🐺 Sinopsis
En los bosques montañosos de Cali, la joven Valeria Andrade descubre que su destino está ligado a una antigua manada de hombres lobo. Cuando conoce a Adrián Blackwood, el alfa más poderoso del continente, una conexión irresistible los une. Pero una profecía anuncia que su amor podría salvar a todas las manadas… o destruirlas para siempre.
Traiciones, guerras entre clanes, secretos familiares y una pasión prohibida marcarán esta historia épica.
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El alfa desconocido
El amanecer llegó envuelto en una bruma espesa que descendía desde las montañas cercanas a Cali. El canto de las aves apenas lograba romper el silencio tenso que reinaba en la finca de los Andrade.
Valeria Andrade no había dormido más de unas pocas horas.
Cada vez que cerraba los ojos veía el templo de piedra bajo la luna roja, escuchaba la voz de aquella mujer desconocida y sentía el ardor de la marca en su cuello.
Veintiún días.
Ese era todo el tiempo que tenían antes del eclipse que decidiría el destino de las manadas.
Sentada en el borde de la cama, observó la mochila abierta sobre el suelo. Había empacado ropa, una linterna, una libreta y el viejo colgante de plata que ahora descansaba permanentemente sobre su pecho.
Nunca imaginó que un simple viaje al bosque en busca de su perro terminaría conduciéndola a una guerra sobrenatural.
Un golpe suave en la puerta interrumpió sus pensamientos.
—¿Puedo entrar? —preguntó la voz de Elena Andrade.
—Sí.
Su abuela entró sosteniendo una pequeña caja de madera oscura, ornamentada con símbolos de lunas y estrellas.
La colocó sobre la cama y tomó asiento junto a ella.
—Esto perteneció a tu madre.
Valeria sintió un nudo en la garganta.
Elena abrió la caja.
Dentro había una fotografía antigua de Lucía Andrade sonriendo entre los árboles, una pulsera tejida con hilos plateados y una daga de hoja brillante con inscripciones grabadas en el metal.
—Es hermosa —susurró Valeria, tomando la daga.
La hoja emitió un destello tenue al contacto con sus dedos.
—Se llama Luz de Selene —explicó Elena—. Fue forjada para proteger a las mujeres de nuestro linaje.
Valeria sintió una energía cálida recorrer su brazo.
—¿Mi madre la usó?
—Hasta el último día.
La respuesta dejó un silencio cargado de emoción.
Valeria guardó la daga en la mochila con reverencia.
Elena tomó entonces la pulsera y la ató alrededor de su muñeca.
—Tu madre la llevaba cuando supo que estaba embarazada de ti.
Valeria cerró los ojos un instante.
Aunque nunca había podido abrazar de nuevo a su madre, sentía que una parte de ella la acompañaba en aquel viaje.
—Prometo descubrir qué ocurrió —dijo con voz firme.
Elena acarició su rostro.
—Y prométeme que regresarás.
Valeria asintió, aunque no estaba segura de poder cumplirlo.
En el patio, Adrián Blackwood esperaba junto a una motocicleta negra. Vestía una chaqueta de cuero y su expresión era tan seria como siempre, aunque sus ojos se suavizaron al verla.
—¿Lista?
Valeria observó la motocicleta.
—No me dijiste que viajaríamos así.
Una leve sonrisa apareció en los labios del alfa.
—¿Tienes miedo?
—Solo de caer por un precipicio.
—No permitiré que eso ocurra.
La seguridad con la que lo dijo provocó un calor inesperado en el pecho de Valeria.
Tras despedirse de Elena y abrazar a Niebla, subió a la motocicleta.
El viaje comenzó por caminos de montaña, atravesando paisajes cubiertos de niebla y bosques cada vez más densos.
Durante horas avanzaron hacia el norte, alejándose del mundo cotidiano de Valeria.
A medida que ascendían, el aire se volvió más frío y el silencio más profundo.
Finalmente, al caer la tarde, llegaron a una extensa reserva natural oculta entre picos escarpados.
En el centro del valle se alzaba un conjunto de cabañas de madera rodeadas por enormes lobos que patrullaban en silencio.
Valeria contuvo el aliento.
—¿Este es tu hogar?
Adrián apagó el motor.
—Bienvenida al territorio Blackwood.
Los miembros de la manada comenzaron a reunirse.
Algunos observaban con curiosidad.
Otros con abierta desconfianza.
Un hombre robusto de cabello castaño y ojos ámbar se acercó primero.
—Alfa.
Adrián inclinó la cabeza.
—Mateo Cruz, mi beta.
Mateo dirigió una mirada evaluadora a Valeria y luego sonrió.
—Así que por fin apareció.
Valeria arqueó una ceja.
—¿También tú hablas en acertijos?
Mateo soltó una carcajada.
—Me agradas.
Detrás de él surgió una joven de cabello rojizo y expresión amable.
—Soy Sofía Reyes.
Antes de que Valeria pudiera responder, la joven la abrazó con entusiasmo.
—Gracias por hacer que nuestro alfa deje de parecer un monumento de piedra.
Adrián exhaló con paciencia.
—Sofía.
—¿Qué? Es la verdad.
Valeria no pudo evitar reír.
La tensión del viaje disminuyó ligeramente.
Sin embargo, la sensación de bienvenida no duró mucho.
Una voz profunda resonó desde la escalinata principal.
—No esperaba que trajeras a una humana a nuestra manada.
Todos guardaron silencio.
El hombre que descendía las escaleras era alto, de cabello plateado y ojos intensamente dorados.
Su presencia imponía respeto.
Adrián endureció la postura.
—Sebastián Blackwood.
Valeria frunció el ceño.
—¿Quién es?
Adrián no apartó la vista del recién llegado.
—Mi tío.
Sebastián se detuvo frente a ella y la observó con detenimiento.
Su expresión era imposible de descifrar.
—Así que tú eres la heredera de Selene.
Valeria sostuvo su mirada.
—Y usted es el “alfa desconocido” del que nadie me había hablado.
Una chispa de sorpresa cruzó el rostro del hombre.
Mateo reprimió una sonrisa.
Sebastián inclinó ligeramente la cabeza.
—Hace años renuncié a liderar para proteger a esta manada desde las sombras.
Adrián intervino.
—Mi tío supervisa el consejo interno mientras yo viajo.
Sebastián rodeó a Valeria lentamente, como si evaluara su fuerza.
—Muchos morirán si la profecía se cumple… y muchos más si fracasa.
Valeria apretó la empuñadura de la daga oculta en su mochila.
—Entonces será mejor que no falle.
Por primera vez, Sebastián sonrió.
—Tienes el espíritu de tu madre.
La tensión disminuyó, aunque Valeria sintió que el hombre ocultaba más de lo que decía.
Esa noche se celebró una reunión en el gran salón de madera.
Un mapa del territorio y de las montañas del norte cubría la mesa central.
Adrián señaló un punto rodeado de nieve.
—El Santuario Lunar está aquí, más allá del Paso del Lobo Blanco.
Sebastián cruzó los brazos.
—Y está protegido por guardianes ancestrales.
Mateo añadió:
—Además, Lucian ha movilizado exploradores hacia esa región.
Valeria escuchaba en silencio, consciente de la magnitud de lo que enfrentaban.
Adrián apoyó una mano sobre la suya.
—Partiremos al amanecer con un pequeño grupo.
—¿Quién vendrá?
—Mateo, Sofía… y mi tío.
Valeria levantó la vista.
—¿Sebastián?
El hombre asintió.
—Conozco el camino mejor que nadie.
Un trueno distante sacudió las ventanas.
El ambiente se tornó sombrío.
Sebastián observó a Valeria con intensidad.
—Pero antes de emprender el viaje, debes comprender algo.
—¿Qué cosa?
El hombre señaló la marca plateada en su cuello.
—Esa marca no solo te une a Adrián.
Valeria sintió un escalofrío.
—¿Entonces a qué más me une?
Sebastián respondió con voz grave.
—Al poder de la primera reina de los lobos.
Y cuando ese poder despierte por completo, ni siquiera Adrián podrá predecir en qué te convertirás.
El silencio que siguió fue absoluto.
Valeria apretó el colgante entre sus dedos.
El miedo regresó con fuerza.
Pero también una determinación feroz.
Había dejado atrás su antigua vida.
Ahora estaba rodeada de lobos, secretos y aliados inciertos.
Y mientras la luna llena ascendía sobre el territorio Blackwood, comprendió que el viaje apenas comenzaba.
En algún lugar entre las montañas, el Santuario Lunar aguardaba.
Y con él, la verdad sobre su destino… y sobre el alfa desconocido que parecía saber mucho más de lo que estaba dispuesto a revelar.