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Destinos Entre Sombras

Destinos Entre Sombras

Status: En proceso
Genre:Romance / Matrimonio arreglado / Amor-odio
Popularitas:734
Nilai: 5
nombre de autor: Benito Leal

Diane acepta un matrimonio por contrato para proteger el honor de dos familias, pero pronto descubre que el apellido Valcárcel está sostenido por chantajes, desapariciones y secretos nacidos frente al mar. Entre ella y Eduardo surge un sentimiento que ninguno estaba destinado a sentir. Años después, una tumba guarda la última verdad de Santa Lucía.

NovelToon tiene autorización de Benito Leal para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 13 - Envidia manipulada

María hacía girar el anillo cuando deseaba quitarse la mano.

Lo había descubierto durante las primeras semanas del compromiso. Si empujaba la montura con el pulgar, el diamante recorría el dedo hasta ocultarse bajo la palma. Desde fuera parecía un gesto nervioso. Para ella era un ensayo: media vuelta más y la jaula desaparecía, aunque continuara cerrada alrededor de la piel.

En diciembre, la marca bajo el oro ya no se borraba.

Jacobo Llerena hablaba de la boda todas las tardes. Había elegido abril porque los negocios disminuían después de Semana Santa y perdería menos horas en el viaje nupcial. Había elegido la iglesia porque su familia ocupaba el segundo banco desde hacía veinte años. Había elegido la casa, el número de criados y el médico que atendería los futuros embarazos.

A María le permitió elegir las flores.

Cuando dijo que prefería lirios, Jacobo respondió que parecían flores de entierro y encargó rosas.

Aquella mañana, él examinó el vestido que María llevaría a la recepción de invierno de los Díaz.

—El escote es demasiado bajo.

—Está a la altura que recomendó la modista.

—La modista no tiene que proteger mi reputación.

—Es mi pecho.

Jacobo alzó una ceja.

—Dentro de cuatro meses serás mi esposa. Conviene que empieces a comprender la diferencia entre pertenencia y uso.

María giró el anillo.

No respondió. Su padre esperaba en el piso inferior con las cuentas de la tienda. Jacobo había pagado a dos proveedores y prometido cubrir la educación del menor de sus hermanos. Cada vez que María pensaba en negarse, aparecían aquellas cifras, alineadas como niños hambrientos delante de una puerta.

Llevó el vestido.

La casa de los Díaz había recuperado su brillo. Las lámparas del salón estaban encendidas, la plata relucía y los criados circulaban con bandejas donde ningún vaso permanecía vacío. La nueva maquinaria había hecho algo más que salvar la fábrica: había devuelto a Damaris el derecho de invitar a quienes fingieron no conocerla durante la crisis.

María entregó su capa y observó a Diane al otro lado del salón.

Llevaba un vestido verde oscuro. Liberto dormía bajo una mesa cercana, con una cinta dorada alrededor del cuello. Eduardo permanecía junto a ella, escuchando a Ernesto hablar de exportaciones. No sonreía, pero inclinaba el cuerpo cuando Diane decía algo, como si incluso entre tantas voces supiera distinguir la suya.

Los invitados consideraban la escena una prueba de amor.

María conocía la verdad y, aun así, sintió envidia.

No envidiaba a Eduardo. Envidiaba el espacio que dejaba alrededor de Diane. Nadie corregía su vestido. Nadie le pedía que bajara los ojos. El hombre con quien debía casarse parecía dispuesto a escuchar sus negativas, mientras Jacobo convertía cada respiración de María en propiedad futura.

—Hacen una pareja admirable —dijo Damaris a su lado.

María no la había visto acercarse.

—Eso dicen todos.

—Tú no pareces convencida.

—Conozco a Diane.

Damaris siguió su mirada.

—Precisamente por eso me interesa tu opinión.

Un criado pasó con copas de vino. Damaris tomó una para María, aunque ella no la había pedido.

—Las amigas advierten cambios que una madre no puede ver —continuó—. Silencios, ausencias, afectos inconvenientes.

El anillo completó otra vuelta.

—Diane no me cuenta todo.

—Eso debe doler después de tantos años.

La frase encontró su sitio con demasiada facilidad. María pensó en la tarde de la carta, en la manera en que Diane había confiado el papel a Stefany sin preguntarle si ella también estaba dispuesta a arriesgarse. Pensó en Ester arrodillada ante Diane, ofreciendo consuelo como si la habitación solo pudiera contener una desgracia.

—Cada muchacha cree que su dolor es único —dijo Damaris—. Hasta que descubre que las demás también han tenido que obedecer.

—¿Diane obedece?

—Aprenderá.

Damaris bebió un sorbo y dejó que el silencio trabajara.

—Don Guillermo posee influencia sobre muchos comerciantes de Santa Lucía —añadió—. Eduardo también, aunque se esfuerce en ocultarlo. Una amistad sincera con nuestra familia puede abrir puertas. Incluso cerrar compromisos poco convenientes.

María miró hacia Jacobo. Él hablaba con su padre cerca de la chimenea. Ambos reían sobre algo escrito en una libreta de cuentas.

—No comprendo lo que insinúa.

—No he insinuado nada. Solo digo que quienes protegen a Diane recibirán nuestra gratitud. Quienes la ayuden a destruirse tendrán que responder por ello.

Damaris se alejó para saludar a otros invitados.

La copa permaneció entre los dedos de María. El vino temblaba. No era una oferta completa ni una amenaza completa. Era algo más eficaz: una puerta entreabierta hacia la cual solo ella podía decidir caminar.

Buscó a Diane.

La encontró en la terraza cubierta, arrodillada junto a Liberto. Stefany estaba con ella. Diane sacó algo del interior del guante y lo colocó bajo la cinta dorada del cachorro. Stefany cubrió el movimiento abriendo su abanico.

María se detuvo detrás de la cortina.

—El establo, mañana después del segundo toque —susurró Stefany.

—Es domingo —dijo Diane.

—Lo sé. Iván insiste. Dice que no puede esperar hasta el martes.

—La regla…

—La regla no va a detenerlo. Tú quizá sí.

Liberto levantó las orejas. María retrocedió antes de que el animal ladrara y regresó al salón.

Su corazón golpeaba con violencia, no por el peligro de haber sido descubierta, sino porque ahora poseía algo que los demás necesitaban.

Algo que podía intercambiar.

Esperó hasta que Eduardo abandonó el grupo de Ernesto para dirigirse a la biblioteca. Lo siguió. La puerta quedó abierta, como exigía la decencia, pero las voces del salón impedían que alguien oyera desde lejos.

—Señor Valcárcel.

Eduardo se volvió. Llevaba una carpeta con listas de agentes portuarios bajo el brazo.

—Señorita María. ¿Busca algún libro?

—Busco ayuda.

La estudió sin invitarla a entrar.

—No suelo ser la primera persona que alguien elige para eso.

—Puede impedir mi matrimonio.

Eduardo miró hacia el salón.

—No tengo autoridad sobre su prometido.

—Su familia sí. Jacobo debe dinero a una compañía vinculada con su padre. Si esa deuda fuera reclamada o renegociada, mi padre dejaría de considerarlo nuestra salvación.

—Y encontraría otra.

—Necesito tiempo.

Aquellas palabras, pronunciadas por Diane en sus cartas, también pertenecían a María. Le produjo rabia comprobar que incluso su súplica parecía una prenda heredada de otra mujer.

—¿Qué espera que haga? —preguntó Eduardo.

—Hable con Don Guillermo.

—Mi padre no concede favores. Compra obediencia.

—Entonces dígame el precio.

Eduardo dejó la carpeta sobre una mesa.

—No tengo intención de comprarla.

—Pero necesita saber si Diane lo engaña.

La expresión de Eduardo no cambió. Solo su quietud se volvió más atenta.

—Continúe.

María hizo girar el anillo. Podía detenerse. Podía fingir que había hablado por despecho y regresar con Diane. La amistad aún existía detrás de ella como una casa cuya puerta no había terminado de cerrar.

—Antes del contrato, Diane se encontraba con Iván en los campos —dijo—. No eran encuentros casuales. Hablaban de marcharse cuando ella cumpliera dieciocho años.

—Ya lo sospechaba.

—Siguen comunicándose. Stefany lleva las cartas. Usan un pañuelo blanco en el invernadero y una cinta roja cuando hay peligro.

Eduardo bajó la mirada hacia la mano de María.

—¿Diane le confió esto?

—No. Me excluyó.

—Y ha decidido castigarla por ello.

—He decidido salvarme.

—Son verbos que las personas confunden con frecuencia.

María sintió calor en el rostro.

—Usted también utiliza el compromiso para algo que ella desconoce.

Por primera vez, Eduardo pareció sorprendido.

—No sé qué quiere decir.

—Ha preguntado a mi padre por agentes del puerto. Jacobo se burla de que el heredero Valcárcel necesite comerciantes menores para aprender rutas que debería conocer desde niño. Todos utilizan a todos. La diferencia es quién obtiene una salida.

Eduardo se acercó a la puerta y comprobó que nadie escuchaba.

—¿Cuándo piensa ver Diane a Iván?

—Mañana, después del segundo toque, en el establo.

—Es domingo.

—Por eso nadie lo espera.

El anillo dio otra vuelta.

—Ahora ayúdeme.

Eduardo permaneció en silencio. María buscó en su rostro la satisfacción de un hombre que acaba de descubrir la traición de su prometida. No encontró celos. Encontró preocupación.

—Hablaré con el administrador de la deuda —dijo al fin—. Averiguaré qué puede hacerse sin entregarla a mi padre.

—Quiero que se cancele el compromiso.

—No puedo prometerlo.

—Le he dado todo lo que sé.

—Y yo no le pedí que traicionara a su amiga.

María retrocedió.

—Pero acepta la información.

—Porque ahora debo impedir que los descubra alguien menos misericordioso.

—¿Va a destruirlos?

—No.

La respuesta fue firme.

—Entonces ¿por qué quería saber cuándo se verían?

—Porque Don Guillermo ha puesto hombres nuevos en la fábrica y uno vigila los establos los domingos. Si Iván entra, no saldrá con su empleo.

María miró hacia el corredor. La puerta de la amistad ya estaba cerrada. Lo supo no porque Diane conociera su traición, sino porque ella misma había cruzado demasiado lejos para regresar siendo la misma.

Durante un instante imaginó confesarlo todo. Podía correr hasta la terraza, tomar a Diane de las manos y advertirle que no fuera al establo. Podía decirle que Damaris había encontrado la grieta exacta por donde introducir el miedo. Pero entonces vio a Jacobo ajustando su reloj junto a la chimenea, dueño ya de las horas que ella todavía no había vivido, y el arrepentimiento se volvió otra cosa que no se atrevió a nombrar.

—Hay algo más —dijo.

Eduardo esperó.

—Iván pregunta por empleos en el muelle. Quiere abandonar los campos.

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