Bella campesina y rico citadino se aman contra la voluntad de él. Ella sufre humillación en la ciudad. Él cambia. Ella huye. Él la busca. Celos, maldad y un embarazo los unen para siempre.
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Capítulo 5: La serpiente en el jardín
Los días pasaron y la presencia de Elena se volvió una constante en la vida de Lucía y Sebastián. La joven de cabello rojizo encontraba siempre una excusa para visitarlos: traía dulces que había horneado, pedía prestado algún utensilio de cocina, o simplemente "pasaba a saludar" mientras daba su paseo diario. Don Justo, que había conocido a Elena desde niña, no veía mal sus visitas. Incluso le parecía que su amistad con Lucía era beneficiosa para su hija, que últimamente parecía demasiado ensimismada con el forastero.
Pero Lucía comenzó a notar cosas que antes no había percibido. Elena siempre se sentaba junto a Sebastián en la mesa. Elena siempre encontraba la manera de tocarle el brazo o el hombro al hablarle. Elena siempre reía más fuerte cuando él decía algo gracioso. Y Sebastián, aunque no correspondía a sus coqueteos, tampoco las rechazaba con firmeza. Lucía sabía que él no quería ser grosero, pero esa cortesía que tanto admiraba en él comenzaba a convertirse en una espina en su corazón.
Una mañana, mientras Lucía preparaba el desayuno, Elena llegó a la casa con una cesta de frutas recién cortadas.
—¡Buenos días, Lucía! —exclamó con su habitual entusiasmo—. Le traje algunas naranjas a Sebastián. Sé que le encantan.
Lucía arqueó una ceja.
—¿Cómo sabes que le encantan las naranjas?
Elena parpadeó, sorprendida por la pregunta.
—Me lo dijo ayer, mientras hablábamos. ¿No te contó?
—No —respondió Lucía, sintiendo un nudo en el estómago—. No me contó.
Elena sonrió con dulzura, pero sus ojos brillaron con un destello de satisfacción.
—Bueno, son cosas de la conversación. ¿Dónde está? Quiero darle las frutas.
—Está en el corral —dijo Lucía, señalando con la cabeza—. Pero no tardará en venir a desayunar.
—Entonces iré a buscarlo —dijo Elena, y salió casi corriendo antes de que Lucía pudiera detenerla.
Lucía se quedó en la cocina, con las manos temblorosas sobre la mesa. Sabía que no debía sentir celos. Sabía que Sebastián era un hombre leal. Pero la forma en que Elena se movía, hablaba y actuaba era como un veneno que se filtraba lentamente en su relación.
Desde la ventana, vio a Elena llegar al corral. Se acercó a Sebastián, que estaba reparando una herramienta, y le ofreció una naranja con una sonrisa amplia. Él la tomó y le dio las gracias. Luego Elena se inclinó, como si le dijera algo al oído, y Sebastián soltó una carcajada. Lucía sintió que el corazón se le rompía en mil pedazos.
Esa noche, Lucía no pudo ocultar su malestar. Durante la cena estuvo callada, apenas probando bocado. Sebastián notó su silencio y, cuando don Justo se retiró a descansar, la tomó de la mano.
—¿Qué te pasa, Lucía? Llevas todo el día seria.
Ella retiró su mano con brusquedad.
—¿Por qué no me cuentas lo que hablas con Elena cuando yo no estoy?
Sebastián la miró, confundido.
—¿Qué? Hablamos de cosas sin importancia. Ella me pregunta cómo está la ciudad, cómo eran mis negocios, esas cosas.
—¿Y por qué se ríen tanto? ¿Por qué se tocan tanto?
Sebastián se quedó en silencio un momento, procesando sus palabras.
—Lucía, ¿estás celosa de Elena? —preguntó, con una mezcla de incredulidad y ternura.
—No estoy celosa —dijo ella, con la voz quebrada—. Solo que... no me gusta cómo te mira. No me gusta cómo te busca siempre. Esa mujer ha cambiado, Sebastián. Ya no es mi amiga. Es otra persona.
—Elena solo es una vecina amable —dijo él, acariciándole la mejilla—. No hay nada entre nosotros. ¿Cómo puedes siquiera pensar eso?
—Porque la conozco —insistió Lucía—. La conozco desde niña. Y sé cuándo está tramando algo. Puede que tú no lo veas, pero yo sí.
Sebastián suspiró, sintiendo el peso de la discusión.
—Está bien, Lucía. Si te molesta, hablaré con ella. Le pediré que se aleje un poco. Pero no quiero que pienses que hay algo entre nosotras, porque no lo hay. Te lo juro.
Lucía asintió, pero su corazón seguía inquieto. Sabía que Sebastián era sincero, pero también sabía que Elena no se rendiría tan fácilmente.
A la mañana siguiente, Sebastián cumplió su promesa. Se encontró con Elena en el camino y, con la mayor cortesía posible, le pidió que redujera sus visitas.
—Mira, Elena —dijo, con tono amable pero firme—, aprecio tu amistad, pero creo que estás pasando mucho tiempo en nuestra casa. Lucía se siente incómoda, y no quiero que eso afecte nuestra relación.
Elena lo miró con sus ojos verdes, fingiendo sorpresa.
—¿Incomoda? ¿Lucía se siente incomoda por mí? Pero si somos amigas de toda la vida. Yo solo quiero ayudarla, apoyarla. No entiendo por qué estaría incómoda.
—No lo sé —admitió Sebastián—. Pero por favor, dale su espacio.
Elena sonrió, pero sus ojos se volvieron gélidos.
—Por supuesto, Sebastián. Haré lo que tú digas. Después de todo, tú eres el que manda, ¿no?
Esa misma tarde, Elena fue a casa de don Justo mientras Sebastián estaba en el pueblo. Aprovechó que Lucía no estaba cerca para hablar con el viejo campesino.
—Don Justo —dijo, con voz preocupada—, quería hablar con usted sobre algo importante.
—Dime, hija —respondió él, confiado.
—He notado cosas raras entre Sebastián y Lucía. Cosas que quizá usted no ve porque es su hija y siempre quiere lo mejor para ella.
Don Justo frunció el ceño.
—¿A qué te refieres?
—Sebastián ha estado... bueno, digamos que no es tan fiel como parece. Ayer lo vi hablando con una mujer en el pueblo. Una mujer joven y bonita. Y parecían muy íntimos.
Don Justo sintió que la sangre se le subía a la cabeza.
—¿Estás segura de lo que dices?
—Completamente —mintió Elena—. Solo quería decírselo porque Lucía es mi amiga, y no quiero que sufra. Pero usted es su padre, y debe saberlo para protegerla.
Don Justo apretó los puños. Su desconfianza hacia Sebastián, que había estado disminuyendo con el tiempo, estalló con fuerza renovada.
—Gracias por decírmelo, Elena. Yo me encargaré.
Esa noche, cuando Sebastián regresó del pueblo, don Justo lo esperaba en la puerta con el rostro encendido.
—¿Dónde has estado? —preguntó, sin preámbulos.
—En el pueblo, señor Justo. Comprando algunas herramientas que necesitábamos.
—¿Y con quién estuviste? —insistió el viejo.
Sebastián lo miró, desconcertado.
—Con nadie. Fui solo.
—¡No me mientas! —gritó don Justo—. ¡Me han dicho que te vieron con otra mujer! ¿Acaso juegas con mi hija mientras le eres infiel?
Lucía salió corriendo de la casa al escuchar los gritos.
—¿Qué está pasando? —preguntó, asustada.
—Tu novio —espetó don Justo, señalando a Sebastián—, parece que no es tan fiel como dice ser.
Sebastián dio un paso atrás, sintiendo que el mundo se derrumbaba.
—¡No es cierto! ¡No he estado con nadie! ¿Quién dijo eso?
—Elena —dijo don Justo—. Tu amiga Elena lo vio.
Lucía sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Se volvió hacia Sebastián con los ojos llenos de lágrimas.
—¿Es verdad?
—¡No, Lucía! —gritó él, desesperado—. Elena mintió. No sé por qué lo hizo, pero te juro que no he estado con nadie. Te lo juro por nuestra vida.
Pero la duda ya estaba plantada. Lucía recordó todas las veces que Elena había insinuado algo, todas las veces que había sembrado sospechas. Y aunque su corazón le decía que Sebastián era inocente, su mente comenzó a envenenarse con la duda.
—Sal de mi casa —dijo don Justo, apuntando hacia la puerta—. Vete y no vuelvas.
—¡No puedo irme! —suplicó Sebastián—. ¡Amo a su hija!
—¿Amor? —escupió don Justo—. Si realmente la amaras, no le harías esto.
Lucía, sin poder soportar más, rompió a llorar y corrió a su habitación. Desde la ventana, vio a Sebastián salir del patio con la cabeza gacha, el cuerpo tembloroso de rabia y tristeza.
Elena, desde la distancia, observaba la escena con una sonrisa de triunfo. Su plan estaba funcionando. Poco a poco, iba a destruir la relación de Lucía y Sebastián para quedarse con él.
Pero esa noche, mientras lloraba en su cama, Lucía recordó los ojos de Sebastián cuando le juró su amor. Recordó sus manos callosas, su esfuerzo por adaptarse al campo, su sonrisa al verla cada mañana. Y supo, en lo más profundo de su ser, que había cometido un error al dudar de él.
A la mañana siguiente, Lucía salió a buscarlo. Lo encontró en el viejo molino, sentado en el suelo con el rostro entre las manos.
—Sebastián —dijo, con voz temblorosa.
Él levantó la cabeza y sus ojos grises se encontraron con los suyos. Estaban enrojecidos, como si hubiera llorado toda la noche.
—¿Crees que mentí? —preguntó él, con una voz quebrada.
—No —respondió ella, arrodillándose a su lado—. Creo en ti. Perdóname por dudar.
Sebastián la abrazó con fuerza, y ambos sintieron que el amor, a pesar de todo, seguía intacto.
—Elena nos quiere separar —dijo él—. No sé por qué, pero lo está haciendo.
—Yo también lo sé ahora —respondió Lucía—. Pero no lo permitiremos. Vamos a enfrentarla juntos.
—Juntos —repitió él, besándole la frente—. Siempre juntos.
Pero en la distancia, Elena observaba desde la ventana de su casa. Y su sonrisa se volvió más afilada.
—Esto apenas comienza —susurró—. Aún no han visto nada.