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Me Robaron el Rostro, Pero No Mi Venganza

Me Robaron el Rostro, Pero No Mi Venganza

Status: Terminada
Genre:Venganza / Época / Pareja destinada / Brujas / Venganza de la protagonista / Reencarnación / Completas
Popularitas:176.1k
Nilai: 4.9
nombre de autor: Liora Valcendra

Serena Bridge lo perdió todo: su rostro, su libertad, diez años de su vida.
Su prima le robó la cara con magia prohibida. Su esposo la encerró en una celda sin luz. Y cuando por fin murió, nadie lloró por ella.
Pero la muerte no fue el final.
Serena despierta en su cuerpo de dieciocho años, el día antes de su boda con el marqués Víctor Flores —el mismo hombre que la traicionará—. Esta vez no será la esposa obediente que agacha la cabeza. Esta vez tiene los recuerdos de una vida entera de sufrimiento… y un plan.
Recuperar su dote. Destruir a Isabella. Escapar del matrimonio que la condenó.
Lo que no esperaba era cruzarse con Alejandro Durán, el Duque de Hielo —un hombre al que toda la corte teme y nadie se atreve a mirar a los ojos—. Frío, letal, implacable. Dicen que no tiene corazón.
Pero cada vez que Serena está en peligro, él aparece.
Y cada vez que ella lo rechaza, él se acerca un paso más.
En una corte donde las alianzas cambian con el viento y la magia oscura acecha en las sombras, Serena descubrirá que la venganza tiene un precio… y que el corazón del Duque de Hielo esconde secretos más peligrosos que cualquier hechizo.

NovelToon tiene autorización de Liora Valcendra para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 13

Capítulo 13: El calor de los que quedan

La residencia Bridge se alzaba al final de la avenida de los Olmos como un castillo sacado de un cuento que Serena ya no se creía.

Muros de piedra gris cubiertos de hiedra. Portones de hierro forjado con el águila de los Bridge desplegando las alas en el centro, las garras aferradas a una espada y una balanza. La fuente del patio delantero lanzaba un chorro de agua que brillaba bajo el sol de la tarde como si el mundo no se hubiera acabado nunca.

Pero se acabó. En la otra vida, se acabó.

Serena bajó del carruaje y se quedó inmóvil frente a los portones. El recuerdo le cayó encima como un balde de agua helada: esta misma fachada, cubierta de hollín y lenguas de fuego. Los soldados imperiales derribando las puertas. El águila de hierro arrancada de cuajo y tirada en el barro.

Su padre, el Conde Edmund Bridge, Canciller Imperial, arrodillado en la plaza con las manos atadas a la espalda. La hoja del verdugo reflejando el cielo de noviembre antes de caer.

Roland, su hermano mayor, muerto en la batalla de Cañada Roja con tres flechas clavadas en el pecho y la espada todavía en la mano.

Sebastián, pudriéndose en una celda que olía a moho y a desesperanza. Encontraron su cuerpo colgado de los barrotes una mañana de marzo. Dijeron que fue un suicidio. Serena sabía que no lo fue.

Teodoro, desterrado a las colonias del sur con una bolsa de monedas y la orden de no volver jamás. La última carta que envió decía que tenía fiebre. No hubo más cartas después de esa.

Y su madre. Su madre, que bebió el veneno en la misma taza de porcelana azul con la que tomaba el infusión de manzanilla cada tarde. La encontraron sentada en el jardín, con las manos cruzadas sobre el regazo y los ojos abiertos, como si estuviera mirando algo que nadie más podía ver.

—Señora —dijo Bianca a su lado, suave—. ¿Está bien?

Serena parpadeó. La hiedra seguía verde. Los muros seguían enteros. El águila de hierro estaba en su sitio.

—Estoy bien —mintió.

Los portones se abrieron con un chirrido familiar y tres figuras aparecieron en el patio.

La primera era un hombre enorme. Un metro noventa de músculo y hueso, con los hombros tan anchos que parecía que iba a derribar el marco de la puerta cada vez que pasaba. Roland Bridge, General del Segundo Ejército Imperial, tenía el pelo cortado al ras, una cicatriz que le cruzaba la ceja izquierda y una voz que podía dar órdenes a tres mil hombres sin necesidad de levantar la mano.

—¡Serenita! —bramó, y el grito rebotó contra los muros del patio. Bajó los escalones de tres en tres, la levantó del suelo como si pesara lo mismo que una muñeca de trapo y le dio una vuelta completa en el aire—. ¡Estás flaquísima! ¿Ese marido tuyo no te da de comer? Dime la verdad, que le parto la cara ahora mismo.

—Roland, bájala, la vas a marear —dijo la segunda figura desde los escalones.

Sebastián Bridge, Gran Magistrado del Tribunal Imperial, era todo lo que Roland no era: delgado, pálido, con las manos largas de alguien que había pasado más tiempo con libros que con espadas. Llevaba los anteojos ligeramente torcidos y una levita negra que le daba el aspecto de un cuervo elegante. Pero cuando miró a Serena, la sonrisa que le cruzó el rostro fue genuina, sin reservas, la sonrisa de un hermano que todavía creía que proteger era su trabajo.

—Bienvenida a casa, hermanita.

—¡Eh, Serenita! —La tercera figura estaba apoyada en el marco de la puerta con una pierna cruzada sobre la otra, lanzando una moneda de oro al aire y atrapándola sin mirar—. ¿Vienes a quedarte o solo a hacernos llorar un rato?

Teodoro Bridge, comerciante, contrabandista ocasional y la oveja negra más rentable del imperio, le guiñó un ojo.

A Serena se le llenaron los ojos de lágrimas.

Los vio a los tres de pie, vivos, enteros, con la sangre corriéndoles por las venas y el aliento formando nubes tibias en el aire de la tarde. Y recordó cómo los perdió. Uno a uno. Como fichas de dominó cayendo en una línea que nadie pudo detener.

—Oye, oye, oye. —Roland la puso en el suelo y le tomó la cara con las dos manos—. ¿Estás llorando? ¿Quién te hizo algo? Dame un nombre.

—Nadie. —Serena se secó los ojos con el dorso de la mano y forzó una sonrisa—. Es que los extrañé.

Sebastián la miró con esos ojos que no dejaban pasar nada. Serena rezó para que no preguntara más.

No preguntó. Solo le ofreció el brazo y la guió adentro.

El salón principal olía a madera de cedro y a la cera de abeja que la señora de llaves usaba para pulir los pisos. En el centro, de pie junto a la chimenea apagada, estaban sus padres.

Lady Bridge llevaba un vestido de seda púrpura con bordados de hilo dorado en los puños y el cuello. Tenía el cabello recogido en un moño bajo que dejaba ver los pendientes de amatista que Serena recordaba desde que era niña. A sus cincuenta años, su madre seguía siendo hermosa. Pero ahora Serena veía lo que antes no había visto: las líneas finas alrededor de los ojos. La preocupación oculta en la forma en que apretaba los dedos entrelazados frente a su cuerpo.

A su lado, el Conde Edmund Bridge tenía las sienes grises y el porte rígido de un hombre acostumbrado a que el emperador le consultara las decisiones difíciles. Canciller Imperial. El segundo hombre más poderoso del imperio, según algunos. Pero cuando miró a su hija, la rigidez se suavizó un grado que solo su familia habría notado.

—Serena —dijo, con esa voz grave que podía llenar un salón del consejo sin esfuerzo—. ¿Todo está bien en la residencia Flores?

—Todo está bien, padre.

Lady Bridge cruzó la distancia en tres pasos y le tomó las manos.

—Estás más delgada. —Le tocó la mejilla con el dorso de los dedos—. Y tienes ojeras. ¿No estás durmiendo bien?

—Son las fiestas de la temporada, madre. Demasiados compromisos.

Su madre no se lo creyó. Serena lo vio en la forma en que apretó los labios. Pero Lady Bridge era la esposa de un canciller; sabía cuándo presionar y cuándo esperar.

—Siéntate —dijo—. La cena estará lista en una hora. Mientras tanto, cuéntanos.

Serena se sentó. Y antes de que le sirvieran el té, sacó los regalos.

Para su padre: un tintero de piedra del sur, tallado en la cantera negra de la provincia de Orozco. El Conde Edmund lo sostuvo a la luz de la ventana y asintió con esa aprobación silenciosa que valía más que cualquier elogio.

Lo que él no sabía era que Serena había elegido la piedra de Orozco porque era la única que no absorbía tintas envenenadas. En la otra vida, su padre firmó un documento con tinta alterada que manchó sus dedos de azul durante semanas. El veneno entró por la piel. Cuando lo descubrieron, ya era demasiado tarde.

Para su madre: un juego de joyería de esmeralda, diseñado por Serena misma. Los dibujos eran suyos, trazados con la mano izquierda porque la derecha había perdido la movilidad en la mazmorra durante los primeros tres años. Aprendió a dibujar de nuevo en la oscuridad, con un pedazo de carbón sobre los muros de piedra, porque si dejaba de crear, dejaría de ser humana.

Lady Bridge abrió la caja y se le cortó la respiración.

—Hija... esto es precioso. ¿Tú lo diseñaste?

—Tengo tiempo libre —dijo Serena, y la frase sonó tan normal que nadie notó el abismo que escondía.

Las piezas de esmeralda tenían incrustaciones de plata en un patrón específico. No era solo decorativo. Era el símbolo de protección del Monasterio de San Marcos, el único lugar del imperio donde los proscritos podían reclamar asilo. Si algún día su madre necesitaba huir, cualquier sacerdote del templo reconocería el símbolo y le abriría las puertas.

Para Roland: una daga de acero con empuñadura de cuero negro y un templado que hacía la hoja flexible como un junco sin perder el filo. Roland la desenvainó, la dobló contra la mesa, la soltó y vio cómo la hoja volvía a su forma sin una sola marca.

—¿Dónde conseguiste esto? —preguntó, con los ojos brillantes.

—Un herrero del puerto. Me debía un favor.

La verdad era que Serena había aprendido las técnicas de templado del maestro forjador Tomás Bravo, un viejo armero desterrado que compartió su celda contigua durante los años cuatro al siete de su encierro. Le enseñó los secretos del acero a cambio de que ella le contara historias para no perder la cordura. Murió una noche de tormenta, y Serena golpeó los barrotes hasta que le sangraron los nudillos, pero nadie vino.

La daga tenía una hoja que podía cortar las cuerdas de un arco a diez pasos. En la batalla de Cañada Roja, Roland murió porque un arquero lo alcanzó desde una posición elevada. La próxima vez, su hermano tendría un arma para defenderse.

Para Sebastián: un códice legal anotado con precedentes judiciales que Serena había compilado de memoria. Casos oscuros, sentencias olvidadas, lagunas en la legislación imperial que ningún magistrado había explotado en cien años.

Sebastián abrió la primera página, leyó tres líneas y levantó la vista.

—Serena. Esto es... ¿de dónde sacaste el caso Montealto contra la Corona? Ese expediente fue sellado hace sesenta años.

—Tengo mis fuentes —dijo ella.

En la mazmorra, el único libro que tuvo fue un tomo de jurisprudencia que un guardia usaba como calza para la puerta. Lo leyó cuatrocientas veces. Cada caso. Cada nota al pie. Cada precedente. Cuando se lo quitaron, lo recitó de memoria contra las paredes durante meses, porque las palabras eran lo único que la mantenía cuerda.

Si algún día acusaban a Sebastián de traición, esos precedentes podían salvarlo.

Para Teodoro: un conjunto de mapas de rutas comerciales con anotaciones sobre diferenciales de precios entre provincias, puertos seguros, y contactos de confianza que Serena había verificado personalmente.

Teodoro dejó de jugar con su moneda. Desplegó los mapas sobre la mesa y silbó bajo.

—Hermana, ¿me estás diciendo que la ruta del algodón por Bahía Esmeralda tiene un margen del cuarenta por ciento?

—Cuarenta y tres, si negocias en temporada baja.

Teodoro la miró fijamente durante tres segundos. Luego se inclinó y le besó la frente.

—Eres mi hermana favorita.

—Soy tu única hermana.

—Y por eso eres mi favorita.

Desde su rincón junto a la puerta, Bianca observó cada regalo con los ojos entrecerrados. No dijo nada. Pero Serena supo que había notado el patrón: cada obsequio era demasiado preciso, demasiado útil, demasiado específicamente diseñado para proteger a su destinatario de algo que todavía no había ocurrido.

---

Esa noche, después de la cena, Serena caminó por el jardín de su madre.

Las rosas de otoño todavía conservaban algunos pétalos. La glicina colgaba del arco de piedra como una cascada púrpura congelada en el tiempo. El aire olía a tierra húmeda y a la infusión de hierbas que Lady Bridge mandaba regar sobre los canteros para espantar las plagas.

Bianca caminaba un paso detrás de ella, en silencio.

—Señora —dijo al fin—. Los regalos.

—¿Qué pasa con los regalos?

—Usted sabe qué pasa. Cada uno tiene un propósito oculto. El tintero que neutraliza tintas envenenadas. La joyería con el símbolo de asilo. La daga, el códice, los mapas. —Hizo una pausa—. Usted está protegiéndolos de algo que todavía no ha pasado.

Serena no respondió.

—¿Cuándo les va a contar la verdad?

—Nunca.

Bianca se detuvo.

—¿Nunca?

—Si les cuento que viví otra vida, que vi cómo los mataban uno por uno, que pasé diez años encerrada en una mazmorra mientras una impostora usaba mi rostro... ¿qué van a pensar? Que estoy loca. Que el matrimonio con Víctor me afectó la cabeza. —Serena arrancó un pétalo de rosa y lo giró entre los dedos—. No puedo permitirme ese lujo. La única forma de protegerlos es con acciones, no con palabras.

—Pero señora...

—Bianca. —Se detuvo bajo el arco de glicina—. En la otra vida, mi madre me escribió una carta. La última carta que envió antes de beber el veneno. —La voz le tembló, apenas, como una cuerda de violín rozada por un dedo—. Decía: "Serena, ¿dónde estás? Mamá no puede encontrarte."

El silencio del jardín fue absoluto.

—Estaba en la mazmorra —continuó Serena, con los ojos secos y la mandíbula apretada—. A tres kilómetros de esta casa. Con las manos encadenadas y un rostro que no era mío. Y no pude responderle. No pude decirle que estaba aquí. Que siempre estuve aquí.

Bianca no dijo nada. Solo le tomó la mano y se la apretó.

Serena levantó la vista hacia la residencia Bridge. Las ventanas del salón brillaban con luz cálida. Dentro, Roland discutía a gritos con Teodoro sobre quién ganaba la apuesta de la cena. La risa de Sebastián se escuchaba por debajo, seca y precisa como todo lo que hacía. Y la voz de su madre, reprendiendo a los tres con un cariño que no lograba disimular.

Vivos. Todos vivos.

Serena cerró los ojos y apretó la mano de Bianca con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.

Esta vida, nadie toca a mi familia.

Nadie.

1
Refugio Vizcarra
ajá, esa es mi pregunta también.
Roxana Gardilcic
una historia, linda, emocionante , muy bien escrita, me gusta mucho lo descriptiva que es sin ser agobiante. felicitaciones
Rosario Zapata
cabron es poco ese victor es una escoria asquerosa 🤮🤮🤮🤮🤮
Fernanda Perez
gracias
gracias
Rose M
burna interesante. Algo confusa en tiempos y personajes pero muy entretenida
Arantza
Bonita historia, y excelente trama. Solo algunas incongruencias en el desarrollo. Pero por lo demás es excelente.
Pa Tr
no eran 12 años? 🤔
Pa Tr
Ya se tenía que haber ido la tonta al final le hace daño ya verás 🤔
Fernanda Perez
donde vive
quien es Leopoldo
Gris Lopez
ahora si creo que fue hecho con IA...😱 ....ningún autor cambiará hechos tan cruciales en la historia...(que decepcionante....debería haber algún programa para detectar esto y que contenido así no entren a la aplicación )....
Fernanda Perez
no estoy entendiendo varias cosas
~√{©£¢%}✓¶🌟💖
Espero que tengas un buen plan para no volver a caer ante ese par de desgraciados que te hicieron la vida imposible en tu anterior vida
~√{©£¢%}✓¶🌟💖
interesante 😸😸😸😸
Maria Cantillo
bonita historia
Maria Cantillo
bueno las cosas van tomando curso
Maria Cantillo
bueno Isabella Victor te vio eres una persona mala el te dió todo lo que le negó a Serena y aún así lo dejaste inválido sin valor dignidad prefiere pagar que morir envenenado y al fin tuvo algo de sentido común firmó algo que se llamaba matrimonio pero solo era una carcel para Serena y para la familia beneficios
Maria Cantillo
gracias por compartir todo esto bendiciones
Lucia Calderón
Historia interesante, con bien léxico ehilp discursivo
Maria Cantillo
tipa que aprendido fue todo lo contrario a los valores y se justifica en que Serena tiene la culpa de nacer en esa familia la envidia es unal terrible
Maria Cantillo
arriba Serena suéltate de ese Victor que condene al tal Leopoldo por las 3000 muertes hagan justicia
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