivo.

Ela bajó la mirada por una fracción de segundo, incapaz de sostener esa devoción herida.

—Porque tú no eres tu suegro, Kang —dijo ella, con una suavidad que resonó en el eco de las tuberías—. Y porque la Ela que entró a esa academia hace cinco años no era una asesina. No voy a dejar que tu vida sea el precio de mi justicia.

Kang esbozó una sonrisa amarga, una mueca que desvelaba el cansancio de toda una vida fingiendo ser el heredero de un trono de espinas.

—Mi nombre real... el que mi madre me dio antes de que el holding me absorbiera... es Min-jun —confesó él, su voz perdiéndose en el murmullo del agua—. Kang es solo la marca que me pusieron en la frente. Si salimos de esta, Susana... o Ela... quiero que me llames así. Al menos una vez.

Ela sintió un nudo en la garganta. Asintió en silencio, tomó la linterna y le ofreció su hombro para que se apoyara.

—Camina, Min-jun. Aún nos queda un tramo largo.

Mientras tanto, a tres calles de la academia, bajo el amparo de la lluvia torrencial, un viejo sedán gris con las luces apagadas esperaba en un callejón sin salida.

Tomás golpeaba el volante con impaciencia, fumando un cigarrillo tras otro. Su radio de frecuencia policial parpadeaba en el tablero, emitiendo ruidos de estática y voces urgentes que reportaban el despliegue federal en El Compás de Seda.

—Maldita sea, Ela... ¿dónde estás? —masculló Tomás, mirando por el espejo retrovisor.

De pronto, la tapa de una alcantarilla pesada en el fondo del callejón comenzó a moverse con un chirrido metálico. Tomás tiró el cigarrillo, abrió la guantera para sacar su arma y descendió del auto bajo la lluvia, cubriéndose con la capucha de su impermeable.

De la boca del desagüe emergió primero Ela, con el cabello empapado y la ropa cubierta de lodo, pero con los ojos brillando con una fiereza inquebrantable. Con un esfuerzo supremo, ayudó a salir a Kang, quien apenas podía mantenerse en pie, con la corbata de seda improvisada como torniquete y la mirada perdida.

Tomás corrió hacia ellos, deteniéndose en seco al ver al CEO de Althea colgado del hombro de su hermana adoptiva.

—¿Qué hace él aquí, Ela? —preguntó Tomás, apuntando con el arma al pecho de Kang por puro instinto—. Te dije que este tipo es peligroso. Los hombres del patriarca acaban de reventar tu casa. Julián está muerto. Si la policía los vincula con él...

—Guarda eso, Tomás —ordenó Ela, su voz cortante como el cristal—. Julián era un cabo suelto que el holding iba a cortar de todos modos. Pero Kang... Kang nos salvó la vida allá adentro. Y tiene el acceso para validar el archivo de la auditoría. Si él no viene con nosotros, la fiscalía desechará las pruebas como un hackeo corporativo sin valor legal.

Tomás miró a Kang, quien apenas levantó la vista, mostrando una mezcla de desprecio por el arma y gratitud por el aire fresco de la lluvia. Finalmente, Tomás bajó la pistola y abrió la puerta trasera del sedán.

—Entren rápido. La policía está bloqueando las avenidas principales. Tenemos que salir de la ciudad antes de que el viejo patriarca ponga precio a nuestras cabezas en la televisión nacional.

El motor del sedán rugió en el callejón húmedo, perdiéndose en la noche de tormenta. El primer asalto de la guerra había terminado, pero el verdadero enfrentamiento contra el imperio Althea apenas comenzaba, y ahora las cartas estaban sobre la mesa, teñidas de sangre, traición y un amor prohibido que se negaba a morir.

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