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Mil Almas En Un Solo Corazón

Mil Almas En Un Solo Corazón

Status: En proceso
Genre:Reencarnación / Época / Traiciones y engaños
Popularitas:332
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

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Murió mil veces y volvió a nacer otras mil, siempre sacrificándose por los demás y perdiendo todo lo que amaba. Esta vez, Elif renació con dieciséis años, cabello blanco con puntas doradas y ojos morados profundos, viviendo tranquila en un pueblo humilde, con el único deseo de ser feliz al fin. Pero la desgracia la arrastra hasta el Gran Palacio, donde gobierna el joven y ardiente Sultán Murad de diecisiete años. Allí, deberá sobrevivir a intrigas, envidias y reglas crueles usando todo lo que aprendió como doctora, espadachín, ingeniera, botánica y mucho más, demostrando que quien lleva siglos viviendo, nadie podrá vencerlo jamás.

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Capítulo 13 — Las sombras cruzan la frontera

Tres días pasaron desde el regreso del desierto, y en el palacio reinaba una calma que nadie recordaba haber sentido jamás. No había susurros a escondidas, ni miradas de sospecha, ni tazas revisadas tres veces antes de beber. El sol entraba por los balcones sin parecer traer peligro, y cada rincón olía a flores frescas y pan recién horneado, como si todo el lugar hubiera soltado un suspiro de alivio tras años conteniendo la respiración.

Pero Selim no descansaba.

Desde el amanecer se mantenía de pie frente al gran mapa colgado en la sala de consejos, recorriendo con la mirada cada línea que marcaba las fronteras de su imperio, apretando las manos tras la espalda hasta que los nudillos se le ponían blancos. Había mandado duplicar las rondas en cada paso, pedir informes cada dos horas y cerrar todas las rutas comerciales con el reino vecino de Karahisar, el mismo que llevaba décadas esperando el momento exacto para alzarse en armas. Nadie más lo veía venir: para todos los demás, la paz había llegado para quedarse. Solo él sentía ese peso helado en el pecho, esa certeza de que la calma no era más que el silencio antes de que caiga el hacha.

La puerta se abrió suavemente, y Zeynep entró llevando en las manos una bandeja con té caliente y unos frutos secos. Se había soltado el cabello, vestía una túnica suave de color melocotón que apretaba muy levemente sobre su vientre todavía sin cambios visibles, y caminaba con ese paso tranquilo que siempre lograba serenarlo. Al verlo así, rígido y oscuro, dejó todo sobre la mesa y se colocó detrás de él, rodeándole la cintura con los brazos y apoyando la mejilla contra su espalda.

—No has dormido nada en toda la noche —le dijo muy bajito—. Lo sé porque cuando me despertabas seguías acariciándome el pelo como si temieras que desapareciera al cerrar los ojos, y luego te levantaste sin hacer ruido.

Selim soltó el aire que había estado conteniendo y se giró para tomarla entre sus brazos, apoyando la frente contra la suya. Sus ojos, normalmente tan intensos, estaban cargados de preocupación.

—No puedo descansar —admitió, pasando los dedos con muchísima suavidad por el borde de su mandíbula—. Ahora que los tengo a los dos a salvo… ahora que por fin tengo todo lo que siempre quise, siento que el mundo entero se nos vendrá encima para quitármelo. Karahisar no duerme. Han cortado tres mensajeros míos en el límite norte. Y si saben lo que tenemos aquí… usarán cualquier debilidad para destruirnos. A mí, al imperio, y a ti y a esta criatura antes de que nazca.

—No nos encontrarán débiles —respondió ella, levantando la mano para ponerla sobre su corazón—. Hemos vencido venenos, traiciones y locura dentro de nuestra propia casa. ¿Crees que dejaremos que nos derriben unos hombres que solo saben atacar por la espalda? Tú tienes el mejor ejército. Tienes lealtad. Y tienes razón. Eso vale más que todas las espadas del mundo. Pero tienes que cuidarte. Si tú caes, entonces sí que todo se viene abajo.

Selim la miró largo rato, y al final asintió. Iba a decir algo más cuando Gül entró a toda prisa, sin anunciarse, el rostro desencajado, y se detuvo en el umbral cerrando la puerta con llave por dentro.

—Llegó un mensajero secreto, Majestad —dijo con voz apagada—. Viene directamente del puesto más avanzado. Los ejércitos de Karahisar cruzaron la frontera esta madrugada. Han quemado tres pueblos sin dejar nada en pie, han capturado los almacenes de grano y se dirigen directamente hacia la capital. Dicen que vienen a “limpiar el trono de influencias extrañas y devolver el orden”. Todo el mundo sabe ya quién es esa influencia a la que se refieren. Vienen por ella.

Selim dio un paso adelante instintivamente para cubrir a Zeynep detrás de su cuerpo, pero ella le apretó el brazo con firmeza y salió de su lado, mirando a Gül sin apartar la vista ni un segundo.

—¿Cuántos son? —preguntó.

—Más de veinte mil. Y avanzan muy rápido.

Selim apretó los dientes y dio la orden tajante:

—Llamad al consejo de guerra inmediatamente. Y preparad todo para que Zeynep y Ayşe sean llevadas al refugio subterráneo más profundo del palacio, custodiado por cien hombres de mi guardia personal. Nadie entra ni sale sin mi sello.

Pero esta vez fue Zeynep quien le tomó la mano con tanta fuerza que él tuvo que mirarla obligatoriamente a los ojos.

—No —dijo ella, clara y firme, sin vacilar ni un instante—. No me escondo. No cuando vienen a destruirnos por mi culpa. Si me encierras, les darás la razón a sus mentiras: parecerá que tengo algo que ocultar, que soy débil, que les tengo miedo. Si vamos a luchar, lo haremos todos juntos, cara a cara. Que vean que no hay nada ni nadie que pueda hacernos retroceder.

[IMAGEN 1 | Proporción 2:3]

En la sala de mapas, luz suave que entra por la ventana alta. Selim de pie, mirando a Zeynep con sorpresa y orgullo mezclados, ella sostiene su mirada sin bajarla, una mano apoyada sobre su propio vientre, la otra sobre el brazo de él. Al fondo Gül observa con respeto. Atmósfera seria, determinada, estilo manhwa, tonos cálidos con toques de sombras grises por la gravedad de la noticia.

Horas después, el gran salón del trono estaba lleno de generales, consejeros y los hombres más importantes del reino. Todos estaban de pie, en silencio, esperando la palabra de su Sultán. Selim apareció en lo alto de la escalinata, vestido con su armadura ligera de batalla, y a su lado caminaba Zeynep: no con ropa de harén, sino con una túnica digna, bordada en hilo de oro y azul oscuro, llevando al cuello el sello que la acreditaba como su futura Sultana. Muchos abrieron los ojos con sorpresa, nadie jamás había visto a una mujer estar presente en un consejo de guerra en pie de igualdad.

Selim alzó la voz y su resonó en cada rincón:

—Vienen a decir que traen orden. Dicen que yo he perdido el juicio. Dicen que esta mujer es una maldición sobre mi casa. Pues que lo escuchen todos bien: Ella es mi fuerza. Ella salvó a mi hija. Ella me ha enseñado que el valor no está solo en la espada, sino en la lealtad y la verdad. Y quien quiera llegar hasta ella o hasta mi hijo que viene en camino, tendrá que pasar primero por encima de mis ejércitos, y luego por encima de mi propio cadáver.

Un murmullo de aprobación recorrió la sala, y hasta los más escépticos inclinaron la cabeza ante esa declaración. Pero el general mayor, el hombre más viejo y duro de todos, levantó la mano con duda:

—Majestad, respeto vuestra palabra, pero si la dejan aquí, si el asedio dura semanas… si ellos descubren su debilidad… la usarán contra vos sin piedad. Ya lo intentaron con venenos. Ahora lo intentarán con guerra.

—Por eso mismo ella estará aquí —respondió Selim—. Porque no es una debilidad. Es nuestra razón de luchar. Y ella nos dirá cómo protegernos mejor que nadie, porque ya sobrevivió a la guerra que teníamos dentro de estas paredes.

Mientras tanto, en el campamento enemigo instalado ya a solo dos jornadas de camino, el comandante de Karahisar recibía una visita inesperada. Una mujer con el rostro medio cubierto por una capucha, que nadie conocía, pero que llevaba consigo un anillo de la casa real caída. Cuando se descubrió la cara, él retrocedió un paso: era Nurbanu, a la que todos daban por muerta o encadenada sin posibilidad de hablar jamás. Había logrado convencer a un guardia sobornado de que la sacara, de que la llevara hasta ahí, con una promesa: yo sé todos sus puntos débiles. Yo sé dónde guardan las provisiones, por dónde salen los mensajeros, qué caminos usan para huir. Si me ayudáis a entrar y a vengarme de ellos, yo os daré la victoria en menos de una semana.

El comandante la miró de arriba abajo y sonrió con malicia:

—Entonces habla. Dinos todo lo que sabes. Y cuando caiga la ciudad, tú serás quien decida qué hacer con ellos.

[IMAGEN 2 | Proporción 16:9]

Campamento enemigo bajo un cielo grisáceo al atardecer. Dentro de la gran tienda de mando, Nurbanu está frente al comandante sentado en su silla, con una expresión fría, calculadora y llena de rencor. Las sombras se alargan alrededor de ellos. Estilo manhwa, colores apagados, atmósfera pesada y traicionera.

Al caer la noche en el palacio, todo parecía tranquilo, pero Zeynep no podía dormir. Se quedó en el balcón mirando hacia el horizonte donde a lo lejos ya se veían pequeñas luces de hogueras que no estaban ahí el día anterior. Selim llegó y le puso una capa sobre los hombros, abrazándola por detrás para protegerla del viento fresco.

—Ahora sé que ella está viva —dijo Zeynep en voz baja—. Sé que no pudo quedarse callada en la oscuridad. Que fue a buscar la mano que nos destruya. Ahora tenemos que pelear en dos frentes: contra espadas y contra quien conoce cada uno de nuestros pasos.

Selim apoyó la barbilla sobre su hombro:

—Lo sé. Pero también sé algo más: ella siempre jugó sucio, siempre escondió sus cartas, siempre actuó sola por puro egoísmo. Nosotros tenemos algo que ella jamás tuvo. Nosotros nos tenemos el uno al otro. Y eso no lo puede romper ningún ejército, ni ninguna traición, ni nadie en este mundo. Mañana todo cambiará. Pero pase lo que pase, no soltaré tu mano ni un solo instante.

Se quedaron así un largo rato, mirando cómo las primeras estrellas salían sobre el campo que mañana sería el campo de batalla. Ninguno sabía con certeza quién ganaría, ni qué pruebas tan duras tendrían que pasar todavía. Pero sí estaban seguros de una cosa: ya no eran dos personas que intentaban sobrevivir separados. Eran un solo corazón latiendo al mismo ritmo, dispuesto a todo para que su historia, y la de los que venían detrás de ellos, no terminara nunca.

Y muy lejos, en medio de la oscuridad, Nurbanu señalaba sobre un mapa el camino secreto que solo ella conocía, el que permitía entrar al palacio sin ser visto por las murallas, sonriendo pensando en el momento exacto en que ella misma entraría a dar el golpe final.

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