A Marisela no solo le arrebataron su libertad, acusándola de un crimen que no cometió; sino también a sus dos pequeños hijos, sus más grandes amores.
Tras tres años encerrada en prisión con una condena perpetua, un terremoto le da una oportunidad de escapar.
Ahora buscará encontrar justicia y sobre todo recuperar a sus hijos, en otro país, con una nueva identidad y un nuevo rostro, convertida en la esposa del cuñado de su ex.
¿Los culpables podrán salir ilesos ante la furia de una madre?
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20. Quiero que seas mía
Pasaron algunos días antes de que “Marjorie Lauder” aceptara la invitación de Fabricio al Il Luogo di Aimo e Nadia. Marjorie había elegido el risotto al zafferano con ossobuco, degustándolo con una lentitud que rozaba lo obsceno, sus labios cerrándose alrededor del tenedor con una precisión que hacía que el gesto más inocente pareciera una provocación, que había estudiado desde que se preparó para conquistar a Fabricio D’Angelo, quien había apenas probado su filetto alla griglia.
- “¿Te gustó?”, preguntó ella, dejando el tenedor sobre el plato y la pregunta no se refería a la comida.
Fabricio ajustó el nudo de su corbata, un gesto automático, casi defensivo. El tejido de seda italiana rozó sus yemas, recordándole que llevaba demasiado tiempo con ella puesta, demasiado tiempo conteniendo algo que no sabía nombrar.
- “Sabes que no es la comida lo que me tiene aquí”, respondió Fabricio, la voz más áspera de lo que pretendía.
Marjorie inclinó la cabeza, como si considerara su respuesta, aunque ambos sabían que ya tenía la suya preparada. Sus uñas, pintadas de un rojo oscuro que recordaba al vino que habían compartido, tamborilearon sobre el mantel.
- “¿Y qué te tiene aquí, entonces? ¿La necesidad de demostrar que puedes controlar esto también?”, preguntó Marjorie, bajando la voz hasta convertirla en un ronroneo que vibró en el espacio entre sus cuerpos.
El desafío lo golpeó. Fabricio apretó los dientes, sintiendo cómo la mandíbula le crujía. No era un hombre acostumbrado a que le devolvieran sus propias tácticas, y mucho menos con esa sonrisa que curvaba los labios de Marjorie, una sonrisa que decía sé exactamente lo que estás pensando.
- “No se trata de control”, mintió Fabricio.
Ella rio, un sonido bajo y cálido, se inclinó hacia adelante, justo lo suficiente para que el escote de su vestido negro se abriera un centímetro más, revelando el inicio de una curva que Fabricio había imaginado demasiado veces en las noches solitarias.
- “Claro que no. Se trata de que no sabes qué hacer conmigo, y eso te está volviendo loco”, susurró Marjorie.
Fabricio no respondió, no podía porque ella tenía razón, y admitirlo sería cederle un terreno que no estaba dispuesto a perder, pero entonces Marjorie hizo algo que lo desarmó por completo, se recostó en su silla, cruzando las piernas con una elegancia felina, y sacó del bolso un juego de llaves que dejó caer sobre la mesa.
- “Alquilé un departamento en la Via Montenapoleone, el hotel ya no me servía”, dijo Marjorie como si fuera lo más natural del mundo.
Las llaves brillaron bajo la luz, Fabricio las miró, luego a ella, y sintió cómo el peso de su propia respiración se volvía insoportable.
- “¿Una invitación?”, preguntó Fabricio, aunque sabía la respuesta.
Marjorie no sonreía ahora. Sus ojos avellanas lo atravesaban con una intensidad que lo hizo moverse en su silla.
- “No, solo es una pregunta”, dijo Marjorie tomándose su tiempo. “¿Vienes?”
Fabricio quedó en silencio, mirándola fijamente tratando de hallar una respuesta inteligente sin encontrar otra más que la que su instinto le gritaba.
Una hora después el ascensor del edificio en la Via Montenapoleone subía y Fabricio sintió el calor del cuerpo de Marjorie a su lado, aunque no se tocaban.
Cuando las puertas se abrieron, ella salió primero, sus tacones hundiéndose en la alfombra del pasillo. El departamento olía a pintura fresca y a limpieza profesional, pero bajo eso, casi imperceptible, estaba ella, el rastro de su piel en el aire, el calor que dejaba a su paso.
- “Bonito”, dijo Fabricio, aunque no estaba mirando las paredes de estuco veneciano ni los muebles de diseño italiano. Estaba mirando el modo en que el vestido de Marjorie se ceñía a sus caderas cuando se agachó para dejar las llaves sobre la consola de mármol.
Ella se dio la vuelta, apoyando las manos en el borde de la mesa, arqueando la espalda justo lo suficiente para que la tela del vestido se tensara sobre su trasero.
- “¿Solo bonito?”, preguntó, con una sonrisa que era pura provocación.
Fabricio dio un paso hacia ella, luego otro, hasta que el borde de sus zapatos rozó el dobladillo de su vestido. Podía oír su respiración, más rápida ahora, pero controlada.
- “No vine aquí a hablar del departamento”, dijo Fabricio, y antes de que pudiera pensarlo dos veces, su mano se cerró alrededor de su muñeca, tirando de ella hasta que sus cuerpos chocaron.
Marjorie no se resistió. Al contrario, se dejó llevar, pero cuando sus labios estuvieron a centímetros de los de él, se detuvo.
- “Dime una cosa primero. ¿Qué quieres de mí, Fabricio? Porque no soy una de tus conquistas fáciles, ni una empleada que va a doblarse porque tú lo ordenes”, cuestionó Marjorie.
La pregunta lo golpeó como un cubo de agua fría. Podía mentir, podía decirle lo que ella quería oír, pero algo en la manera en que lo miraba, como si ya supiera la respuesta, lo detuvo.
- “Quiero que seas mía”, admitió, las palabras saliendo con una rudeza que no había planeado.
Ella arqueó una ceja, pero no se apartó.
- “¿Tuya?”, repitió Marjorie, como si estuviera degustando la palabra.
Marjorie rió, un sonido oscuro y satisfecho, antes de cerrar el último centímetro entre ellos. Sus labios se encontraron en un beso que no era suave ni tierno, sino hambriento, casi violento. Fabricio gruñó contra su boca, sus manos bajando para agarrar sus caderas y apretar, como si pudiera fusionarla con su propio cuerpo. Ella respondió mordiéndole el labio inferior, lo suficientemente fuerte para que sintiera el pinchazo de dolor, antes de separarse con un suspiro tembloroso.
Lo empujó hacia el sofá de cuero negro, haciendo que cayera sentado con un gruñido. Antes de que pudiera reaccionar, ella estaba a horcajadas sobre él, las manos en su pecho, desabotonando su camisa con una urgencia que contrastaba con su habitual compostura.
- “Marjorie”, advirtió Fabricio, aunque su voz sonó más como una súplica que como una orden.
Los dedos de Marjorie se deslizaron por el pecho de Fabricio, trazando los contornos de sus músculos con una lentitud deliberada, como si estuviera memorizando cada surco entre sus costillas.
Fabricio contuvo el aliento cuando sus uñas rozaron el borde de su cinturón, pero antes de que pudiera reaccionar, ella retrocedió.
Se irguió frente a él, los labios aún hinchados por el beso, el vestido negro ceñido a sus caderas como una segunda piel. Fabricio intentó enderezarse en el sofá, pero el cuero frío bajo sus muslos lo mantuvo anclado al lugar, como si el mueble mismo conspiraba para recordarle que no estaba al mando. Ella lo observó mientras se ajustaba el escote del vestido con un gesto pausado, como si estuviera reorganizando sus pensamientos junto con la tela.
- “No es la posesión lo que quiero. Si crees que con decir "mía" vas a tenerme donde quieres, estás más perdido de lo que pensaba”, dijo Marjorie.
Fabricio apretó los puños sobre sus rodillas, los nudillos blanqueando bajo la tensión. El comentario lo puso nervioso. Había mujeres que jugaban al desdén para negociar, que fingían indiferencia para subir el precio, pero Marjorie no estaba negociando. Estaba sentenciando.
- “¿Y qué es lo que quieres, entonces?”, preguntó Fabricio, y el tono le salió más áspero de lo que pretendía. La frustración le quemaba en la garganta, mezclada con algo más oscuro, algo que se parecía peligrosamente a la necesidad.
Ella inclinó la cabeza, estudiándolo como si fuera un problema matemático complejo.
- “Quiero que admitas que no me controlas. Que no me vas a controlar. Y si después de eso aún me deseas, entonces hablamos”, expresó Marjorie.
Fabricio exhaló por la nariz, un sonido que era mitad risa, mitad gruñido. La lógica le decía que debería levantarse, abrocharse la camisa y marcharse. Que esta mujer era un riesgo, una variable impredecible en una ecuación que él siempre había resuelto con precisión milimétrica, pero el calor que aún le ardía en los labios, el peso fantasma de sus manos sobre su pecho, lo mantenían clavado al lugar.
Marjorie no se movió, esperaba como si supiera que el silencio era el mejor aliado para desarmarlo.