¿Puede un amor nacido del engaño sobrevivir a la verdad? ¿Podrá la esposa sustituta reclamar el corazón de un hombre que juró nunca volver a amar?
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capitulo 5
El despertador no fue el que me sacó del sueño, sino el silencio sepulcral de la mansión Volkov, ese tipo de quietud que zumba en los oídos y te recuerda que estás en territorio enemigo. Me quedé un momento mirando el techo, sintiendo el peso de la camiseta de algodón desgastada sobre mi piel, mi único nexo con la Zoe que solía ser. En el vestidor, el vestido rojo de anoche yacía como un charco de sangre seca en el suelo, un recordatorio mudo de lo cerca que estuve de que el hielo de Dante me quemara.
Cada cinco capítulos, el mundo parece detenerse para que yo pueda procesar el caos, pero hoy el caos tenía nombre propio y una oficina en el ala oeste.
Me levanté con una determinación renovada. Si anoche casi caigo en la trampa de sus ojos oscuros, hoy sería de hierro. Me puse unos pantalones de sastre negros y una blusa de seda blanca, cerrada hasta el cuello. Era un atuendo de Elena, sí, pero uno que proyectaba una autoridad que necesitaba sentir. Mientras me cepillaba el cabello, recordé el roce de sus dedos en mi mentón. Mi cuerpo traidor todavía conservaba el eco de ese calor, una vibración que me costaba ignorar.
Bajé las escaleras y, para mi sorpresa, no escuché el habitual ajetreo de Arthur. En su lugar, el aroma a café recién hecho provenía de la cocina. Al entrar, me detuve en seco. Dante estaba allí, pero no era el CEO implacable de los periódicos. Estaba de espaldas a mí, sin chaqueta, con las mangas de la camisa blanca remangadas hasta los codos, revelando unos antebrazos fuertes y marcados por venas que hablaban de una tensión contenida. Estaba operando la máquina de café con una concentración casi religiosa.
—Arthur se ha tomado la mañana libre para acompañar a su esposa al médico —dijo sin girarse. Su voz era un gruñido bajo, matutino, que me erizó el vello de la nuca—. Supongo que tendrás que conformarte con mi café.
—Sobreviviré —respondí, sentándome en la isla de la cocina.
Él se giró, sosteniendo dos tazas de cerámica negra. Sus ojos se detuvieron en mi blusa cerrada, y una sombra de ironía cruzó su rostro. Me tendió una de las tazas y, al hacerlo, sus dedos rozaron los míos. Fue un contacto breve, pero sentí una sacudida que me obligó a apretar el agarre sobre la cerámica para no derramar el líquido.
—Anoche estuviste a punto de decir algo —dijo, apoyándose contra la encimera y mirándome fijamente. El sol de la mañana entraba por el ventanal, esculpiendo sus rasgos y haciendo que pareciera un depredador en reposo—. Algo sobre no ser lo que yo creo.
El corazón me dio un vuelco. El juego de la suplantación era una cuerda floja y yo estaba bailando sobre ella sin red.
—Estaba cansada, Dante. El champán y la hipocresía me ponen sentimental —mentí, dándole un sorbo al café. Estaba perfecto: amargo, fuerte, exactamente como él—. Lo que quería decir es que la Elena que conociste antes del contrato ya no existe. El matrimonio tiene una forma curiosa de cambiar las prioridades de una mujer.
Dante soltó una risa seca, carente de humor.
—La gente no cambia, Zoe... Elena. Solo encuentran formas más sofisticadas de ocultar sus verdaderas intenciones. Tu familia me debe millones. Tu hermana se encargó de dilapidar la mitad de la fortuna de tu padre en fiestas y caprichos. ¿Y ahora quieres que crea que te has convertido en una mística del pincel que se preocupa por la fianza de las cocineras?
Su mención a mi acto con Rosa me recordó que él siempre estaba mirando, incluso cuando parecía estar sumergido en sus hojas de cálculo.
—¿Por qué es tan difícil para ti creer en la bondad? —pregunté, dejando la taza sobre el mármol—. ¿Quién te hizo tanto daño que decidiste convertirte en un glaciar?
La atmósfera en la cocina cambió instantáneamente. El aire se volvió gélido, y la mirada de Dante se endureció hasta volverse impenetrable. Dejó su taza y dio un paso hacia mí, invadiendo mi espacio con esa presencia abrumadora que me hacía sentir pequeña y expuesta.
—No te pagué para que fueras mi psicóloga —siseó, su rostro a pocos centímetros del mío. Podía oler el café y el mentol de su aliento—. Te pagué para que fueras una cara bonita a mi lado. No busques grietas donde no las hay. Mi vida privada no es parte del trato.
—Entonces deja de buscar grietas en la mía —le devolví el golpe, sosteniéndole la mirada—. Si quieres una esposa trofeo, trátame como a un objeto y deja de intentar descifrarme. Porque si sigues mirando tan de cerca, podrías terminar encontrando algo que no estás listo para manejar.
Dante me tomó del brazo, pero esta vez no fue una sujeción firme; fue casi urgente. Su mirada descendió a mis labios y luego volvió a mis ojos. La tensión sexual en la habitación era tan espesa que casi podía tocarse. Era una atracción prohibida, nacida del odio y la necesidad, un incendio forestal que amenazaba con devorar la estructura de mentiras que yo había construido.
—Eres un peligro —murmuró, casi para sí mismo.
—Y tú eres un cobarde —respondí, con la voz temblorosa por la cercanía.
Él me soltó como si se hubiera quemado y se pasó una mano por el cabello, frustrado. El hombre de control absoluto estaba empezando a desmoronarse por los bordes, y yo era la causa.
—Tengo una reunión en diez minutos —dijo, recuperando su tono frío—. Habrá un coche esperándote a las dos para llevarte a la galería. Hay una subasta benéfica y espero que selecciones un lienzo para donar. Uno de los tuyos. Quiero ver si ese talento que mostraste el otro día es real o solo otro truco de magia.
Se marchó sin decir más, dejándome sola con el eco de sus palabras y un café que se estaba enfriando rápidamente.
Pasé la mañana en el jardín, con un caballete que Arthur había instalado antes de irse. El aire libre me ayudaba a pensar, a respirar fuera de las paredes opresivas de la mansión. Empecé a pintar sin un boceto previo, dejando que mi frustración y mi miedo se derramaran sobre la tela. Eran trazos violentos de azul profundo y blanco, una tormenta en el mar que reflejaba exactamente lo que sentía por Dante: una fuerza de la naturaleza que no podía controlar y que amenazaba con hundirme.
A las dos, el chófer me llevó a la galería más exclusiva de la ciudad. El lugar era un templo al ego y al dinero, lleno de personas que hablaban de arte como si hablaran de inversiones inmobiliarias. Al entrar con el cuadro envuelto bajo el brazo, sentí las miradas clavadas en mí. Para ellos, yo era Elena de la Vega, la fiestera que ahora jugaba a ser artista bajo el amparo de los Volkov.
—¡Elena, querida! —una mujer delgada, cubierta de joyas que tintineaban con cada movimiento, se me acercó. Era una de las "amigas" de mi hermana—. ¿Es cierto que te has vuelto una ermitaña en esa mansión? Dante debe tenerte muy entretenida.
—Estoy trabajando, Julia —respondí, manteniendo el tono gélido de Elena—. Algo que dudo que entiendas.
La mujer se quedó con la boca abierta mientras yo me dirigía al curador para entregar el cuadro. Al desenvolverlo, el hombre se quedó en silencio durante un largo rato. Sus ojos recorrieron la tormenta que yo había capturado en el lienzo.
—Es... impactante, señora Volkov. No sabía que manejara esta técnica de espátula. Es muy diferente a sus trabajos anteriores. Es casi... visceral.
—Es lo que pasa cuando uno deja de pintar lo que los demás quieren ver —dije, sintiendo por primera vez una pizca de orgullo genuino.
La subasta comenzó y me senté en la primera fila, con la espalda recta y la mirada fija al frente. Dante llegó a mitad del evento, deslizándose en el asiento vacío a mi lado sin decir una palabra. Su presencia cambió el peso del aire de inmediato. Podía sentir su calor irradiando hacia mí, una tentación constante.
Cuando mi cuadro salió a subasta, el silencio se apoderó de la sala. El subastador empezó con una cifra alta, y para mi sorpresa, las pujas no tardaron en subir. La gente veía algo en esa tormenta, algo real que los tocaba.
—Cincuenta mil —una voz masculina resonó desde el fondo. Era un coleccionista conocido.
—Sesenta mil —respondió otro.
—Cien mil —la voz de Dante, clara y autoritaria, cortó el murmullo de la sala.
Lo miré, sorprendida. Él no me miraba; mantenía la vista al frente, con una expresión de aburrimiento calculado.
—¿Qué estás haciendo? —le susurré—. Es mi cuadro. No puedes pujar por él.
—Puedo hacer lo que quiera con mi dinero —respondió sin mirarme—. Y no voy a permitir que la obra de mi esposa termine en la sala de estar de un idiota que no sabe distinguir un óleo de una acuarela.
—Dante, esto es ridículo. Estás inflando el precio.
—Doscientos mil —dijo él, levantando la paleta de nuevo cuando el coleccionista intentó subir la apuesta.
El martillo cayó. El cuadro era suyo. La sala estalló en aplausos educados, comentando sobre el "romance" y el "apoyo" del magnate hacia su esposa artista. Yo me sentía humillada y furiosa. No quería que él lo comprara por obligación o por imagen; quería que la obra valiera por sí misma.
Al salir de la galería, la prensa nos rodeó. Dante me pasó el brazo por los hombros, una maniobra de protección que se sintió demasiado real. Me pegó a su costado y sentí su mano apretando suavemente mi brazo, un gesto de dominio que me hizo temblar.
—Sonríe —me dijo al oído entre los flashes de las cámaras—. Acabamos de donar una fortuna a la caridad. Somos la pareja de oro.
En el coche de regreso, la rabia me desbordó.
—¿Por qué lo hiciste? —le grité apenas la puerta se cerró—. ¡No necesitaba que me rescataras! ¡Ese cuadro se iba a vender de todos modos!
Dante me miró, y esta vez no había hielo en sus ojos. Había algo ardiente, una chispa de deseo que me dejó sin habla.
—Lo compré porque es lo único real que he visto en esta maldita ciudad en años —dijo, su voz vibrando con una intensidad que me asustó—. Miré esa tormenta y te vi a ti, Zoe. Vi a la mujer que se esconde detrás de esa ropa de seda y ese nombre que no le pertenece.
Me quedé helada. Acababa de decir mi nombre de nuevo. Y esta vez no fue una alucinación.
—¿Cómo... cómo me has llamado? —susurré, con el corazón martilleando contra mis costillas.
Dante se acercó a mí, arrinconándome contra la puerta del coche. Sus manos se posaron en mis mejillas, obligándome a mirarlo. Estábamos tan cerca que nuestras narices se rozaban.
—Sé que no eres Elena —dijo, su aliento cálido golpeando mi rostro—. Sé que Elena tiene una cicatriz de apendicitis que tú no tienes. Sé que Elena no sabe sostener un pincel sin mancharse la cara. Y sé que Elena no me mira con ese miedo y ese deseo mezclados que veo en tus ojos cada vez que te toco.
Sentí que el mundo se hundía bajo mis pies. La mentira se había acabado.
—Dante... yo... —las palabras se me atascaron en la garganta.
—No digas nada —me interrumpió, su voz bajando a un susurro peligroso—. No me importa quién eres ni por qué estás aquí. Solo sé que esta noche no voy a poder dormir en mi habitación sabiendo que estás al otro lado de esa puerta.
Se inclinó y, por un segundo, creí que me besaría. Mis labios se entreabrieron, buscándolo, necesitando ese contacto para confirmar que no estaba soñando. Pero él se detuvo a un milímetro, su nariz rozando la mía.
—Cien días —dijo, su voz rompiéndose levemente—. Pero esto que siento no es parte del contrato.
Me soltó y se alejó hacia su lado del coche, dejándome temblando y sin aliento. La farsa se había convertido en algo mucho más peligroso: una verdad compartida en la oscuridad. Y mientras el coche se adentraba en los terrenos oscuros de la mansión, me di cuenta de que ya no tenía miedo de ser descubierta. Tenía miedo de lo que pasaría ahora que el Glaciar sabía mi nombre y que, a pesar de todo, no quería dejarme ir. El sacrificio por mi madre me había traído a este lugar, pero era mi propio corazón el que ahora corría el riesgo de ser la verdadera víctima.