¿Cuánto peso puede soportar un secreto antes de romperte por dentro?
Al principio, Jester y Yelina eran dos extraños unidos por un amigo en común. No había chispas, ni conexión, ni interés. Pero el roce diario y la complicidad silenciosa fueron tejiendo un lazo que ninguno de los dos vio venir. Se volvieron refugio, confidentes, mejores amigos.
Y fue ahí, en la calidez de esa cercanía, donde Yelina se perdió. Enamorarse de él fue inevitable; aceptar que nunca sería correspondida, una dolorosa certeza. Para salvar la amistad que tanto le costó construir, Yelina decide condenarse al silencio. Una historia sobre el amor que prefiere callar para no perder lo que más quiere en el mundo.
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Si, En Todas Nuestras Frecuencias
El jardín del resto-bar "El Refugio" de Jester había sido transformado en un escenario de ensueño. Las luces tenues de neón que Gonzalo tanto amaba se entrelazaban con arreglos de flores silvestres y velas flotantes, creando una atmósfera íntima y moderna. Cuando la música comenzó a sonar —una melodía de jazz suave reproducida a través de los altavoces que mi novio había construido con tanto esmero— el aire pareció volverse más denso. Tomada del brazo de mi padre, di el primer paso hacia el altar de madera.
Al final del pasillo estaba él. Gonzalo vestía un traje de sastre azul medianoche que estilizaba su figura de uno con setenta. No tenía la estatura imponente de Jester, pero para mí, en ese momento, se veía como el hombre más gigantesco y seguro del universo. Tenía los ojos fijos en mí, brillantes, devorándome con una mezcla de asombro y devoción absoluta. Pude ver cómo tragaba saliva, intentando contener la emoción desbordante que amenazaba con hacerle perder la compostura. A su lado, Jester, impecable como padrino de bodas, le dio una palmada discreta en la espalda, un gesto de pura hermandad que me hizo sonreír.
Cuando llegué a su lado, mi padre depositó mi mano sobre la suya. El contacto de la piel de Gonzalo, cálida, áspera por su trabajo pero sumamente delicada al entrelazar sus dedos con los míos, me devolvió el eje.
—Estás más hermosa de lo que mis mejores cálculos pudieron predecir —susurró al oído, haciéndome sonreír en medio de la solemnidad del momento.
La ceremonia fue un reflejo de lo que éramos: sincera, sin protocolos excesivos y llena de risas compartidas. Cuando llegó el momento de los votos, Gonzalo tomó el micrófono, me miró directo a los ojos y dejó de lado el papel que llevaba en el bolsillo.
—Yadira, pasé años siendo el espectador de tus silencios, reparando cables mientras esperaba que un día miraras en mi dirección. La electrónica me enseñó que la energía nunca se destruye, solo se transforma. Y mi amor por ti se transformó de una hermosa amistad en el motor de mi vida. Prometo ser tu cable a tierra cuando tus pensamientos se sobrecalienten, prometo amar tus imperfecciones y celebrar tu éxito, y sobre todo, prometo mantener nuestra sintonía perfecta en cada frecuencia del futuro.
Las lágrimas rodaron por mis mejillas, libres y sin timidez. Cuando llegó mi turno, mi voz tembló, pero la seguridad de su mano sosteniendo la mía me dio la fuerza.
—Gonzalo, me pasé la vida buscando una perfección matemática que no existía, hasta que llegaste tú con tus chistes, tus herramientas y tu paciencia a enseñarme que el desorden de la vida es hermoso si se comparte con la persona correcta. Gracias por derribar mis murallas, por amarme tal como soy y por ser el refugio donde por fin puedo ser libre. Sí, acepto ser tu esposa en todas nuestras frecuencias.
—Los declaro marido y mujer —pronunció el juez—. Puede besar a la novia.
Gonzalo no esperó un segundo más. Rodeó mi cintura con sus brazos, pegando mi cuerpo al suyo con una urgencia contenida, y me plantó un beso apasionado, profundo, que hizo resonar los aplausos y los gritos de alegría de Caliope, Jester y todos nuestros invitados. La fiesta que siguió fue un torbellino de felicidad: Jester preparó los cócteles de autor más espectaculares detras de la barra, Caliope nos arrastró a la pista a bailar hasta que los pies nos dolieron, y Gonzalo y yo no dejamos de mirarnos, conscientes de que la verdadera celebración apenas comenzaba. Entrada la madrugada, nos despedimos del grupo con la promesa de vernos al regreso de la luna de miel, subiendo a un auto que nos llevaría directo a la cabaña privada que habíamos alquilado frente al lago, listos para inaugurar nuestra intimidad como esposos.
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