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El Refugio Del Depredador

El Refugio Del Depredador

Status: En proceso
Genre:Mujer poderosa / Mafia / Matrimonio arreglado
Popularitas:3.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Lobelia

Leonela no es una mujer de armas, pero su voz es un látigo de verdad y su presencia, un muro inamovible frente a su hijo, Santiago. Cuando una red de traiciones familiares amenaza con arrebatarle lo único que ama, Leonela se ve obligada a aceptar un matrimonio por contrato con el hombre que personifica todo lo que ella teme: Gael.
​Gael es un titán cruel y posesivo. No hace tratos por generosidad; él "colecciona" lo que desea, y ha deseado a Leonela desde el momento en que la vio defender a su hijo con la dignidad de una reina en ruinas. Lo que Gael no espera es que su nueva "adquisición" no agacha la cabeza.
​En medio de una guerra de poder, el pequeño Santiago, con su curiosidad implacable, se convierte en el único capaz de desarmar la mirada devoradora de Gael, mientras Leonela descubre que el peligro más grande no es el mundo exterior, sino la intensidad eléctrica que siente cada vez que Gael fija sus ojos en ella.

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capitulo 5

​El amanecer sobre la ciudad no trajo alivio, sino una claridad fría y nítida que disolvió las sombras del despacho del piso cincuenta y nueve, transformándolas en líneas geométricas de luz grisácea. El reloj de pared de la Torre Vancini marcó las ocho en punto con un tañido electrónico sordo, un eco que para Leonela sonó como el golpe de un mazo sobre el patíbulo de su antigua existencia. No había dormido; las ojeras sutiles bajo sus ojos oscuros eran la única marca de la batalla nocturna que había librado en la soledad de su cocina, observando el sueño inocente de Santiago mientras las horas se desangraban.

​Frente a ella, extendido sobre el frío mármol negro del escritorio, descansaba el documento. Tres folios de papel de alto gramaje, con el membrete en relieve del grupo Vancini, resumían su destino en cláusulas de una precisión quirúrgica. Legalmente, el texto hablaba de un régimen de bienes separados, de una unión civil con fines de representación pública y de una asignación mensual para el sostenimiento de su hijo. En la práctica, cada palabra impresa era un eslabón de la cadena que la ataba al lobo gris.

​Gael estaba de pie junto al inmenso ventanal, de espaldas a ella, observando el movimiento de los contenedores en el muelle inferior. Llevaba una camisa de sastre negra, de una tela tan fina que traslucía el juego tenso de los músculos de su espalda, y unos pantalones oscuros que acentuaban su estatura imponente. El olor a sándalo y tabaco que emanaba de su cuerpo llenaba el espacio, creando esa atmósfera asfixiante de masculinidad y poder absoluto que Leonela ya había aprendido a reconocer.

​—El bolígrafo está a tu derecha —dijo Gael. Su barítono profundo cruzó la habitación sin prisa, cargado de una franqueza cortante que no buscaba suavizar el peso del momento. No se giró; no necesitaba hacerlo para saber que ella estaba allí, de pie, conteniendo el aliento.

​Leonela bajó la vista hacia el instrumento de oro y laca negra que descansaba junto al documento. Llevaba el mismo vestido de punto negro de la noche anterior, una prenda que ahora se sentía como una armadura gastada por el asedio. El cansancio y la descarga constante de adrenalina habían agudizado sus sentidos hasta un punto doloroso. Sentía el roce sutil de la seda de su ropa interior contra su piel, una caricia íntima que contrastaba con la hostilidad del despacho, y la rigidez de sus propios pezones, endurecidos por el aire acondicionado y el pánico interno que se negaba a abandonar su pecho.

​Sin embargo, cuando extendió los dedos largos y tomó el bolígrafo, su mano no tembló.

​Fue un gesto limpio, desprovisto de la vacilación que Gael esperaba de una mujer acorralada. Leonela apoyó la punta del metal sobre la línea de puntos que exigía su rúbrica. En ese instante, la imagen de la diana roja sobre la fotografía de Santiago pasó por su mente, no como un freno, sino como el combustible definitivo. El miedo se evaporó de sus facciones, sustituido por una fijeza gélida, una resolución mortal que transformó la humillación de la entrega en un acto de guerra. Ella no estaba capitulando; estaba comprando un ejército para su hijo.

​Gael se giró lentamente, atraído por el silencio absoluto que emanaba de la mesa. Sus ojos grises, fijos y "devoradores", se clavaron en el perfil de Leonela. Sus pupilas se dilataron al registrar la fijeza de la mujer: la mandíbula tensa, el cuello erguido como el de una soberana ante el verdugo y la fluidez con la que su firma cruzó el papel, rompiendo la resistencia del documento con un rasguño seco.

​Una fascinación oscura y pesada se instaló en las facciones de Gael. Esperaba lágrimas, un ruego de última hora, o al menos el titubeo propio de quien entrega su libertad a un monstruo. En su lugar, vio la emergencia de una fuerza que desafiaba su control. Comprendió, con un escalofrío de orgullo que no se permitió mostrar, que la "leona" había salido a la superficie de la piel de Leonela, despojándose de la fragilidad civil para blindar a su cachorro.

​—Está hecho —dijo ella, dejando el bolígrafo sobre el mármol con un chasquido que sonó como un disparo perimetral. Levantó la cabeza y le sostuvo la mirada, sus ojos oscuros encendidos, obligando al titán a registrar que, aunque poseyera su firma, no poseía su sumisión.

​Gael caminó hacia ella con esa zancada depredadora que solía preceder a sus decisiones más implacables. Rodeó el escritorio, deteniéndose tan cerca que Leonela pudo sentir el calor abrasador que emanaba de su pecho desnudo bajo la camisa negra. La proximidad física encendió una estática violenta en el aire; el jazmín dulce de la piel de ella se mezcló con el aroma industrial y masculino de él, creando una tensión sensorial que entorpecía el juicio de ambos.

​Gael extendió una mano larga, con dedos fuertes y curtidos, y rozó la mejilla de Leonela con el reverso de su índice. El contacto de su piel caliente contra la palidez de ella provocó un estremecimiento biológico en el vientre de la mujer, una pulsación líquida de deseo absoluto y rabia contenida que la obligó a tensar los músculos para no retroceder. Su respiración se volvió entrecortada, ensanchando el escote del vestido frente a la mirada devoradora del hombre.

​—No te has quebrado —susurró Gael, su rostro descendiendo hasta que sus labios casi rozaron el lóbulo de su oreja, permitiendo que su aliento cálido la quemara—. Firmaste tu propia sentencia de prisión con la dignidad de quien reclama un imperio. Me gusta la furia que escondes bajo esa seda, Leonela. Me asegura que el contrato será respetado ante los fotógrafos.

​—Firmé la seguridad de mi hijo, Vancini —replicó ella, su voz una franqueza cortante que no cedió un milímetro ante la cercanía de sus labios—. A partir de este segundo, Santiago está bajo tu escudo. Si una sola sombra se acerca a su colegio, si Julián vuelve a respirar cerca de mi casa, este papel no valdrá ni el precio de la tinta. Cumple tu parte, lobo, porque yo acabo de entregar mi vida para que tú tengas tu maldita legitimidad.

​Gael sonrió con una frialdad cínica que demostraba su resolución mortal, pero sus dedos no abandonaron el rostro de ella; se deslizaron con una lentitud tortuosa por la línea de su mandíbula, trazando el perfil de la mujer que acababa de entrar voluntariamente en su jaula de cristal.

​—Julián ya es un cadáver que camina, leona —sentenció Gael, su voz bajando a un barítono bajo que vibró en el pecho de Leonela—. Mis hombres ya han tomado posiciones en el muelle 14 y el apartamento de tu hijo tiene un equipo táctico en la puerta desde hace dos horas. Nadie vuelve a tocar lo que me pertenece por contrato. A partir de hoy, eres una Vancini, y el mundo aprenderá a temerte tanto como me teme a mí.

​Leonela se apartó con un movimiento fluido, rompiendo el contacto físico pero manteniendo la fijeza de su mirada. Sabía que las puertas de hierro de la Torre Vancini se habían cerrado tras ella de forma definitiva. La transacción estaba sellada en tinta y sangre residual del pasado familiar.

Gael recogiendo los folios firmados con una satisfacción sombría, mientras Leonela, con el pulso aún desbocado y la piel encendida por el toque del monstruo, caminaba hacia el ventanal para observar la ciudad que ahora, bajo una nueva y terrible luz, empezaba a pertenecerle a su cautiverio. La leona había elegido su bando en el mercado negro del poder, y el juego por la supervivencia de su príncipe acababa de entrar en su fase más peligrosa.

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Celina Espinoza
sgddyf HH cfffnfdgñhcefghXfdsjxdhvcczdg.vccfbmbcfssgmvxfdhojcdtlnvzxfhvnx
neumidia ruiz
listo Gael el niño ya toco tu corazón no te hagas el duro
neumidia ruiz
esta muy interesante 👍 pinta buena
Celina Espinoza
super buena 🙏🥰
valeska garay campos
se lee interesante 👀
celimar
exelente capitulo 🥰👏👏
Joanny Millán
me encanta 😍
Fernanda
👍👍 excelente
Celina Espinoza
exelente capitulo 🥰🥰
Fernanda
es increíble el nene con cada pregunta 👍👏y Gael siempre queda 🤭
Fernanda
👍👍👏
Celina Espinoza
me encanta cada episodio 👏🥰y cada interacción de el niño me muero
Fernanda
me encanta santiago siempre tiene una nueva curiosidad 👍🥰
celimar
me encanta como Santiago entra como dueño de su casa 🤭🥰y pone a Gael nervioso con cada pregunta 🥰
celimar
exelente 👏🥰me gusta
Fernanda
👍👍❤️
celimar
me gusta tu historia gracias por compartirla 👏🥰
Fernanda
👍👍🥰
Fernanda
el niño es muy curioso 🥰☺️🤭le da el toque de humanidad al prota
Celina Espinoza
👏🥰gracia me gusta tu historia
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