Valeria Bellucci jamás imaginó que terminaría casada con el hombre más poderoso y frío de la ciudad.
Acorralada por las deudas de su familia, acepta un matrimonio por contrato con Enzo Ricci, un CEO multimillonario conocido por destruir a cualquiera que se interponga en su camino.
Las reglas eran simples: — No enamorarse.
— No interferir en la vida del otro.
— Mantener la apariencia de un matrimonio perfecto.
Pero vivir bajo el mismo techo con un hombre obsesivo, dominante y lleno de secretos hará que Valeria descubra que detrás de aquella mirada fría existe un pasado capaz de destruirlos a ambos.
Lo que comenzó como un simple acuerdo terminará convirtiéndose en una guerra de celos, deseo y sentimientos prohibidos.
Porque algunos contratos pueden firmarse con tinta…
pero otros terminan grabándose en el corazón.
NovelToon tiene autorización de Mahary Garcia para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPITULO 4 - LA CONFERENCIA
El edificio al que me llevó Enzo Ricci parecía más un hotel de lujo que un salón de belleza.
Enormes puertas de cristal.
Pisos de mármol blanco.
Candelabros brillando sobre nuestras cabezas.
Perfume caro impregnando el aire.
Todo era excesivamente elegante.
Y yo me sentía completamente fuera de lugar.
Apenas entramos, varias personas comenzaron a moverse de inmediato alrededor de nosotros.
—Buenos días, señor Ricci.
—Todo está preparado.
—La prensa llegará en dos horas.
Enzo apenas asentía mientras caminaba con absoluta seguridad por el lugar, como si estuviera acostumbrado a que el mundo entero se acomodara a su alrededor.
Y probablemente así era.
Yo seguía intentando procesar todo cuando una mujer elegante se acercó sonriendo.
—Así que ella es la prometida.
La manera en que me observó hizo que me sintiera analizada de pies a cabeza.
—Soy Helena —dijo extendiendo la mano—. Me encargaré de tu imagen hoy.
Imagen.
Claro.
Porque al parecer ahora yo era parte de la imagen pública de Enzo Ricci.
Antes de que pudiera responder, Helena ya me estaba guiando hacia otra habitación.
—Tenemos muchísimo trabajo.
Volteé rápidamente hacia Enzo.
—¿Trabajo?
Él levantó la mirada de su teléfono apenas un segundo.
—Confío en que harán milagros.
Fruncí el ceño inmediatamente.
—¿Eso se supone que fue un insulto?
Por primera vez desde que lo conocía, una sonrisa real apareció en los labios de Enzo.
Pequeña.
Pero suficiente para hacer que mi corazón se acelerara estúpidamente.
—Depende de cómo quieras interpretarlo.
Lo odiaba.
Definitivamente lo odiaba.
Dos horas después apenas podía reconocerme frente al espejo.
Mi cabello oscuro caía en suaves ondas sobre mis hombros. El maquillaje era elegante y natural al mismo tiempo, resaltando mis ojos de una manera que jamás había visto antes.
Y el vestido…
Dios.
El vestido color vino abrazaba perfectamente mi cuerpo, elegante y sofisticado sin verse exagerado.
Me veía diferente.
No como la chica universitaria preocupada por pagar cuentas.
Me veía como alguien perteneciente al mundo de Enzo Ricci.
Y eso me asustaba un poco.
—Perfecta —murmuró Helena orgullosa.
La puerta detrás de nosotras se abrió lentamente.
Y el aire abandonó mis pulmones.
Enzo acababa de entrar.
Traje negro perfectamente ajustado.
Corbata oscura.
Cabello peinado hacia atrás.
Mandíbula tensa.
Se veía ridículamente atractivo
Pero fue la manera en que me miró lo que hizo que el ambiente cambiara por completo.
Porque Enzo Ricci dejó de caminar apenas sus ojos se encontraron con los míos.
El silencio llenó la habitación.
Sentí mi corazón golpear con fuerza contra mi pecho mientras él me observaba lentamente de arriba abajo.
Sin prisa.
Sin disimulo.
Y aquella mirada hizo que mi cuerpo entero se tensara.
Helena sonrió satisfecha.
—Creo que al señor Ricci le gustó el resultado.
Enzo seguía mirándome.
Demasiado.
Después de unos segundos finalmente habló.
—Déjanos solos.
La habitación quedó vacía casi inmediatamente.
Y entonces los nervios aparecieron de verdad.
Porque ahora estábamos solos.
Otra vez.
Enzo se acercó lentamente hasta quedar frente a mí.
Tan cerca que pude percibir nuevamente aquel perfume elegante que parecía perseguirme a todas partes.
Sus ojos grises recorrieron mi rostro con intensidad.
—No esperaba esto.
Tragué saliva.
—¿Eso es bueno o malo?
Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
—Todavía no lo decido.
Mi respiración se volvió inestable.
Odiaba el efecto que ese hombre tenía sobre mí.
Enzo levantó lentamente una mano y acomodó un mechón de cabello detrás de mi oreja.
El contacto fue suave.
Demasiado suave para alguien como él.
—Escúchame bien, Valeria —murmuró con voz baja—. Cuando salgamos ahí afuera todos estarán esperando encontrar una debilidad.
Mi corazón seguía latiendo demasiado rápido.
—¿Y si la encuentran?
Los ojos grises de Enzo se oscurecieron ligeramente.
—Entonces la destruirán.
Hubo algo frío en la manera en que lo dijo.
Algo real.
Como si conociera perfectamente la crueldad de ese mundo.
Enzo descendió lentamente la mirada hacia mis labios antes de volver a observarme.
La tensión entre nosotros se volvió insoportable.
Pesada.
Caliente.
Peligrosa.
Por un segundo olvidé completamente cómo respirar.
Y lo peor era que él parecía notarlo.
Su mano descendió lentamente desde mi cabello hasta rozar apenas mi mandíbula.
Un gesto pequeño.
Pero suficiente para incendiarme por dentro.
—¿Nerviosa? —preguntó en voz baja.
—Un poco.
La sonrisa de Enzo creció apenas.
—Bien.
Fruncí ligeramente el ceño.
—¿Por qué eso te hace feliz?
Él se inclinó un poco más hacia mí.
Tanto que pude sentir su respiración.
—Porque significa que todavía no confías en mí.
Mi corazón se detuvo por un segundo.
No esperaba esa respuesta.
Y antes de que pudiera decir algo, la puerta volvió a abrirse.
—Señor Ricci, la prensa está lista.
El momento desapareció inmediatamente.
Enzo volvió a ser frío. Controlado. Intocable.
Se apartó lentamente de mí y acomodó los puños de su camisa.
Como si hace apenas unos segundos no hubiera estado tocándome de aquella manera.
—Es hora, Valeria.
Respiré profundamente intentando tranquilizarme.
Pero apenas salimos del salón entendí que nada podría prepararme para lo que venía.
Cámaras.
Micrófonos.
Fotógrafos.
Decenas de personas esperando detrás de enormes puertas negras.
Y entonces sentí la mano de Enzo sujetando lentamente la mía.
Volteé sorprendida.
Él no me miró.
Simplemente entrelazó nuestros dedos con naturalidad antes de acercarse ligeramente a mi oído.
—Sonríe, futura señora Ricci.
Las puertas se abrieron.
Y el mundo entero explotó frente a nosotros.