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Las Cuatro De La Medianoche.

Las Cuatro De La Medianoche.

Status: Terminada
Genre:Fantasía épica / Mundo de fantasía / Mundo mágico / Completas
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Leydis Ochoa

Cuando la noche hace un pacto con la luz, nacen juramentos que ni el tiempo osa romper.

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Capítulo 4 — Secretos no Pronunciados

Sus ojos brillaban con secretos que no habían pronunciado. El silencio que siguió a la destrucción del Relicario no era de paz, sino de una tensión eléctrica que amenazaba con fragmentar la frágil alianza que acababan de forjar. Sobre la Meseta de los Lamentos, el viento soplaba con una saña renovada, arrastrando cenizas de recuerdos que no les pertenecían. La marca en sus manos —ese grabado de luz y sombra que latía al ritmo de sus corazones— era un recordatorio constante de que ya no eran dueñas de sus propios destinos.

Ravenna Shadow caminaba a la zaga, con la mirada fija en el Tomo de los Equilibrios. Las páginas, antes blancas o amarillentas, ahora estaban teñidas de un gris tormentoso. Sabía que la Corona no les había otorgado poder de forma gratuita; les había dado una carga. Miró a Lyraka, cuya espalda estaba tensa como una cuerda de arco; a Xylia, cuyo resplandor dorado parecía herir la oscuridad circundante; y a Shapira, que caminaba en un mutismo absoluto, con los ojos perdidos en un horizonte que solo ella podía ver.

—Tenemos que detenernos —dijo Ravenna, su voz cargada de una fatiga que no era física, sino espiritual—. El mapa ha cambiado. El camino hacia el Valle de los Susurros no está donde debería. La geografía de este reino está respondiendo a nuestra presencia.

Lyraka se detuvo en seco, girándose con una violencia contenida. Sus cuernos de obsidiana parecieron absorber la poca luz que quedaba en el ambiente.

—¿Detenernos? —escupió Lyraka—. Acabamos de activar una señal que probablemente sea visible desde las Tierras Altas. Los vigías de la superficie, esos mismos que Xylia dice conocer tan bien, estarán sobre nosotras antes del próximo ciclo de luna. No tenemos el lujo de descansar, Ravenna.

Xylia Brook dio un paso adelante, y el metal de su armadura emitió un tintineo melódico que contrastaba con la brusquedad de Lyraka.

—Lyraka tiene razón en algo: no estamos seguras —admitió Xylia, suavizando su tono—. Pero Ravenna tiene razón en lo más importante. Si avanzamos a ciegas, nos entregaremos directamente a las fauces de lo que sea que esté devorando el equilibrio. Siento... siento una vibración en mi armadura. No es el sol, es algo más frío. Algo que nos está llamando.

Shapira Void, que seguía sin poder hablar debido a su sacrificio, se acercó a una de las piedras rúnicas que bordeaban el camino. Con un dedo pálido, trazó un símbolo en el aire. De su mano brotó una voluta de humo negro que formó la imagen de un ojo llorando sangre. Luego, señaló hacia el norte.

—¿Vigilancia? —tradujo Ravenna, interpretando el gesto—. No. Dice que el ojo que nos busca ya está aquí. No en la distancia, sino en la sombra que proyectamos.

Un escalofrío recorrió el grupo. La idea de que el enemigo no fuera un ejército, sino una infiltración en su propia esencia, era aterradora. Lyraka apretó los dientes, su mano derecha volviendo a la empuñadura de su daga de humo.

—Entonces hablemos de lo que no hemos dicho —dijo Lyraka, clavando su mirada en Xylia—. Tú, la "elfa de luz". ¿Por qué una de nuestra estirpe viste el metal de los que nos cazan? Tu armadura no es solo defensa, Xylia. Es un estandarte. ¿A quién le eres fiel realmente? ¿A nosotras o al recuerdo de la gloria que tus padres intentaron comprar con oro?

Xylia retrocedió un paso, como si las palabras de Lyraka le hubieran dolido más que una herida física. Sus ojos azules se llenaron de una chispa de indignación mezclada con una tristeza profunda.

—No te atrevas a juzgar lo que no entiendes, Lyraka —respondió Xylia, su voz temblando por la emoción—. Mi familia no compró nada. Fuimos los primeros en ser traicionados cuando la superficie decidió que el mundo era demasiado pequeño para dos tipos de luz. Llevo este metal para que no olviden que la luz también puede pertenecer a la noche. Es mi prisión y mi arma. ¿Y qué hay de ti? Esos cuernos... dicen que los de tu clan solo los desarrollan cuando el odio supera a la razón.

Lyraka soltó una risa amarga, una que nació desde lo más profundo de sus pulmones y murió en un suspiro quebrado.

—El odio es lo único que me mantuvo viva cuando tu "luz" quemó mis bosques —dijo Lyraka—. Estos cuernos no son odio, Xylia. Son la respuesta de la tierra a la injusticia. Son mi orgullo porque son mi cicatriz.

Ravenna intervino antes de que la discusión escalara a algo irreparable. Se colocó entre las dos, levantando el Tomo.

—¡Basta! —ordenó—. Cada una de nosotras carga con un secreto que nos avergüenza o nos consume. Shapira ha entregado su voz para que pudiéramos entrar al relicario. Yo cargo con la culpa de haber leído verdades que nadie debería conocer. Xylia viste su dolor en oro y Lyraka lo lleva en sus sienes. Si no podemos aceptar que estas heridas son las que nos hacen las piezas perfectas para este equilibrio, entonces la Corona nos destruirá antes de que lleguemos al altar final.

Shapira se acercó a Lyraka y, con una suavidad inesperada, puso una mano sobre su hombro. No hubo palabras, pero la transmisión de empatía fue tan clara como un grito. Las cadenas de Shapira dejaron de agitarse, colgando lánguidas, compartiendo el peso del momento.

Lyraka bajó la cabeza, dejando que su cabello oscuro ocultara parte de su rostro. El silencio que siguió fue diferente al anterior; era un silencio de reconocimiento mutuo. Sabían que, a pesar de sus orígenes y sus miedos, estaban atadas por un hilo invisible que era más fuerte que cualquier rencor antiguo.

—El Valle de los Susurros está a tres jornadas de aquí —dijo finalmente Ravenna, consultando su libro con una nueva determinación—. Allí encontraremos el Libro de los Cantos Encadenados. Solo con ese libro podremos entender el sacrificio final que la Corona exige. Pero el valle es traicionero; se alimenta de la duda.

—Que se alimente de lo que quiera —murmuró Lyraka, enderezándose. Su presencia volvía a ser imponente, casi feroz—. Ya no nos queda mucha duda que ofrecer. Solo nos queda el camino.

Comenzaron a caminar nuevamente, pero esta vez lo hicieron en una formación más cerrada. El entorno parecía haber escuchado su resolución, pues la niebla de la meseta se abrió ligeramente, permitiendo que la luz de la lluvia de estrellas, ahora más tenue, iluminara sus pasos. Cada una de ellas era un enigma, una nota en una canción que aún no terminaba de componerse. La noche las envolvía como una madre severa, recordándoles que eran sus hijas predilectas, enviadas a arreglar lo que los padres de la luz habían roto.

Caminaron hacia la penumbra del bosque que se extendía al pie de la meseta, donde los árboles tenían rostros y el viento susurraba promesas de olvido. No tenían miedo del olvido, tenían miedo de no ser recordadas por lo que realmente eran.

Una de ellas llevaba cuernos como advertencia y orgullo.

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