Me llamo Ren, soy un chico de 17 años, y tras un accidente inexplicable desperté en un mundo completamente ajeno al mío. Un lugar regido por reglas que apenas logro comprender, donde lo más importante no es la fuerza ni la inteligencia… sino la reproducción.
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CAPÍTULO 5
Apreté ligeramente el pañuelo que cubría mi rostro.
Mi cuerpo se tensó.
No por vergüenza.
No del todo.
Sino por algo más profundo.
Más incómodo.
Más… irritante.
¿Qué demonios…?
Desvié la mirada, evitando el contacto visual con cualquiera de ellos.
No puedo creerlo…
Un pensamiento amargo cruzó mi mente.
En este mundo… los hombres son los que más hablan a espaldas…
Un escalofrío me recorrió la piel.
No por el frío.
Sino por la sensación de estar siendo observado… evaluado… reducido a algo que ni siquiera era.
Apreté los dientes.
Solo de escucharlos… se me pone la piel de gallina.
Un grupo de mujeres comenzó a acercarse, movidas por la curiosidad.
Sus miradas eran distintas a las de los hombres.
Más directas.
Más críticas.
Más… calculadoras.
Pero antes de que pudieran rodearme por completo, el ambiente cambió.
Una presencia más fuerte se abrió paso entre ellas.
Todos se apartaron.
Ella apareció.
Cabello blanco.
Ojos negros.
Piel clara, ligeramente bronceada.
Su figura era más llena, más marcada… y caminaba con una seguridad que rozaba la arrogancia.
A su alrededor, al menos viente hombres lobo la seguían de cerca.
Demasiado cerca.
—Victoria… por favor…
—Déjanos ser los siguientes…
—Queremos una camada contigo…
Sus voces eran insistentes.
Sumisas.
Casi desesperadas.
Fruncí ligeramente el ceño.
…¿En serio le están suplicando?
Victoria no les prestaba verdadera atención.
Avanzaba como si todo le perteneciera.
Como si fuera… intocable.
Hasta que pasó frente a mí.
Entonces se detuvo.
El aire se tensó.
Uno de los hombres a su lado habló, mirándome con evidente desdén.
—Entonces… esta es la hembra de Yokun.
Sus ojos me recorrieron sin disimulo.
Como si evaluara algo inferior.
Sentí el peso de otra mirada.
Victoria.
Silenciosa.
Analítica.
Victoria—Penso.
Está cubriendo su rostro…
Seguro es horrenda.
Y… ni siquiera tiene pecho grande.
No hay forma de que algo así sea mejor que yo.
Sus pensamientos eran tan claros en su expresión que no necesitó decirlos en voz alta.
Me miró una vez más.
Y luego—
Desvió la mirada.
Como si no valiera la pena.
—…
Siguió caminando.
Victoria—Penso—
Ja…
Necesita más que un cuerpo delgado para siquiera acercarse a mí.
Solté el aire lentamente.
…Genial.
Otra persona problemática.
No pienso involucrarme.
No vale la pena.
Pero entonces—
Victoria cambió de dirección.
Se acercó a Yokun.
Demasiado cerca.
Su expresión se volvió distinta.
Suavizada.
Seductora.
—Yokun… —dijo en un tono calculado— pronto comenzará mi “Regla”… si estás interesado…
Se aferró a su brazo sin pedir permiso.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.
Algo incómodo.
Algo que no supe identificar.
…¿Qué es esto?
Yokun no se apartó.
Pero tampoco respondió.
Victoria sonrió, levemente sonrojada.
—Cuando termine… podremos aparearnos. Estoy segura de que juntos tendríamos una hermosa camada de lobos grises.
El murmullo estalló detrás de ella.
—¡¿Qué?!
—¡¿Por qué él primero?!
—¡Haz fila!
Victoria giró de golpe.
—¡CÁLLENSE!
El silencio cayó.
—Ustedes son mis maridos —continuó con firmeza—. Y yo soy quien decide a quién le doy una camada.
Bajé la mirada, pensativo.
Así que… así funciona aquí.
Ellas eligen.
Ellos obedecen.
Un suspiro silencioso escapó de mí.
Qué… incómodo.
Dependen completamente de ellas.
De pronto—
Yokun se movió.
Rápido.
Brusco.
—¡Aléjate!
Empujó a Victoria sin contemplaciones.
Su cuerpo salió disparado hacia atrás, pero fue atrapado por sus propios maridos antes de tocar el suelo.
El ambiente se congeló.
—Ya tengo una hembra —continuó Yokun, con voz firme—. Y no pienso apartarme de ella.
El silencio se volvió más pesado.
Victoria levantó la mirada.
Odio.
Intención asesina.
Sus ojos ardían.
Esta vez… directamente hacia mí.
—¿Cómo…? —su voz tembló de ira— ¿Cómo puede algo como ella ser mejor que yo?
¡Mírala es una plana no tiene pechos!
¡No podrá amamantar!
Entonces—
Se soltó del agarre de sus maridos.
Y avanzó.
Rápido.
Directo hacia mí.
Su intención era clara.
Quitarme el velo.
Pero no llegó.
Yokun la detuvo.
Su mano sujetó su brazo con fuerza.
Demasiada fuerza.
Ella soltó un quejido de dolor.
El aire a su alrededor cambió.
Pesado.
Peligroso.
—Si te atreves a tocarla… —su voz bajó, pero fue aún más aterradora— sabrás de lo que soy capaz.
Victoria tembló.
Pero no retrocedió.
—¡¿No lo ves?! —escupió con rabia—. ¡Es demasiado delgada! ¡No podrá darte camadas!
Señaló mi cuerpo sin disimulo.
—¡Es obvio que es una rechazada! ¡Es muy probable que nunca tenga su “Regla”!
Los susurros regresaron.
Más fuertes.
Más venenosos.
—Es cierto…
—No tiene cuerpo…
—Quizá nunca pueda…
—Una hembra defectuosa…
Apreté los puños.
Pues aunque no fuera mujer me molestaba su actitud discriminatoria.
El ambiente se volvía asfixiante.
Yokun guardó silencio un segundo.
Sus manos se tensaron.
Pensó—
…Él es diferente…
Pero no puedo decirlo…
Si revelo eso…
El secreto de mi clan se sabrá.
Exhaló.
—Ren es joven —dijo finalmente, con firmeza—. No es extraño que aún no haya desarrollado completamente su cuerpo.
El murmullo dudó.
No desapareció.
Pero se debilitó.
Levanté la mirada lentamente.
…Me está defendiendo.
Incluso sabiendo…
que no soy una mujer.
Algo dentro de mí se movió.
Pero otra cosa también.
Ira.
Molestia.
No iba a quedarme callado.
No otra vez.
Di un paso al frente.
—Victoria.
Su atención volvió a mí.
—Tal vez no soy mejor que tú —dije con calma—. Pero deberías aprender a respetar a quienes están a tu lado.
Se hizo un silencio incómodo.
—Ellos te aman —continué—. Y aun así… los haces esperar mientras decides con quién más quieres aparearte.
Sus maridos bajaron la mirada.
Otros… me observaron.
Distinto.
—Si yo fuera ellos… —añadí, sosteniendo su mirada— preferiría estar solo toda mi vida… antes que estar contigo.
El impacto fue inmediato.
Los hombres detrás de Victoria se sonrojaron.
—Si tan solo… fuera nuestra hembra…
—Es… diferente…
Victoria se tensó.
Su expresión se quebró.
Pensó—
¡Maldición!
Está cambiando la forma en que piensan…
Está interfiriendo.
—¡¿Crees que diciendo eso vas a apaciguarlos?! —espetó, fuera de sí—. ¡Si no puedes reproducirte, ningún macho te va a querer!
El silencio cayó.
Pesado.
Denso.
Y entonces—
Yokun habló.
—Yo sí.
Todas las miradas se volvieron hacia él.
Su expresión era firme.
Decidida.
—Me gusta esta hembra —añadió sin dudar—. Y no me importa si no puede darme camadas.
El aire… cambió.