Murió amando a quien nunca lo amó.
Noar Wil, el joven omega más brillante del Reino de Solaria, lo apostó todo por un amor que resultó ser una trampa cuidadosamente tejida por las manos del hombre al que idolatraba. Años de humillación, traición y dolor terminaron en el silencio de un cuarto vacío — su corazón demasiado roto para seguir latiendo.
Pero entonces algo imposible ocurre.
Noar despierta diez años atrás, con todos sus recuerdos intactos, en la noche en que su historia con Léo estaba a punto de comenzar. Esta vez, sin embargo, conoce el precio de ese amor.
Esta vez, elige diferente.
En lugar de seguir los pasos que lo llevaron a la destrucción, acepta el compromiso que siempre rechazó: casarse con Maximiliano Ferom, el temido Archiduque del Extremo Norte. Un hombre de hierro y silencio, cuyas feromonas huelen a nieve pura y cuyas palabras pesan como sentencias. Un hombre que, desde el primer momento en que sostiene a Noar en sus brazos, hace una promesa que no tiene intención de romper.
Estás a salvo. Y nadie te hará daño mientras estés conmigo.
Lo que Noar esperaba era solo un matrimonio de conveniencia — posición, protección, distancia del pasado. Lo que no esperaba era que ese hombre frío pudiera derretirse tan despacio, tan profundamente, tan irrevocablemente.
Y no esperaba que su propio corazón, tan convencido de que nunca más amería, fuera precisamente el primero en traicionarlo.
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La segunda oportunidad
Las risas resonaban a su alrededor.
Música, cristales, vestidos girando bajo la luz dorada de los candelabros. El Salón Real de Solaria estaba exactamente como Noar lo recordaba — demasiado hermoso, demasiado vivo.
Demasiado vivo para alguien que había muerto.
Noar se llevó la mano al pecho con fuerza. El corazón se le disparó, el aire le faltó, como si acabara de despertar de una pesadilla demasiado larga. No. No era una pesadilla. Lo recordaba todo.
La humillación.
El hambre.
La sangre de su padre en la plaza.
El hijo que nunca nació.
El cuarto frío.
— …¿Estoy vivo? — susurró.
Su voz era joven. Clara. Libre del cansancio de años de sufrimiento.
Bajó la mirada.
Sus manos eran suaves, sin marcas, sin temblores. El cuerpo no estaba débil ni delgado. Estaba sano. Fuerte. Vestido con seda clara, adornado con joyas delicadas — el Noar Wil mimado, bello e intacto.
El Noar de antes de la tragedia.
Un escalofrío le recorrió la espalda cuando el recuerdo encajó como una hoja afilada.
Este era el banquete.
El primero.
El día en que conoció a Léo Liz.
El día en que cayó en la oscuridad — una pasión que le arrebató todo, hasta la propia vida.
El sonido de pasos firmes resonó a sus espaldas.
Noar cerró los ojos un instante y lo vio todo de nuevo: el desprecio, la frialdad, la muerte. El amor que lo destruyó.
Cuando los abrió, él estaba ahí.
Léo.
Más joven. Orgulloso. Vestido con los colores de su pequeño feudo, pero con la misma postura erguida, la misma mirada distante que un día pisotearía su corazón sin piedad.
En la vida pasada, el corazón de Noar habría latido de amor.
Ahora… sintió miedo.
Y algo nuevo.
Una rabia silenciosa.
El alfa se acercó acompañado de otros nobles, y sus ojos se cruzaron con los de Noar por un breve instante. El mismo instante que, antes, había sellado su destino.
Léo inclinó levemente la cabeza, educado, indiferente.
— Duque Wil — dijo, formal. — Es un honor conocerlo.
Esa voz.
La misma que había dicho "se lo merecen".
La misma que lo había acusado.
La misma que había matado a su familia.
Noar sintió que el estómago se le revolvía, pero sonrió.
Una sonrisa perfecta. Ensayada. Vacía.
— Conde Liz — respondió, con una calma que nunca antes había tenido. — El placer es… mío.
Por dentro, su alma gritaba.
No. Esta vez, no.
Comprendió entonces: esa era su oportunidad. No de amar, sino de sobrevivir. De cambiarlo todo. De proteger a su padre, a su hermano… y a sí mismo.
La decisión estaba tomada.
En esta segunda oportunidad, no lo amaría.
Viviría sin ese amor que destruyó su mundo. Deseaba que Léo fuera feliz con su amor de infancia. Reconocía ahora lo inmaduro e ignorante que había sido al intentar forzar un sentimiento destinado al fracaso.
Noar fue el primero en desviar la mirada.
En la vida pasada, habría seguido a Léo con los ojos, con el corazón, con la ingenuidad de quien cree que el amor es suficiente. Ahora, dio un paso atrás y se mezcló con la multitud dorada.
Léo frunció levemente el ceño.
Algo estaba mal.
El omega que debería estar encantado… no lo estaba.
Aunque Noar había regresado diez años atrás, antes de toda la tragedia, Léo vivía lo contrario. Desde hacía un tiempo, tenía sueños extraños con un joven inocente e ingenuo, ignorante y arrogante, pero dueño de unos ojos hermosos. Un muchacho que lo miraba con ternura y devoción — aunque, por más que lo intentara, Léo nunca lograba verle el rostro con claridad.
Y ahora, en ese salón, reconoció esos mismos ojos en el hijo menor del duque Wil.
Pero no lo miraban con ternura ni devoción.
Había miedo.
Frialdad.
Distancia.
Eso lo inquietó profundamente, aunque no lograba entender el motivo.
Noar sintió que las lágrimas amenazaban con caer, pero las contuvo. No allí. No ahora. No de nuevo.
Morí por amarte, pensó, mientras se alejaba.
Esta vez… viviré lejos de ti.
Y en lo alto del salón iluminado, mientras la música seguía como si nada hubiera cambiado, el destino de Solaria comenzaba a fracturarse en silencio.
Noar respiró hondo mientras la música del banquete resonaba a lo lejos.
Esta vez, no dejaría que el corazón guiara sus pasos.
Horas después, lejos del salón principal, lo condujeron a una sala reservada donde sus padres lo aguardaban. El duque y su compañero omega conversaban en voz baja, y se interrumpieron al verlo entrar.
— Noar — dijo su padre omega, con el tono dulce de siempre —, queremos hablar contigo sobre algo importante.
En la vida pasada, los habría interrumpido. Se habría quejado, llorado, exigido.
Ahora, solo asintió.
Su padre alfa carraspeó.
— Hemos recibido una propuesta formal de compromiso — comenzó. — Del Archiduque del Extremo Norte.
Noar sintió que el corazón se le apretaba, pero no de miedo. Lo recordaba.
El Extremo Norte.
El territorio helado, lejano de la capital, gobernado por un alfa de poder absoluto, temido incluso por el emperador.
En realidad, ese compromiso había sido pactado cuando Noar era aún un niño. Las dos familias eran cercanas. En la vida pasada, Noar se había enamorado de Léo y se había negado a casarse con el frío archiduque del Norte.
Pero en esta vida… prefería la distancia de Léo. Solo así podría trazar un camino diferente. Solo así su familia no sufriría. Y tendría el respaldo de una de las figuras más poderosas del reino.
— Posee vastas tierras, ejércitos propios y gran influencia política — continuó el duque. — Pero es un hombre reservado. Frío. Poco se sabe de su vida personal.
La duquesa tomó las manos de su hijo.
— No queremos forzarte, mi amor. La decisión es tuya.
Noar bajó la mirada un instante. Vio en su mente la plaza manchada de sangre. El cuerpo de su padre. El exilio de su hermano. El cuarto vacío donde murió solo. El hijo que nunca conoció.
Prefería una vida como consorte de un archiduque, respetado por su posición, aunque sin amor, antes que una vida como marido de un conde, siendo odiado y destruido por un amor tonto.
Cuando levantó el rostro, sus ojos estaban firmes.
— Acepto.
El silencio cayó pesado en la sala.
— ¿Aceptas…? — repitió su padre omega, sorprendido.
— Sí — respondió Noar, con voz tranquila. — Acepto continuar el compromiso con el Archiduque del Extremo Norte.
Su padre alfa lo observó atentamente, como si viera al hijo por primera vez.
— ¿Estás seguro? — preguntó. — Siempre dijiste que no querías un matrimonio político.
Noar sonrió levemente. Una sonrisa triste, pero decidida.
— Crecí, papá. Y entendí que no todo matrimonio tiene que empezar con amor… siempre que no termine en destrucción.
Sus padres se miraron en silencio. Había alivio en ese intercambio. Y orgullo.
— Entonces así se hará — dijo el duque, al fin. — Enviaremos la respuesta esta misma noche.
Mientras tanto, al otro lado del palacio, Léo Liz observaba el salón con el ceño fruncido.
Buscaba a Noar.
No sabía por qué. Solo sentía que algo estaba mal. El omega que debería estar orbitando a su alrededor había desaparecido. No había miradas tímidas, ni sonrisas encandiladas, ni esa presencia insistente que, extrañamente, ahora le hacía falta.
Se frotó la frente.
— ¿Qué me pasa…? — murmuró. — Desde que empecé a tener esos sueños extraños… siento que algo cambió.
Cuando se enteró del anuncio — el compromiso entre Noar Wil y el Archiduque del Extremo Norte —, algo dentro de su pecho se contrajo.
No era celos, se dijo.
Era solo… incomodidad.
No podría sentir celos de alguien que acababa de conocer. Además, ya amaba a otra persona: un pequeño sirviente omega de su feudo.
Aun así, la sensación persistía.
Mientras el reino celebraba la poderosa alianza, Noar miraba hacia el horizonte helado que lo aguardaba y hacía un juramento en silencio:
En esta vida, no moriré por amor.
Si voy a casarme… será por la posición de archiduquesa.
Solo con poder y un lugar elevado podré garantizarme una vida pacífica y tranquila.
Y esos eran, ahora, los pensamientos de Noar.