Durante diecisiete años, Woo-jin ha vivido sin salir casi nunca de su propiedad, cumpliendo cada enseñanza y promesa que le dejó su padre antes de fallecer: cuida los huertos, prepara remedios con hierbas de la zona, mantiene las defensas y nunca revela que puede transformarse. Cree que el mundo sigue igual hasta que empieza a ver humo en el horizonte, encuentra animales muertos con marcas extrañas y descubre visitantes que no deberían estar ahí. Al abrir por fin la zona sellada del sótano, lee los informes completos: el virus de la Niebla Gris se extendió hace meses, la corporación Hanbiotech busca apoderarse de su investigación y él lleva todo este tiempo completamente aislado sin saberlo. Ahora deberá poner a prueba todo lo que aprendió, usar su secreto por primera vez y proteger su hogar con sus propias manos.
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Capítulo 6: Lo que encontró en la carretera
La madrugada llegó lenta y pesada, como si el tiempo mismo se hubiera detenido para alargar su angustia. Choi Woo-jin no había logrado conciliar el sueño ni un solo instante desde que regresó al refugio. Se había mantenido sentado junto a la ventana entreabierta, con la mano apoyada firmemente sobre el arco que siempre tenía a su alcance, escuchando atentamente cada sonido que llegaba desde el bosque. El viento agitaba las ramas de los pinos, el agua del arroyo corría suavemente a lo lejos, pero entre todos esos ruidos conocidos, su oído atento buscaba otro: los pasos torpes, los gruñidos ahogados, cualquier señal de que aquello en lo que se había convertido el hombre seguía merodeando por allí cerca.
Por mucho que su razón le dijera que esa persona ya no existía, que lo que quedaba era solo una amenaza sin conciencia ni recuerdos, su corazón se negaba a aceptarlo por completo. Aún resonaba en sus oídos la voz suplicante del joven, la forma en que lo miró esperando que él fuera su salvación, y el dolor que sintió al ver cómo su rostro cambiaba, perdiendo toda humanidad ante sus propios ojos. Se levantó y caminó despacio hacia el rincón donde descansaba el retrato de su padre. Lo tomó entre sus manos y acarició el marco de madera desgastada.
—Tú ya sabías que esto podía pasar, ¿verdad? —susurró con la voz quebrada—. Me enseñaste todo para sobrevivir, pero nada me preparó para tener que ser yo quien ponga fin a alguien que pide ayuda. ¿Qué debo hacer ahora?
El silencio fue su única respuesta, y comprendió que desde que su padre partió, todas las decisiones pesaban solo sobre sus hombros. Cuando apenas comenzaron a clarear las primeras luces grises del alba, decidió que no podía quedarse allí esperando a que el peligro viniera a su puerta. Si ese ser seguía suelto, tarde o temprano encontraría el rastro de su hogar, y quizás traería a muchos más con él. Debía terminar lo que había comenzado y descubrir qué más había en ese mundo que de repente se había vuelto tan hostil.
Se preparó con extremo cuidado. Mantuvo su apariencia masculina, pues esa era la única cara que debía ver cualquier extraño que aún anduviera por la zona. Se ajustó cada parte de su vestimenta tradicional: las túnicas de lino grueso que él mismo había tejido siguiendo las instrucciones de los cuadernos de su padre, las polainas de cuero curtido para protegerse de las espinas y el frío, y la faja donde guardaba su navaja más afilada. Recogió su largo cabello negro en una trenza bien apretada para que no le estorbara en ningún momento, revisó una por una las puntas de sus flechas y salió al exterior asegurándose de dejar todas las defensas bien activadas.
Caminó siguiendo las huellas que ambos habían dejado el día anterior. El bosque parecía diferente bajo esa luz temprana: los árboles se veían más altos y sombríos, el silencio era tan profundo que hasta su propia respiración le parecía demasiado ruidosa. Iba repasando mentalmente todo lo que sabía sobre el terreno, los atajos, los lugares donde podía ocultarse y los puntos altos desde donde vigilar sin ser visto. Todo aquello que su padre le había enseñado paso a paso, día tras día, desde que era un niño pequeño, ahora adquiría un sentido mucho más grave y urgente.
Al llegar al claro donde se habían separado, comprobó que el ser ya no estaba allí. Las marcas en la tierra húmeda mostraban que había bajado en línea recta hacia el camino principal, aquel que cruzaba la falda de la montaña y comunicaba con los pueblos y zonas habitadas. El corazón se le encogió al pensar que justo por allí debían haber pasado tantas personas a diario, y ahora quizás ya no quedara nadie sano en muchos kilómetros a la redonda. Siguió el rastro con sumo sigilo, manteniéndose siempre cubierto por la vegetación, hasta que finalmente los árboles se abrieron y pudo ver la carretera extendiéndose ante él.
Lo que encontró allí le hizo detenerse en seco, sintiendo como si el aire le hubiera sido arrebatado de golpe. No era simplemente un camino vacío: era un escenario de desolación absoluta. Vehículos de todos los tamaños estaban abandonados por doquier: automóviles particulares, camionetas de carga, autobuses, algunos chocados violentamente unos contra otros, otros simplemente estacionados con las puertas abiertas de par en par, como si sus ocupantes hubieran salido huyendo con la mayor prisa posible sin importarles nada más. Por todo el suelo se veían pertenencias esparcidas: maletas volcadas, ropa, alimentos que ya se habían echado a perder, juguetes, libros, fotografías y documentos de identidad. Todo aquello que conformaba la vida de tantas personas, ahora tirado y olvidado bajo la bruma matutina.
Entre todos esos restos, distinguió también las huellas deformes y torpes de los infectados, muchas más de las que hubiera deseado ver. Algunas iban en grupo, otras iban y venían sin rumbo fijo. Y más adelante, cerca de un gran camión de carga, vio a aquel que buscaba. Se movía con pesadez, golpeando una y otra vez contra la chapa metálica sin parecer sentir el dolor ni tener un propósito claro. Ya no quedaba nada en él de aquel hombre que pidió auxilio: su postura estaba deformada, su ropa rasgada y su forma de actuar denotaba que había pasado a ser uno de los tantos seres sin razón que ahora vagaban por la zona.
Woo-jin sabía que debía hacerlo ahora, mientras estaba solo y distraído, pero al levantar el arco sus manos le temblaron visiblemente. Cerró los ojos un instante y volvió a ver al joven sonriendo seguramente a su familia antes de todo esto, trabajando sin saber el peligro que suponía la corporación para la que laboraba.
—Perdóname —murmuró con voz entrecortada—. Descansa ahora, ya terminó tu sufrimiento.
Tensó la cuerda con toda la fuerza que pudo reunir, apuntó con la precisión que tantos años de práctica le habían dado y soltó la flecha. Esta vez no hubo fallo ni herida leve: dio justo en el punto necesario y todo quedó en silencio absoluto en ese lado de la vía.
No se permitió detenerse mucho tiempo allí, pero aprovechó esos minutos para buscar entre los objetos abandonados todo aquello que pudiera darle respuestas claras. Encontró comunicados oficiales manchados de barro y agua: *“Estado de emergencia nacional. El Virus de la Niebla Gris se transmite por contacto directo y por el aire en zonas afectadas. La transformación es irreversible una vez que aparecen los síntomas. No bajen a carreteras ni salgan de refugios seguros. Cualquier persona infectada deja de ser quien era”*. También halló un mapa grande de toda la región donde aparecían marcados con cruces rojas los puntos donde ya habían confirmado presencia del virus, y entre ellos, las rutas que llevaban directamente hacia su zona aislada.
Guardó todo con mucho cuidado dentro de su bolsa de lona, sintiendo un frío profundo que le recorría los huesos. Ahora comprendía que su aislamiento no había sido casual ni un simple capricho de su padre: había sido su única oportunidad de sobrevivir a todo esto. Y aunque ahora tenía más información, también sabía que el peligro se acercaba cada vez más, que había distintos tipos de esas criaturas acechando y que él estaba absolutamente solo para enfrentarse a todo ese mundo que ya no existía como antes.
Regresó a su hogar recorriendo los senderos más ocultos y seguros que conocía, con la mente llena de preguntas y el corazón pesado. Al cruzar el umbral de su puerta y volver a asegurar cada cerrojo, se dejó caer sentado en el suelo del pasillo, mirando fijamente hacia la puerta sellada del sótano. Ya no había duda: el mundo que su padre conoció y el que él mismo había creído conocer, se había desmoronado por completo. Y solo allí abajo, tras esa puerta prohibida, estaba la verdad completa sobre todo esto, sobre la corporación Hanbiotech y sobre él mismo.
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