Mi nombre es Daniela Stevens, pero para el mundo —y para mi familia— soy invisible. Siempre viví a la sombra de Erika, la hija perfecta que todos adoraban y que los hombres más poderosos codiciaban. Pero la perfección tiene un precio, y cuando llegó el momento de pagarlo, mi familia decidió que no sería Erika quien cayera. Así comenzó mi infierno: siendo el sacrificio para que el sol de mi hermana nunca dejara de brillar.
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La incubadora
No podía negar que Erika había hecho un buen trabajo. El maquillaje era impecable y lucía tan natural que lograba ocultar las sombras de mi noche en el sótano; incluso las ojeras habían desaparecido bajo su mano experta. El peinado era sencillo: unas ondas suaves que caían sobre mis hombros, resaltando el brillo de mi cabello negro y dándome un aire de inocencia que yo ya no sentía.
—Ya estás lista —dijo ella, esbozando una sonrisa perturbadora—. Quedaste perfecta para que ese salvaje se vuelva loco por ti.
Mi piel se erizó ante sus palabras. El peso de la realidad me golpeó de nuevo: hoy dejaría de pertenecer a los Stevens para ser propiedad de los Villegas.
En ese momento, Guillermo entró en la habitación. Durante un segundo, su expresión de asombro fue genuina; no podía creer que la "hija invisible" pudiera verse tan radiante. Pero el destello de orgullo duró poco, siendo reemplazado rápidamente por su habitual máscara de desprecio.
—Es hora de irnos —sentenció con disgusto, evitando mirarme a los ojos.
—Piénsalo bien, padre —le supliqué, haciendo un último intento de apelar a su humanidad—. No puedes obligarme a esto. Ese hombre no tiene buenas intenciones, lo sabes.
Por un instante, quise creer en el instinto protector de un padre, pero olvidaba que para Guillermo Stevens yo no era más que un estorbo del que finalmente se estaba librando.
—Olvídalo —cortó él, con voz gélida—. La decisión está tomada. Te casarás con Arturo Villegas y no hay vuelta de página. Ahora muévete, no podemos hacer esperar a una familia tan importante por un capricho tuyo.
El trayecto hacia la residencia de Arturo fue una tortura silenciosa. Durante todo el camino, deseé con desesperación que algo ocurriera: que el coche sufriera un accidente o que, en un arranque de humanidad, mi padre se arrepintiera de su decisión. Pero nada de eso pasó. En cuestión de media hora, nos detuvimos frente a la que sería mi nueva prisión.
En la entrada, dos mujeres con rostros impasibles nos esperaban; se presentaron como el personal que me atendería durante mi estancia. No eran sirvientas, se sentían más como guardias de una celda de lujo.
Me escoltaron hasta una habitación donde debía esperar las instrucciones para bajar al jardín y enfrentar al juez. Me quedé inmóvil frente a un enorme ventanal; la vista era hermosa, un jardín perfectamente cuidado que contrastaba con el caos de mi interior. Al menos, pensé, el paisaje de mi encierro no sería feo.
De pronto, el sonido de la puerta abriéndose me hizo girar con el corazón martilleando en la garganta. Allí, en el umbral, estaba mi carcelero. No podía negar que Arturo se veía imponente en ese esmoquin; su actitud de hombre implacable le daba un atractivo peligroso, pero no permití que eso me distrajera. Él era el hombre que acabaría con mi libertad, el que prometía un cautiverio mucho más oscuro que el de los Stevens.
—Al menos hoy no pareces un espantapájaros —comentó con un tono burlón, recorriéndome con la mirada.
—Si vino solo para burlarse, le agradecería que me dejara disfrutar de mis últimos momentos de "libertad" —respondí, dándole la espalda para volver a mirar el jardín.
—Estoy en mi casa —dijo él, y su voz sonó más cerca, más profunda—. Por ende, puedo moverme a mi antojo por donde yo quiera.
Lo vi acercándose a través del reflejo del vidrio. Su figura alta y oscura se cernía sobre la mía, borrando la paz del paisaje exterior.
Arturo acortó la distancia y me tomó del brazo para hacerme girar hacia él. Sus dedos presionaron exactamente el lugar donde Guillermo me había lastimado el día anterior. El dolor fue tan agudo e inesperado que el control se me escapó de las manos y solté un grito ahogado.
Él me soltó de inmediato, frunciendo el ceño con una mezcla de extrañeza y sospecha.
—¿Qué te pasa? —preguntó, clavando sus ojos fijos en los míos.
—No es nada... solo que me asustaste —mentí, desviando la mirada mientras sentía los latidos de mi brazo herido.
Arturo no pareció convencido, pero no insistió. Dio un paso hacia atrás, recuperando su postura gélida.
—Debes acostumbrarte a mi presencia —sentenció con autoridad—. Durante el siguiente año compartiremos esta casa y, lo más importante, mi habitación.
El pánico se disparó en mi pecho. Pensar en Arturo poniendo sus manos sobre mí, reclamando los derechos que el contrato le otorgaba, me provocó un miedo visceral que seguramente se reflejó en mis ojos. Arturo lo notó; vi cómo su mirada se endurecía, transformándose en una expresión de puro desprecio.
Sin mediar palabra, dio media vuelta y salió de la habitación, dejándome envuelta en un silencio sepulcral. Sabía que esto era apenas una anticipación de mi condena. Me dejé caer al suelo, abrazando mis rodillas, luchando con todas mis fuerzas para contener las lágrimas que amenazaban con arruinar el impecable maquillaje que Erika me había puesto.
Unos minutos después, una de mis "custodias" entró por mí. El espectáculo estaba por comenzar.
Antes de salir, eché un último vistazo a mi reflejo en el espejo y lo que vi me dolió más que el golpe de mi padre. Mis ojos ya no tenían ni una pizca de brillo; eran los ojos de una desconocida. Con los Stevens, al menos, era invisible pero podía estudiar y no tenía que cumplirle como esposa a nadie. Ahora, todo eso cambiaría. A partir de hoy, no sería más que una incubadora para el hijo del demonio.
quienes son ellos para hacer tanti daño excelente historia nos llevaste ala imaginación de cada capítulo escritora muchas felicidades