Andrea Miller jamás imaginó que una simple noche en una discoteca cambiaría por completo su vida. Después de semanas sintiéndose atrapada en la rutina, acepta salir con su mejor amiga, Viviana Lewis, sin saber que entre las luces, la música y el alcohol cruzaría miradas con el hombre que terminaría destruyendo su corazón.
Sebastián Foster es atractivo, elegante y demasiado encantador para ser real. Desde el instante en que se acerca a Andrea para ofrecerle una copa, la conexión entre ambos se vuelve imposible de ignorar. Las conversaciones fluyen, las miradas arden y el deseo termina convirtiéndose en algo mucho más peligroso: amor.
NovelToon tiene autorización de Marilinaa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 14
Aunque la verdad ya había quedado al descubierto ante los ojos de Andrea, en los días que siguieron, ella no tuvo el valor ni la fuerza para enfrentarlo de inmediato. El golpe había sido tan duro, la revelación tan devastadora, que necesitó tiempo para asimilarlo, para ordenar sus pensamientos y para entender cómo era posible que todo aquello que había vivido y sentido pudiera estar construido sobre una mentira tan grande y pesada. Por eso, cuando Sebastián volvió a buscarla como siempre hacía, con mensajes llenos de ternura y citas acordadas en esos lugares apartados y discretos que solo ellos conocían, ella aceptó ir, empujada por una mezcla de amor inmenso, dolor profundo y la necesidad de verlo cara a cara, de mirarlo a los ojos y comprender cómo podía ser capaz de tanto engaño.
Se encontraron en la pequeña vivienda que él utilizaba como refugio, ese espacio que durante meses había sido su pequeño mundo perfecto, y que ahora, para Andrea, parecía lleno de sombras y de palabras no dichas. En cuanto él entró y la vio allí esperándolo, se acercó con esa prisa y esa pasión que siempre demostraba, la tomó entre sus brazos y la estrechó con fuerza contra su pecho, como si quisiera fundirse con ella y guardarla dentro de sí para siempre.
—No te imaginas cuánto te he echado de menos estos días —le dijo él con voz ronca y cargada de emoción, acariciándole el rostro con dedos que temblaban levemente—. Cada hora lejos de ti se me hace eterna, Andrea. Eres lo único que le da sentido a todo lo que hago, lo único verdadero que tengo en esta vida.
Ella se dejó abrazar, cerró los ojos y por unos instantes se permitió fingir que nada había cambiado, que todo seguía siendo tal como ella creía y deseaba. Sin embargo, al escuchar esas palabras, sintió una punzada aguda que le atravesó el pecho. «Lo único verdadero», repetía su mente con amargura, mientras pensaba: «¿Cómo puedes decirme esto, sabiendo todo lo que ocultas? ¿Cómo puedes hablar de verdad cuando tu vida entera es una doble cara?». Pero se quedó callada, por ahora, guardando todo aquello que sabía, observándolo y estudiándolo, viendo cómo actuaba y cómo se movía entre lo que sentía y lo que fingía.
—Yo también te extraño, Sebastián —respondió ella con voz suave, aunque contenía la emoción que amenazaba con desbordarse—. Pero hay momentos en los que me pregunto hasta cuándo podremos seguir así… viéndonos de este modo, como si lo nuestro fuera algo prohibido o secreto, como si no tuviéramos derecho a que todos sepan lo que sentimos.
Él se apartó un poco para mirarla, y en su mirada se mezclaban el amor más sincero con la angustia y la culpa que ya no lograba esconder del todo. Sabía muy bien que cada encuentro era un riesgo mayor, que cada minuto que pasaban juntos era tiempo tomado prestado, tiempo robado a su otra realidad, a sus obligaciones, a la vida que tenía construida y que no podía abandonar tan fácilmente. Cada vez que salía de su casa, de al lado de Renata, inventando excusas que sonaban cada vez más débiles y repetidas, sentía que traicionaba acuerdos, compromisos y deberes; pero peor aún se sentía cuando estaba con Andrea, sabiendo que le estaba entregando solo una parte de sí mismo, negándole la dignidad, el nombre y la vida entera que ella se merecía y que él le había prometido sin poder cumplirlo.
—Ya sabes que tengo complicaciones, cosas que resolver, nudos que desatar antes de poder estar libre y entregarte todo lo que te debo y lo que te mereces —le dijo él, bajando la cabeza como si el peso de sus propios pensamientos fuera demasiado pesado para sostenerlo—. Créeme cuando te digo que no hay nada que desee más en el mundo que poder caminar contigo de la mano por cualquier calle, decirle a todo el mundo cuánto te amo y que tú seas la mujer con la que comparto cada día y cada noche. Pero todavía no es el momento… todavía no puedo. Cada día que pasa trabajo para ello, para arreglar todo y poder ser solo tuyo, completamente tuyo.
Andrea lo escuchaba y sentía cómo se le partía el corazón en mil pedazos. Veía su sufrimiento, sentía la intensidad de lo que decía, y comprendía que, aunque todo era mentira desde su origen, lo que él sentía era real. Estaba atrapado entre dos mundos, entre dos mujeres, entre lo que debía y lo que quería, y ella misma estaba atrapada con él, amándolo con toda su alma y sufriendo por ese mismo amor.
—A veces me da miedo pensar que este tiempo que tenemos juntos no es más que un préstamo —le confesó ella, con los ojos brillantes de lágrimas que se negaba a dejar caer—. Que estamos viviendo algo hermoso, sí, pero construido sobre algo frágil y oscuro. Yo te quiero tanto, Sebastián, que haría cualquier cosa por ti… pero me duele saber que tengo que compartirte con el resto de tu vida, y que yo siempre parezco estar al margen, esperando, sin tener un lugar claro y definido.
Sebastián la atrajo de nuevo hacia sí, y la abrazó con desesperación, sintiendo que esas palabras eran el reflejo exacto de lo que él mismo pensaba y sentía cada día.
—Lo sé, mi vida, lo sé y me duele más de lo que te imaginas —susurró contra su cabello, con la voz ahogada por la culpa—. Me doy cuenta de que te hago daño sin querer, de que te pongo en una situación que no te mereces, de que te pido que esperes y que confíes cuando quizás no te estoy dando motivos suficientes para hacerlo. Pero te juro que no es por maldad ni por engañarte… es que me encuentro en medio de algo de lo que no sé cómo salir sin causar dolor a quien sea. Tengo una vida hecha, compromisos que adquirí antes de conocerte, reglas que me impusieron y que acepté… y llegaste tú, y lo cambiaste todo. Me devolviste la capacidad de sentir, de querer, de ser feliz… y ahora me encuentro dividido en dos mitades, una que está aquí contigo y que es la que realmente vive, y otra que está allá, cumpliendo con lo que le toca, fingiendo y manteniendo cosas que ya no significan nada para mí.
Los días y las semanas siguieron pasando, y cada encuentro se volvía más intenso, más cargado de sentimientos, pero también mucho más peligroso y difícil de manejar. Ya no bastaba con verse un rato y despedirse tranquilos; cada despedida era como una pequeña muerte, una separación dolorosa que dejaba a ambos con el alma hecha pedazos. Él arriesgaba más cada vez: se quedaba hasta más tarde, llegaba a su casa con excusas cada vez más increíbles, descuidaba detalles que antes vigilaba con esmero, empujado por la necesidad imperiosa de estar a su lado, como si cada vez que la tuviera entre sus brazos fuera la última oportunidad que le quedaba.
Andrea, mientras tanto, vivía esa extraña contradicción: por un lado, sabía la verdad, tenía conocimiento completo de su condición de hombre casado, de que ella era la parte oculta, la relación paralela y prohibida; y sin embargo, por otro lado, el amor que sentía era tan fuerte, la conexión tan profunda, que todavía no encontraba la fuerza ni el modo de romper con todo o de exigirle la verdad definitiva. Seguía allí, recibiendo su cariño, escuchando sus promesas, viviendo esos momentos robados que eran lo más hermoso que había conocido, al mismo tiempo que pesaba sobre ella la certeza de que todo aquello tenía fecha de caducidad, y que el final sería doloroso y inevitable.
Una tarde, mientras miraban juntos por la ventana cómo caía la tarde y las sombras se alargaban sobre la ciudad, Sebastián rompió el silencio que se había instalado entre ellos. Se veía agotado, con una tristeza profunda marcada en el rostro, como si llevara sobre sus hombros el peso de todo el mundo.
—Andrea, hay días en los que me pregunto si hago bien en seguir viniendo, en seguir buscándote y en pedirte que estés conmigo —le dijo con franqueza, sin atreverse a mirarla directamente—. Sé que estoy jugando con fuego, sé que estoy jugando con los sentimientos de dos mujeres: tú, que me das todo sin reservas, que eres pura y sincera y que te mereces un hombre entero, libre y sin secretos… y Renata, con la que tengo un vínculo legal, una historia, compromisos y deberes que no puedo borrar de un día para otro. Sé que te miento por omisión, sé que le miento a ella con mi ausencia y con mi indiferencia, y sé que esto no puede durar siempre. Es imposible. Antes o después, todo se desmorona, y entonces… entonces seré yo el culpable de toda la desgracia y todo el dolor que venga.
Ella tomó sus manos entre las suyas, con una ternura que dolía, y lo miró con ojos llenos de comprensión y también de una tristeza infinita.
—Lo sé, Sebastián. Yo también lo sé. Pero mientras nos tengamos el uno al otro… mientras lo que sentimos sea tan grande y verdadero… ¿qué podemos hacer? No parece posible separarnos, ni dejar de querernos, ni cambiar lo que somos.
—Ese es el problema —respondió él con amargura—. Que nos queremos tanto que somos capaces de cualquier cosa, incluso de dañarnos a nosotros mismos y a los demás, solo por tener unos minutos más juntos. Y tengo miedo, Andrea… tengo mucho miedo de que cuando llegue el momento de pagar todo esto, el precio sea demasiado alto, y sea tú quien tenga que pagar la parte más grande.
En ese momento comprendieron ambos, aunque de formas distintas, que estaban caminando sobre un terreno muy fino y frágil. Esos momentos robados, esos instantes de felicidad prestada, eran todo lo que tenían, pero también eran la causa de su sufrimiento. Y aunque seguían abrazados, diciéndose que se amaban y prometiendo un futuro que cada vez parecía más lejano e inalcanzable, la realidad estaba ahí, esperando paciente y silenciosa, sabiendo que pronto llegaría el momento de reclamar lo suyo y de poner todo en su lugar, arrastrándolos a ambos hacia la tormenta que ya se estaba formando sobre sus cabezas.